Un viaje al interior de un alma.

Francesco


¿Quien no ha tenido en sueños la visita de un ser querido?


Me estoy empezando a querer y no me siento tan culpable por no haberlo hecho mientras vivía. Te confesaré que aquí realmente me siento muy feliz, a pesar de…

—¿A pesar de qué?

—No, de nada.

—No me mientas, algo te pasa y no me quieres contar, tienes vergüenza.

—Si te lo cuento, vas a pensar que soy un espíritu inmaduro.

El maestro le contestó:

—¡Tú sí que eres gracioso! ¿Cómo es eso de "espíritu inmaduro"? ¡Todavía sigues poniéndote etiquetas!

—Está bien, te contaré. Me preocupa mi familia; quisiera hacer algo para ayudarlos.

—Supongo que ya puedes viajar y empezar a verlos y a encontrarte con cada uno de ellos, pero en orden.

—¿Qué? ¿Es por orden alfabético?

—No, Francesco, es por orden de percepción.

—¿Y qué es eso?

—Te quiero decir que, primero, tienes que mandarles una señal con mucho cuidado. No puedes aparecer en medio de la sala como una visita cualquiera. Seguramente te encantaría tomar una forma humana, bajar y decirles: "¿qué tal, cómo están? ¡Volví a visitarlos porque los extrañaba mucho!" Pero ¿qué crees que pasaría?

—Se asustarían o pensarían que están locos.

—Y hasta correrían el riesgo de infartarse y morir de emoción. Ése es el motivo por el cual no nos está permitido aparecer en forma de materia. Aparecer en sueños es lo más adecuado; de hecho la comunicación puede ser tan fuerte y real como lo que puede haber entre dos personas que están vivas.

Una de las cualidades que deben tener las personas que te van a soñar, es que sean receptivas; si no, no van a poder recibirte.

Hay personas que se comunican directamente con sus seres queridos, sin necesidad de hacerlo por intermedio de sueños; y pueden comunicarse porque sus antenas están totalmente abiertas para recibirlos.

—¿Cuál es el modo de comunicarse con mi familia?

—¿Escuchaste hablar de los viajes astrales?

—Escuché hablar de ellos, pero nunca me interioricé de qué se trataba; no olvides que era incrédulo en ese tema.

—Te lo explicaré. Te enseñamos a hacerlo; podrás llegar hasta tu asa en forma de luz y encontrarás a la persona más perceptiva de tu familia.

—¿Cómo sabré yo cuál es la más perceptiva?

—Será la que esté más armonizada, la más intuitiva. ¿Te imaginas quién será?

—Imagino que mi hija Florencia; en realidad, me gustaría poder verlos a todos. Si ellos no tienen estas aptitudes, ¿no podrán verme?

—Todos, en algún momento, podrán hacerlo.

—¿Cuándo llegarán estos encuentros espirituales?

—Mañana.

—¿Y cómo lo haré?

—Mañana te mandaré a Rosario, un ser sumamente dulce; ella se encargará de mostrarte el camino de vuelta. Será alguien muy importante en la última etapa de esta espiritualidad.

No te olvides de tratarla bien, está por demás decirlo.

—Por supuesto, sigo siendo todo un caballero.

—Entonces te veré en otro momento; apúrate a regresar a tu lugar de descanso y relájate, que mañana será un día muy especial.

Francesco pensó, durante toda la noche, qué sensaciones tendría al día siguiente, cómo sería atravesar el Cielo y volver a ver su casa, qué sentiría al ver a sus dos hijos y a su mujer.

¿Cómo sería entrar en el alma de su hija? ¿Qué pasaría si no lograba realizarlo?

Pensaba en qué pasaría si, después de verlos, decidía no regresar al Cielo, aunque esa opción seguramente no existía.

Todo esto lo angustiaba, lo llenaba de miedos, de dudas; esta estadía en el Cielo lo estaba volviendo más analítico de lo que había sido en su vida.

Era la mañana y el sol brillaba más que nunca.

Las nubes rosas iban pasando por la ventana donde Francesco tenía clavados los ojos. De pronto, sintió que lo llamaban.

La mujer que estaba de pie en la puerta de su cuarto era Rosario. Tenía un gran esplendor: ¡parecía una estrella dorada, sus alas eran multicolores! Su gran sonrisa le dio una cierta confianza; sabía que lo acompañaría y, de hecho, no podía tener un mal viaje con tan grata compañía.

