Las causas de mi muerte pueden definirse así...

Jesús ~ Jeshua


CAPÍTULO XII


Causas de la muerte de Jesús. Oposición de su familia y amigos a su decidido propósito de dar cima a su mesianismo con el martirio. Sus hermanos pretenden hacerlo pasar por loco, mas él consigue de la madre que los retenga en Betania. Sigue mientras tanto el Maestro con ahínco la exposición de sus doctrinas, fustigando a. los sacerdotes, de cualquier religión que ellos sean, que se apoyan en la fuerza y llegan hasta el homicidio para imponer lo que ellos creen ser la luz de Dios, el que manda en cambio:

“No matarás”. Fustiga asimismo a los depositarios de la fuerza pública, que no la cumplen en bien de sus subordinados. Jesús, mientras tanto, presentía la proximidad de su fin y no perdía el tiempo, activando por el contrario su propaganda.



Hermanos míos, las causas de mi muerte pueden definirse así:

“El delito de Jesús en el pasado fué el de facilitar las sediciones populares, propalando por el intermedio de los sacerdotes sospechas de connivencias con los paganos.

“El delito de Jesús más tarde, fué su desviación hacia el culto fundado por Dios mismo, y esta desviación del culto resultó de mayor gravedad y de mayor poder de seducción por la cualidad de Hijo de Dios que Jesús se abrogaba.

“La ley mosaica tenía que alcanzarle a Jesús, a quien tenían que infligírsele el suplicio de la lapidación. Pero el juicio de la casta sacerdotal precisaba la adhesión de esa misma autoridad que a menudo se desentendía de las cuestiones que se suscitaban entre los hebreos, y precisábase Padre.

También del concurso popular para el cumplimiento de la venganza del clero.

Por lo cual se tomaron de las últimas predicaciones de Jesús pruebas de culpabilidad como perturbador y abolicionista de las leyes civiles, a más de las religiosas, para hacerlo caer así bajo la jurisdicción de Poncio Pilatos, procurador romano. Y ante el pueblo se le acusó a Jesús por seducción y alianza con el Espíritu de las tinieblas.”

Refiero aquí los motivos de mi condena, motivo cuyo valor discutiré después, al mismo tiempo que daré una explicación de cada uno de los delitos que se me acumulaban, por defecto de una reproducción inexacta de mis enseñanzas. Ello nos llevará a extensos desarrollos y tendré que honrar el coraje de mi intérprete, que sufrirá por estos minuciosos detalles, más de lo que haya sufrido a causa de las anteriores presiones de mi Espíritu.

José y Andrés preparaban las humillaciones con que fui amagado más tarde, refiriendo lamentables episodios de mí infancia; referentes a los últimos días de mi padre y al abandono de mi madre. Ellos agregaron a la expresión de su falsa piedad por la que designaban como mi pobreza intelectual, la difamación de mí vida íntima y de mi cualidad de Hijo de Dios, mediante viles espionajes, con juicios desleales y con una designación burlesca en cambio de la que yo había tomado.

No busquemos, hermanos míos, en los libros del antiguo estilo una explicación del título de hijo del hombre, que se me otorgó por burla, como acabo de manifestarlo. Desembaracémonos de las tenebrosas historias para poder elevar nuestra narración hasta la sencillez del Espíritu, que todo lo aclara. No levantemos, por otra parte, una desaprobación demasiado severa sobre ciertas personalidades desde que el fermento de las ideas y el empuje del Espíritu resultan muy a menudo de causas oscuras para la inteligencia humana. Defendamos nuestra alma y nuestro Espíritu en contra de todos los entusiasmos y en contra de todo lo preconcebido. Hagamos distinciones entre las diversas graduaciones, pero no maldigamos a nadie. Hagamos de la vida de Jesús un código de moralidad para todos los hombres y esforcémonos en demostrar que la vida humana debe ser respetada, porque ella es una emanación del alma divina.

La vida Humana encerrada en los límites impuestos por el Creador es un descanso en medio del camino de la inmortalidad. La vida humana deformada por el vicio, acortada por los excesos, torturada por los odios, despedazada por el delito representa una espantosa falta de razón que revela la bestialidad de la naturaleza, aun no domada vuelta hacia la bestialidad primitiva a causa de un regreso en el orden ascensional; las dos, bestialidad de naturaleza y bestialidad regresiva constituyen los verdaderos flagelos del mundo. La primera revela la fuerz a brutal de la bestia; la otra, dirige las tendencias de la bestia como para hacer las más mortíferas. Las dos desarrollan, mediante el contacto, los males asquerosos del alma, del Espíritu y del cuerpo; las dos marchan entre la sangre, se alimentan de orgías, se duermen, vencidas por la saciedad, encima de ruinas.

Representándoos a Jesús en los últimos momentos de su vida de Mesías, hermanos míos, no alimento la idea de llamar vuestra atención tan sólo sobre Jesús, pero sí pido que todos los que lean estas páginas reflexionen profundamente respecto de las enseñanzas que ellas ofrecen a su consideración. No tengo más que un propósito esto es, el de convertir en mejores a los hombres, propósito que se alcanzará si ellos meditan sobre mis palabras.

