Los Maestros del Cielo.

Francesco


Los Maestros del Cielo no van a alfombrar el mundo para que no tropieces, para que no te caigas, sólo te pedirán que mires bien dónde caminas y si puedes calzarte algo en los pies para que tu andar sea lo más cómodo posible. Entonces todo transitar será más suave y ligero.



El Maestro de la Niñez lo observaba de vez en cuando mientras el escenario del Universo lo rodeaba.

Este buen Maestro se acunaba entre mullidas nubes llenas de gotitas de agua.

El amaba el Alma de Agustín, esa Alma vieja, pura y sabia.

Sabia que su querido amigo no estaba pasando por un buen momento, era el mayor entendedor sobre cosas del tiempo pero ahora dudaba hasta de sus capacidades.

Teniendo la certeza de que Agustín no había pasado por la Ley de Olvido no podía entender algunas de sus actitudes.

Fue a buscar el Libro de la Vida del muchacho, y se sorprendió al ver que hasta ahora en él había escrito muy pocos sucesos.

Él tenía un libro incompleto, un amor inconcluso, un matrimonio roto, un trabajo que le gustaba y que había abandonado sin una causa muy clara.

Al tomar el libro entre sus manos etéreas el Maestro no podía creer lo que veía. Hojeó el libro de atrás para adelante y de adelante hacia atrás, las hojas que contaban el futuro de Agustín estaban todas en blanco, esto mostraba que no habría una causa negativa en las próximas vidas, los humanos a esto lo llamaban Karma, y los Maestros: entendimiento.

Pero el Maestro tampoco pudo encontrar el capítulo que hablaba de su Misión, eso que las personas en la Tierra llaman Dharma.

El Maestro se preguntaba: ¿dónde estaría toda la sabiduría de este buen hombre?

Y ahora se pregunta:

-Agustín, ¿cuál es su espacio? -dijo el Maestro al cerrar el libro.

Mientras la curiosidad lo asaltaba por saber más de su querido Agustín, decidió mirar el libro de otras almas, las cuales habían disfrutado de una hermosa estadía en el Cielo.

Claro que para hacerlo tuvo que pedir permiso a la Junta Kármica (Grupo de Maestros que cuidan las bibliotecas del Cielo). El Maestro volvió flotando entre nubes y nubes bajando por otros planos hasta que encontró el jardín preferido por los Ángeles.

Ese jardín sagrado repleto de rosas donde crece la rosa preferida de María, uno de los seres más luminosos del séptimo Cielo.

Esa rosa llamada Jarime despedía el aroma más dulce del mundo, una mezcla entre frescura y picante.

El Maestro apoyó su corona en el verde del césped y apoyó su Alma en el mismo lugar. Abrió cada libro y lo estudió con la atención de un científico.

Quedó asombrado al ver que las demás personas iban escribiendo el Libro de su Vida casi del mismo modo que lo hacía Agustín.

Mientras miraba uno de sus libros escuchó un silbido, era el Maestro del Viento que estaba haciendo una travesura. Entonces miró hacia abajo y levantó de una nube algunas hojas que se habían desprendido del mismo.

El libro tenia el nombre de la persona que actualmente estaba viviendo en la Tierra, en las hojas que estaban sueltas se relataba que la dueña del libro era una mujer de cuarenta años la cual ya no estaba enamorada de su esposo y sin embargo había vuelto con él tres veces. Miró otro libro y en el capítulo de los pequeños problemas tenía escrito esto: “Un hombre decía que quería hacer una dieta y tomaba el batido de proteínas dietéticas pero a escondidas comía el postre que había dejado en el refrigerador su hijo”, el Maestro no paraba de reírse, sus mejillas rosadas tornaban de color el libro.

Hasta que en la última hoja se relataba algo que había escrito un señor: él decía que el futuro no le preocupaba porque somos todos pasajeros en la vida y sin embargo él se había comprado la mejor parcela en un cementerio muy coqueto.

-¡Incongruentes! -dijo el Maestro-. Después de leer sus libros ellos pierden el tiempo, usan sus horas en preocupaciones, caras amargas, miedos, etc. Ellos crecen en sustantivos y no en verbos.

Ellos inventan cosas que los comunican pero a la vez los complican, pueden comunicarse horas enteras con desconocidos por medio de máquinas pero no son capaces de ir a visitar un amigo, tienen todo en exposición y casi nada en el inventario.

