El Hombre. I de IV

Annie Besant


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Pasemos ahora a ocurpamos del hombre mismo, no de los vehículos de la conciencia, sino de la acción de la conciencia en ellos; no de los cuerpos, sino de la entidad que funciona en ellos; pues por "el hombre" quiero significar el individuo continuo que pasa de una vida a otra, que viene a los cuerpos y los vuelve a dejar una vez y otra vez; que se desarrolla lentamente en el curso de las edades, que crece por la acumulación y la asimilación de la experiencia, y que existe en el plano superior manásico o devachánico a que nos hemos referido en el capítulo anterior. Este hombre es el que va a ser objeto de nuestro estudio, en sus funciones en los tres planos que nos son ya familiares: el físico, el astral y el mental.

El hombre principia sus experiencias desarrollando la conciencia de sí mismo en el plano físico en el cual aparece lo que llamamos la "conciencia en el estado de vigilia", conciencia con la cual todos estamos familiarizados, que obra por medio del cerebro y del sistema nervioso y por cuyo medio razonamos del modo ordinario, llevando adelante todos los procesos lógicos por los cuales recordamos los sucesos pasados de la encarnación presente, y ejercitamos la razón en los asuntos de la vida. Todo lo que reconocemos como nuestras facultades mentales, es el resultado de la obra del hombre en períodos anteriores de su peregrinación, y su conciencia aquí es más y más vívida, más y más activa, a medida que el individuo se desarrolla y el hombre progresa vida tras vida.

Si estudiamos a un hombre muy poco desarrollado, vemos que la actividad mental consciente es pobre en calidad y limitada en cantidad; obra en el cuerpo físico por medio del cerebro grosero y del etéreo; hay acción constante en lo que se refiere al sistema nervioso, visible e invisible; pero esta acción es de clase muy tosca, pues en ella hay muy poco criterio y muy poca delicadeza de tacto mental; existe alguna actividad mental, pero es de una especie, por decirlo así, muy infantil. Ocúpase en cosas insignificantes; se divierte con ocurrencias muy triviales; las cosas que llaman su atención, carecen de toda importancia; se interesa en los objetos pasajeros; le gusta asomarse a una ventana y mirar a una calle concurrida, reparando en la gente y en los vehículos que pasan, haciendo observaciones sobre ellos, y divirtiéndose mucho si una persona bien vestida tropieza y cae en el Iodo, o si un coche que pasa lo llena de barro.

No tiene en sí mismo mucho para ocupar su atención, y por tanto, siempre está saliéndose fuera a fin de sentir que está vivo; es una de las cualidades características principales de este grado inferior de evolución mental que el hombre que obra con los cuerpos físico y etéreo, y los emplea como únicos vehículos de conciencia, siempre está percibiendo sensaciones violentas; necesita asegurarse de que siente, y aprende a distinguir las cosas recibiendo de ellas sensaciones fuertes y vívidas; es un estado de progreso necesario, aún cuando elemental, y sin esto siempre se estaría confundiendo entre el procedimiento dentro de su vehículo y fuera de él; tiene que aprender el alfabeto del yo y del no yo, distinguiendo entre los objetos que le causan impresión y las sensaciones originadas por estas impresiones: entre el estímulo y la sensación.

Los tipos inferiores de este estado se ven en las esquinas de las calles, recostados perezosamente contra una pared, haciendo alguna que otra vez observaciones repentinas, y riéndose a carcajadas de un modo vacío de sentido. Cualquiera que pueda observar entonces sus cerebros vería que reciben impresiones borrosas de objetos pasajeros, y que los lazos entre estas impresiones y otras parecidas son muy ligeros; las impresiones se parecen más a un montón informe de piedras que a un mosaico bien coordinado.

Al estudiar el modo como el cerebro físico y el etéreo se convierten en vehículos de conciencia, tenemos que retroceder al desarrollo primitivo del Ahamkara o Yo embrionario; estado que puede verse en los animales inferiores que nos rodean. Las vibraciones causadas por la impresión de los objetos externos se ponen en acción en el cerebro, se trasmiten por éste al cuerpo astral, y se sienten por la conciencia como sensaciones antes de que haya lazo alguno entre estas sensaciones y los objetos que las ocasionan, lazos que constituyen una acción mental definida, una percepción. Cuando la percepción principia, es que la conciencia usa el cerebro físico y el etéreo como sus vehículos, por cuyo medio reúne a sabiendas conocimientos del mundo externo.

Este estado hace tiempo que pasó, por supuesto, para nuestra humanidad; pero su repetición pasajera puede observarse cuando la conciencia toma un nuevo cerebro al reencarnarse; el niño principia a "fijarse" -como dicen las nodrizas-, esto es, a relacionar una sensación que se despierta en su conciencia, con una sensación causada en su nueva envoltura o vehículo, por un objeto externo, "reparando" de este modo en el objeto, percibiéndolo.

