La vida es una línea recta.

Francesco


La vida es una línea recta donde el dolor y el placer son los extremos de la misma línea.

Basta con encontrar el equilibrio, no quedarse siempre en una misma orilla. Anclamos en el equilibrio es todo un trabajo. Mantener el ancla de la Fe como referencia interna y felicidad externa.

El ancla, para los egipcios fue el símbolo de la Esperanza, la vida es alinearse con la aceptación y la responsabilidad de ser mejor cada día.



Y Francesco, ahora Agustín, está desilusionado de la vida, es uno de los que siente que la vida le debe algo. Es uno de los que no encuentran su suerte porque siente que los demás sí la tienen.

Los demás tienen trabajo, encuentran el amor, son prósperos. Pero los demás no existen.

A veces la vida tiene muchos laberintos para recorrer. En los recorridos se construye un día a día, pero mientras se construye no se toma conciencia de algún milagro realizado por nosotros para el beneficio de ellos.

La vida no es un jardín de rosas solamente, también tiene espinas y piedras que se interponen en los caminos. Agustín es una persona tan frágil y vulnerable que parece no tener remedio.

Los vulnerables construyen muros y no se exponen, los arriesgados construyen puentes y los atraviesan.

Él había pedido en el Cielo, antes de nacer, que el señor del Destino le diera un buen juego en la vida, pidió comodines, tener atajos y comodines, el señor Destino se los concedió.

El no sufre enfermedades importantes, tiene todas sus necesidades cubiertas. Le dieron todos los comodines para que los miedos no lo limitaran, pidió jugar con atajos y el señor Destino se los concedió.

Sin embargo, esto no fue positivo para él. Demasiada comodidad lo hizo terriblemente despreocupado de todo.

La vida tiene que satisfacerlo ¡ya! Y nada viene solo, hay que salir al ruedo en la vida, hay que jugarse el todo por el todo en todo momento.

Cada persona forma parte de una orquesta, cada cual toca su propia sinfonía. Se necesita constancia para no desafinar.

Cada uno compone su propia música. En el transcurso de la vida parte de los músicos se marchan y nos dejan un silencio absoluto, a veces te pueden dejar escuchando el silencio, pero pobre de ti si porque alguien dejó de tocar en tu orquesta tú dejaste de escuchar tu propia canción.

Y este gran comentario de un Maestro, que hablaba solo mientras limpiaba los cristales de la puerta de su casa, fue interrumpido por otro Maestro Celestial.

—Necesitamos hacer un cambio —dijo Yanino, el Maestro querido por Francesco.

—Hagamos algo. Tengo una buena idea, mandaré a hacer los últimos arreglos para que Agustín vuelva a tener el amor en la piel.

Le haré ver que lo bueno no siempre se acaba. Le daré su merecido.

—Tu Luz brilla, Maestro, se te debe haber ocurrido algo interesante. Tu energía es picara, tu brillo despide destellos índigos, no hay duda de que debes tener un propósito brillante.

—Claro que es brillante. Déjame que le dé su merecido, ya lo hice con algunos otros y créeme que han crecido como nunca. Sólo te pido tiempo para que veas lo que le haremos.

Agustín venía en su auto por la ruta. Le gustaba manejar, iba disfrutando de su CD preferido de Bob Marley cuando escuchó un ruido que venía del auto. Se dio cuenta de que algo no estaba andando bien y fue disminuyendo la velocidad hasta que se dispuso a prender las balizas y bajar de su auto.

Se agarró la cabeza al ver que estaba a punto de que se le saliera una rueda.

No pudo creer cómo se había salvado por casualidad. Bueno, las casualidades no existen, se dijo hablando solo y buscando la tarjeta de su seguro para pedir auxilio.

Un señor muy alto y delgado vestido con ropas amplias y oscuras que parecía un maniquí, lo estaba observando.

¿Qué hace un hindú aquí?, se dijo al ver que tenía un adorno rojo rubí en el entrecejo.

El hombre detuvo su paso, se le acercó muy amablemente. Y le ofreció su ayuda. Pero qué tipo de ayuda le podría dar ese hombre. Agustín consideraba que sería inútil, se necesitarían herramientas para ajustar la rueda.

Misteriosamente su celular se había quedado sin señal.

Buscó entonces un teléfono pero no se veía ninguno a simple vista.

De todos los autos que pasaban algunos lo miraban pero nadie se detenía para brindarle ayuda.

De repente pasó un señor con un carro tirado por un caballo que llevaba un canasto repleto de botellas.