—Hola, soy Rosario.

Francesco se presentó muy solemnemente. Rosario le preguntó:

—¿Estás preparado para el viaje!

—Por supuesto, vámonos cuanto antes.

—¿Te dijeron que es un viaje largo?

—No, ¿cuán largo?

—Lo que dure tu ansiedad; cuanto más te relajes y te tranquilices, más corto será el tiempo que tardaremos en llegar.

—Prometo ser obediente y portarme bien.

—No me prometas a mi; el compromiso es contigo mismo, porque esto lo haces por tus afectos.

—Bien, me lo prometo.

—Abre la ventana, Francesco, busca la nube que más te guste; sujétala y nos subiremos en cuanto me avises que ya la tienes.

—Ven cerca de mí, que hoy pasan demasiado rápidas.

—Eso es lo que tú crees; las ves más rápidas porque tú estás diferente y tu percepción de las cosas cambia de acuerdo con lo que ocurre en tu interior. Dejemos de charlar y toma esa que viene ahí; mira, es grande y podemos ir cómodos.

—Rosario, ¡tus alas son tan grandes que no me dejan lugar!

—¿Siempre protestas tanto?

—No, solamente cuando las alas de alguien ocupan mi lugar.

—Bien, concéntrate y relájate; mira cuántos espíritus hoy decidieron, como tú, hacer su primer viaje.

—Rosario, me estoy sintiendo raro, no mal; te diría que demasiado liviano.

—Bueno, entonces espera que bajemos un poco más. Huele los azahares del bajo Cielo, es sumamente placentero.

—Sí, es delicioso; me encanta tener el cielo para mí, lleno de colores, sensaciones y olores dulces.

—Ponte de pie sobre la nube.

—Si lo hago, te aseguro que me caigo y, de hecho, llego a casa rompiendo el techo y caigo en medio de la sala.

—¡Hombre tenías que ser!...

—¿Qué quieres decir? ¿Acaso eres un espíritu feminista?

—No, claro que no.

—Entonces deja ese comentario de lado.

—Perdón, Francesco, mi intención no fue ofenderte. Ahora volvamos a lo nuestro. Allá abajo todo es gris; ahí está la frontera donde empieza el Cielo bajo. Eso es lo que puedes observar desde tu nube, o lo que verías si estuvieras paseando desde un avión. Vamos a atravesar la nube.

—¿Cómo?

—Francesco, te olvidaste de que tienes alas.

—Sé que las tengo, pero las usé siempre para desplazarme en pequeñas distancias.

—Si vuelas en pequeñas distancias, puedes volar en grandes, y si no te animas, la nube rosa va a volver a subir: ella no puede bajar más. Abre las alas y vuela; muéstrame el camino de la casa.

Francesco logró volar como nunca, con sus alas desplegadas al viento.

—¿Y qué tal lo hago?

—¡Muy bien, Francesco!

—¡Esto es increíble] ¡Me encanta, me siento como una criatura!

—Deja de jugar con el aire.

—No te enojes, Rosario. Ahora entiendo por qué me dijeron que te tratara bien; eres demasiado susceptible.

—Te equívocas, quizá sea exigente. No tenemos demasiado tiempo. En este mismo momento está amaneciendo en el país donde vive tu familia; si perdemos el tiempo, no podremos encontrar durmiendo a tu hija y te perderás entrar en su sueño.

Francesco entendió lo que le dijo Rosario, dejó de jugar con las nubes y se puso serio. Se entristeció al pensar que no había nada como estar vivo y poder abrazar a sus seres más queridos.

Ahora él se había convertido en algo así como un fantasma.

—No pienses eso —le dijo Rosario.

Francesco sonrió, casi sin ganas.

—Pon tus alas con la punta hacia arriba, pues estas nubes son de nieve y no te va a agradar atravesarlas.

Siguieron bajando muy delicadamente, hasta que Rosario preguntó:

—¡Puedes decirme cuál es tu casa?

—Sí, desde aquí la puedo ver; es aquella de rejas verdes… ¡pero siempre fueron blancas!. Y ahora también hay perro.

—Seguramente a ti no te gustaban los perros.

—Nunca quise tener ningún animal en casa; tampoco permitía que cambiaran el color blanco de las rejas.

—No te sientas culpable.

—Me siento como un tonto; a veces uno es egoísta hasta en los detalles más insignificantes. Fíjate que uno se tiene que morir para que los otros puedan darse ciertos gustos.

