La despedida.

Francesco


Francesco sabía, a esta altura de su estadía en el Cielo, que no tendría que haber sentido tanto miedo en su vida terrenal; no había estado solo nunca; había vivido con su alma llena de energía y luz, como son todas las almas de las personas, aunque algunas las tengan más llenas de polvo que otras. Él ya había aprendido a limpiar su alma.

Había tenido siempre a su niño interno en un rincón de su corazón; ese niño que esperaba que él se fortaleciera, con cada prueba que debía enfrentar en la vida.

Ese niño que lo quería ver reír más seguido.

Ese niño que lo llenaba de proyectos, de ilusiones, que le soplaba muy despacito en el oído cuánto lo quería, cuánto valía, cuan importante era todo lo que hacía cada día de su vida.

Y también él tenía su ángel de la guarda, que lo cuidaba y lo protegía, que le daba señales y mandaba mensajes permanentemente, dándole coincidencias o causalidades, cada vez que estaba en el camino y en el tiempo correcto de sus deseos.

Nunca había prestado atención a la compañía del ángel, porque era demasiado realista y concreto. Ahora sabía que él existía, que era su amigo fiel, su eterno compañero de batallas, y de calma. Había aprendido que la paciencia y la calma eran necesarias para esperar sin desesperar, que en la vida lo bueno y lo malo pasaban como pasan los años.

Había estado en el Cielo todo el tiempo necesario como para darse cuenta de que, siempre había otra oportunidad para ser feliz, aun después de muerto.

Sabía que se había cumplido el tiempo de estadía en el primer Cielo, que éste lo había recibido con los brazos abiertos: un paraíso que había demostrado que su vida estaba llena de aciertos y de errores.

Aprendió que él había sido el arquitecto de su existencia, que no todo estaba escrito, que, en su camino, sus actitudes ante la vida lo habían hecho equivocarse de vez en cuando, lo cual no era tan malo, qué malo era culparse y encerrarse en ese error. Que la vida no era tan cruel, no tan ingrata como él lo había creído.

Estaba totalmente convencido que todos nacían con las condiciones necesarias para recibir lo que cada uno pedía.

Su alma brillaba cada vez más, y lo único que lo alimentaba era el amor, no el amor egoísta, sino el amor incondicional.

Si deseaba volver a nacer, no tenía que olvidarse del amor, de la gratitud y de la fe, porque estos sentimientos le harían vivir la vida en plenitud, hasta el fondo. Esa vida que él había dejado pasar, sin tomar conciencia.

Sus maestros, con generosidad, le enseñaron las lecciones y le dieron toda la esperanza, y el afecto y la sabiduría que necesitaba.

Los paseos por las nubes habían sido tan gratificantes y hermosos, que Francesco creía que era eso lo que más extrañaría del Cielo.

Encontrarse con algunos seres queridos, que habían partido antes que él, le había dado la confianza para entender que, para cada uno de ellos, la muerte había sido necesaria, el fin de un ciclo y nada más.

Su jardín, resplandeciente y florido, se había transformado en otro pequeño paraíso; parecía que el sol tenía predilección por ese lugar. Se preguntaba qué pasaría con él, pues recordaba que el día en que se lo regalaron le habían dicho que habría de entregarlo.

Su familia había tenido cambios; los visitaba en sueños cuando quería enviarles mensajes; se emocionaba cuando entraba al alma de alguno de sus seres queridos y siempre les hacía notar, en esos sueños, que él era feliz. Le gustaba aparecerse joven (podía tomar la forma y la edad que más le gustaba). Había estado en cada etapa importante de su familia, como espíritu; las flores avisaban cómo estaba cada uno de ellos y, entonces, él bajaba para acompañarlos.

Sus viajes por el Cielo, atravesando nube por nube, eran todo un placer. También sabía que un nieto habría de nacer pronto y que le pondrían su nombre. Uno de esos maestros le había mostrado cuál era el alma que tomaría el cuerpo de su nieto; tuvo la oportunidad de hablar con ella y le encantó. Era muy sabia y muy vieja; había tenido unas cuantas vidas anteriores y en ésta, que era la última, venía a jugarse el todo por el todo. Dijo que iba a ser un músico famoso y querido; Francesco prometió acompañarlo cuando estuviera por nacer, y el alma aceptó con alegría la proposición de su abuelo.

Francesco volaba por las nubes, por encima del jardín, cuando apareció un nuevo maestro; éste brillaba más que los otros y, con sus brazos abiertos, le pidió que se acercara más a él.

—Déjame darte, en un abrazo, toda mi energía y todo mi amor —dijo el maestro.