El hombre dijo un par de palabras en un dialecto desconocido por ambos, sin embargo pareció entender lo que Agustín le contó con referencia al auto.

El hombre, que tenía problemas al hablar, le dijo entre palabras cortadas que volvería cuanto antes con ayuda.

El hombre hindú se presentó estirando la mano.

—Mi nombre es Yanum, ¿en qué puedo servirle? —le dijo a Agustín.

—El mío es Agustín, gracias por preocuparse. No sé en qué podría ayudarme. Creo que no me queda más que esperar que este buen hombre que se acaba de ir vuelva a darme una mano.

—Bien, entonces le haré compañía —dijo el hindú.

—No se preocupe, me las arreglaré solo.

—Usted sabe que solo no podrá, ¿o acaso me equivoco?

—No, no se equivoca, tiene usted razón pero no lo quiero hacer perder tiempo. Le agradezco de cualquier modo, infinitas gracias por preocuparse.

—No hace falta que me lo agradezca. Yo todo lo ofrezco con gusto. ¿Si no estamos para ayudar para qué estamos? ¿No le parece?

—Es que, disculpe, esto me ha puesto nervioso. ¿Nunca le pasó algo como esto?

—Nunca tuve auto.

—Bueno, quiero decir, si nunca tuvo contratiempos.

—La vida es un contratiempo y dentro de ese contratiempo yo evalúo las diferentes formas que tengo para resolver cada situación que se me presenta.

Cada situación difícil de resolver la veo como un problema maravilloso para solucionar.

¿Qué es un contratiempo? ¿Tener deudas? ¿Llegar tarde a un lugar, que se te complique el día, se rompa algo o te enfermes? Entonces todo es un contratiempo, porque ante nuestros ojos nada es prefecto. Y aunque lo fuera, nunca lo veríamos de ese modo.

—Pero el contratiempo es el contratiempo —dijo Agustín.

—Ah, claro. ¡Vamos, amigo, por qué no disfruta de este momento!

—¿Ah si? ¿Y cómo se hace?

—Siéntese en el auto, prenda la radio y escuche la música que le gusta.

Realice algunas respiraciones profundas, imagine que está en un lugar muy bonito, disfrutando de tener todo lo que hasta ahora no pudo tener. Puede imaginarse su auto andando por la ruta sin problemas.

Recuerde que siempre se está en el lugar correcto. Usted llegará a donde quiere ir si realmente tiene que estar ahí. Si no, recuerde cuando usted no esté llegando a tiempo a alguna de sus citas y dígase esta frase. ”Los tiempos de Dios son perfectos”. Dígalo muchas veces, repítalo, verá como el tiempo se acomoda a sus necesidades. El tiempo que usted conoce no existe.

—Me encantaría poder creerle y hacer lo que usted me dice, pero creo que no es mi estilo. Yo no puedo ser irresponsable.

—Ahora ser responsable es hacerse problemas. Mire usted las cosas que me está ensenando. Yo siempre creí que la palabra "responsabilidad " significaba responder con habilidad.

Y Agustín se quedó callado. Hablaba con un perfecto desconocido que le daba sermones. Éste no sería el sermón de la montaña, sería el de la carretera.

Pero ese señor extravagante se dio cuenta de que estaba molestando y entonces se retiró caminando lentamente. No dijo una sola palabra más, ni siquiera se despidió de Agustín.

Los autos seguían pasando como si Agustín fuera un holograma. Nadie se detenía ni siquiera para saber si regalaba su auto en las condiciones en que estaba.

Y pensando en esos problemas maravillosos, Agustín no dudó en cerrar su auto, sacar los documentos y seguir camino a pie.

Otra vez le estaría reclamando por su plan divino al Dios que él tanto amaba pero tan abandonado lo tenía.

—Vamos, no te enojes, paciencia —se dijo Agustín—. Si podías luchar contra los dragones cuando eras pequeño, cómo no vas a poder caminar quién sabe cuántos kilómetros.

Las carreteras son interminables cuando no se sabe a dónde esta la salida. Lo mismo que en la vida, siempre vamos por una ruta sin tener idea de qué se podrá encontrar más adelante.

¡¡Vamos, Agustín, alguien tiene que ayudarte!!

Se atrevió a pedir que lo llevaran, pero quienes pasaban cerca de el parecían no verlo.

Ya había caminado treinta y cinco kilómetros. Sólo una señora mayor detuvo su auto y se percató de que el hombre necesitaba ayuda.