—Mira que eres complicado, Francesco.

—Me gusta el perro, es un poco grande para mi gusto, aunque mi opinión en este momento no es demasiado importante. ¿Nos está mirando o es idea mía?

—Nos está viendo, nos escucha y nos siente. Algunos animales, por ejemplo los perros, son perceptivos y tienen un sexto sentido. Aunque te parezca mentira, pueden ver más que ustedes...

—¿Por donde entraremos?

—Dime tú por dónde quieres entrar; a mí me da lo mismo.

—Entraremos por la puerta principal, la que mira al jardín.

—Antes de entrar, Francesco, espera a que te dé las instrucciones.

—¿Instrucciones de qué?

—Olvidas que estás muerto; no puedes entrar abriendo la puerta con una mano, pues está cerrada con llave.

—¿Y ahora qué debo hacer?

—Ahora viene la mejor parte: empieza a girar sobre ti mismo, y te vas a ir transformando en un rayo de luz. Como todo rayo podrás entrar en donde tú quieras. Podrás recorrer todos los lugares sin hacer ruido, y entrarás en el alma de quien tú hayas elegido.

—¿Qué haces ahí parada? ¿Tú no vienes?

—¿Quieres que entre a tu casa?

—Sí claro, me encantaría; hasta podríamos tomar el té.

—Si tienen de manzanilla, lo aceptaré, ¡ja, ja, ja! Ahora apúrate, giremos en el sentido de las agujas del reloj, hasta que tú y yo nos transformemos en un haz de luz.

A los dos les llevó sólo algunos segundos concentrarse para volverse rayos, y luego entraron por la ventana que estaba entreabierta.

Empezaron recorriendo la casa, habitación por habitación.

Su hijo no estaba:

—¡Dónde se habrá quedado a dormir? —se preguntó Francesco.

Rosario, leyéndole la mente, le dijo:

—Está en la casa de un amigo.

—¿Por qué yo no puedo leer tu mente, como lo haces tú conmigo?

—Todos nosotros podemos hacerlo, tú también; pronto te lo enseñaré.

Entonces, Francesco vio a su esposa durmiendo. En la mesita de luz había una foto de él y de ella, colocada junto a un ramo de margaritas amarillas. En la mesita de luz, al lado de la ventana, Francesco vio que había un papel; parecía importante pero Rosario no permitió que su amigo lo leyera.

—Acaríciala, si lo deseas —susurró Rosario.

—¿Cómo?

—Acaríciala, tócala con tu rayo de luz. Con tu espíritu dale amor y serenidad, que le están haciendo falta últimamente.

—Aparte de sufrir mi muerte, presiento que hay algo más que la está preocupando. ¿Podrías tú, que parece que todo lo sabes, contarme qué le está pasando?

—Después te contaré todo, ahora no es el momento.

Apúrate, entra a la habitación de tu hija.

—¡Ahí está!… ¡Qué placer volver a verla! ¡Qué grande y qué linda está! ¡Puedo acariciarla?

— Claro que sí.

—Hija, ¡te quiero mucho!

—Entra dentro de su sueño.

—Olvidas que nunca lo hice. ¿Cómo se hace?

—Es más fácil de lo que crees. Atraviesa suavemente el centro de su frente y te encontrarás entrando en su sueño. Busca su inconsciente y podrás estar en lo más profundo de su ser.

—Y después, ¿qué pasará?

—Le dices lo que sientes, pero cuidado, no tienes permitido contar tu experiencia de allá arriba. Si haces eso, puedo sacarte repentinamente del sueño y te enojarías conmigo.

—¿Por eso has decidido acompañarme?

—¡No seas mal pensado, que yo no me lo merezco! Simplemente, los cuido a los dos. Ahora entra de una vez; ya te dije que nos queda poco tiempo.

Francesco hizo lo que Rosario le había indicado y ya estaba entrando muy suavemente en su hija.

Florencia estaba soñando que caminaba por la calle, con los apuntes de la facultad en sus manos, mientras buscaba un lugar donde sentarse a tomar un café bien caliente. Tenía que hacer tiempo para repasar algunas materias.

Ahí su padre hizo su aparición.

—¡Hola, hija, ¿cómo estás?

—¡Papá! ¿Qué haces aquí? —exclamó sorprendida, mientras se preguntaba cómo podía estar sentada frente a su padre muerto.