Defino las heridas de mi alma para caracterizar el acercamiento que existe entre las almas humanas. Explico la culpable intención de los que me desconocieron para volver a traer hacia una dulce resignación a los que se ven calumniados. Declaro enemigos míos a los perspicaces, a los orgullosos depravados, reconociendo en cambio como nuevos discípulos, a los hombres de buena voluntad, a los humildes, a los desheredados de bienes del mundo, a los hambrientos de los tesoros eternos. Siempre digo: El que no está conmigo está en mi contra. Felices los que hacen provisiones para la vida futura y que caen en la pobreza voluntariamente durante la vida presente; el Reino de Dios les pertenece. Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. La luz y la verdad son dones de Dios, esparcidlas ampliamente entre todos los que os las soliciten, con el ardor de un alma libre y con un Espíritu deseoso de las cosas celestes.

Por cuanto yo soy siempre el Mesías, Hijo de Dios, que desciendo de la luz para sostener todo lo que ya sostuve, para defender todo lo que ya defendí, para combatir todo lo que por mí ya fué combatido.

Por cuanto yo vengo para destruir y para reconstruir, para demostrar a mis discípulos cual es el Reino hacia el cual deben aspirar. Tal Reino no es de este mundo. No hay ya lugar a equívocos. El Espíritu libertado de las sombras de la naturaleza humana se ilumina de luz divina no siéndole ya posible desviarse por ignorancia ni empequeñecerse por temor a las crueldades de los Espíritus humanos. Este Espíritu, desde la elevación en medio de la que Dios lo admitiera, baja hacia este mundo para traeros la concordia y la esperanza, proclamar la inmortalidad y el amor universal en nombre de Dios.

Volvamos, hermanos míos, al punto en que os dejé a fines de mi último capítulo.

La tranquilidad de que yo gozaba en Betania se parecía al silencio que precede a las explosiones, porque en Jerusalén, el odio sordo de los sacerdotes empezaba a manifestarse ostensiblemente y el pueblo, de cuyas simpatías yo no gozaba desde las, bravatas que lanzara en las proximidades del Templo, prestaba oído complaciente a los díceres que se hacían correr respecto de la ineptitud y falsa virtud de mis máximas, respecto de la vanidosa pretensión de mi Espíritu, que yo me habría complacido en evidenciar, juntamente con las demostraciones de mi pobreza y abnegación corporal. Mi madre se encontraba en Jerusalén debido a un llamado de María de Magdala. Ella había formado en esos momentos una inquebrantable voluntad. Se negó a volver a Nazaret y me vi obligado a contemplar hasta mi muerte esa su tristeza que constituía un vivo reproche para mi sacrificio, ese dolor que penetraba en mi alma debilitándola.

María de Magdala hacía derroche, ante mí y mi madre, de toda esa energía que puede arrancarse de la pasión y de toda esa dulzura y suavidad que nace de la plegaria. Se retorcía en los espasmos de la desesperación o se arrodillaba piadosamente para pedirle a Dios el poder de abatir mi resolución. Ella se arrojaba a mis pies para manifestarme, con voz baja y temblorosa, toda la felicidad de un amor puro, pero invasor de los resortes del alma y de las facultades del Espíritu. Después se levantaba, abrazaba a mi madre, la cubría de besos frenéticos y me suplicaba que las salvara a las dos de la muerte y del infierno, a donde a las dos las arrojaría mi suplicio y mi gloria.

El renovarse de tales demostraciones producía sobre mi Espíritu el efecto de accidentes que interrumpen el curso de los Pensamientos. Me sentía acabado por la emoción cuando alguna feliz sacudida venía a arrancarme de los brazos maternos que pretendían retenerme con su contacto ardiente, capaz de volverme loco o cobarde.

A María de Magdala no la quería solamente mi madre, lo dos mis discípulos y las mujeres venidas de Galilea también la querían. Marta, Simón, la joven María, notaban en ella las sólidas condiciones de la mujer desengañada y cansada de los placeres mundanos, al mismo tiempo que descubrían en ella el semblante resplandeciente por la gracia y suaves condiciones de alma. María de Magdala era más instruida que la mayor parte de los que me rodeaban. Ella me era deudora del desarrollo de su Espíritu y de la seguridad de su juicio, pero aun antes de habernos encontrado ella poseía ya más conocimientos de los que poseían en general las mujeres de ese tiempo. María hubiera sido completa sin la concentración de su alma hacia una persona, si bien amaba no obstante a Dios con sinceridad. — ¡Pobre humanidad!

Propuse a mi madre que me siguiera a Betania, para que no les ofreciera a mis hermanos un apoyo con sus presencias por cuanto no venía menos en ellos el desatinado propósito de seguirme. Puse de este modo un fin a nuestras penosas reuniones.

