Facultades psíquicas.

V.B. Anglada


Por azar o destino, estamos estrechamente relacionados con personas de alto relieve espiritual, verdaderos investigadores de las leyes ocultas de la Naturaleza y poseedores de una mente profunda y asombrosamente organizada, que no tienen ninguna de las “facultades psíquicas” que tanto valora el vulgo. Conocemos a otras, por el contrario, cuyo tipo de mente es más bien corriente y de lo más normal, y a veces sin llegar a ello, están dotadas de grandes facultades psíquicas: clarividencia, clariaudiencia, psicometría, mediumnidad, etcétera.

La explicación de este hecho, al parecer contradictorio según la opinión de muchos, es, sin embargo, lógica y racional si tenemos en cuenta:

a) Que las facultades psíquicas corrientes, las que podemos apreciar en el tipo común de personas que nos rodean, son de origen astral y proceden mayormente de los bajos niveles de este plano.

b) Que el verdadero investigador de las leyes ocultas de la Naturaleza, el aspirante espiritual avanzado, el discípulo y el iniciado actualizan un tipo de vibración de más alta frecuencia y se mueven preferentemente en los niveles superiores del plano mental.

Existe, no obstante, “una zona de alta evolución psíquica” hacia la cual se van espontáneamente aproximando los verdaderos investigadores y discípulos espirituales del mundo. Examinando, por ejemplo, el proceso histórico de la vida de Apolonio de Tyana, de Cristo, de Buda, de los grandes e insignes yoguis y de todos los verdaderos Iniciados, se aprecia en ellos unas facultades psíquicas de orden realmente portentoso y extraordinario, pero tengamos en cuenta que tales facultades nada tienen que ver ni están relacionadas con la evolución del mundo astral, de ese mundo donde se agitan los deseos y aspiraciones de los hombres, sino que son expresiones naturales y directas de la propia vida de la DEIDAD CREADORA de los Mundos.

Tales facultades están lógicamente más allá y por encima de la comprensión humana corriente. Son destellos de la “facultad creadora de Dios”, reflejos de Su poder en los tres mundos de la evolución humana. No vamos a referirnos a este tipo de facultades, demasiado elevadas para nuestro entendimiento, sino más bien a señalar los vicios y peligros de las facultades psíquicas inferiores con las que todos estamos más o menos directamente relacionados.

Hemos podido comprobar en repetidas ocasiones que ciertas personas altamente psíquicas son en su mayoría físicamente enfermas, y que valoran las experiencias de la vida casi exclusivamente desde el ángulo de sus propias facultades psíquicas y no desde el terreno de la lógica y del sentido común. Son, en general, personas inadaptadas que escapan frecuentemente a la realidad de la vida que les rodea con sus magníficas oportunidades.

Las personas psíquicas, las que producen fenómenos de orden físico y los médiums que actúan bajo el control, inmediato o remoto de otras entidades humanas encarnadas o desencarnadas o quizá de sus propias reacciones subconscientes, pierden paulatinamente el equilibrio físico y la salud orgánica, porque sin darse cuenta han dejado de seguir el rastro de luz de sus propias Almas que conduce al centro de Salud Espiritual y están siguiendo, por el contrario, unas corrientes de energía que desde el ángulo de apreciación esotérico o de la Jerarquía planetaria circulan actualmente y desde hace muchos siglos muy por debajo del nivel normal de la conciencia humana en evolución.

Hablando sinceramente, ¿saben ustedes de alguno de estos médiums, de alguna de estas personas tan acusadamente psíquicas que no adolezca de alguna fuerte irregularidad física? Existe en ellos una rasgadura de la trama etérica que protege ciertos delicados órganos de relación espiritual, principalmente el bazo y ciertos puntos del cerebro y penetran por allí constantemente y “sin ser debidamente filtrados” gérmenes de enfermedades que deberían estar ya virtualmente muertos, átomos nocivos y ciertas energías del mundo astral que mejor sería mantener en reposo en las bajas zonas de su mundo por las profundas y negativas tensiones que producen. Y es inútil que se pretenda contrarrestar la expresión de estas corrientes de fuerza por la invocación protectora de aquellas entidades que los médiums y los psíquicos llaman su Guía.

