La apariciónb de los sistemas solares.

Ramtha


* LA APARICIÓN DE LOS SISTEMAS SOLARES

Y entonces, he aquí, nacieron lo que tú llamas, en verdad, los universos de universos (2) y cada uno permaneció ante su propia esfera, ante su propio entendimiento. Y mientras la creación se convertía en un hecho, los grandes soles centrales fueron situados en sus órbitas por la gran luz, la caldera del pensamiento, que aunque es quien genera vuestra luz, no produce calor ni está caliente. Es luz pura, nada más. Y la luz que se posa en vuestro universo, (3) vuestro sol central, fue creada en ese momento, con el solo propósito de dar vida, gracias al ingenio de su creador, el mismo que creó las columnas centinelas de cada dios individual en sus comienzos.

La creación, como la llamamos apropiadamente en esta divina audiencia, siempre sigue la misma simulación de la ciencia. Todos nosotros creamos lo mismo en lo que se refiere a su grandeza o su pequeñez. Todo es igual. El sol se situó en cada universo, cada entendimiento, pues el sol, como lo llamas —Ra, en mis palabras—, es el dador de los propulsores de luz. Es el dador del gran recordatorio del primer tópico, el pensamiento. Es aquello de cuyo ser debe emanar vida. Es la madre de vuestro universo. Y los dioses, las columnas, en el momento en que esto se puso en marcha como la continuación verdadera desde los principios de los centinelas, dieron vida a los hijos del gran sol, (4) uno por uno. Y surgió el primer hijo del gran sol. Su grandioso ser creció inmensamente en su masa, y después de dar a luz a su hijo, cesó. El hijo surgió de una gran apertura en lo que llamaríamos la parte superior o la región norte, dejando de este modo al descubierto las partes internas de luz del gran sol, como una gran herida.

Y el primer planeta, como tú lo llamas, tomó vida cuando el sol, que se había convertido en un punto con una órbita directa a partir de su eje, arrojó a su hijo en su primera cuna. (5) Los dioses, que estaban viendo cómo todo esto se ponía en marcha, vieron surgir al primer hijo, y he aquí que aquello que se llamó Malina —maravilloso hijo y primera creación—, se materializó en el espectro de la órbita de la madre sol. Y el hijo emergió por sí mismo y comenzó a tener sus propias ideas y a crecer en su interior. Y mientras lo hacía se volvía más y más grande. Y propulsado por un gran salto, llegó a una órbita más grande, fuera de su órbita nodriza, donde ahora está lo que llamáis en vuestro entendimiento Mercurio. Así fue en verdad.

Malina ahí estaba, como un infante. La masa de un infante nunca es diseñada hasta que el alma se sitúa en su interior, y el Espíritu le ha dado su mano. De este modo, los centinelas, los dioses, trajeron consigo y establecieron sobre Malina, uno por uno, sus hermosos seres de luz, y ahí mismo, a través de sus propias vidas, como tú bien lo llamas, empezaron a convertirse en elementos cocreadores con el Padre, y esto se les concedió en el principio de sus principios. Y lo que aquí llamamos la vida comenzó su secuela sobre esos maravillosos planos. Y mientras todos se volvían grandiosos en sus seres, cada uno se volvía individual, de acuerdo con su actitud o su manera de pensar.

Y cada dios, en su creación, se convirtió en la profundidad de su creación de sí mismo; de este modo, lo que tú llamarías su forma de luz corporal se convirtió en el objeto directo de su creatividad. Cada uno era grande en todo. Cada uno era hermoso y maravilloso, pues no había nada feo, vil o despreciable en cuanto a su semblante. Ellos eran la personificación de la luz, y cada elemento maravilloso de su ser fue creado por ellos con el propósito de añadir a su belleza, al poder creativo de su ser. Y lo que una vez fue visto como una columna de luz brillante, fluyendo con la energía eléctrica del centro de su ser, ahora se había convertido dentro de su ser en algo similar a lo que tú eres incluso en este momento, pero más grande.