—Vine a contarte que estoy muy bien y, sobre todo, feliz de estar donde estoy.

—Se te ve más joven, como con veinte años menos.

"Esa es la ventaja de estar muerto, uno puede bajar a ver a sus seres queridos con la edad que elija", pensó Francesco, pero no se lo dijo a su hija.

—Dile a tu madre y a tu hermano que yo siempre estoy con ustedes y los ayudaré. Yo estoy orgulloso, porque mi jardín está floreciendo. Ahora cuéntame: ¿cómo estás, qué deseas para ti?

Florencia pensaba para sus adentros cómo podía estar soñando algo real.

—Yo, papi, ¡estoy muy cansada! No tengo ganas de estudiar más.

Me pregunto, día a día, cuál es mi verdadera misión en esta vida.

—Cambia de carrera si consideras que ésta no llena tus expectativas.

—¿No sería un fracaso tener que volver a empezar?

—El verdadero fracaso es resistirte a los cambios por miedo o por dejarte estar. El tiempo lo pierdes si no haces lo que te gusta y, si no pruebas, nunca sabrás dónde está el verdadero camino hacia tu misión.

—¿Y dónde está la misión de cada uno? ¿Cómo nos damos cuenta de que estamos en el camino correcto?

—Misión es pasión. Cuando sientas que lo que haces te llena el corazón y el alma, todo te estará indicando que estás en el camino correcto.

—¡Me alegra tanto volver a verte! ¿Por qué tardaste tanto en aparecer en mis sueños?

—Perdóname, no fue mi intención. No pude hacerlo antes y tampoco puedo contarte por qué. Ahora, dime una cosa: ¿tú llevaste el perro a casa?

—Sí, ¿cómo lo sabes? ¿Ya visitaste la casa?

—Sí, y el perro también me gustó. ¿Cómo se llama?

—Se llama Pancho.

"Pancho, como mi ángel", pensó Francesco.

—Pancho quizá te pueda dar una señal de lo que puedes hacer con tu carrera.

—¿Qué haré?

—Si sigues siendo tan desordenada, nunca podrás salir adelante.

—¡Pero, papi, si yo vivo en la prolijidad y el orden! ¿Cómo puedes decirme eso?

—Los desórdenes de los que te hablo son de adentro.

Alguien lo sacudió y lo hizo salir del sueño repentinamente.

Florencia se había quedado dormida, pues el despertador no había tocado su alarma; su madre la estaba despertando sacudiéndola muy dulcemente.

Francesco creyó que la responsable de la sacudida había sido Rosario.

—Llegarás tarde a la facultad sí no te apuras —acotó la madre de Florencia.

—Vamos, Francesco —dijo Rosario con voz entrecortada.

—Sí, vamos.

—Lo hiciste bien.

—Creo que sí. ¡Fue fácil, después de todo! Quisiera quedarme con ellas un poco más, déjame observarlas, ¡están tan lindas!

—Puedes quedarte sólo un momento. Estaré esperando en el jardín; mientras tanto, jugaré con Pancho.

—Pancho, deja de ladrar, despertarás a los vecinos. Mira si serás miedoso, creo que eres el único perro que le teme a los espíritus.

—Rosario, ya está; cuando quieras, nos vamos.

—Mira, Francesco, este perro, así como lo ves, inquieto, barullero y desobediente, va a poder darle afecto a cada uno de ellos y los va a acompañar para que su soledad no sea tan fuerte. ¿No te vas a poner celoso de Pancho?

—¿Qué cosas dices, Rosario? No, no me voy a poner celoso. Vamos.

—Sí, vuélvete a relajar, armonízate, y sube despacio, porque subiendo, también cambia la percepción de lo que ves. Mira qué linda es tu colonia desde arriba.

Después de todo, estar muerto tiene sus ventajas; puedes viajar sin gastar dinero.

—Claro que sí; tampoco tienes que trabajar.

—Sabes, Francesco, cuando yo hice la primera visita a mi familia, fue muy fuerte lo que sentí. Había muerto de una enfermedad muy cruel.

Tenía cuarenta años y dos hijos mellizos de diez años. Después de haber luchado mucho tiempo con mi enfermedad, morirme fue un placer, y hacer mi primer viaje para visitar a mi familia me llenaba de alegría. Pude entrar en uno de mis hijos. Pude sentir que aún seguía siendo su mamá; a pesar de todo, podía sentir que los acariciaba, que podía quererlos y cuidarlos. A través de varios sueños, les mandé algunos mensajes, y ellos y yo nos quedamos mucho más tranquilos.