La mejor intervención de un verdadero Guía espiritual, cuando tal Guía realmente exista, sería obviamente “obturar” con energía espiritual las rasgaduras producidas en la trama etérica del cerebro, del bazo o de otros órganos afectados por estas irregularidades psíquicas y restablecer así el equilibrio vital en la vida física del médium. Esto no sucede desgraciadamente así, porque la mayoría, por no decir todos, de tales Guías tienen sus propios problemas kármicos a resolver y no saben ni pueden destilar de sus vidas espirituales la luz que sus protegidos necesitan. Así, el problema de la comunicación mediúmnica y de otras formas de contacto astral, así como de toda expresión psíquica sin control interno, se convierte en un “problema social” que afecta a muchas personas, a los propios psíquicos, a sus familiares y singularmente a todos aquellos que a ellos acuden en busca de consejo, consuelo, esperanza o alivio de sus enfermedades.

El aspirante espiritual y mayormente el discípulo tiende por ley hacia “un psiquismo de tipo superior”, viniendo caracterizado éste por el desarrollo y actividad dentro de la vida personal de ciertas facultades del Alma. Estas facultades se expresan por medio de los vehículos más sutiles de la personalidad cuando éstos han sido debidamente entrenados por el recto vivir y un sincero y sostenido propósito interno. Al contrario de lo que sucede con las facultades psíquicas inferiores, desarrolladas y utilizadas sin el debido control espiritual, las facultades superiores se expresan siempre por propia voluntad e iniciativa, libres por completo de presiones externas o a través de una potente formulación interior que mueve y actualiza ciertas corrientes de energía específica para producir determinados resultados. Citaremos dos casos típicos de expresión del psiquismo superior.

Durante un viaje a Filadelfia trabé amistad con un caballero hindú. Parecía joven, aunque, según confesó, tenía más de ochenta años. Una tarde, en la habitación del hotel en donde se alojaba y con un grupo de amigos esoteristas, entre quienes me encontraba, movió a distancia y volcó finalmente un vaso de agua derramando su contenido, encendió y apagó varias veces la luz de la habitación sin necesidad de darle vuelta al conmutador eléctrico e hizo aparecer y desaparecer a varios objetos de la alcoba, algunos de ellos bastante pesados, como por ejemplo un jarrón de porcelana lleno de flores; me di cuenta inmediatamente del magnífico poder de voluntad que poseía aquel caballero, así como de su tremenda potencia mental que originaba ciertas corrientes de energía ambientales a las que impulsaba muy luego en definidas direcciones, creando verdaderos campos de fuerza magnética sobre los que operaba después produciendo aquellos interesantes fenómenos.

Otro caso, quizá no tan importante pero sí muy interesante también desde el ángulo científico, me ocurrió durante el verano de 1959. Fui invitado a pasar unos días con unos amigos en la región valenciana. Su casita se hallaba en pleno bosque, lindando a unos doscientos metros con una casa de campo donde vivía un labrador con su familia. Entre ambas casas, solitarias en aquel apacible lugar, había un grupo de frondosos árboles y en la espesura de su espeso follaje una legión de pajarillos que inundaban el aire con sus incesantes trinos. Una de las habituales distracciones o aficiones de nuestro vecino labrador -según pude comprobar más tarde- era la de capturar y dar muerte, seguramente con fines gastronómicos, a aquellos inocentes pajarillos. Utilizaba a este fin unas jaulas, dentro de las cuales tenía encerrados a otros pájaros que servían de reclamo a los demás que vivían en plena libertad.

Tendía al efecto entre todas estas jaulas una gran red de malla y, cuando consideraba que había ya suficientes pajarillos cerca de las jaulas, tiraba de una cuerda desde abajo y los dejaba aprisionados dentro de la red. Los bajaba después del árbol junto con las jaulas y, luego de quitar cuidadosamente éstas, catapultaba violentamente la red contra el suelo y mataba así de esta manera tan cruel y despiadada a sus inocentes prisioneros. Una tarde, hallándome en meditación bajo uno de estos árboles, vino el referido labrador y, sin siquiera saludarme, empezó la brutal tarea a la que estaba ya habituado. La vista de aquel espectáculo -ante el cual no tenía opción a protestar por la distinta sintonía de nuestras mentes- suscitó en mí un profundísimo sentimiento de piedad. Una ola infinita de compasión se apoderó de mí y la masa sanguinolenta de aquellas pequeñas vidas sacrificadas estaba presente todavía en mí cuando me fui a acostar.

Aquella noche, durante el sueño, me vi ascendiendo por las ramas del árbol, siendo plenamente consciente de que abría las puertecitas de las jaulas y de que liberaba a aquellos pajarillos que con sus trinos atraían a los demás, y que destrozaba finalmente las jaulas lanzándolas violentamente contra el suelo.