Mi madre me tenía más cariño a mí que a sus otros hijos. La elevada opinión que ella concibiera respecto de mi destino, cuando mi tío Jaime quiso participar de mis fatigas y de mis peligros, sirvió para exaltar ese sentimiento hijo de los cuidados e inquietudes que le había proporcionado el más endeble y menos simpático de los miembros de su numerosa familia.

Después de nuestra última entrevista de Nazaret, mi madre alimentaba un solo deseo: salvarme de la muerte. El descubrimiento que ella hizo del profundo afecto de María, le proporcionó una esperanza a la que asoció todos los demás medios personales, que consideró útiles para su propósito. — Madre infeliz — Cien veces más infeliz que si hubiese comprendido desde el principio la inutilidad de sus esfuerzos. — Mártir humilde!

— Mártir, cuyo martirio fué cien veces más cruel que si hubiese aceptado, como una orden de Dios, la renuncia y la separación.

Hermanos míos, la expansión de un alma en Dios no basta para darle la suprema comprensión de la fe, y mi madre, mi tierna madre, toda llena de las teorías de una religión imperfecta No podía, a pesar de su confianza en mí, hacer tabla rasa de todo lo que había creído y practicado hasta entonces.

La libertad del alma se adquiere mediante la fuerza intelectual del Espíritu. Por fuerza intelectual no entiendo la aptitudes más o menos pronunciadas para el estudio de las ciencias exactas, sino el impulso positivo de la idea hacia la solución de tal o cual problema colocado en el campo de lo infinito; entiendo determinar la fuerza intelectual del Espíritu, alimentándola con el deseo ferviente de conocer los orígenes e imprimiéndole el sello de una voluntad inalterable de avanzar siempre y más.

Rechazar una creencia que se apoya tan sólo sobre viejos prejuicios y erróneas referencias para abrazar una fe radiante de verdad, en medio de un cielo de luz fascinadora e infinita, es un hecho que no puede producirse sino con el derrumbe de las aspiraciones materiales; con la absorción del principio terrestre del Espíritu efectuado por el principio espiritual del mismo Espíritu.

Es entonces que se rompen las ligaduras del alma y que ella, en posesión de su libertad, sigue al Espíritu que se encuentra en posesión de sus fuerzas.

Dios no se revela al alma que, aunque amante, resulta la esclava de un Espíritu que obra únicamente por solicitaciones y no por propia ciencia y conciencia. Dios, pues, no se revelaba sino a medias a la mujer piadosa, pero ignorante de las fatigas que llevan hacia las delicias de la fe, de esa fe sin contradicciones y sin terrores, que se cierne por encima de los peligros y sonríe en medio de las torturas, que recibe luz de la faz divina para llenar todos los deberes, devorar todas las humillaciones, ir hacia todos los heroísmos.

Si mi madre hubiese hecho más fácil mí misión con su fe, hermanos míos, me hubiera ahorrado de una gran amargura durante las luchas de mis últimos días, entre los recuerdos de la vida que huía y las promesas de la vida que se aproximaba. Si mi madre y María de Magdala se hubieran asociado en toda la plenitud de la fe dentro de mis creencias, mi Espíritu se hubiera mantenido a la altura de mi familia espiritual, mientras en cambio la tendencia carnal de esos dos amores debilitó mis fuerzas y preparó mi debilidad sobre el madero del sacrificio. Mi fe no se ha doblegado. Cuando la fe se establece sobre la realidad demostrada materialmente, no puede debilitarse; pero la naturaleza humana humillaba tan profundamente al Espíritu agitado bajo la presión de las fantasías Contradictorias, que tenía que hacer un esfuerzo para reconquistar esa libertad tan querida y tan necesaria para un Apóstol de Dios.

La dependencia de los Espíritus aumenta en relación con la inferioridad del mundo en que habitan, y agrego que, a pesar de las luces espirituales y de la fuerza intelectual de un Espíritu él tiene que sufrir más o menos deplorablemente por las sombras arrojadas sobre su ideal y por los asaltos dados a sus convicciones, en un mundo, en que todas las creencias religiosas se traducen tan sólo con demostraciones referentes al pasado, al porvenir, al presente y al honor del Espíritu.

La familia de los hombres se compone de alianzas sin homogeneidad y sin fuerza colectiva para alcanzar su objetivo. Estas alianzas se convierten en lamentables pruebas para los Espíritus honrados con la elevación alcanzada precedentemente en la jerarquía moral e intelectual.

En el ejercicio de su libertad el Espíritu encuentra la calma necesaria para su fe, el ardor para las concepciones atrevidas y la decisión para dirigir su obra. Pero, ¿puede acaso esta libertad ser completa y duradera ¡Desgraciadamente no! — No, puesto que la triste dependencia de los Espíritus, los unos de los otros, debe existir para el establecimiento de la Justicia de Dios en los mundos, en que la destrucción de las especies inferiores por otras especies superiores señala una marcha progresiva hasta llegar al hombre; en los mundos en que la enorme desproporción de los Espíritus entre sí proviene de causas laboriosamente definidas por la ciencia que demostramos, ciencia que reconoce la inmutabilidad de las leyes naturales.