Le prestó su celular para que llamara al auxilio y Agustín le agradeció por el apoyo.

La mujer mayor se tomó la molestia de regresarse tantos kilómetros para que Agustín se encontrara con su auto.

Agustín tenía una costumbre muy extraña. Siempre le ponía nombre a sus autos, éste se llamaba Jonathan.

Le comentó a la señora que su auto se llamaba así y ella le contó que el de ella también tenia nombre, se llama Querubín, dijo, en honor a que su auto se portaba como un Ángel.

Los dos se miraron riéndose diciendo ¡¡Qué locos que somos!!

—¿Vos crees?

—Locos lindos —dijo la señora riéndose—. A porque nos distraemos con las cosas sin importancias y le damos vida a lo que no lo tiene.

Ella puso un CD de música clásica, sacó de su guantera dulces y una pequeña botella de naranjada y le invitó.

—Vamos, anímate muchacho —dijo la mujer—, ¿cómo pueden amargarte por semejante tontería?

—¿Le parece una tontería? A mí me parece una pesadilla —agregó Agustín.

—Porque no miras lo positivo de la historia. Aprendiste que si tienes celular no puedes tenerlo sin batería, que el auto se revisa una vez por mes y que hacía mucho que no hacías una buena caminata. No te parece que tienes bastante para agradecer y por lo que me cuentas también recuerdo que un señor ofreció su ayuda y nunca apareció. Eso también es aprendizaje. Nunca dependas de nada ni de nadie, además, la única manera de adelantarte a los problemas es ser previsor. ¡¡Llegamos!!.

—Si, le agradezco infinitamente, Qué bueno, pronto vendrá el auxilio.

Y se despidió de la agradable y servicial mujer. Agustín esperó a que el auxilio viniera y le arreglara el auto y nuevamente se puso en marcha.

Cuando había recorrido un poco más de dos horas de viaje, se dispuso a detenerse en una estación de gasolina.

Entró al bar, se sirvió un café y grande fue su sorpresa al ver al señor con quien se había encontrado en la ruta, el hindú flaco y alto llamado Yanun.

Agustín se alegró al ver una cara conocida y le hizo señal para llamar su atención, pero Yanun parecía muy entretenido con la señorita que preparaba los Hotdogs.

—¿Qué está haciendo? —se preguntó Agustín.

Mientras lo observaba, Yanun tenía un papel en la mano y se lo mostraba a la mujer, pero ella negaba con la cabeza y él insistía una y otra vez en que viera lo que estaba escrito en ese papel arrugado. Cuando pareció terminar con la charla, Agustín no aguantó con su curiosidad y lo llamó.

—Yanun, hola. ¿Cómo está usted?

¡Qué sorpresa encontrarlo! Veo que ya está en camino, parece que solucionó su problema. ¡Cuánto me alegro!

—Gracias, Yanun, ¿cómo está? Lo noto preocupado.

—Gracias por preocuparse por mi, pero aprendí a no preocuparme sino a ocuparme de mis problemas maravillosos.

Es que vine desde la India a quedarme un tiempo en este país y las únicas personas que conozco son unos primos.

Estos son sus nombres y sus números de teléfono, pero cuando llamo la telefonista dice que ese número no existe. No tengo modo de ubicarlos, hace tres días que los estoy buscando y nada.

La casa de ellos es el único lugar que tengo para quedarme, tampoco tengo dinero para pagar un hotel y además no conozco a nadie.

Agustín escuchó con atención y hasta espanto por este extraño personaje.

Cómo podría este hombre hablar de responsabilidad actuando de ese modo. Quién era el para decir que no había que preocuparse. Seguramente es un loco, pensó.

Los locos abundan en estos lugares.

Yanun lo miró. Parecería leerle el pensamiento.

Bajó la cabeza, con un gesto de humildad.

—Sabes, Agustín, el dinero es necesario pero hay que tener que merecérselo para poder mantenerlo.

—Yo no estoy de acuerdo, todos nos merecemos estar bien, que no nos falte nada. La naturaleza es perfecta, no hay alimento que la Tierra no nos pueda dar.

—No me refería a eso. Me refería a que para que tengas dinero sólo tienes que quererlo, darle importancia. Si no le das importancia se va.

Y yo soy consiente de que cada vez que tengo dinero, como en mi mente inconsciente no le doy el valor suficiente, él no me quiere y se va. ¿Nunca escuchaste que el dinero va a donde está el dinero?

El dinero es energía, y para que lo puedas tener tienes que quererlo mucho, muchísimo.