Francesco lo estrechó entre sus brazos. ¡Los dos despedían destellos dorados! Estaban en el centro del jardín. ¡Parecía que las rosas los miraban sorprendidas por el encuentro!

—Querido maestro, ¡me temo que hoy es el último día en este lugar!

—Francesco, mi nombre es Faustino… Y sí, vine a avisarte que mañana partirás al segundo Cielo.

Alcanzaste aquí todo el crecimiento que necesitabas y pasarán muchos años hasta que vuelvas a este lugar.

Despídete de tu jardín, de tus maestros, y mañana, cuando el sol ilumine con sus primeros rayos, pasaré a buscarte.

—Faustino, ¿Qué pasará con el jardín?

—Tu jardín ha cumplido un ciclo; cuando asciendas al segundo Cielo, él irá desapareciendo y dará el lugar para que otra alma tenga el suyo.

—¿Y cómo sabré si mi familia está bien?

—No te hacen falta las rosas para saber cómo está cada uno de ellos; lo sabrás por tu percepción, por tus sensaciones.

—¿Podré bajar a verlos?

—Podrás, aunque el viaje será diferente; quizás, tardes más tiempo en realizarlo. Pero no te faltará mucho para que vuelvas a vivir.

—¿Volveré a vivir?

—Creo que sí.

—¿No estás seguro?

—No estoy seguro que lo quieras tú.

—Yo estoy bien así, aquí soy feliz, tengo paz.

—Si tomas en cuenta todo lo que aprendiste, también tendrás paz en cualquier lugar donde vayas.

Tus maestros ahora querrán despedirse de ti. ¡Ah! Y tu ángel también. Así que quédate en el jardín, y luego ve a la gran nube celeste; allí te estaremos esperando.

Francesco saludó a Faustino y se volvió a recostar en el mismo árbol donde lo había hecho por primera vez, cuando llegó temeroso y todavía no había asumido su muerte.

Desde ese árbol, donde había conocido el silencio, que le había enseñado que era la llave para encontrarse consigo mismo, miró las rosas, los arbustos, los árboles, y les habló con todo el corazón:

—Cuando entré al Cielo, creo que llegué junto con mi mente y sentí el alivio de quien se saca un peso de encima. Todo me parecía bello, desde los colores hasta los olores; tenía la sensación que eran más intensos.

Parecía que yo, en toda mi vida, había sido daltónico; pero, después de haber aprendido durante todo este tiempo, me di cuenta que allá abajo están los mismos colores, los mismos olores, la misma sensación de plenitud que hay en este lugar.

La diferencia es que no estaba abierto para recibir la energía y los sentimientos como para vivirlos a pleno; muchas de las personas nos pasamos, allá abajo, más de la mitad de nuestras vidas temiendo por situaciones que jamás llegan a pasar.

Nos hacemos esclavos de lo que obtenemos, no sabemos esperar, nos resistimos a los cambios, no aceptamos que haya diferentes puntos de vista y terminamos matándonos entre nosotros mismos.

Yo fui un hombre que tuvo mucho cuidado en no dañar a su prójimo; no me tomé en cuenta y me perjudiqué en muchas situaciones; tampoco me cuidé, ni me valoré, y renegué a la vida todo el tiempo. Y fui muy negativo; entonces, me perjudiqué. Luego, la muerte me sorprendió y fue así como aparecí aquí.

Y este jardín, que parece tan simple y agreste… sentí que me apegó a los afectos, aquí, en cada flor. Por cada rosa que florecía, supe que mis seres queridos habían realizado una buena acción. Después de haberlas cuidado con todo mi amor, necesito decirles a cada una de ustedes que son hermosas, y a ti, árbol parlanchín, te voy a llevar siempre como recuerdo del alma.

Jardín de la paz, quizás desaparezcas pronto; fue un placer estar en este lugar.

Una de las rosas se desprendió del jardín y fue volando hacia el alma de Francesco.



LA DESPEDIDA

Él fue deslizándose por el Cielo, hasta la gran nube.

De pie, uno al lado de otro, estaba cada uno de sus maestros, y mirándolo, sonrientes, le fueron hablando uno por uno.

Primero se le acercó Ariel:

—Francesco, no temas nunca, aunque te sientas perdido, porque aun perdido sigues un sendero.

Ezequiel, otro de sus maestros, le dijo:

—Tú tenías muchos miedos y comprendiste que el miedo no sirve, y que está sólo en tu imaginación; nunca temas, nunca te rindas.

Luego se aproximó otro maestro:

—No te olvides que si vuelves a tener sueños que realizar, todo el universo, incluidos nosotros, te estará apuntalando para que se te cumplan. No te olvides que todo es más fácil de lo que parece.

