El Hombre. III de IV

Annie Besant


Y ahora pasemos a ocupamos de los eslabones que unen estos diferentes cuerpos, los cuales existen en un principio sin que el hombre tenga conciencia de ello. Existen, porque de otro modo, no podría pasar del plano de la mente al del cuerpo; pero él no tiene conciencia de su existencia, y no están activamente vivificados; son como lo que se llama en, el cuerpo físico órganos rudimentarios. Todo conocedor de biología sabe que los órganos rudimentarios son de dos clases: una que presenta las huellas de los estados por los cuales ha pasado el cuerpo en la evolución, mientras que la otra indica las líneas del desarrollo futuro. Estos órganos existen, pero no funcionan, y su actividad en el cuerpo físico pertenece al pasado o al porvenir: está muerta o no ha nacido aún. Los eslabones que me aventuro a llamar por analogía órganos rudimentarios de la segunda clase, relacionan el cuerpo denso y el etéreo con el astral: a éste con el mental y al mental con el causal.

Ellos existen, pero tienen que traerse a la actividad, esto es, tienen que ser desarrollados, y lo mismo que sus tipos físicos, sólo pueden serio por el uso; la corriente de vida transcurre a través de ellos, como asimismo la corriente mental, y de este modo sostienen su vida y se alimentan; pero sólo son puestos gradualmente en actividad funcional cuando el hombre fija su atención en ellos y dedica su voluntad a su desarrollo. La acción de la voluntad principia a vivificar estos enlaces rudimentarios, y poco a poco, quizás muy lentamente, principian a funcionar: esto es, el hombre comienza a usarlos para el paso de su conciencia de uno a otro vehículo.

En el cuerpo físico hay centros nerviosos, pequeñas agrupaciones de células nerviosas, y tanto las impresiones externas como los impulsos del cerebro, pasan a través de estos centros. Si alguno de ellos se desarregla, prodúcese inmediatamente una alternación, y la conciencia física se perturba. En el cuerpo astral existen centros análogos, pero en el hombre no desarrollado son rudimentarios y no funcionan; son lazos de unión entre el cuerpo físico y el astral, entre el astral y el mental, y a medida que procede la evolución, son vivificados por la voluntad, poniendo en libertad y guiando a la "serpiente de fuego" llamada Kundalini, en los libros indios. El período preparatorio para la. acción directa que liberta a Kundalini, es la educación y la purificación de los vehículos; pues si esto no se lleva a efecto por completo, el fuego resultaría una energía destructora en lugar de vivificante, y ésta es la razón porque he insistido tanto en la purificación, y la recomiendo como preliminar necesario para todo verdadero Yoga.

Cuando el hombre ha llegado a un estado en que puede recibir sin peligro ayuda para vivificar estos lazos de unión, esta ayuda le viene, como cosa natural, de aquellos que están siempre buscando las ocasiones de auxiliar al aspirante sincero y desinteresado. Entonces, un día el hombre encuentra que puede salir del cuerpo físico, estando completamente despierto, y sin interrupción alguna en su conciencia se ve en libertad. Cuando verifica esto unas cuantas veces, el paso de un vehículo a otro se hace familiar y fácil.

Cuando el cuerpo astral deja al físico en el sueño, hay un breve período de inconciencia, y hasta el hombre que funciona activamente en el plano astral, no puede unir las dos conciencias al despertar; y con la misma inconciencia con que deja el cuerpo, volverá probablemente a entrar en él; puede tener una conciencia vívida y completa en el plano astral, y sin embargo, estar representada aquélla en el cerebro físico por un olvido completo; pero cuando el hombre deja el cuerpo en estado de vigilia, habiendo puesto en actividad los lazos de unión entre los dos vehículos, entonces ha echado un puente sobre el abismo, y para él éste ya no existe, pasando su conciencia velozmente de un plano a otro, y reconociéndose el mismo hombres en ambos.

Mientras más se ejercite el cerebro físico para responder a las vibraciones del cuerpo mental, más se facilita el paso del abismo entre la noche y el día. El cerebro se hace cada vez más el instrumento obediente del hombre, transmitiendo sus actividades bajo el impulso de su voluntad, lo mismo que un caballo bien domado responde al movimiento más ligero de la mano y de la rodilla. El mundo astral está abierto para el que ha llegado a unir así los dos vehículos inferiores de conciencia y le pertenece con todas sus posibilidades, con todos sus más amplios poderes y mejores oportu-nidades para ser útil y prestar auxilio a los demás. Luego viene la alegría de poder ayudar a desgraciados que no tienen conciencia de agente por cuyo medio reciben el auxilio, de derrama el bálsamo en las heridas que entonces parece que se curan por sí mismas, de levantar pesadas cargas que parecen aligerarse milagrosamente de encima de los doloridos hombros por ellas abrumados.

Pero algo más que esto se necesita para enlazar una vida con otra; conservar la memoria sin interrupción día y noche, sólo significa que el cuerpo astral funciona perfectamente, y que los lazos que lo unen al cuerpo físico se hallan en completa actividad; pero si el hombre quiere tender un puente de comunicación entre vida y vida, tiene que hacer mucho más que funcionar conscientemente en el cuerpo astral, y más que actuar con completa conciencia en el cuerpo mental; pues éste se compone de materiales de los niveles inferiores del mundo manásico, y la reencarnación no parte de ellos. El cuerpo mental se desintegra a su debido tiempo, lo mismo que los vehículos astral y físico, y no puede, por tanto, transferir nada; la cuestión de que depende la memoria de las vidas pasadas, es la siguiente: ¿Puede o no el hombre funcionar en los planos superiores del mundo manásico en su cuerpo causal?

El cuerpo causal es el que pasa de una vida a otra; en él se encierra todo, en él es donde todas las experiencias quedan, pues la conciencia es atraída al mismo, y el descenso a la reencarnación viene de su plano. Fijémonos en los estados de la vida fuera del mundo físico, y veamos hasta dónde se extienden los dominios del Rey Muerte. El hombre se retira de la parte densa del cuerpo físico; éste se desprende, se desintegra, y sus componentes son devueltos al mundo físico: nada queda de él que pueda conservar la memoria; se encuentra luego en la parte etérea del cuerpo físico, pero en el espacio de algunas horas se desprende de éste, el cual se disuelve en sus elementos, y por tanto, ninguna clase de memoria relacionada con el cerebro etéreo puede salvar el abismo.

Pasa después al mundo astral, en el que permanece hasta que desecha el cuerpo astral dejándolo tras sí, como lo verificó antes con el físico; el "cadáver astral" a su vez se desintegra, devuelve sus materiales al mundo astral, disolviéndose todo lo que puede servir de base a los lazos magnéticos necesarios a la memoria.

Prosigue su camino en el cuerpo mental y mora en los niveles rupa del Devachán, en donde vive cientos de años, labrando facultades y gozando del fruto, pero a su debido tiempo retírase también del cuerpo mental, llevando consigo al cuerpo perdurable todo lo que ha reunido y asimilado. Deja tras sí el cuerpo mental, que se desintegra lo mismo que los otros vehículos más densos; pues la materia de que se compone, por más sutil que sea desde nuestro punto de vista, no lo es lo . suficiente para pasar a los niveles superiores del mundo manásico, y tiene que ser desechado para que vuelva a los elementos de su propia región.


Extracto de EL HOMBRE Y SUS CUERPOS
ANNIE BESANT

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