El parque de los recuerdos.

Francesco


Francesco caminó dando saltos; su cuerpo se hacía ¡liviano y su luz brillaba con más intensidad.

Parecía que su cuerpo etéreo ya estaba por aprender a volar, sin necesidad de que ninguna nube lo sostuviera.

Pensó qué tonto había sido al haberse atado tanto a la vida en los últimos meses de su enfermedad, apegándose al dolor, al sufrimiento. Si hubiese sabido que esto era tan especial y tan fascinante, no hubiera dudado un segundo en abandonar la vida.

"Quizás pueda ayudar a las personas que están sufriendo en la cama de un hospital, bajar y mandarles algunas señales para que sepan que acá arriba se está mejor y que no vale la pena seguir prolongando una agonía", se decía.

Mientras flotaba por los pasillos del Cielo, se cruzó con Ariel y le pidió que lo llevara al Parque de los Recuerdos.

Ariel, con un gesto de amabilidad y una gran sonrisa, le indicó el camino gustosamente. Ariel le preguntó:

—¿Estás dispuesto a encontrarte con tu pasado?

Francesco se rió, diciendo:

—El mío sí que es un pasado "pisado" (olvidado). Claro que sí, estoy dispuesto a verlo, aunque te diría que nunca me sentí tan vivo como en este lugar.

El Parque de los Recuerdos era un bosque de árboles de cristal, con todo el verde en su esplendor y con todo el perfume de los veranos a la hora de la siesta. Estaba habitado por pájaros como los de cualquier parque de la Tierra, pero mucho menos temerosos y más libres.

Ariel se paró al lado de uno de los árboles de cristal y, con un chasquido de sus dedos, en la copa del árbol se formó una imagen, como la de una película. Cuando Francesco pudo ver con nitidez, se asombró al verse con sus seis años de vida, en su primer día de clase, impecablemente vestido. Iba camino a la escuela en el auto de su abuelo, un viejo cascarrabias con un corazón de oro.

—Él era el encargado de cuidarme, porque mis padres nunca estaban, siempre, demasiado ocupados con sus tareas como para ocuparse de mí.

—¿Qué sentiste ese día?

—No recuerdo nada.

—Respecto a tus padres, ¿qué es lo que recuerdas?

—Nada, no recuerdo nada.

—Te mostraré otra escena.

—Ese día que me muestras lo recuerdo con tristeza; fue el día en que falleció mi abuelo. Yo tenía diez años y lo extrañé por muchísimo tiempo.

—Tu abuelo estuvo acompañándote en todos los tramos de tu vida, hasta que le llegó el momento de partir del Cielo, de volver a buscar un destino en la Tierra. Te mostraré otra escena.

—Ah… ésa es más reciente; estoy en mi trabajo, discutiendo con mi esposa. Ella está enojada porque no me ocupo de ella y de mis chicos, y yo le explico que trabajo para el bienestar de todos, que no son capaces de reconocer mis esfuerzos, ni de valorar el amor, la seguridad y la protección.

—¿Y el tiempo?

—El tiempo no me sobraba y me arrepiento de no habérmelo tomado; si volviera a nacer, todo lo haría con más calma.

—Francesco, ¿qué sentiste durante tu vida por tus padres?

—Sentí que los quería, porque me habían dado la vida, pero estaban muy lejos de ser los progenitores ideales. Ellos apenas pudieron con sus propias vidas, menos aún con la mía.

Cuando fueron ancianos, yo tuve que mantenerlos, cuidarlos, protegerlos, y lo hice consciente de que era mi obligación. Hice más por ellos de lo que ellos hicieron por mí.

—¿Tú sabes que los padres se eligen antes de nacer?

—Ah… entonces otra vez me equivoqué, nunca pasó por mi mente semejante cosa. ¿Cómo pude haber elegido semejante desafío?

—En su momento sabrías lo que estabas haciendo. Dios te da un espíritu para que crezca, para que se lleve una experiencia de vida enriquecedora; cuando eliges a tus padres antes de nacer, es por algún motivo en especial; quizás te gusten los desafíos, quizás no se equivocaron ellos tanto como tú creíste. Tal ves tu función fue mostrarles sus errores y enseñarles lo que es vivir como un hijo.

También piensa que los pudiste haber elegido para cuidarlos cuando fueran mayores; quizás otro espíritu reencarnado no hubiese podido hacerlo tan bien, y con tanto amor, como lo has hecho tú.

Quizás tu destino haya sido que los aceptaras tal como eran, y el solo hecho de que te hubieran dado poco, o menos de lo que te merecías, forjó en ti una personalidad más fuerte, más independiente, y ellos te han dejado crecer con mucha más libertad de la que tienen los hijos que son ahogados por haber recibido tanto amor.

Lo más difícil para los padres es mantener el equilibrio; no hay nada más que la vida para enseñarles donde están sus aciertos y sus errores.

Ningún padre se levanta por la mañana trazando un plan para hacerle daño a un hijo; si así fuera estaríamos frente a una mente enferma.

Ellos se equivocan, pero siempre pensando que, en el momento en que actúan, están haciendo lo mejor de lo mejor; la actitud siempre es positiva, aunque su comportamiento termine siendo negativo.

El amor de un padre hacia un hijo es incondicional; hubiese sido bueno para ti no haber vivido con rencores hacía ellos. Piénsalo bien; por algo, antes de nacer, los elegiste.

Francesco se quedó, por unos segundos, mirando fijo la imagen de su niñez, y reflexionó:

—Cuando menos quise parecerme a mis padres, más terminé pareciéndome a ellos. Yo tampoco había sido un buen padre pero, es cierto, mi intención para mis hijos siempre había sido positiva.

La imagen fue desapareciendo y, casi sin darnos cuenta, el viento nos levantó llevándonos hasta una gran nube. Ya arriba de ella sentí un gran alivio adentro de mi alma y pude ver cómo mis compañeros del primer Cielo paseaban comunicándose entre sí, contándose sus experiencias vividas allí abajo.

Después del paseo, entre a mi habitación; me estaba acostumbrando a ella. Era muy cómoda y olía a paz; sin embargo, siempre hay algún "pero" en mí, yo seguía extrañando las costumbres y las comodidades terrenales, las comidas, sus olores y sus sabores. Aquí, en el Cielo, nuestras almas se alimentaban de amor y de buenas acciones, pero yo echaba de menos mis reuniones con amigos y hasta los programas de la tele; pero, por sobre todas las cosas, extrañaba a mi familia.

¡Me gustaría tanto saber cómo están! No quisiera verlos sufrir por mí; eso me desesperaría, aunque creo que ya hacía mucho tiempo que ellos me veían sufrir, y supongo que la idea de mi muerte les debió haber pasado muchas veces por la cabeza, y entonces habrán pedido que dejara de sufrir.

Francesco se quedó dormido y tuvo un sueño algo confuso; esperaría la primera oportunidad para contárselo a Ariel.




Extracto de "Francesco Una vida entre el Cielo y la Tierra de Yohana Garcia"

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