El soñarme hacía que tuvieran más fe, que se sintieran mejor y más cerca de mí.

—¿Pudiste entrar en todos?

—Sí, en todos.

Ahora sube las alas, que atravesamos las nubes del bajo Cielo.

—Están frías; parece que el viaje de vuelta es más corto.

—El regreso siempre parece más corto; el viaje de la ida está siempre cargado de ansiedad, por eso parece más largo.

—Rosario, ¿qué papel tapaste con tu mano que no quisiste que mirara?

—Espera que lleguemos, después te contaré.

Fueron subiendo más y más, fueron apareciendo los olores los colores y los murmullos del primer Cielo.

—Se te ve contento, Francesco; tienes una luz muy bonita.

—Gracias por acompañarme, Rosario.

—No tienes que agradecerme nada. Te dejaré para que descanses y luego te contaré lo del papel que no dejé que vieras.

—Me quedaré toda la tarde en el jardín, quiero ver cómo están mis flores.



EN EL HOGAR DE FRANCESCO

En la casa de Francesco, el desayuno estaba servido en la mesa: té caliente, huevos, mantequilla.

Florencia tenía un brillo especial en los ojos y los rasgos de la cara mucho más relajados; sus pómulos estaban rosados como por el sol. Algo le había pasado mientras dormía, que la había hecho levantarse tan bien.

Elena, su madre, la llamó para que hiciera entrar a Pancho, que había ladrado sin parar durante toda la madrugada.

Su hermano todavía no había llegado de la casa de su amigo, así que estaban las dos solas con el perro.

Florencia rompió el silencio:

—¡Mamá, soñé por primera vez con papá! Fue un sueño muy real, no me pareció un sueño como cualquier otro. Pareciera que él hubiera estado realmente conmigo. ¿Puedes creer que yo sentí que fue algo mas que un sueño?

—Claro que creo que lo sentiste a tu lado; yo no he tenido la suerte de soñar con él, aunque le he pedido muchas veces a Dios una señal que me indicara que lo tiene a su lado.

Claro que creo que lo sentiste a tu lado.

Después de que tu abuelo falleció, yo lo soñaba con frecuencia; es más, hasta contaba lo que iba a suceder en el futuro. Cuéntame cómo era el sueño.

—Estábamos los dos sentados en un café, aparentemente era un lugar cercano a mi facultad. Charlábamos mientras saboreábamos un rico café. Él parecía tener veinte años menos, llevaba puesta una camisa a cuadros azules y naranja, con cuello ancho de color blanco. Se le veía muy bien. Mamá ¿qué te pasa?, ¿te sientes mal?

—Sigue, por favor, después te cuento.

—Mamá, ¡estás pálida!

—Puede ser. No te preocupes, ya me siento un poco mejor.

—¿Sigo?

—Sí, ya te lo había pedido antes; no te hagas la misteriosa.

—Me dijo que estaba muy bien, que nos teníamos que quedar tranquilas, que él siempre estaría cerca de nosotros. Me contó que había visto la casa y que Pancho le había parecido muy gracioso.

—¡Es increíble lo que me estás contando! Sigue.

—Dijo que yo tenía que ordenarme o algo así, como que estoy equivocada con la carrera que elegí, y que Pancho me daría la señal correcta de lo que debería seguir.

—¿Qué señal te puede dar un simple perro?

—No sé, mamá. ¡No tengo ni idea! Esto es muy extraño, también habló acerca de un jardín con rosas.

—¿Querrá que le llevemos flores al cementerio?

—No sé; a mí se me ocurre que tendríamos que plantar algunas rosas y cuando florezcan se las ofrecemos a papá.

—Yo le voy a llevar flores al cementerio.

—Yo no. Papá está conmigo y no en ese lugar, pero si ir te deja más tranquila, entonces hazlo.

—Déjame que te cuente por qué me asombré cuando me estabas contando el sueño. Esa camisa que tenía puesta tu padre, en ese encuentro que tuviste, se la había regalado yo en el primer aniversario de novios; a él le encantaba usarla. Tú nunca la conociste, porque se la regalé antes de que tú nacieras. Y no creo que la pudieras relacionar con alguna foto, porque no recuerdo ninguna con esa ropa.