A la mañana siguiente me despertaron unos grandes y desaforados gritos y una fuerte disputa que sostenían mis amables anfitriones y el referido labrador. Éste les increpaba duramente y les hacía responsables del destrozo de sus jaulas y les conminaba a devolverle los pajaritos que había dentro de las mismas. Durante esta disputa, de la que procuré naturalmente mantenerme aparte, mis amigos se enojaron tanto que incluso amenazaron al labriego con denunciarle a las autoridades. Se marchó éste finalmente echando pestes contra mis pobres amigos, que no sabían a qué atenerse sobre las injustas acusaciones de su iracundo vecino. Durante el desayuno les conté a mis amigos, como yo, estudiantes de esoterismo, las incidencias de mi “sueño”, y entonces cayeron en la cuenta del por qué su vecino el labrador les había hecho responsables del destrozo de las jaulas y de la liberación de los pájaros de reclamo.

No es necesario decir que comentando el caso y analizando críticamente las circunstancias en que éste se produjo, nos regocijamos plenamente juntos bajo la inspiración del poder celestial.

Ahora bien. Prescindiendo de lo interesante de tales experiencias psíquicas..., ¿es éste el verdadero campo de actividad de un discípulo espiritual de la Nueva Era? He dicho en vastas ocasiones que “el discípulo prescinde voluntariamente de ciertos poderes y facultades” en aras de un destino espiritual de orden superior. A veces tales facultades y poderes se convierten sutilmente en un lazo que nos mantiene atados a las cosas superficiales de la vida fenoménica. Recuerdo al respecto una anécdota en la vida de aquel santo varón que se llamó Ramakrishna. Había enviado a su discípulo Narendra a experimentar sólo durante unos meses fuera de su Ashrama, en contacto con las gentes y con los problemas de la vida social. Cuando regresó al Ashrama, cumplida la finalidad que el Maestro le habla sugerido, le preguntó éste: “Dime, ¡oh, Narendra!, de todas tus experiencias durante tu ausencia, ¿a cuál concedes tú más importancia?”

Respondió Narendra: .... - al pasar por Benarés, allí donde se estrecha el Ganges, había una balsa que transportaba a los viajeros de uno al otro lado del río. Se acercó un viejo peregrino y suplicó a los barqueros que le llevasen a la otra orilla, pero que no tenía con qué pagar su pasaje. Los barqueros no sólo no le concedieron un sitio en la balsa, sino que incluso se mofaron de él. Entonces el viejo peregrino se postró en el suelo e invocó a la Madre Divina. Seguidamente penetró en el río y comenzó a andar por encima de las aguas sin sumergirse. Así llegó a la otra orilla, ante la admiración de los barqueros y de los demás viajeros de la balsa, que no cabían en sí de tal prodigio”. Interpeló nuevamente Ramakrishna a Narendra: “¿A estos prodigios concedes tú tanta importancia? Veamos, ¿a cuánto ascendía el preció del pasaje dentro de la balsa?”

Respondió Narendra: “A dos rupias, Maestro mío”, “Pues bien, querido Narendra -dijo el gran Ramakrishna-, tal es exactamente el precio del prodigio realizado por el viejo peregrino”. Me pregunto si no les asignamos también nosotros demasiada importancia a las facultades psíquicas y si no exageramos en demasía el valor de tales experiencias frente a esta edad singularmente técnica que estamos viviendo. Olvidamos con frecuencia que la Edad de Acuario, en la que paulatinamente nos vamos introduciendo, es profundamente “mental” y que la mente humana ha de cobrar un valor especialísimo como centro de contactos con “fuentes de energía espiritual y de experiencia humana”, de las que ni siquiera remotamente somos capaces de sospechar.

Hay, por otra parte, y esto es evidente en la mayoría de las personas psíquicas, especialmente en los médiums, un fondo de orgullo y autosuficiencia que acrecienta la confusión y el peligro en que viven sumergidos. La mayoría se consideran superiores a los demás cuando analizan sus facultades psíquicas o mediúmnicas, es decir, las cosas que ven. Los sonidos que oyen, los guías que les protegen, olvidando -esto es importante- que nuestros remotos antepasados, más allá de las fronteras de lo que llamamos prehistoria, poseían ya y utilizaban estas facultades psíquicas y estos poderes supernormales (mejor sería, no obstante, calificarles de anormales) y que los salvajes y los animales domésticos, el perro, el gato, el caballo, etc., son asimismo psíquicos y que ven y oyen “cosas” del mundo etérico y del astral inferior que nosotros, personas civilizadas, no podemos percibir pese al elevado desarrollo de nuestra inteligencia...