Ahora, constituyendo una ley de este mundo la dependencia material para los Espíritus, nadie puede eludirla, y el Espíritu superior que se encuentra de paso aquí conquista una libertad provisoria o se entristece en la esclavitud de su voluntad. Las debilidades de la fe son inherentes a toda creencia sostenida mediante concesiones de la razón. Las debilidades en la fe Constituyen motivos de constantes esfuerzos para todos los que practican una religión sin comprenderla. El fanatismo, que consiste en una fe ardiente privada de razón, debe considerársele como una enfermedad del Espíritu. La fe verdadera jamás se separa de la razón. Ella señala una personalidad convencida de los atributos divinos y esta personalidad se ve obligada a doblegarse ante los deberes que de ello le resultan.

Cualquiera sea la causa directriz del deber, ella es el resultado de luchas, de claudicaciones, de faltas anteriores del Espíritu, y los deberes futuros del mismo Espíritu se constituirán de mismo modo, sobre la base de sus medios actuales. Tan sólo muy lentamente la naturaleza humana puede desprenderse de sus tendencias carnales, sino que la fe verdadera proporciona el empuje del coraje, la perseverancia en las empresas, el desprecio por los peligros y el estudio de los deberes se hace cada vez más fácil, la materia se desgasta al conquistar nuevas posiciones el Espíritu, el que se eleva de etapa en etapa hasta el aniquilamiento de la materia. Hermanos míos, la fe verdadera honra la inteligencia laboriosa que ha recorrido diversos senderos, en los que se ha hecho de protectores. La fe verdadera es el premio de todos los Espíritus ancianos, cuyo adelanto intelectual no se ve deprimido por la decadencia moral.

¡Fe resplandeciente! — Tú nos confías el secreto de nuestros destinos. Tú nos das la explicación de Dios, de la sublimidad de sus leyes, del poder de su justicia y de su amor; tú señalas el deber con la seguridad de ser comprendido... el deber descansa en el cumplimiento de la ley general y en las obligaciones morales, establecidas en nombre de los principios del derecho individual. La ley general, principio de derecho individual, emancipación, deducida de una creación inteligente; inmortalidad, consecuencia de la perfectibilidad; vosotros exhibís el Espíritu humano al desprecio de las grandezas universales, porque el Espíritu humano practica o aprueba el homicidio.

La familia humana sobrepasa todos los errores del juicio, cuando afirma el derecho de muerte.

Dios, árbitro soberano de los Espíritus, les concede el cuerpo como instrumento, y el cuerpo se conserva más o menos tiempo, según la dirección que le es impresa por el Espíritu y el lugar habitado por el Espíritu y por el cuerpo.

Decrecimiento anticipado de fuerza, o debilidad de nacimiento, intermitencia de salud y de enfermedad, desarrollo feliz o extenuación prolongada, amplitud de manifestación u opresión servil, decadencia natural o accidentes fortuitos, todo ello demuestra el cansancio actual o el cansancio precedente, todo ello explica, la disciplina universal por medio de la prueba y de la rehabilitación, y rechaza los nombres, los más monstruosamente Estúpidos como: Dios de las armadas, Dios vengador, Dios celoso, Dios terrible.

Viles asesinos, defensores embrutecidos de una mala causa, defensores sagaces de una causa incomprensible heresiarcas realmente convencidos o valientes apóstoles de una falsa religión que creéis verdadera, vosotros sois todas más o menos culpables delante de Dios y Dios os juzgará.

Delincuente endurecido, has de permanecer aplastado mientras no aparezca el arrepentimiento como indicio de castigo y la expiación voluntaria te sea tenida en cuenta como atenuante. Mas, llegado a este punto, podrás trabajar bajo las miradas de Dios y tu trabajo será recompensado. ¡Pobre ignorante!— Has de vegetar entre vaguedades e indecisiones, hasta la aparición de una luz lejana, que irá aproximándose y haciéndosete cada vez más visible.

— Libres o encadenados, maestros de verdades, discípulos conscientes del error, Dios os tendrá en cuenta las circunstancias de esos errores, de la causa de vuestras debilidades y repararéis vuestras culpas y gozaréis de los honores debidos a las reparaciones.

Así es la Justicia de Dios. Ella levanta a los más grandes culpables, ordena la emancipación lleva cuenta de los trabajos, pesa los actos de valor, prepara nuevas glorias a sus Mesías, después de haber purificado sus Espíritus, ofuscados por las glorias precedentes.

¿Justicia de los hombres, cuándo llegarás a ser una copia de la Justicia de Dios?

(Hermanos míos, empleo aquí la palabra justicia para designar vuestra fuerza social; mas vuestra fuerza social encontrándose privada de la idea que manifiesta la palabra justicia, reconozco que esta palabra es deficiente y seguiré empleándola tan sólo para ser comprendido.)