Después de algún tiempo, no es ya necesaria la percepción de un objeto para que el aspecto del mismo esté presente en la conciencia, sino que puede recordarse la apariencia de un objeto que no está en contacto con los sentidos; tal percepción por la memoria es una idea, un concepto, una imagen mental, y éstas constituyen el acopio que la conciencia reúne del mundo externo, con el cual principia a obrar, siendo el primer estado de esta actividad el arreglo de las ideas, como preliminar del "raciocinio" sobre las mismas. El raciocinio principia comparando unas ideas con otras, e infiriendo luego relaciones entre ellas cuando ocurren simultánea o sucesivamente dos o más una y otra vez.

En este proceso la mente se retira dentro de sí misma, llevando consigo las ideas que ha concebido por las percepciones, añadiendo a ellas algo suyo propio, así como cuando saca alguna consecuencia y relaciona una cosa con otra, como causa y efecto. Principia a deducir conclusiones, aun hasta llegar a predecir sucesos futuros, cuando ha establecido una serie de consecuencias; de modo que cuando aparece la percepción considerada como "causa", se espera que siga la percepción considerada como "efecto".

Por otra parte, observa, al comparar sus ideas, que muchas de ellas tienen uno o más elementos en común, mientras que los demás constituyentes de las mismas son diferentes, y procede a separar estas cualidades características comunes de las demás, y a ponerlas juntas como propiedades de una clase, y luego agrupa los objetos que poseen a éstas, y así que ve un nuevo objeto que también las tiene, lo coloca en esta clase; de este modo ordena gradualmente en un cosmos el caos de percepciones con que principió su carrera mental, e infiere la ley de la sucesión ordenada de los fenómenos y de los tipos que ve en la Naturaleza. Todo esto es obra de la conciencia por medio del cerebro físico; pero aún en este trabajo encontramos la huella de lo que el cerebro no suple: éste sólo recibe vibraciones; la conciencia que obra en el cuerpo astral cambia las vibraciones en sensaciones, y en el cuerpo mental cambia las sensaciones en percepciones, y luego lleva a efecto todo el proceso, que, como se ha dicho, transforma el caos en cosmos.

Además, la conciencia, al obrar así, es iluminada desde arriba por ideas que no han sido formadas de materiales suministrados por el mundo físico, sino que son reflejadas directamente en ellas por la Mente Universal. Las grandes "leyes del pensamiento" regulan todo pensar, y el acto mismo que pensar revela su preexistencia, pues es producida por ellas y bajo ellas, y es imposible sin ellas.

Casi no es necesario observar que todos estos primeros esfuerzos de la conciencia para trabajar en el vehículo físico, están sujetos a mucho error, tanto a causa de percepciones imperfectas, como por deducciones erróneas. Las deducciones precipitadas, las generalizaciones de una experiencia limitada, vician muchas de las conclusiones que se deducen, y por esto se formulan las reglas de la lógica, para disciplinar la facultad pensante, de modo que pueda evitar los errores en que constantemente cae cuando no está ejercitada. Esto no obstante, la tentativa de razonar, por más imperfecta que sea, entre una cosa y otra, es clara señal de desarrollo en el hombre mismo, pues demuestra que añade algo suyo a la información adquirida de afuera.

Este trabajo sobre los materiales reunidos produce un efecto sobre el mismo vehículo físico; cuando la mente enlaza dos percepciones, como quiera que causa vibraciones correspondientes en el cerebro, produce un lazo entre la serie de vibraciones que la percepción despierta, pues cuando el cuerpo mental se pone en actividad, actúa en el cuerpo astral, y éste, a su vez, en el cuerpo etéreo y en el denso, y la materia nerviosa de este último vibra bajo los impulsos que se le imprimen; esta acción se muestra como descargas eléctricas, y las corrientes magnéticas funcionan entre las moléculas y grupos de moléculas produciendo relaciones intrincadas.

Estas trazan lo que pudiéramos llamar una senda nerviosa, senda por la cual pasará otra corriente más fácilmente de lo que pudiera pasar de través, por decirlo así; y si un grupo de moléculas relacionadas con una vibración se pone de nuevo en actividad por la conciencia, repitiendo la idea impresa en ellas, entonces la perturbación allí ocasionada entre él y otro grupo por un enlace anterior, poniendo a este otro grupo en actividad, y enviando a la mente una vibración, la cual, después de las transformaciones regulares, se presenta como una idea asociada.

De aquí la gran importancia de la asociación, pues esta acción del cerebro es algunas veces excesivamente perturbadora, como cuando alguna idea disparatada o ridícula se enlaza con otra muy seria o sagrada. La conciencia evoca la idea sagrada para detenerse en ella y repentinamente y sin quererlo, la faz grotesca de la idea perturbadora, despertada por la acción mecánica del cerebro, se introduce por la puerta del santuario y lo profana. Los hombres prudentes cuidan de la asociación y se fijan en cómo hablan de las cosas más sagradas, a fin de evitar que alguna persona necia e ignorante enlace lo santo con lo ridículo o lo grosero, enlace que muy probablemente se repetirá en la conciencia. Útil es el precepto del gran Maestro judío: "No deis lo santo a los perros, ni echéis margaritas a los puercos."


Extracto de EL HOMBRE Y SUS CUERPOS
ANNIE BESANT

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