Un camino de muchos senderos. II

Varios/Otros


Segundo capítulo


Alan

Quizás la idea del juicio final esté más relacionada con mi historia que con la de John.

Nací en Sydney. Sí, así es, soy australiano y me llamo Alan. Quizás debería decir que era australiano y, bueno, como te puedes imaginar, no era ningún santo. Tampoco creo que fuera tan malo. Tuve una vida plena y disfruté cada momento. Siempre me gustó beber una que otra cerveza y, en realidad, todavía lo hago. Eso tal vez te pueda resultar algo extraño pero no lo es. La vida que tenemos aquí no es tan diferente de la que teníamos en la tierra. Si lo fuera, no creo que ninguno de los que estamos aquí podría soportarlo. No al principio, al menos.

Mi partida fue algo similar a la de John. Me encontraba en medio del fragor de la batalla cuando de repente todo se volvió muy pero muy silencioso. De hecho, reinaba un silencio mortal. No se oía nada.

“¿A dónde diablos se fue ese japonés? Se ha escondido en algún lado”, fue lo primero que pensé. Luego miré hacia abajo y vi a un hombre que yacía en el suelo. Me quedé mirándolo. “Tu rostro me parece familiar”, pensé. “Te he visto por ahí pero no recuerdo que fueras parte del grupo”.

Y entonces lo entendí. Era yo a quien estaba mirando. Pero no podía ser. Y, sin embargo, sí era. ¡Ese era yo de verdad! Había una sola cosa que estaba mal. Tenía un agujero justo en medio de la frente. Y, bueno, ahí me di cuenta de que me había llegado la hora. Nunca había estado tan asustado en mi vida. Entré en pánico. Por Dios, ¿ahora qué? ¿Ahora qué voy a hacer?

Justo en ese momento sentí una mano sobre mi hombro. Me di vuelta y me encontré con un oficial inglés parado justo allí. Me habló con una voz que sonaba como si fuera un rey con séquito y todo y dijo:

—Tranquilo, mi buen amigo —Ya sabes, con ese acento característico—. No hay por qué entrar en pánico. Ya no existe el pánico. Nada de eso puede alterarte ahora. Has llegado al final del sendero pero ante ti se abre uno nuevo.

Bueno, debo decir que no sabía qué pensar.

—Ven —dijo—, ven conmigo.

Lo extraño era que no quería dejar aquel cuerpo. Me atraía. Quería seguir mirándolo.

Fue entonces cuando me dijo con suavidad:

—Vamos, mi buen amigo. Ya no te sirve para nada. A ver, levanta una mano. Vamos. Hazlo.

Lo miré sin entender y levanté una mano.

—Mírala bien, compárala con la mano que ves allí abajo.

Y lo hice.

—Piensa bien. ¿Cuál es la diferencia?

Bueno, no podía pensar en ninguna ni que me fuera la vida en ello. Y apreté el puño con fuerza de tanto pensar. El otro puño ni se movió, el que estaba allí abajo. Entonces lo entendí, lo entendí claro como el agua, y lo miré boquiabierto por la sorpresa.

—El puño de allí abajo no tiene vida.

—Así es, amigo. Pero el que estás mirando, el que mueves, ese tiene vida, ¿no es así?

—Sí —dije—, así es.

—¿Y bueno?

Sabía a qué se refería. Yo estaba vivo. Yo vivía pero aquel cuerpo ya no, no volvería a vivir. En unos días incluso dejaría de existir.

—Pero…

—Así es —dijo—, tu seguirás adelante. No más dolor, no más enfermedad.

"No más de muchas cosas”, pensé.

—¿Cómo lo sabes? —dijo.

Eso sí me impactó porque yo no había dicho nada.

—¿Qué? ¿Ahora lees la mente?

—No —respondió—, no leo la mente. Pero tendrás que acostumbrarte a muchas cosas aquí. Verás que una de ellas es controlar lo que piensas, porque cada pensamiento que tengas lo podrán ver los demás. Y si piensas cualquier clase de cosas, vas a atraer hacia ti a aquellas personas que piensan de la misma manera. Y, bueno, si esos pensamientos no son buenos, no te va a servir de mucho. Ven conmigo. Vas a necesitar un poco de ayuda. Pasa tu brazo detrás de mi cuello.