¡Justicia de los hombres, la que deja envilecerse, con todos los vicios una forma humana, y que, en un momento dado, toma esta forma humana y mata con el pretexto de dar un ejemplo del que precisara la sociedad, embebida de las más abominables máximas de inmoralidad y desprovista del sentido intelectual hasta el punto de que, por una parte, los mandamientos de Dios continuamente repetidos, no se ven jamás observados, y que, por otra parte, se niega la existencia de Dios. Justicia de los hombres, la que decreta la muerte con el sentimiento del deber cumplido que se apoya en la mentira, al invocar a Dios para matar, y que resulta siempre Como una consecuencia de los instintos de la naturaleza bestial cualquiera sea la creencia religiosa de que alardee!

Depositarios de la fuerza social, los puestos que vosotros ocupáis en este mundo de pruebas son consecuencia natural de las dependencias humanas y preparan otras dependencias humanas. La expresión de vuestro poder, no habiendo tenido jamás como causa motriz la emancipación de los Espíritus y el justo reparto de las ayudas materiales, constituirá siempre, una vergüenza y una condena para Vosotros. Recabaréis el sentimiento de vuestra inferioridad del recuerdo de las explosiones de vanidad de vuestro orgullo y sufriréis la terrible pena del Talión, aplicada inexorablemente en todos los casos de sangre, derramada deliberadamente o con la fría crueldad de una inteligencia humana. He aquí ¡oh depositarios de la fuerza social, los castigos aplicados a todos los hombres, que han dirigido otros hombres sin antes iluminarse con el sentido moral e intelectual de los Seres superiores.

Justicia de Dios, la misericordia te acompañe, puesto que dejas una puerta abierta para el arrepentimiento. Justicia de los hombres, te acompaña la más espantosa demencia, puesto que, o nada sabes de la inmortalidad y entonces arrojas a un precipicio sin fondo todos los pensamientos cuyo origen no puedes explicar, esas pulsaciones que hacen palpitar otros corazones, esas fuerzas que parecen destinadas a producir más de lo que ha producido hasta ese momento (1) o tienes nociones respecto de la inmortalidad, ¿y por qué entonces te atreves a estorbar el camino hacia la inmortalidad? — Espantosa demencia — Ya lo dije. Justicia humana, Jesús como todos los condenados, que tienen tiempo para ello, podía ensayar iluminarte para salvar su vida, sino que Jesús debía considerarte suficientemente iluminada, y no se defendió Justicia humana, pregunta a tus mártires por las diversas fases de su agonía; todos te dirán que jamás habían amado tanto como en ese momento, a los que estaban por dejar.

Todos ofrecerán minuciosos detalles respecto de la calma mentida y de los alardeados actos de coraje, que deponen en favor de su valentía en el mismo momento en que el corazón gime despedazado por las ansiedades de la duda, de la vergüenza, de los remordimientos y de la naufragada esperanza; cuando el alma tiembla en frente de la horrible visión que le proporcionan los aparatos accesorios del suplicio, inventados por la maldad en medio de sus orgías.

— ¡Gran Dios! — ¡Cuánta sangre derramada sobre esta Tierra! —

Tiemblo al pensar en el pasado, en el porvenir, en el presente, en todos los países, en todas las religiones, en todos los orígenes, en todas las castas, en todas las sucesiones, en todas las ambiciones y hasta en todos los caprichos manchados de sangre, y dirijo a todos los mártires mis reminiscencias de mártir, y elevo con fuerza mi voz hacia Dios, suplicando: Piedad, misericordia, Padre mío, para estos hombres, que una sociedad perversa ha empujado hacia el delito, mediante el ateísmo, y a los que castiga luego con el delito. Dice a todos los justos: lo mismo que vosotros he sufrido por la separación de la carne, lo mismo que vosotros he fatigado mi Espíritu en la contemplación de las miserias morales, lo mismo que vosotros dudé de la utilidad de mi vida.

Y en ese momento solemne en que la naturaleza luminosa del Espíritu se turba bajo el peso de las aflicciones de la vida corporal, en ese momento precursor de mi libertad, la elevada figura de Dios pareció debilitarse y mi Espíritu se llenó de dolor y de pesaroso recordar.

¡Ay de mí! — Las explosiones de una alegría grosera, los insultos de un pueblo engañado, el abandono de la mayor parte de los que me amaban, la desesperación de las mujeres que me veían morir, la opresión de una intensa sofocación, de todas las lívidas armonías de las últimas torturas del alma y del cuerpo, arrojaron en mi Espíritu una profunda tristeza que estalló en esta quejumbrosa plegaria:

“Padre mío, ¿por qué me has abandonado? — Mártires mayor que la vuestra fué mi fe; mas si desmayé ante las atrocidades de la ingratitud humana, si sentí entorpecerse mi voluntad y titubear mi amor fraterno, fué porque las dependencias de los Espíritus se convierten en escollos para los grandes caracteres, cuando la fuerza de lo alto no los sostiene suficientemente en contra de los embates que lo asaltan desde abajo.