Estas consideraciones deben hacernos pensar. Vistos los poderes psíquicos tal como los conocemos, es decir, en su inferior cualidad astral, aparecen desde el ángulo esotérico de la vida como un fenómeno de regresión, de vuelta al pasado, pese a la importancia que le asignan los profanos del mundo oculto y, en general, todas aquellas personas de tipo mental corriente interesadas en esta clase de comunicaciones. Este sentido de importancia se centra preferentemente en la actitud psicológica de autoglorificación de la mayoría de los médiums. Me pregunto, después de un sinnúmero de observaciones personales, si hay algún médium del tipo al que nos vamos refiriendo, que no pretenda estar guiado o protegido por alguna insigne personalidad del pasado o de altísima valoración religiosa, como el Maestro Jesús, la Virgen María, Santa Teresa, San Pablo, Sócrates, etc. Conozco a un señor que pretende estar en comunicación constante y directa con Napoleón Bonaparte...

Como enormes campanas vacías y sin resonancia alguna, tienen que citar nombres muy importantes para que el vulgo les dedique su admirada atención. La humildad, esta perla preciosa de la virtud espiritual, brilla por su ausencia en la personalidad de estos médiums que generalmente se autodefinen como transmisores de la voluntad divina. En realidad, son personas que viven más en el pasado que en el presente. Su manifiesta inadaptación al ritmo mental dinámico de nuestros tiempos crea en ellas profundas perturbaciones psíquicas y alteraciones físico-orgánicas de orden sensible y, tal como he dicho anteriormente, son “un verdadero problema social”, un peso muerto que impide la elevación de un sinnúmero de almas.

Indudablemente existen verdaderos médiums, nunca he negado esta contingencia. Existen muchas personas de buena fe dotadas psíquicamente para recibir y transmitir mensajes y comunicaciones del “mundo astral”, noten que decimos “mundo astral”. Quisiera significar, una vez más, que para poder establecer relación y contacto con un verdadero SER superior, ya sea un poderoso Deva o un alto Iniciado del mundo espiritual, se precisa una elevada capacitación mental, entendiendo por ello no una mente muy sobrecargada de conocimientos, sino muy sencilla y amante de la síntesis, así como una exquisita educación interna y un elevado y recto propósito de vida. Deberé decir y repetir muchas veces que el verdadero “Hombre Espiritual”, Dios en nosotros, o esta divina Entidad que llamamos Alma o Yo superior, sólo puede ser positivamente contactada a través de la mente y no a través del cuerpo de los deseos y de las emociones.

La mente plenamente ejercitada y exquisitamente vulnerable es el “único” instrumento de comunicación con los Seres superiores de la humanidad, previamente la consciente relación con el Yo superior y el debido enfoque interno.

En el caso citado anteriormente sobre mi experiencia psíquica, hay una explicación muy lógica de este tipo. Por ejemplo, el profundo sentimiento de compasión que se adueñó de mí al ver el comportamiento brutal del labrador para con los pajarillos, creó dentro de mi ser personal una línea de ascensión que me conectó directamente con mi Yo superior. Desde allí recibí más tarde, durante el sueño, el poder necesario para densificar lo suficientemente mi cuerpo etérico para poder realizar aquello que mi mente había sutilmente proyectado, es decir, la liberación de los pájaros de reclamo, la destrucción de las jaulas, etc.

Otra versión pudiera ser, fundándonos siempre en el profundo sentimiento de compasión -un poder realmente extraordinario que está en la base de las facultades psíquicas superiores, (la resurrección de Lázaro, la cura de los leprosos, etc.), la de la invocación de un Deva de gran poder espiritual, que aprovechando las energías que estaba yo liberando con mi profundo sentimiento de piedad, pudo “movilizar” a un cierto número de elementales a sus órdenes y produjo aquellos hechos que anteriormente les he relatado. Si tal fuese el caso “yo me hallaba en aquellos momentos en que se producían los hechos, simplemente observando la actividad dirigida de aquellas criaturas de los elementos por la intercesión del Deva, aunque en mi “sueño” pareciera que era yo quien producía aquellos concretos resultados.

Tengo que hacer frente -como he dicho en varias ocasiones- a una gran responsabilidad, la de presentar honradamente, y de la manera más clara y convincente, las implicaciones de la afirmación “soy un discípulo”.

Los trabajos serán tanto mejor comprendidos, pese a la claridad que trato de imprimirles, cuando con más sentido mental fuesen leídos y considerados. El sincero deseo de hacer partícipes a los demás de algo que considero de verdadero valor espiritual, debiera encontrar asimismo en el lector una resonancia espiritual recíproca. Es por esta causa que trato de penetrar muy profundamente en todos los casos y problemas que someto a consideración.



V.B.Anglada

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