Yo tenía una amiga a la que le encantaba oler los dólares.

Y otro amigo que miraba la figura del billete v le hablaba, mantenía un diálogo invitando a sus amigos billetes a que fueran a su casa.

—¿Y el billete le contestaba?

—¡Claro, que no! Ja, ja, ¿Te imaginas si le contesta y le dice: yo contigo no voy, estoy ofendido, siempre te desprendes de mí como si nada?

—¡Ah claro, es tu caso!

—Lo importante no es si tienes o no tienes dinero sólo es que seas congruente, yo sé que no le doy valor, entonces sé que siempre estaré con el dinero justo, es lo que estoy eligiendo en este momento.

No vale de nada quejarse porque el dinero no te alcanza y cuando tienes un poco sales a gastarlo. Lo único que interesa en estos casos es ser fiel a lo que quieres.

A mi no me interesa.

—Bueno, a mi me parece que tampoco.

—Pero nadie dice que sea malo que te interese, al contrario, tampoco debes estar peleado con la espiritualidad, con tus criterios, no sirve vivir con los paradigmas.

—Pero Yanun, ¿si no encuentras a tus primos que harás?

—Me las arreglaré, no te preocupes.

Agustín sacó unos billetes y se los regaló, diciéndole en tono gracioso:

—Por favor, háblale a todas las fotos de los billetes y diles que vayan a buscar más amigos.

Yanun no hizo ningún gesto de querer rechazarlos, los agradeció con mucha ternura.

Entonces Agustín tuvo un diálogo interno: pensé que muchas veces el que es comedido siempre sale mal parado. Ésta no era la primera vez que le daba pena alguien, luego lo ayudaba y con el tiempo se le hacía un problema más para sostener.

Yanun, que parecía leer entre líneas el mensaje no verbal de Agustín, le contestó sorprendiéndolo:

—Mira, a nadie debes ayudar por sentir culpa. Tú no tienes la culpa de que yo me haya preocupado por ti cuando estabas en la carretera. Muchas veces la culpa nos hace actuar con mucha pena, y nos hace equivocarnos. Además que cada uno tiene su karma. No te hagas cargo de lo que no te corresponde — dijo Yanun—. Te acepto el dinero por dos motivos: porque creo que si una persona ayuda a otra mejora su karma, y después porque sería muy soberbio si necesitando el dinero te dijera ¡no, gracias! Porque esto es otra de las cosas que aprendí: somos muy soberbios cuando creemos que hacemos las cosas por humildad.

Soberbios cuando necesitando decimos "no, gracias".

Soberbios cuando no pedimos ayuda.

Soberbios cuando muriéndonos de ganas porque nos digan "te quiero ", nosotros nos guardamos las mismas palabras.

Tú deberías haber pedido ayuda en la ruta con más ímpetu. Estoy seguro de que tus señales de SOS fueron muy sutiles y solamente las captaban las personas que iban muy atentas al camino, pero ya sabes hay gente que no lo está tanto. Si te hubieras parado arriba del techo del auto, te hubieras sacado la camisa y hubieras hecho señales desesperadamente, hoy estarías a esta hora en tu casa.

Pero, claro, te dio pena. Eres una persona humilde… por soberbio no quisiste pasar vergüenzas a pesar de estar buscando ayuda.

Y Agustín, entre sonrisas nerviosas y algo molesto le decía que sí moviendo la cabeza. Asintiendo a cada pensamiento de ese desconocido, que parecía tener una respuesta para cada situación de la vida.

Agustín aprovechó para despedirse y regresar a su casa.

Subió al auto y lo miró por el espejo retrovisor. Lo observó en su andar liviano y lento, cabeza erguida, hombros anchos, espalda recta y un andar seguro.

Puso el auto en marcha y muy lentamente lo siguió, pero en cuanto el camino de ruta terminó, Agustín empezó a acercarse a la ciudad y lo perdió de vista. Pensó en cuánta gente debería estar encerrada en un manicomio.

Viajar sin temor, vivir en la India y no saber a dónde ir. Parece que los locos disfrutan más que los cuerdos.

De pronto se detuvo en un puesto para comprar el periódico, luego siguió manejando hacia la plaza, buscó un lugar para estacionar y bajó con la idea de tomar otro café en un bar, mientras miraba en los avisos algunos departamentos para alquilar.

Agustín se sentó en una mesa cerca de una ventana que daba a la calle, abrió el diario y como un navegante perdido dio vueltas las hojas sin tener idea de lo que buscaba.