Es que tenía aun demasiadas ligaduras para que pudiera recogerme en Dios solo. Mártires, la gran voz Dios os lo dice por mi boca: El Espíritu se eleva rápidamente en el estudio de las leyes eternas, a raíz de una muerte impuesta violentamente, cuando esta muerte no es el coronamiento de una vida manchada por el homicidio”.

Hermanos míos, que un hombre depravado levante su mano sacrílega en contra de una vida humana no significa en manera alguna que una cantidad de hombres tenga derecho de matar al asesino, puesto que la muerte sólo le corresponde a Dios y no: puede ser un medio para el uso de las criaturas.

Cualquiera sea la forma dada al asesinato, el derecho de asesinato no puede existir, puesto que Dios no ha pretendido alterar tácitamente y según las circunstancias las palabras: Tú no matarás. Conclusión: La aplicación de la pena de muerte es un insulto al Creador.

Otra conclusión derivada del mismo mandamiento, tú no matarás, es:

La guerra y todos los actos que inundan la Tierra de sangre constituyen negaciones del principio divino y al mismo tiempo asquerosas saturnales del Espíritu en delirio.

Pasemos ahora, hermanos míos, a hablar de la faz de la enfermedad de Simón.

Yo me había ausentado de Betania, llevando conmigo algunos de mis discípulos de Galilea. Teníamos que visitar las Sinagogas más cercanas de Jerusalén.

En Galilea, la sencillez cordial de los habitantes, mi elocuencia casi siempre improvisada, mis preceptos de moral ampliamente desarrollados, con una familiaridad que no excluía respeto debido a la palabra de Dios, mis conversaciones fácilmente concedidas por mí, el derecho que otorgaba a todos de observar mis actos humanos, así como de interrogar mi ciencia espiritual, nuestras reuniones íntimas, a las cuales yo daba a menudo participación a nuevos iniciados, con el objeto de iluminar el pueblo con testimonios insospechables de devoción anterior a mi persona, y, en fin, en el teatro estrecho de mi emanación de Apóstol todo había contribuido a mantener la persuasión de mi autoridad divina. Más en Jerusalén y en sus alrededores el pobre Galileo había de ser contradicho a cada instante. Las Sinagogas habían de serle hostiles, los fanáticos y los hipócritas le lanzarían injurias y el desprecio, cuyo desenlace se Apoyaría en estas palabras:

Es mejor que un hombre perezca antes que por él se conmueva la fe de una nación.

Fuimos tan mal recibidos en todas partes desde el principio de nuestra jira, que creíamos inútil el intentar nuevas pruebas en las Sinagogas, de las que nosotros constituíamos el escándalo, como decía la gente devota, y nos retiramos los dos hijos de Salomé, Mateo, Tomás, mi tío Jaime y yo a la ciudad de Efrón. Permanecimos ahí dos semanas y mientras gozábamos del reposo de la intimidad, tuvimos la satisfacción de aumentar el número de nuestros fieles. De una parte y de la otra nos dirigíamos las más tiernas despedidas unidas a las más dulces promesas de volvernos a ver. Tan sólo yo sabía que no volvería. Mi hora se aproximaba.

A este respecto hermanos míos, es necesario hacer resaltar la lucidez del alma, la penetración del Espíritu. Nunca debéis atribuir a causas extranaturales las faltas que son el fruto de vuestra incuria, las faltas cometidas por nuestro libre albedrío, los acontecimientos derivados de una acción de la voluntad, de un acuerdo o enredo de ideas, de un capricho furioso o de un estado de somnolencia. Nuestro destino, es cierto, se apoya en el pasado mas es también incontrastable que él mejora o se agrava debido a los honores o a las vergüenzas del Espíritu y que estos honores y estas vergüenzas preparan el porvenir. Mi muerte voluntaria coronaría mi obra, pero nada me obligaba a una muerte voluntaria. Yo era todavía un Mesías destinado a sufrir por los hombres y también a morir por ellos, puesto que en la época que yo vine a la Tierra como Mesías, los hombres llevaban a la muerte a sus Mesías.

Pero, lo repito, yo podía huir, y si mi hora estaba cercana era porque queriendo elevarme por el martirio, veía que no era posible alargar la lucha.

Judas me traicionó, no porque estuviera fatalmente predestinado para semejante acto, dependiente de mi acto personal. Sino porque, su carácter celoso lo empujaba a la venganza. Si yo hubiera evitado el suplicio, Judas habría encontrado otro medio para demostrar su resentimiento.

Supongámoslos a los hombres menos crueles ahora que cuando yo vine a la Tierra como Mesías, de lo cual debiera resultar algunas modificaciones en los sufrimientos preparatorios de la muerte y en los de la muerte misma. ¿Por qué los Mesías están destinados a grandes sufrimientos en los mundos inferiores? — Porque los Mesías traen verdades y en los mundos dominados por las tradiciones De la ignorancia no pueden ser aceptadas las verdades sino a fuerza de trabajos, de humillaciones, de luchas heroicas y de loca desesperación, hasta la muerte, cualesquiera sean las peripecias de esta muerte.

Regresé a Betania contento de encontrar ahí a los que yo había dejado y evoqué las felices disposiciones de todos para festejar mi regreso.