Mientras me decía esto pasó su brazo detrás de mi cintura.

—Bien, ahora cierra los ojos; bien cerrados.

Así lo hice y luego de lo que parecieron minutos dijo:

—Bueno, ya puedes volver a abrirlos.

Avanzamos saliendo de lo que parecía una densa niebla y nos encontramos ante un vasto claro. No, era más que un claro. Era una extensa planicie y al final se alzaba una colina a la que nos dirigíamos con paso decidido. De repente, me sentí cansado. No estaba seguro de si era esto lo que quería… Quizás mi antiguo cuerpo…

—No —dijo—, ya no hay vuelta atrás. La única opción es avanzar, seguir hasta la colina y llegar al otro lado. Yo te ayudaré.

Y así lo hizo. Mientras caminábamos sentí la presencia de alguien más a mi lado. Giré la cabeza y ahí estaba el viejo Smithy. ¡Dios mío! Le había tocado el turno en el norte de África.

—¡Smithy! ¿Qué estás haciendo aquí? Estás muerto.

Él dijo:

—Estás loco, ¿sabes? Aquí estás tú, estuviste hablando de la muerte durante los últimos diez minutos, mirando tu propio cuerpo y todavía no te ha entrado en la cabeza dura esa que tienes que estás muerto. Bueno —continuó—, ahora estamos los dos muertos y pensé en venir a recibirte. ¿Soy el primero en venir?

—Sí, Smithy, eres el primero.

—Bien—dijo—, me alegro, entonces. Ahora bien, vamos a pasar la colina.

—¿Qué hay del otro lado?

—¿Del otro lado? —preguntó Smithy.

—No me contestes con evasivas, amigo. ¿Qué vamos a encontrar?

Dijo:

—Bueno, si piensas que vas a encontrar “las puertas del paraíso”, ¡te espera una gran sorpresa!

—A ver, Smithy —dije yo—, ¿te molestaría que nos sentemos un minuto?

Miró al oficial inglés y este asintió con la cabeza; todos nos sentamos en la ladera de la colina.

—Mira, Smithy, tú me conoces. Sabes cómo he vivido mi vida. No fui un ángel ni nada parecido. No creo haber sido tan malo pero tampoco he sido bueno. Muchas cosas no hice que debería haber hecho y otras tantas hice que no debería. Es muy amable de tu parte el venir a recibirme y todo eso, listo para hablar a mi favor, pero ya que hay vida después, algo que siempre dudé, quizá allí me encuentre con todo lo que he imaginado. ¿Dijiste que no veremos “las puertas del paraíso”?

—Exactamente.

—¿Entonces voy al otro lugar?

—No —dijo Smithy riendo como un loco—. No. Ninguno de los que llegamos aquí venimos por ser ángeles. Eso es algo que tienes que entender. Pero sí hay ángeles a nuestro alrededor. ¿No es así, señor? El oficial inglés asintió con la cabeza y sonrió pero no dijo nada.

En realidad no había dicho nada desde que atravesamos el cinturón de niebla. Todavía podía verlo, un denso banco de niebla. Había muchos otros soldados emergiendo de él.

—Mira —pregunté—, ¿están separando la paja del trigo y todo eso como en el día del juicio final?

—No —respondió Smithy—, no existe el juicio final. Eso ya pasó.

—No recuerdo que haya pasado.

—Bueno —dijo el oficial inglés—, ¿recuerdas cuando pasé el brazo detrás de tu cintura y te pedí que cerraras los ojos y te ayudé a avanzar…?

—Sí, lo recuerdo.

—¿Recuerdas que cuando salimos de la niebla te sentías cansado y débil?

—Sí, me acuerdo.

—Bueno —dijo—. Ese es el único juicio que enfrentarás. Cuando pasas del viejo mundo al nuevo, eres tú quien se juzga a sí mismo. ¿Y cómo te fue con eso?

—Me temo que no lo sé. No tengo ni idea.

—Bueno —continuó—, no debe haberte ido tan mal si tus amigos, como Smithy, vinieron a recibirte de inmediato. Él fue directo a donde estarías y te esperó a que salieras. Escuchó el llamado y quiso estar allí. ¿Crees que te han juzgado duramente o de manera favorable? Bueno, pues, no ha sido ninguno de los dos. Fue justo lo que tenía que ser. Eres lo que eres. Verás que vas a encontrarte con toda clase de personas aquí. Algunos serán conocidos y otros no. Todos son bastante parecidos a ti. Ahora, vámonos.