Busca, como objetivo en la vida, la felicidad interior, el desapego y la paz de tu mente.

Aprende a cuidar cada una de tus palabras; recuerda que, si piensas una cosa y dices otra, nosotros no entendemos los mensajes.

Una persona es triunfadora en la vida cuando siente que puede lograr un equilibrio en cada etapa, cuando es amada por cómo es. También es triunfadora cuando aprende de los fracasos, cuando sabe perdonar sin rencores, ama lo que hace, a los que la rodean, sin hacer diferencias; cuando da la vida de corazón, sin esperar recompensas.

Recuerda que la prosperidad también es importante, pero no es lo fundamental. No hará falta que pases necesidades económicas, si no te apegas a lo material; ábrete para recibir lo que Dios te dará, sin necesidad de angustiarte.

Recuerda, Francesco, que cada cosa tiene su tiempo; y muchas veces, los tiempos de los hombres no son exactamente como el tiempo que Dios ha decretado para ti.

Ama desde lo más simple a lo más complicado; todo tiene en la vida un porqué, y nada te sucederá por casualidad; las casualidades no existen, todo tiene una causa y un efecto.

Ahora que te despides de este lugar y vas en busca de un nuevo karma recuerda, Francesco: vive con todas tus fuerzas.

Y el maestro le dio un abrazo como si hubiese querido darle toda su sabiduría en él.

El maestro de los miedos le dijo:

—En tu próxima vida no habrá necesidad de transitarla con tantos temores; tu vida anterior te servirá de experiencia.

Cada vez que un miedo aparezca en tu mente, analízalo bien y serás consciente que tomará la dimensión que tú le dejes tomar. Piensa que una vida sin miedos puede ser vertiginosa, arriesgada, loca y hasta divertida, pero nunca será una vida chata y aburrida; tampoco será triste, y hasta es posible que ni siquiera te enfermes.

Tú sabes que podrás elegir cómo vivir y qué sentimiento te convendrá cobijar en tu mente y en tu alma.

Y Francesco recibió otro abrazo, con todo amor.

De pronto, llegó agitada Rosario, su espíritu amigo, compañera de viajes astrales y también del primer viaje a su familia.

Francesco le gritó al verla:

—/No te vayas sin despedirte! ¡No te volveré a ver! Rosario le dijo:

—Me contaron que más adelante podremos encontrarnos allá abajo, y hasta podríamos formar una linda pareja; pero quizás, para eso, tengan que pasar muchos años.

Será Cupido quien nos fleche, tú ni siquiera te darás cuenta, seremos algo así como almas gemelas.

—¡Qué imaginación, Rosario!

—No, no es imaginación; me lo contó un ángel y me encantó.

—¿Después de todo lo que sufriste allá abajo, cómo puedes querer volver? ¿Te olvidaste que moriste joven, dejando hijos muy chiquitos y sufriste un año en el hospital? Quédate aquí, Rosario, este lugar es ideal para quedarse eternamente.

A Rosario se le oscureció la luz de su energía, y su sonrisa se borró como de un plumazo.

—Francesco, te diré que tuve la oportunidad de hablar con Dios y pude preguntarle por qué a mí me había sucedido todo lo que tú ya sabes, y pude entender lo que allá abajo no entendía.

Quizás cuando puedas hablar con Él no pienses así, pero vuelve, por favor; me encantaría compartir la vida contigo.

—No, Rosario, si esa decisión más adelante sigue dependiendo de mí, no volveré; lamento desilusionarte. No quiero que pienses que te estoy despreciando, al contrario, ¡me encantaría compartir la vida contigo! Pero no, ¡no vuelvo más! Me encanta el Cielo y, aunque yo sé que viviría mi próxima vida de un modo distinto y mejor, igual tendría que pasar por ilusiones y desilusiones, reír y llorar, trabajar, despertarme todos los días cuando sale el Sol, acostarme cuando salga la Luna, formar una familia, tener una casa, un auto, un título o, simplemente, no lograr nada de eso, a pesar de desearlo. Aquí vivo feliz, porque mi mente no me tortura con pensamientos negativos, no hay miedos, ni dudas, ni tiempos que me apuren.

—Sí, pero si tienes una mente bien tranquila, que tome las situaciones con calma, allá tampoco tendrás sentimientos negativos.

Aquí falta algo que allá tienes. ¿Sabes qué? Faltan emociones, besos, caricias, sabores que sólo un cuerpo te puede dar.

—¿Y qué te dijo Dios sobre tu vida anterior?