Encendió un cigarrillo, pensó en dejar de fumar pero no era el momento, algún día llegaría, después de todo el único amigo que tenía era el tabaco.

Recordó al hombre nuevamente, pero se sorprendió al darse cuenta de repente de que este hombre extraño acababa de llegar al mismo café donde él se encontraba.

Estaba haciendo unas averiguaciones con la camarera del lugar, le mostraba el mismo papel arrugado que le había mostrado a él.

Agustín se colocó el diario en la cara para que el hombre no lo reconociera, Yanum lo vio pero no se acercó. Se sentó en una mesa distante, se le veía muy tranquilo.

A Agustín hacerse el desentendido con alguien que necesitaba de su ayuda lo ponía tenso… y lo hacía sentirse culpable.

Pero si no puedo hacer nada por él, se dijo; lo llamaré. Y haciéndole una seña con la mano justo en el momento en que le traían el café le señaló la silla vacía, invitándolo a sentarse trente a él. —¡Hola!—dijo Yanum.

—Hola, ¿cómo estás, encontraste a tu familia?

—No todavía, pero sé que los encontraré. Primero quiero encontrar un trabajo, de lo que sea, no me preocupa la tarea, necesito tener la tranquilidad de que puedo quedarme un tiempo aquí. Vine con un objetivo y no puedo irme sin cumplirlo.

—¿Puedes contarme de qué se trata tu objetivo?

—Claro que podría contártelo pero no tiene sentido que lo haga. Tú estás apurado no puedes perder tiempo en tonterías, tú eres un hombre importante.

—¿Por qué dices esto? Yo no soy lo que crees.

—¿Y quién eres?

—…No lo sé.

—¿Tú eres uno más entre todos?

—Claro que sí.

—No pareces seguro de pensar así.

—¿Y tú tienes una respuesta?

—Por supuesto que no, apenas te conozco. Cuando conoces a una persona te suceden sólo dos cosas: o la rechazas o bien la aceptas. Y tú eres confiable, algo melancólico y con una gran sensibilidad.

—¡Eres muy observador!

—A veces sólo pongo atención en lo que me parece interesante, como lo puedes hacer tú.

—Dime, Yanum, ¿con quién compartes tu vida, quiénes son tus afectos? Cuéntame de ti.

—Mi vida no es muy interesante. Tengo muchos amigos, soy un sembrador de afectos. Hablo con mucha gente, también le hablo a las plantas, a mí mismo. Tengo un socio maravilloso, ese socio es Dios.

—¿Eres católico?

—No, no tengo una religión. Algunas me gustan, no sigo un dogma. Imagínate, yo rezando toda una vida a un Dios y el día que me muera, si es que me toca ir al Cielo, me encuentro a otro Dios. ¿Te imaginas cómo me puedo sentir?

Estoy seguro que allí arriba hay un Dios para cada religión. Tampoco creo que estemos solos en este planeta, seria muy soberbio creer que somos los únicos habitantes del mundo.

—Se ve que eres muy espiritual. Yo también lo soy. Cuando colocas los pies en el camino de la espiritualidad nunca más vuelves hacia atrás, el camino de la evolución espiritual es maravilloso.

Mi madre se ha convertido en un ser que le habla a sus enfermos de energía y de afirmaciones.

—Hoy creo que todos estamos en este camino. Algunos transitamos en el jardín de infantes, otros en la secundaria y otros en la Universidad. Tienes que tener fe, vive una vida distinta, ten un sentido, sigue un propósito y sé feliz.

¡Ah ti no se te ve muy bien de ánimo!

—Es verdad, estoy un poco desorientado, extraño partes de mi pasado, cuando era un hombre que sabía lo que quería, tenía una familia normal, un trabajo.

—¡Te faltó decir, "todo tiempo pasado fue mejor"!. Estás asustado, te ubicaste en la queja, eres una victima de las circunstancias. ¿Quién te crees que eres para pensar que la vida siempre te tiene que sonreír? ¿Qué te diferencia de los demás que sufren? Los otros tiene derecho a sufrir ¿y tú no?

—Bueno, no me regañes pues tienes razón, soy un quejoso y un cómodo.

—Yo creo que cada persona tiene lo que puede tener de lo que puede ser, pero depende de cada uno el entusiasmo que ponga en cada tramo de su vida, para construir su propósito.

A veces puedes y otras no, acepta lo que te toca y no reniegues.

