Sobre la Sociedad.

Krishnamurti


SENTADO EN LA PLAYA, mientras uno observa a las personas que pasan, dos o tres parejas y una mujer sola, parece que toda la naturaleza, todo lo que a uno lo rodea, desde el profundo mar azul a aquellas altas montañas rocosas, también está observando. Estamos observando, sin aguardar nada, sin esperar que algo ocurra, sino solo observando sin fin. En esa observación hay un aprender, no la acumulación de conocimientos mediante al aprendizaje que es casi mecánico, sino una observación atenta nunca superficial sino profunda, viva y afectuosa; entonces no existe ahí un observador. Cuando hay un observador, éste es meramente el pasado que observa, y eso no es un observar sino sólo un recordar; es, más bien, una cosa muerta. La observación es algo tremendamente vital, un vacío de instante en instante. Esos pequeños cangrejos y esas gaviotas y todos esos pájaros que pasan volando, observan. Están vigilando a la presa, al pez, a algo para alimentarse; ellos también observan. Pasa alguien muy cerca de uno y desea saber qué estamos observando, Nada, y en esa nada está todo.

El otro día vino a vernos un hombre que había viajado muchísimo, que había visto muchísimo y escrito una que otra cosa; era un hombre algo viejo, con una barba bien cuidada; se hallaba decentemente vestido, sin el desaliño de la vulgaridad. Cuidaba sus zapatos, sus ropas. Aunque era extranjero hablaba un inglés excelente. Y le dijo al hombre que estaba sentado en la playa observando, que había hablado con muchísima gente, que había discutido con algunos profesores y estudiosos, y que mientras estuvo en la India había conversado con unos cuantos pundits. Y la mayoría de ellos, según dijo al parecer no se interesaba en la sociedad, no se comprometía a fondo con ninguna reforma social ni con la presente crisis bélica. A él sí le interesaba profundamente la sociedad en la que estábamos viviendo, aunque no era un reformador social. No estaba muy seguro de que la sociedad pudiera cambiar, de que uno pudiera hacer algo al respecto. Pero veía lo que la sociedad era: la inmensa corrupción, el absurdo de los políticos, la mezquindad, la vanidad y la brutalidad que se difunden por todas partes del mundo.

Dijo: "¿Qué podemos hacer con respecto a esta sociedad? No pequeñas reformas insignificantes aquí y allá cambiar un Presidente por otro, o un Primer Ministro por otro, son todos más o menos de la misma progenie, no pueden hacer mucho porque representan la mediocridad o tal vez menos aún que eso: la vulgaridad; desean alardear, jamás harán nada. Procambiar un Presidente por otro, o un Primer Ministro por otro, son todos más o menos de la misma progenie, no pueden hacer mucho porque representan la mediocridad o tal vez menos aún que eso: la vulgaridad; desean alardear, jamás harán nada. Producirán reformas mínimas aquí y allá, pero la sociedad proseguirá su curso a pesar de ellas". El había observado las diversas sociedades culturas y había advertido que no son muy diferentes en lo fundamental. Parecía s

No es posible cambiar a la sociedad a menos que cambie el hombre. El hombre -uno mismo y los demás-ha creado estas sociedades por generaciones y generaciones; todos hemos creado estas sociedades desde nuestra mezquindad, desde nuestra codicia, nuestra envidia nuestra brutalidad, nuestra estrechez de miras, nuestra competencia, nuestra violencia y demás. Somos los responsables de la mediocridad, de la estupidez, de la vulgaridad, de toda la insensatez tribal y del sectarismo religioso. A menos que cada uno de nosotros cambie radicalmente, la sociedad jamás cambiará. Está ahí, lo hemos hecho nosotros y después ella nos hace ser lo que somos. Nos moldea tal como la hemos moldeado. No encaja en un patrón y el patrón la introduce en una estructura; esa estructura es la sociedad.

Y así es como esta acción prosigue interminablemente, como el mar con la marea que se aleja y después regresa, a veces muy, muy lentamente, y otras rápidamente peligrosamente. Va y viene: acción, reacción, acción. Tal parece ser la naturaleza de este movimiento, a menos que dentro de nosotros exista un orden profundo. Ese orden mismo producirá orden en la sociedad, no mediante la legislación, los gobiernos y todo eso, aunque mientras haya desorden y confusión, proseguirán la autoridad las leyes que son creadas por nuestro propio desorden. La ley es una hechura del hombre, un producto del hombre tal como lo es la sociedad.

De modo que lo interno, la psique, crea lo externo conforme a su limitación; y lo externo controla entonces lo interno y lo moldea. Los comunistas han pensado, probablemente siguen pensándolo, que controlando lo externo, elaborando ciertas leyes, regulaciones, instituciones, ciertas formas de tiranía, pueden cambiar al hombre. Pero hasta ahora no han conseguido su propósito y jamás o conseguirán. Esta es, asimismo, la actividad de los socialistas. Los capitalistas lo hacen de un modo diferente, pero es la misma cosa. Lo interno domina siempre lo externo, porque lo interno es más fuerte, mucho más vital que lo externo.

¿Puede este movimiento detenerse alguna vez? Lo interno que crea al medio psicológico externo, y lo externo, las leyes, las instituciones, las organizaciones que tratan de moldear al hombre, de moldear su cerebro para que actúe en cierta dirección; y el cerebro, lo interno, psique, que se modifica entonces eludiendo lo externo Este movimiento ha proseguido durante todo el tiempo que el hombre ha estado sobre esta Tierra, ha proseguido crudamente, superficialmente, a veces brillantemente siempre lo interno dominando a lo externo, como el mar con sus mareas que van y vienen. Uno debería realmente preguntar si este movimiento puede detenerse alguna vez, este movimiento de acción y reacción, de odio y más odio, de violencia y más violencia. El movimiento cesa cuando sólo existe el observar, un observar sin motivo sin reacción ni dirección alguna.

La dirección aparece cuando hay acumulación. Pero la observación, en la que hay atención, percepción directa y un gran sentido de compasión, tiene su propia inteligencia. Esta observación y la inteligencia actúan. Y esa acción no es un flujo y reflujo. Pero esto exige una gran estado de alerta, requiere que las cosas se vean sin palabra, sin el nombre, sin reacción alguna; en ese observar hay una gran vitalidad, una gran pasión.

Ultimo Diario de Krishnamurti




Extracto de EL ARTE DE VIVIR
J. Krishnamurti

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