Llegamos a la tarde y no obstante la primorosa acogida de mis discípulos, el abrazo efusivo de mi madre, y la emoción de las demás mujeres, me percibí de un malestar general.

“Pero Simón, grité, ¿a dónde está Simón?” — Marta, inundada en lágrimas, salió de una pieza contigua a la que nosotros ocupábamos. “Ven, dijo ella, por lo menos él morirá tranquilo, puesto que te llama”.

María, mi pobre pequeña María, se arrojó entre mis brazos gritando: “¡Sálvalo Jesús, sálvalo!”

Aparté a Marta y a María y entré en la pieza de Simón. Mí amigo era presa de una fiebre ardiente, pero tranquilicé inmediatamente a todos haciéndome garante de su salud. Me coloqué a su lado, permaneciendo así durante algunas horas (2) y me hice dueño de ese delirio, que no anunciaba ninguna lesión mortal. Cualquier otro, conocedor como yo de las ciencias médicas, hubiera obtenido el mismo resultado.

Seis días después, Simón se encontraba convaleciente y la eficacia de mi cura fué reconocida con el mismo entusiasmo que siempre daba a mis actos más sencillos una trascendencia funesta para mi seguridad presente y para mi dignidad de Espíritu ante la posteridad.

Para celebrar la salud de Simón, Marta tuvo la idea de dar un banquete en el que debía honrárseme a mi especialmente, y para disimular a mis ojos lo que había de ofensivo en tal acto para mis principios, Marta me recordó una costumbre a la que nosotros habíamos dejado de someternos a mi llegada, debido a la tristeza que dominaba en la casa.

Esta costumbre designaba al visitante, como a un amigo esperado desde mucho tiempo antes; estaban prescriptas demostraciones A que no podía sustraerse el huésped, bajo pena de desmerecer en el carácter de amigo que le confería la hospitalidad.

Nos encontrábamos muchos en este banquete. Tomaron parte en él varios parientes, algunos notables del pueblo, todos mis discípulos de Galilea, Marcos, José de Arimatea, mi madre, Salomé, Verónica, muchas amigas y compañeras de Marta, formando en fin un total de treinta y nueve personas, Marta, que debía formar el número cuarenta, prefirió, según manifestaciones de ella al finalizar los preparativos, el honor de servirme, juntamente con María de Magdala, Juana, Débora y Fatmé.

María, hermana de Simón, permanecía casi constantemente detrás de él, que estaba sentado a mi frente, en el centro de la mesa. Su intención bien resuelta, era la de contemplar mi semblante, de sorprender mis más pequeños gestos, de saborear mis palabras, estudiando todas las graduaciones de mis impresiones, de abandonarse finalmente a ese instinto especulativo del alma, que desprecia las formas exteriores para iniciar el pensamiento en el pensamiento y concentrar el deseo en el ideal.

La conversación debía naturalmente girar alrededor del motivo de la reunión. Mis conocimientos espirituales, mi dependencia divina, exaltaron las imaginaciones y me vi obligado a explicar el origen de mi fuerza moral, de manera de luchar en contra de la efervescencia que pretendía hallar el don de milagro en lo que tan sólo existía la armonía de las cualidades sensitivas del alma con la fácil penetración del Espíritu.

Para mejor convencer a mis oyentes, pasé en revista mi vida de Apóstol y di a cada uno de mis actos, tenidos por sobrenaturales, el justo valor que les correspondía dentro de mis afirmaciones. Me demostré como el Mesías preparado para su misión con sólidos estudios sobre el poder de los elementos, sobre la propiedad de las plantas, la debilidad del Espíritu humano y el imperio de la voluntad. Hice depender todas mis alianzas espirituales de una misma fuente:

La larga vida del Espíritu, y todas mis manifestaciones ostensibles del encadenamiento práctico y sabio de las causas y de los efectos.

Deduje de la ciencia humana los caracteres ostensibles de mis medios curativos y de la ciencia divina, la felicidad de mi alma, lo cual arrojaba sus reflejos sobre las almas oprimidas y los Espíritus enfermos. Establecí finalmente la grandeza de mi fe, la inmensidad de mis esperanzas con tan fogosas imágenes y con tales arranques de entusiasmo, que Simón, presentándome un vaso lleno, me suplicó que mojara en él mis labios, a fin de mezclar el soplo divino con el soplo mortal, y de confundir el salvador con él, el humilde, resucitado, honor que él pedía, gracia que recibiría con la ardiente fe, con el amor inextinguible que le inspiraba el Hijo de Dios.

En ese momento y después de haber contentado a Simón, oí como un sollozo a mi lado. Me dí vuelta y vi a María. Ella se había separado de su hermano para acercarse a quien había sido llamado salvador; su gratitud, su culto se traducían en acentos entrecortados, en espasmos de la voz, y su Espíritu sobreexcitado por mis, demostraciones, venía a implorar el apoyo de mi fuerza en contra de la violencia de sus ilusiones. Tomé a la niña entre mis brazos, su cabeza se inclinó y sus cabellos sueltos formaron un marco de ébano a su rostro inanimado. Todos los ojos quedaron fijos y los pechos ansiosos, a la espera del desenlace de tal crisis, cuyo final se anunció con algunas lágrimas y un débil sonrojo de la piel. María se despertó como de un sueño, sin darse cuenta de la emoción de que había sido causa, y también con un sentimiento de felicidad.