Pasamos la colina y del otro lado me encontré con una vista que no me esperaba. Era algo muy parecido a las bahías y ensenadas de la costa del sur de Sydney. Una llanura hermosa que descendía hacia el extenso mar allá a lo lejos; la clase de lugar al que me encantaba ir en el verano. Solía sentarme a mirar las olas del Pacífico romper sobre la costa.

—¡Vaya! —exclamé—. Es como un pedacito de mi hogar.

—Sí —contestó el inglés—, no es para nada desconocido para ti. Todo lo que hay allá abajo en la Tierra lo tenemos también aquí. Y, bueno, nos pareció que estarías muy contento en un lugar como este. Ven, te diré dónde debes reportarte.

Empezamos a descender por la ladera. Había mucha gente a nuestro alrededor y todos parecían prestarnos atención. Todos saludaban y nos decían palabras de bienvenida: “Bienvenido a casa, soldado”; “Bienvenido, compañero”.

Algunos se unieron a nuestro grupo y caminamos todos juntos por la ladera de la colina hacia lo que parecía un pequeño pueblo. A medida que nos acercábamos alcancé a ver a unos compañeros que habíamos perdido hace mucho tiempo, ya los había olvidado. Eran viejos amigos. ¡Qué increíble reunión!

—Adelante, compañero. Entra y siéntate. Tenemos lista la cerveza.

Y así era. Se veía perfecta, helada, en vasos largos de vidrio.

Miré a mi alrededor y vi al oficial inglés. Él sonrió. Uno de los muchachos le dijo:

—Bueno, John, parece que nuestro amigo está un poco desconcertado de que tengamos cerveza.

John (el oficial inglés) sonrió y me dijo:

—Adelante. A ti te encanta la cerveza y tu idea del paraíso es beber una cerveza helada en un día caluroso, y este día ya ha sido bastante para ti. Si esta es tu idea del paraíso entonces aquí está mirándote a la cara. Así que entra ahí. Pasaste por el valle de las sombras y no te diste cuenta de que estaba ahí. Has sido juzgado y no te diste cuenta, porque te has juzgado a ti mismo. Tienes el lugar en el paraíso que tanto querías. Lo único que te faltaba era esa cerveza helada. La querías y ahí está. No va en contra de las reglas. Lo que tú quieras, si lo pides con intensidad, lo obtendrás. Ahora toma ese vaso y ¡salud!

Y, bueno, debo decir que fue la mejor cerveza que probé en mi vida.

Ese es el comienzo de mi historia, mis primeros pasos en este mundo. Créeme, fue una experiencia conmovedora. Fue extraño salir del campo de batalla y pasar por todo eso. Y, al mismo tiempo, nada me pareció fuera de lugar, nada me pareció irreal. Quizás porque Smihty estuvo ahí casi desde el primer momento. En él encontré una cara familiar, una mano amiga. También quizás porque había alguien a cargo, alguien que sabía lo que estaba haciendo. Y yo encajé en toda la situación sin problemas porque en el ejército son tus superiores los que toman las decisiones. Uno se acostumbra a eso. Y, por más que fuera inglés, era un oficial y yo me encontraba finalmente en casa. Bueno, en realidad, no tanto. Era más como una primera parada. Más tarde descubrí que no era realmente mi casa. Era un lugar de descanso. Más bien de tránsito. Algo así como un centro de desintoxicación por el que pasar antes de poder seguir. Un lugar en el que todavía seguíamos pensando en la guerra y en volver a luchar. Recuerda que podíamos mirar
hacia abajo y ver nuestro cuerpo.

“¿Por qué no podemos volver a entrar y le damos a los japoneses una buena paliza?” solíamos pensar. Nunca nos preguntamos qué les había sucedido a los japoneses que matamos. ¿Dónde estaban? Todavía no habíamos llegado a ese punto. Esta era tan solo la primera etapa. El resto vino después.



Siguiente capítulo: Ken
Extracto del libro Road of Many Ways (Un camino de muchos senderos) por un médium sudafricano.
Traducción: Estefanía Fernández

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