2 Las Galaxias.
3 El sistema solar.
4 Los planetas.
5 La órbita más cercana al sol.

Y uno por uno, en lo que se llama un milenio en tu entendimiento, y a la vez en un momento, ellos hicieron su aparición en el plano de Malina. Y Malina en aquellos tiempos no tenía mares ni océanos. No eran necesarios. Sólo poseía lo que llamamos en verdad las partes gaseosas de su tierra, pero las emociones encendidas de su realización como ser colectivo estaban aún dispersas. Y así, cada columna, cada dios, comenzó su descenso sobre Malina, por el propósito de la expansión y la creatividad. Malina era el hijo de todos ellos. Cada vez que se le aplicaba luz, con el simple contacto, su superficie se enfriaba. Se convertía en una sustancia moldeable, mas no se fundía. Y allí cada dios, con su propio plan, tomó lo que se llaman los elementos del espacio y comenzó a crear.

Malina no tenía mares ni océanos pero tenía grandes cordilleras, como tú las llamas. Y donde hay cordilleras hay valles; así, tenía también valles. Y muchos de los dioses que aún deseaban estar más cerca del sol central buscaron las cordilleras, y aquellos que formaron parte de los valles lo hicieron a través de un proceso de creación admirable, donde todos habían hecho la paz antes de comenzar su trabajo.

Dios no puede en un momento espectacular no crear por sí mismo, pues siempre y cuando la Fuente, el trueno, la expansión arrolladura del pensamiento sea siempre continua, la mente de Dios, como tú tan elocuentemente la llamas, estará en continuo movimiento; de esta manera, cada vez que la columna-centinela de Dios se erguía en un lugar, cada elemento comenzaba a crearse a su alrededor, pues nada podía detener el camino de Dios, que es eterno y siempre continuo. Así, el mero componente de sus seres, estuviera donde estuviera, por medio de la contemplación dada a través de la memoria del señor de su ser, estaba creando momento a momento. Lo que ellos veían y observaban, se convertía. Si lo contemplaban, era. Si permanecían inmóviles y miraban, se convertía. Ellos se convertían por sí mismos. Estaban creando siempre.


Los orígenes de la civilización humana - Ramtha





* LA CREATIVIDAD DESAFIADA Y ATACADA

Este elemento al que llamas, en verdad, la piedra, fue pulido hasta la brillantez, para igualarse a ellos en su belleza. Y tomaron lo que se llaman, en verdad, sustancias de pensamiento de la tierra, arena y microsustancias, y las unieron para que se asemejaran a sus seres, pues ellos procedían de la grandeza. Y así se decoró el grandioso lugar llamado Malina con lo que llamáis apropiadamente el color blanco. Todo era de este color.

Las montañas allí no eran oscuras y luminosas. Eran blancas, pues reflejaban a cada dios que se erguía sobre ellas. La piedra se volvió blanca. Y todas las cosas sobre Malina, en sus hermosos valles y sus grandiosas montañas, reflejaban la belleza de la columna de cada dios. Todas las cosas se convirtieron alrededor de la luz, que ahí estaba cada momento. Y si un dios contemplaba el mármol y admiraba y asumía en su pensamiento contemplativo que el mármol podía cambiar su tono a una palidez que estaba cercana a otra gama de color, esto sucedía; de este modo el mármol adquirió sus venas, y se creó el mármol rosado, con sus venas. Fue la contemplación de un dios. Ahora, cuando todos se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo a través de su propia expansión de pensamiento contemplativo, en ese momento su creación se convirtió aún más en un término que ha sido muy apropiado estos días en tus tiempos, llamado absoluto. De este modo se creó un absoluto, y para cada uno este absoluto se hizo realidad.

Este templo que llamáis «El Partenón» tomó su diseño artístico de Malina, pues todos sus maravillosos interiores y exteriores se colocaron siguiendo patrones de Malina. Y las columnas, maestro, se erguían no por la belleza de sostener un techo, sino por la representación de luz de los dioses que estaban ahí, pues ellos eran los pilares que sostenían lo que llamáis el techo.