Expliqué a Simón la extremada sensibilidad de la hermana y le indiqué con insistencia que no debía jamás contrariársela bruscamente en sus excentricidades a esa alma tan exuberantemente dotada, a ese Espíritu tan despóticamente gobernado por el alma.

Apenas vuelta en sí, María desapareció. Me encontraba por consiguiente en buenas condiciones para hablar de un accidente que me sugirió numerosas observaciones sobre las naturalezas corporales dominadas por visiones demasiado fuertes del alma y por ambiciones demasiado fuertes del Espíritu.

En seguida me dejé transportar, como siempre, por mi movediza fantasía, hablando con frases sentenciosas y proféticas, en evocaciones de mi Espíritu hacia el Ser Supremo.

Habíamos llegado al final del banquete, y nadie ya comía ni bebía, sino que todos habían quedado suspensos de mis palabras. Me elevé paulatinamente hacia lo absoluto de mis ideales referentes a las alianzas de los mundos y de los Espíritus. Poco a poco me sentí como separado de los que fraternizaban conmigo en ese banquete, viéndome rodeado de los hombres del porvenir, y se me presentó, tras del sucederse de los siglos, mi emancipación de esta Tierra. Después, atraído por el sentimiento de la actualidad, hablé de mi muerte, rodeándola de todas las seducciones de la gloria inmortal. Les anuncié que casi todos me abandonarían, les prometí que los honraría en sus esfuerzos o los consolaría en sus arrepentimientos, Que los dirigiría hacia la luz mediante los dones del Espíritu para con el Espíritu y que los elevaría con la persistencia de mi amor.

Juan como siempre, se encontraba a mi izquierda y se esforzaba en ese momento por conocer a los que yo había querido aludir al hablar de abandono.

A este deseo, manifestado en una forma de pregunta, contesté que la presciencia respecto de los sucesos se hace fácil mediante el esfuerzo del Espíritu en el estudio de los hombres y de las cosas.

“Muchos me abandonarán, añadí, porque muchos son débiles y miedosos.

“Algunos me renegarán, otros me traicionarán, tal vez para eludir la responsabilidad o para satisfacer su astío.

“Los hombres no son suficientemente creyentes en mi fuerza de Mesías y la proximidad del peligro los separará de mi lado.

“Pero después de mi muerte los hombres de quienes hablo, comprenderán la cobardía de su conducta y mi Espíritu se les aproximará nuevamente para continuar la obra que he fundado”.

Hermanos míos, yo no señalé de un modo más preciso a los que me habían de abandonar, renegarme, traicionarme. La razón os la doy con mi contestación a ese discípulo tan audaz en su fanatismo como exagerado en sus testimonios de amor. La luz que brilla de la ciencia espiritual es la guardiana de las fuerzas humanas para perseverar en las actividades del alma y en el heroísmo del Espíritu; mas no podría determinar una violación de la ley que quiere que la materia sea un obstáculo para la visión completa del alma y del Espíritu. Yo gozaba deliciosamente con los honores que se me prodigaban y cuando Marta derramó agua perfumada sobre mis manos y que su joven hermana me la salpicó por la cabeza y por las ropas, me demostré feliz al contemplar la felicidad que ellas experimentaban. La tarde terminó en medio de una alegría expansiva, que nada vino a turbar.

Hermanos míos, en el capítulo trece de este libro pasaremos en revista las causas del odio de los sacerdotes y dé mi condena. Después continuaremos la exposición de los hechos que precedieron a mi muerte.



(1) Se refiere naturalmente a la doctrina de las reencarnación única que puede explicar el encadenamiento de los hechos, dando explicación de la mayor parte de ellos, que de otro modo resultarían como las páginas desparramadas de un libro, que, separadamente, nada significan. Así, ¿cómo se explicarían los odios o simpatías innatos que se manifiestan entre dos personas que se ven por primera vez? ¿Por qué en una misma familia, a despecho de la ley de herencia y a pesar de la igualdad del medio y de la educación, unos hijos salen perversos, otros virtuosísimos; unos intelectualmente deficientes, otros llegan a ser genios, etc.? Sólo la doctrina de las reencarnaciones explica estas diferencias. — O. R.

(2) Este procedimiento yo lo he empleado y empleo, con éxito, a menudo. Todos pueden igualmente emplearlo, mediante un benévolo e intenso deseo de hacerle bien al enfermo. Ello no quiere decir que siempre se ha de obtener la cura, ni que nuestra acción ha de ser comparable a la del Maestro, pero bien siempre produce. — O. R.



Extracto de Vida de Jesús dictada por el mismo.

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