—Me contó que mi espíritu era muy sabio, muy noble, y que no tenía una mente plena como para tomar conciencia de cambiar ciertas actitudes y hábitos, que, junto con el entorno que yo había elegido, me estaban perjudicando.

Entonces, Él me mandó señales para que cambiara, pero yo no las recibí. Y, como no estaba aprendiendo nada en esa vida, Él hizo que regresara al Cielo y volviera a nacer para ser feliz.

—¿Y por qué no elegiste tú si querías vivir o no?

—Yo ya había elegido no ser feliz; tú sabes eso de tener que cargar la valija, con todos los sentimientos negativos. A mí me pesaba mucho.

—¿Y por qué tanto sufrimiento, antes de morir?

—Porque los médicos y yo nos resistíamos a aceptar la muerte.

—¿Y ahora vas a volver?

—Sí, claro. Siento que esta vez será distinto, pero puedo esperarte.

—¿Y cuánto tiempo estás dispuesta a esperarme?

—El que tú necesites.

—Entonces, Rosario, quizás pierdas mucho tiempo, y yo no me lo perdonaría. Vuelve cuando quieras. Si todavía estás en la Tierra, seremos dos grandes amores.

Tú te irás del Cielo, puedes adelantarte más que yo; no te atrases entonces, por mi culpa.

—¿Cuándo aprenderás que el tiempo no importa? Yo había muerto un poco antes que tú, pudimos habernos conocido.

Mañana nacerás y yo me iré a otro Cielo. Así que te deseo lo mejor, ¡te quiero!

—Yo también te quiero.

Este abrazo fue especial; las luces de sus auras iluminaban todo el Cielo.

Después de un largo rato de silencio, apareció Pancho, su ángel. Su despedida fue corta y emotiva

—Querido Francesco, ya no estaré más contigo; en el segundo Cielo estarás con arcángeles. Yo me quedaré aquí hasta que me manden a cuidar a otra criatura de Dios.

¿Te acuerdas de cuando entramos aquí? Yo te dije que me dabas trabajo.

—Sí, lo recuerdo bien.

—Te seré sincero. Tu actitud hizo que tuviéramos una relación poco fluida, pero, a pesar que te comunicaste muy poco conmigo, tú fuiste el ser que más quise de todos los que protegí.

—¿Y qué fue lo que hizo que me quisieras tanto?

—Verte tan solo, cuando eras chiquito, fue un gran detonante para que yo te tuviera un cariño especial. No te olvides que sí vuelves a vivir tienes que ser abierto, tener fe y amor; habrá un ángel que te estará cuidando y esperará una palabra para saber que crees en él y, a la vez, puedan ser amigos. ¡Te quiero mucho, Francesco!

—¡Pancho, mi querido Pancho! Ojalá el próximo espíritu que tengas que cuidar te reconozca, te lleve a lugares que te gusten y no tenga tantas dudas como las que tuve yo.

—Descuida, no te olvidaré, aunque me toque cuidar al mejor ser humano.

Te contaré un secreto: si vuelves a vivir y entre todas las mujeres encuentras a Rosario y te enamoras de ella, yo volveré a estar cerca de ti, porque el ángel que ella tendrá es el mismo que tuvo en una vida anterior; Rosario tendrá a Gabriel, y él y yo estaremos juntos cumpliendo una misma misión.

Nosotros, los ángeles, tenemos ciertos códigos… te daré un ejemplo: cuando alguien te atrae y tú no entiendes el porqué, las personas dicen que es "cuestión de piel", y esto simplemente sucede porque los ángeles de esas dos personas tienen la misma vibración.

Te cuento otro secreto: nosotros ayudamos a cocinar; cuando alguien cocina, de manera excelente, una especialidad, y después tú preparas la receta exactamente igual, no tiene el mismo sabor, muchos dicen que es "la mano". En realidad somos nosotros que, mientras alguien cocina, ponemos nuestros condimentos espirituales.

—Me llevaré tus consejos en mi alma; ahora dime: ¿tú también quieres que vuelva a vivir?

—Yo quiero que seas feliz, donde sea que vayas.

—Aquí soy feliz.

—Creo que estás en condiciones de ser feliz en cualquier lugar del universo.

—Gracias por todo.

—No me agradezcas nada; fue un gustazo estar toda una vida contigo.

Y en otro abrazo se fundió con Francesco.

Estaban apareciendo algunas estrellas y la noche se sentía fresca.

Francesco fue hasta su habitación, la miró por última vez… era hermosa, ¿cómo no la iba a extrañar?

Luego se quedó dormido.



Extracto de "Francesco Una vida entre el Cielo y la Tierra de Yohana Garcia"

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