—¡Entonces, papá apareció realmente! No fue un sueño producto de mi inconsciente, ni porque lo extrañara.

—Sí, estoy segura de que es así. Realmente se ha comunicado contigo; ha bajado a darte todos esos mensajes.

—Hija, ¡me gustaría tanto que él estuviera en este momento con nosotros! Seguro que no estaríamos en estas condiciones. Por eso es tan importante ser independiente, para que, si el bastón de la persona en la cual te apoyas te falta, puedas salir adelante caminando sola, y no como yo, que dejé que la vida transcurriera, mientras me apoyaba en todos ustedes. No solamente siento su ausencia, también me pregunto qué tengo que hacer para sacarlos del pozo en que estamos metidos. No he podido superar su muerte y vivo preguntándome por qué nos pasó esto a nosotros.

—Mamá, la muerte es parte de la vida; pregúntate: "¿por qué, si le pasa a tanta gente, no tendría que pasarnos a nosotros?"

—Si bien no entiendo cómo puede él ayudar desde arriba, no tengo dudas de que sabrá cómo hacerlo. Tu padre fue un buen hombre y, sí es cierto que las almas buenas van al Cielo y están al lado de Dios, entonces tenemos que pensar que él ya estará trazando un plan, para que nosotros estemos mejor.

—Bueno, mamita, no te preocupes y confía en mí; este sueño dio paz a mi mente y a mi espíritu.

—Entonces, ahora que estás en paz, te contaré lo que tanto me preocupa. Ayer llegaste tarde y no quise angustiarte, pero ahora es el momento de que sepas la verdad, lo que está sucediendo.

—¡No des más vueltas! ¡Me estás impacientando, mamá!

—Llegó un papel del banco; dice que si no pagamos lo que debemos nos rematarán la casa y todos nosotros iremos a parar a la calle.

—¿Eso era lo que te tenía tan preocupada? ¿Por qué me lo ocultaron?. Yo ya no soy una niña que no se da cuenta de nada. ¿Y mi hermano lo sabe?

—Sí. No queríamos preocuparte; estabas en plenos exámenes y no ganábamos nada diciéndotelo antes. Aprende que hay un momento para cada cosa.

—¿Y ahora qué vamos a hacer?

—Esperar, hija, no nos queda otra. Confiemos en ese bendito sueño, en esa ayuda que tu padre ha prometido.

—Si la ayuda es espiritual, ¿nos servirá?

—Todo nos servirá. Ya verás, todo saldrá bien. Te lo aseguro.

—Mami, abrázame fuerte, déjame sentarme encima de ti, como cuando era chiquita. No sé como, pero algo me dice que Dios y papá son amigos y que nos van a ayudar.




Extracto de "Francesco Una vida entre el Cielo y la Tierra de Yohana Garcia"

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2 Comentarios de lectores

07/01/2012

Me parecio extraordinaria el articulo sobre Francesco, muy edificante. Dios les bendiga

Nohora desde Colombia

03/10/2011

HACE APENAS 9 MESES QUE MI ESPOSO PARTIÓ ,EL ME DIJO QUE EL SEÑOR LO VINO A BUSCAR. ESAS FUERON SUS ÚLTIMAS PALABRAS. SU MUERTE FUE REPENTINA, LLEGANDO DE UN VIAJE LE DIO UN ACV Y ESAS FUERON SUS ÚLTIMAS PALABRAS. YO QUEDE CON TRES HIJOS, DOS DE LOS CUALES VIVEN EN CASA UN VARON Y UNA NENA DE 16, LO PRIMERO QUE HICIMOS FUE COMPRAR UNA PERRITA QUE RESULTO TERRIBLEMENTE REVOLTOSA PERO ES LA ÚNICA QUE NOS SACA UNA SONRISA. ESTA HISTORIA ME LLEGÓ A LO MÁS PROFUNDO DE MI SER, SE QUE EL ESTA PERO YO TAMBIÉN NECESITO SENTIRLO... LO AMO Y LO AMARÉ SIEMPRE FUE MI COMPAÑERO DE 31 AÑOS DE ESTAR JUNTOS Y SE FUE MUY JOVEN TENIA 48 AÑOS, TODAVIA NO TENGO CONSUELO. GRACIAS POR COMPARTIR LOS FRAGMENTOS DE ESTE MARAVILLOSO LIBRO.

LILIANA desde Argentina