Comidas rápidas y digestiones lentas, casas grandes y hogares rotos. ¡El mundo moderno…! -suspiró-. El mundo del consumismo, de la frialdad y de la queja, el temor a lo que vendrá. Pobres, sufren a cuenta, se colocan las vendas antes de la herida.

Qué será de ellos cuando se den cuenta de que su vida, desde aquí, es tan solo unos segundos en los que ellos se sienten eternos.

Los únicos logros disfrutados apenas por minutos, son los únicos momentos alentadores para las personas.

El Maestro del Tiempo recordó un cuento que les relataba a las personas que dejaban todo a la mitad.

Entonces llamó a un espíritu recién entrado al Cielo, y le dijo:

-¿Me dejas que te cuente un cuento?

-Claro -le dijo el espíritu-, escucharte será un honor para mi.

-Entonces ven. Siéntate en la nube blanca, te hamacaré mientras escuchas el relato: "El cuento del carpintero”.

Había una vez un carpintero que estaba apunto de jubilarse. El hombre había trabajado toda su vida con el mismo arquitecto, quien le indicaba qué trabajo hacer. Había llegado su último día de trabajo, y el carpintero estaba inmensamente feliz, por fin dejaría su rutinario trabajo y se dedicaría a descansar. Cuando llegó el momento de hablar con su jefe, éste le pidió un último favor.

-¿Podrías construir la última casa? Luego te daré tu retiro.

-¿Es muy grande el trabajo? -preguntó el carpintero.

-Puedes construir la casa como quieras, la dejo a tu gusto, puedes hacerla pequeña o también grande, puedes construirla con el confort y las comodidades que desees, en esta labor no te pondré ni tiempo ni te daré un plano, tú ya sabes de construcción y yo te tengo la confianza suficiente para no tener que supervisar tu trabajo.

El carpintero, con muy pocas ganas, aceptó.

Sería su última casa y luego la libertad de no tener más que levantarse temprano, no llegar cansado los viernes, tampoco esperar las vacaciones, porque estaría siempre de vacaciones, sería dueño de su tiempo

Construyó la casa muy pequeña, martilló los clavos de mala gana, colocó las ventanas sin prolijidad y cuando creyó conveniente llamó al arquitecto; con un poco de temor a que la viera demasiado fea lo esperó en la puerta mostrándose apurado.

Pero el hombre lo sorprendió, le pidió las llaves de la puerta, cuando el carpintero se las entregó el hombre se las volvió a dar, y tomándole la mano, mirándolo a los ojos, le dijo:

-Estas son las llaves de tu casa, sé que nunca pudiste hacerla tuya, éste es mi regalo. Lamento que no la hayas hecho como te la merecías, tu casa debería ser más bonita.

-Así que hablando solo -dijo una vieja Alma que representaba a un anciano.

-¡No, solo no! ¿No ves al espíritu nuevo que me compaña? El llevaba en la mano algo así como un bastón, toda su energía tenía forma de un cuerpo y además caminaba como por encima de las nubes… pero al verlo flotar por las nubes de lejos, este Maestro rengueaba, lo cual es rarísimo, en el Cielo todo es perfecto.

Nadie llega enfermo, ni con mutilaciones, ni locuras. Sin embargo el Maestro del Tiempo lo miró asombrado, pero antes de emitir sonido alguno, el otro Maestro le leyó el pensamiento, y en esos segundos, segundos casi imperceptibles, como todos los tiempos del Cielo, le dijo a su nuevo amigo:

-¿Cómo estás? Sé lo que estás pensando, soy el Maestro de las Exigencias.

-¡De las Exigencias! -dijo asombrado el Maestro-. ¿Y tú que exiges? Nada puedes hacer aquí, ¡en este Cielo no se exige nada!

-Claro que no… por eso sólo me dedico a trabajar desde aquí observando a los exigentes del planeta Tierra. Y al mirar cómo lo hacen, anoto en sus libros cada exigencia, cada perfección que quieren alcanzar o que le piden los demás.

Imagina, me la paso escribiendo, creo que soy el Maestro que más escribo, voy y vengo de plano a plano buscando lapiceras de plumas de Ángeles, tú sabes que ellos la pierden en la tercera dimensión.

Yo las recojo unos segundos antes de que lleguen al piso y luego vuelvo hasta el sexto plano.