—Yo sé que tienes razón. Te haré una pregunta —dijo Agustín a Yanum—. Si tú no eres cómodo y tus ideas están tan claras, ¿sabes lo que te está sucediendo? Porque tu vida no parece tan próspera, estás solo, no tienes nada. No te ofendas, pero no pareces el más indicado para dar consejos. Vuelvo a pedirte disculpas.

—No, no te disculpes. Tú no sabes qué hay en mi interior. Yo no me siento solo, no reconozco mi soledad. La sombra del desamor no me asusta, estoy en paz. Soy sólo un hombre que aprende cada día a estar presente, disfruta el momento y ama cada instante. Si tengo algo que hacer no lo pienso, lo hago.

Conozco gente maravillosa y comparto todo lo que dicen, estoy abierto a cambiar lo que tenga que cambiar. Comparto tristezas y alegrías, me acuesto refrescado por las brisas, no digo sí cuando quiero decir no.

Prefiero ponerme rojo de vergüenza al decir no antes que ponerme verde de enojo por haber dicho que si cuando no quería hacerlo.

—¿Dónde aprendiste esto?

La mirada de Yanum cambió hacia la calle y también cambió su conversación, le gustó el perro que le movía la cola en la vidriera del café.

Yanum lo miraba y pidió que le dieran algo de comer al pequeño animal.

—¿Te gustan los perros, además de las plantas? —agregó Agustín.

—Si, pero me gustan más los gatos. Son independientes, saben bien lo que quieren. Me despido de ti porque aprendí que despedirse es bueno para no dejar ningún encuentro sin cerrar. Me despido pero no para siempre. Agustín, voy a darle de comer al perro y luego iré a buscar a mis primos pero antes de irme te haré un regalo.

Yanum metió la mano en el bolsillo y de adentro de su saco retiró una pirámide pequeña, un dije dorado con un brillo muy especial

—¡Oh, es bellísimo! ¿Estás seguro de que te desprenderás de ella?, ¡Es hermosa!

Y Yanum le contó que tenía una historia muy bonita.

—Sólo hay dos pirámides iguales, las hizo mi padre, una para él y la otra para mi madre. Ella antes de fallecer se la regaló a una mujer que estaba muy triste porque no había logrado nunca enamorarse y tú pareces tener alguna dificultad en este terreno.

—¡Pero si no me conoces, cómo te desprendes de un recuerdo!

Esto es mi amuleto del buen amor. Yo vivo en el amor universal y no lo necesito. Además, los recuerdos no son cosas, son sentimientos y mis recuerdos están en mi corazón.

Tampoco el amor necesita de amuletos, pero por si las dudas, uno nunca sabe.

—Gracias, Yanum, me gustaría darte mi teléfono, que te pongas en contacto conmigo si necesitas algo o sientes ganas de que nos encontremos, permíteme que te dé mi tarjeta.

—Prometo que te llamaré —dijo Yanum muy alegremente.

—Hagamos un trato, en cuanto encuentre el amor te devuelvo el talismán y entonces se lo puedes regalar a otro, así enamoraremos a más gente. ¿Qué te parece?

—Muy generoso de tu parte. Igualmente nadie necesita mi amuleto. Para enamorarse basta con encontrar a la persona adecuada; el amor no se busca, sólo aparece. Mi madre decía que el amor es como una enfermedad que aparece cuando las defensas están bajas.

—¡Entonces yo ya estoy apunto de encontrarlo!

—Quizás si, o quizás tengan que bajarte aún más las defensas, a lo mejor todavía no tocaste fondo. Déjame que te dé un abrazo Agustín.

—¡Muchas gracias por tu regalo!

—No, gracias a ti. Espero la próxima vez poder devolverte tu buena ayuda.

—No te preocupes, apúrate con tu bandeja de comida que el perro está alejándose de la plaza y se irá sin comer.

—Es probable que no tenga hambre y sea sólo una necesidad mía de darle algo de comer, quizás hacer esto me satisface más a mi que a él. Siempre se siente un gran bienestar cuando uno da. Creo que damos por el hecho de sentirnos felices. Quizás el otro no necesita tanto de mi caridad, ¿no te parece, amigo?

Me voy, no doy más vueltas, hasta el próximo encuentro —dijo Yanum.

—Adiós dijo Agustín.


Extracto de "Francesco decide volver a nacer de Yohana Garcia"

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1 Comentario de lectores

14/03/2013

Me encanta leer los fracmentos del libro,me refrescan el alma,y comparto muchas cosas o conceptos vertidos en el mismo....Gracias!!

Blanca Eva desde Argentina