Grandes enseñanzas cósmicas del Maestro de Maestros...

Grandes enseñanzas cósmicas del Maestro de Maestros y Redentor, Cristo.

El verdadero sabio, el iluminado, es lo que habla, la ley.

El no iluminado, que no es capaz de distinguir lo negro de lo blanco, es el ciego que se contenta con la apariencia y cree que el SER está lejos.

La verdadera visión es la visión de reconocimiento. Tú ves en profundidad y sabes, y a pesar de todo no puedes demostrarlo, porque lo más interno, lo más sagrado, no necesita demostrarse, porque es.

Sólo la apariencia quiere demostrarse, porque lo que hay en ella –las legitimidades eternas– no es manifiesto.

El SER contempla lo que la apariencia no ve, es decir: yo, el SER, contemplo lo que tú, el débil reflejo, no ves. Pero si tú eres el SER, estás unido en El, en el Uno universal. Entonces tú también contemplas lo que yo contemplo, y nosotros contemplamos lo que la apariencia no ve.

El ojo espiritual contempla –el ojo terrenal ve–. Los dos no pueden armonizarse, porque el ojo espiritual es la ley de los Cielos y el ojo terrenal, sólo el ojo de reflexión, que reproduce el SER como reflexión, la cual es de muchas maneras desfiguración. Quien se contenta con ello es el necio que aún no ha traspasado el portal que da a la verdad.

El ojo de la verdad es Dios. Quien contempla con este ojo, es veraz y divino. El trae la luz, el ojo de Dios, la verdad, a este mundo, la ley eterna del amor.

El ojo de la verdad es la luz y la imagen de tu cuerpo espiritual puro, que es la imagen y semejanza de Dios.

El ojo terrenal es la imagen del alma, del cuerpo espiritual envuelto. El sólo tiene la mirada para lo envuelto, que a su vez es el lastre y la carga del alma.

Desde diversas perspectivas de la vida, Yo, Cristo, siendo Jesús de Nazaret instruí a Mis apóstoles y discípulos. Una y otra vez les mostré la Ley Absoluta y les expliqué la ley de siembra y cosecha. Les hablé con palabras con el sentido de éstas:

El mar del infinito es la corriente del Universo. Moveos cada vez más en el mar del infinito, como soles del amor y la justicia. Entonces seréis la vida y ya no preguntaréis por la vida. Mientras el hombre se deja alumbrar por hombres, no irradia. En este caso, depende del brillo de su prójimo. Si el hombre depende del brillo de otros hombres, no conoce el resplandor del sol inherente a él.

Para cada cual, dice la ley eterna: sigue siendo el Yo divino verdadero. Entonces serás el Yo divino verdadero y no esperarás el brillo de tu prójimo, porque tú, el Yo divino verdadero, irradiarás por ti mismo.

Solamente la apariencia con un brillo artificioso se contenta con el brillo. Si dos personas obran así, están a media luz y son del parecer de que tienen lo más elevado y lo más grande, porque se alumbran mutuamente.

Comprended: el brillo de la apariencia engaña, y quien se deja engañar puede convertirse en un engañador.

Por eso no os rodeéis con imágenes engañosas, con el brillo de la apariencia, sino convertíos en el sol del amor y la justicia, en el mar del infinito.

Muchas almas y hombres se mueven hacia el SER, pero pocos están en el SER. Quien solamente reflexiona acerca del SER, recibe sólo del brillo de la apariencia y no del manantial de la vida, que es el SER.

Quien pertenece a la apariencia, lleva muchas máscaras. Según la ocasión, se pone la máscara correspondiente.

Quien vive en el mundo de apariencias y tiene sus máscaras, no se conoce, ni tampoco a aquel que lleva máscaras iguales o parecidas a las suyas. Ambos hablan solamente de sus máscaras, de la apariencia, y no encuentran la realidad.

El «maquillador» se siente solo y está solo, pues hace caso omiso de su prójimo; piensa sólo en sí y quiere mantener su máscara.

Sin embargo, quien vive en el mundo interior, en Mí, el Cristo, ve con claridad y con amplitud. Ya no necesita máscaras, porque su mirada lo penetra todo y porque mediante la luz de la verdad lo reconoce todo. Así es un ser en la corriente del SER, el SER personificado, el microcosmos en el macrocosmos.


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