Al poco tiempo que empiezo a anotar las exigencias, se me acaban enseguida la tinta y aunque no soy demasiado exigente en escribir de modo perfecto cada palabra igualmente termino agotado yendo y viniendo, muchas veces se me acaba la pluma y la tinta, pero por suerte los libros de cada persona tienen muchísimas páginas, y tú sabes que nunca se acaban.

-Pero entonces, ¿Para qué escribes tanto? ¿No será que tienes tú también la actitud de la perfección?

-No, claro que no, pero me quieres decir de dónde inventaron eso de la perfección. Fíjate que hasta yo tengo un defecto en mi ala izquierda, y soy perfecto en energía divina. Pero ellos son perfectos aunque con una mente peligrosa que se les dispara como un chimpancé que salta de rama en rama y un cuerpo contaminado de toxinas terrestres. No sé cuánto tiempo va a aguantar la humanidad esa vida.

-Maestro, ¡El mundo es perfecto por naturaleza!

-Te diré que en mi libro… -y el Maestro se interrumpió con la emoción que lo invadía en ese momento.

-¿Qué libro? -preguntó el Maestro del Tiempo.

-Los Maestros también tenemos libros sagrados. Estoy escribiendo un capítulo sobre mi trabajo, y en este momento justamente venía a buscarlo en el preciso momento en que me encontré contigo.

Hay algo que quiero revisar, creo que los humanos no están escribiendo su libro como deben, no lo están haciendo ni tranquilos ni pausado como corresponde, paso por paso, estoy seguro de que se exigen de sobremanera.

No es conveniente ser tan exigentes. Tendrán que practicar la tolerancia. Eso quiere decir que tienen que amarse como sea. No se trata de consentir sus fallas ni tampoco de odiarlas.

Al entenderlas y verlas cara a cara irán perdiendo fuerza, en cuanto más las nombren y las odien, más la alimentarán.

El deseo de perfección es innato, porque significa el deseo de regresar a la verdadera esencia.

Y estar en la verdadera esencia se extraña siempre mientras estés con una vida física, es como querer volver al perfecto vientre de la madre.

Si actúan negativamente perderán la ruta y el objetivo que deseen seguir.

La sombra no es más que la ausencia de la Luz, lo que se entiende por algo defectuoso, fallado, equivocado.

Desde el Cielo estos juicios no los logramos entender. Para nosotros no hay malos ni buenos.

Puede haber equivocaciones. Dios se encarga sólo de dar oportunidades y más oportunidades hasta que las personas las puedan entender o captar. Y si no las toman. Dios les estaría dando las mismas oportunidades para que crezcan una y otra vez.

Las personas también sienten culpas por ser culpables. Se culpan por tener defectos, por no poder cambiarlos aunque a veces pongan todas sus ganas para hacerlo. La culpabilidad es el resultado del deseo de querer ser perfectos y de no aceptar que equivocarse es parte de la perfección.

Los errores nacen en la conciencia y la culpabilidad es la parte oscura que habrá que aceptar con humildad.

La vida debiera tener aciertos algunas veces y errores otras, pero errores sin culpas, las culpas sólo traen castigos y los castigos, resentimientos.

El Maestro también recordó los miedos que entristecían a las almas que él había acompañado durante la estadía en el Paraíso.

Recordó cuando un Alma le confesó que nunca había vivido en el presente porque el futuro era lo que más le importaba.

-Sin embargo, el futuro no existe, el futuro es la suma de lo que haces cada día de ese presente que vives en cada día de ese presente -siguió hablando el Maestro.

-Y ahora Agustín se pregunta cuál es su espacio, y qué está haciendo él de su vida. Seguramente esa pregunta se la deben estar haciendo muchas personas allí abajo.

Me gustaría bajar y decirles que no busquen desesperadamente si no que se entreguen en el presente a realizar todo lo bueno que tienen en mente -dijo el Maestro mientras leía los libros de las personas qué vivían en la tierra-. Accionar es la clave. Es mejor equivocarse que no hacer nada.

Aquí no llegan con nada de lo material, ni con el amor de su vida, sólo se traen sensaciones, luces v vibraciones.



Extracto de "Francesco decide volver a nacer de Yohana Garcia"

8365 lecturas

2 Comentarios de lectores

20/09/2012

Si uno pudiera concentrarse solo en el presente no perderia tanta energia en imaginar el futuro.
Pero el presente aveces te abruma tanto que pierdes
la la señal.

patricia llerena desde Peru

20/09/2012

Excelente la historia del carpintero deja una buena moraleja y enseñanza♥

NIDIA LUCIA desde Estados Unidos