Y todos los diseños inferiores a partir de ahora se volvieron así; de este modo, todos los templos sobre el esplendor de Malina estaban sostenidos por pilares de maravilloso mármol —del blanco más blanco en su palidez—, que mantenían los habitáculos de los templos, pues estaban en relación directa con los dioses que allí habitaban. Y viendo el vínculo solidificado en una masa inanimada, los dioses aprendieron una creación mejor. Esta sería lo que tú llamas en verdad una forma de vida vegetal extraordinaria, creada a partir de la sustancia de la luz —y no del color que decora hoy en día tu planeta—, y que empezó a desarrollarse. Se llamó la planta del pensamiento. Tenía la belle-za de la luz.

Mientras uno creaba lo que se llama apropiadamente la hierba, para que cuando caminaras sobre ella ésta produciera luz y cambiara su color, otro creaba lo que se llama en verdad un árbol.

Y uno de ellos miró a la hierba bajo sus pies y después miró al árbol, y al ver que el árbol era más grande que la hierba decidió crear otro árbol que fuera mayor que el primero. Y muy pronto, el creador del primer árbol, que estaba muy complacido, creó un árbol más grande.

Y el que había mirado a este primer árbol se fijó que esta entidad tenía dos y él solo uno, y entonces fue y creó un árbol más grande y más alto. Y creó una secuencia innumerable de ellos, y los hizo más grandes en su circunferencia. Y el que había creado los dos miró a sus dos árboles y después provocó un declive justo debajo de los árboles del otro, y este declive derrumbó todos los árboles. Y el otro que había creado estos árboles miró a la entidad y creó una grieta debajo de sus dos árboles.

Las maravillosas entidades, allá en las montañas, que habían colocado sus centinelas en un lugar esplendoroso y construido sus estructuras de acuerdo a su manera de crear, se volvieron tan atareados que pronto dejaron de querer visitar al gran sol central. Este fue un asunto que sólo parecía aparente en su reino, y así se volvieron muy ocupados con todos los asuntos de crear, momento a momento, en todos sus momentos disponibles. Y de este modo se constituyeron allí muchos templos y estructuras, y éstas llenaron el lugar tan desordenadamente que muy pronto ya no hubo más espacio para ellas.

Y llegó un dios a este lugar, alzó la vista y él tenía un diseño espectacular, pues había imaginado en un momento solitario una fase diferente del mármol blanco, era el mármol rosado. Y estaba tan exaltado con su mármol coloreado y maravilloso que planeó construir un lugar aun más grandioso con su maravillosa piedra. Pero no había más lugar, miró en todas partes. No quería ir al valle donde estaban los árboles, con todos los temblores que había allí. Él lo quería tener en la montaña. Y cuando trató de hacer su magnífico templo en un lugar situado entre otros dos templos, el espacio era tan pequeño que lloró, ni siguiera una partícula de su luminoso pie podía pasar por él. Y encontró esto muy vulgar, puesto que no podía reflejar su energía donde había decidido colocar la primera piedra.

De este modo intentó aquí y allí, y muy pronto, cuando nadie le permitió construir su maravilloso templo rosado, se enfureció —él nunca había experimentado la cólera—, pues había intentado, a pesar de la dificultad, encontrar un lugar para su magnífico templo y nadie se lo había permitido. Y cuando se enfureció y miró a los demás, se produjo el estruendo de un relámpago que emanó de la cólera de este Dios, que sentía que también debía crear, pues si él no creaba ahora, se quedaría retrasado en el programa de la creación. Y ya sin tanta eminencia, él ahora se enfureció. Y la furia se convirtió en lo que se llama en verdad un pensamiento colectivo emitido, y la potencia de esta emoción se manifestó como lo que llamamos un relámpago. En el momento en que sintió esa furia, estaba mirando a un templo, que por su excesiva longitud le pareció muy aburrido y tedioso. Ese fue su blanco.

Y he aquí que éste atravesó el templo, y para sorpresa y horror de los otros dioses, el templo se derrumbó. Todos ellos se reunieron y miraron al dios, pues nunca antes habían visto lo que él había hecho. Quedaron sorprendidos; y mientras tanto, fueron capturados por la misma sorpresa, otra creación. Y en su sorpresa, la descarga eléctrica de este ser cayó sobre ellos, que para más sorpresa, ahora habían sido alcanzados.

