Desarrollarse en el campo del juego.

Krishnamurti


Una gran parte del quehacer del educador se desarrolla en el campo de juegos; y jamás un profesor logrará conquistar de verdad el corazón de sus alumnos si no juega con ellos.

Los muchachos hindúes, habitualmente, no juegan bastante y se debiera establecer, durante la jornada de escuela, un tiempo determinado destinado a los juegos. También aquellos profesores que en su juventud no han aprendido a jugar, deberían frecuentar el campo de juegos y tomar interés, participando así en este aspecto de la educación del niño.

En los internados, el amor del profesor es más especialmente necesario puesto que en ese caso el internado debe tomar el puesto del hogar doméstico, y por tanto, se debe crear allí un ambiente familiar. Los profesores afectuosos y joviales serían considerados como hermanos mayores, y las dificultades que no están previstas en los reglamentos serían superadas por medio del amor.

De hecho, todas las múltiples actividades de la vida de escuela deberían convertirse en canales a través de los cuales pueda fluir el afecto entre maestro y alumno; y cuanto más numerosos sean estos canales tanto mejor será para ambos. A medida que el chico crezca, estos canales, naturalmente, se volverán más numerosos, y el amor de los días de escuela será la verdadera amistad de la edad adulta. Así, el amor habrá cumplido su misión.

El amor, aquí en el plan físico, reviste muchas formas. Tenemos el amor del marido y de la mujer, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas; el afecto entre parientes y entre amigos. Pero todos estos afectos son compendiados y enriquecidos por el amor del Maestro por Su discípulo.

El Maestro da a Su discípulo el cariño y la protección de la madre, la fuerza del padre, la comprensión del hermano y de la hermana, el aliento del pariente o del amigo; Él es uno con el discípulo y el discípulo es parte de Él.

Además, el Maestro conoce tanto el pasado del discípulo como su porvenir, y por medio del presente lo guía del pasado al futuro. El discípulo conoce bien poco fuera del ámbito del presente y no comprende este gran amor cuya inspiración nace del recuerdo del pasado y se prepara a modelar los poderes del porvenir. Él, a veces, podrá hasta dudar de la sabiduría de aquel amor que se inspira en un modelo que sus ojos no pueden ver.

Lo que acabo de decir podrá parecer un ideal demasiado elevado para ser aplicado a las relaciones que existen aquí abajo entre profesor y alumno. Y no obstante, la diferencia entre ellos es menor que aquella que existe entre un Maestro y Su discípulo.

Las relaciones inferiores deberían ser un débil reflejo de aquellas superiores, y el profesor, por lo menos, podría proponerse estas últimas como su ideal.

Un ideal semejante elevará todo su trabajo a un mundo superior, y la vida de escuela será mucho más feliz y mejor por el hecho de que el profesor se haya prefijado aquel ideal.


A los pies del Maestro por Krishnamurti

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