Si tú no sabes qué hacer al ser golpeado, desde la perspectiva de un niño pequeño a quien no se le ha instruido en el arte de devolver el golpe, esto te llega como un impacto paralizante, porque no sabes qué se intenta con ello y sientes incertidumbre, pues no conoces la cólera ni su propósito. Cuando los relámpagos llegaron y alcanzaron a cada uno de ellos, todos quedaron consternados. En ese momento su creación estaba produciendo consternación, y cuanto más se sorprendían más descargas caían sobre ellos.

Y muy pronto se dieron la vuelta, se agruparon, y todos juntos desaparecieron, y la entidad que había derrumbado el gran templo levantó el suyo. Los demás, que estaban mirando, se empezaron a sentir incómodos, pues percibieron que ésto era algo que quizás la Fuente, o el Padre, no les había explicado. Se reunieron y fueron a buscar a este dios. Le preguntaron por qué estaba haciendo esto: «¿Qué creación has desarrollado que nos has abatido con ella?». Él contestó que ellos no le habían asignado un lugar para lo que iba a ser su maravillosa creación, y él no lo entendía. Y ellos haciendo señas le respondieron: «Tú has destruido nuestro templo y has levantado el tuyo. Sabías que no puedes hacer eso, y sin embargo lo has hecho».

Aquél que había erguido su mármol rosado estaba bastante satisfecho consigo mismo, pues en ese momento comenzó a entender que por medio del acto de la descarga eléctrica, él podía hacer lo que quisiera donde quisiera. Y esto volvió a los demás temerosos, ellos no habían aprendido. Y comenzaron a gravitar hacia sus creaciones y a resguardarlas. Y he aquí que un templo no fue suficiente; él quería más.

Y uno por uno, ellos recibieron su asalto, y no supieron como desviarlo hasta que llegó al ultimo templo, que era el más pequeño de todos, y el más rústico en su forma, pues los otros eran más grandes y mejores. Él llegó hasta este templo, y aunque su espacio era insignificante lo redujo a sus cimientos. Y aquel dios, que permanecía en su lugar y había registrado todo esto, se enfureció con el otro, y he aquí que la gran descarga surgió de él y alcanzó al atacante. Y el atacante respondió, pues nunca había sido objeto de agresión, se dio la vuelta y respondió con una descarga, y el otro resistió con eminencia y asestó un nuevo relámpago. Y muy pronto empezaron a lanzar descargas unos contra otros, y así comenzó la desintegración de Malina.

La competitividad y el poder de los dioses eran superiores. Observad esto, ver y ser testigo de una actitud es contemplarla, y entonces convertirte en ella. Todos comenzaron a enfurecerse, y muy pronto la creación de la cólera fue algo grande. Todos estaban enemistados en su batalla, todos excepto unos pocos. Y los pocos que no se enemistaron estaban en la cima de un lugar donde ellos habían fabricado, en pensamiento, un medio que proveía una creación mayor y un mayor espectro en otros universos. Podría decirse que ellos estaban más integrados al flujo. Y fueron esos pocos los que presenciaron la destrucción de Malina y la batalla, donde cada dios estaba atacando a su compañero. Con la misma rapidez que sucedió la creación, todos ellos fueron aniquilados.

Y con la misma rapidez que tiene el pensamiento, este nuevo pensamiento —la guerra de los dioses—, los aniquiló.

¿Tú dices que esto es gracioso? Quizás lo sea; pero mira, ellos nunca murieron. Aprenderían de la muerte a su debido tiempo, pero aquí no estaban muriendo. Simplemente estaban creando la exuberancia —el hijo de los siglos y milenios por venir— del fatal movimiento de Dios contra Dios, e incluso de la muerte. Estos dioses no murieron, sólo pelearon unos contra otros. Y esta guerra ha continuado en lo que tú llamarías —con tu precisión— dos millones de años y algunos días, y aún no ha terminado.


Extracto de: Los orígenes de la civilización humana - Ramtha

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