El camino del gran retorno.

Varios/Otros


Ahora vuelves tranquilamente a tu casa
montado sobre los lomos del buey.
Envuelto en brumas,
¡qué bello es el sonido de tu flauta al atardecer!
Cantas tu melodía,
llevas el ritmo
con el corazón lleno de una alegría desconocida.
Hay que decirlo:
¡A partir de ahora vives con los sabios!

El combate ha concluido.
Ya no necesitas «aferrar».
Ya no tienes miedo de «soltar».

Como los leñadores del pueblo
murmuras y cantas canciones simples,
como las que se enseñan a los niños.

Bien instalado sobre los lomos del buey,
tu mirada ha dejado de ser opaca.

Ya no te importa lo que digan de ti.
Nada puede seducirte a partir de ahora.
Nunca más volverás atrás.


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El combate ha concluido. Llega un momento en la práctica del Zen en el que el combate cesa. Hasta ahora, has trabajado duro para encontrar y domar al buey de tu mente ignorante, de tu mente inconsciente y automática. Has empleado poderosas armas como son la concentración y la observación. De pronto un día, un día normal como otro cualquiera, sientes que algo ha cambiado sustancialmente en ti. Las contradicciones han desaparecido, los polos opuestos de tu pensamiento dualista dejan de luchar entre sí. El buey se ha entregado, rendido, agotado por el mareaje incesante al que lo ha sometido tu observación implacable.

Entonces puedes comprender las palabras del maestro Yoka Daishi:


«¿No ves, querido amigo,
a este hombre que se ha despertado?
Ya no intenta luchar contra las ilusiones
ni buscar la verdad
porque comprende que ambas son
igualmente vacuidad».


La mente se te ha vuelto dócil como un buey adiestrado, transparente como un manantial de agua limpia, inexistente como un cristal sin mácula. Cuando la mente deja de manipular la percepción del mundo, la verdadera realidad aparece ante tus ojos. Es el momento de volver tranquilamente a tu verdadero hogar montado sobre los lomos de tu mente, a ese hogar que realmente nunca has abandonado: la Verdadera Realidad.

Poco importa que la bruma lo envuelva todo, poco importa que ante tus ojos sigan surgiendo problemas y dificultades, poco importa que no te sientas un gran sabio... el sonido de tu flauta se expande por los valles y las montañas. Sabes que a partir de ahora no puedes perder ya el camino, porque has descubierto que el camino se halla justo debajo de tus pies.

El sonido de la flauta es bello porque el buey está domado, la mente apaciguada y cada cosa es tal y como es.

Tu vida entera se convierte en una armoniosa melodía. Tu cuerpo sigue el ritmo de la vida universal. Has encontrado la nota, tu nota, el sonido de tu verdadera vida.

En el Zen el sonido es muy importante. Muchos grandes maestros se despertaron a través de la conciencia auditiva: una piedra rompiendo un bambú, un grito, el viento del otoño entre las agujas de los pinos...

La vida en un templo Zen está ritmada por sonidos. Desde el despertar antes del amanecer hasta la extinción de las luces, todas las actividades y los diversos períodos de la jornada están indicados por instrumentos simples y muy antiguos cuyos sonidos acompañan a los monjes en su práctica diaria. Vivir en un templo Zen es una continua meditación en los sonidos. La conciencia auditiva se agudiza y con ella el ser se despierta. El ritmo y la calidad de la vibración son muy importantes. El sonido de tu propia voz es la manifestación de tu ser, aquí y ahora. En la medida en la que aprendas a vivir conectado con tu ser real, el sonido de tu voz será cada vez más armonioso, auténtico, cálido y vibrátil.

En esta etapa de tu práctica has aprendido a calmar los movimientos erráticos de tu mente, has domado al buey. Ya no te identificas con los destellos ilusorios provocados por la actividad de tu mente egótica. Ésta se vuelve transparente como un lago en calma y tú te puedes asomar a ella para sentir la presencia de tu verdadero ser. A partir de ahora vibras con todo tu ser y el sonido resultante es hermoso como una flauta al atardecer. Has encontrado la vibración esencial de tu vida y sientes que formas parte de una vibración mayor, de una sinfonía emocionante en la que cada ser, humano, animal, vegetal o mineral, está emitiendo también su propia vibración vital. Tu melodía es tu vida, tus gestos, tus miradas, tus acciones, tus palabras, tus pensamientos. Todo es perfecto. Todo es tal y como tiene que ser, es decir, tal y como es. No hay error. El ritmo es perfecto.

Vives en el tiempo, pero ya no eres un prisionero del tiempo, sino una ondulación energética, pulsátil, vibrátil, que evoluciona en un ritmo, siendo ritmo. No estás ni más atrás ni más adelante de lo que te corresponde. Estás justo donde estás, en el ritmo que la vida dicta a tu momento presente. Ya no ves la vida con el falso escepticismo del que se cree un espectador objetivo de la realidad. Ahora eres la realidad misma de tu vida. No estás fuera, te sientes dentro. Dentro quiere decir que para ti ya no hay dentro ni fuera. Sólo ritmo. Y tú eres ese ritmo.

Tu ritmo es el ritmo de la Vida Universal. Lates con la Tierra y con el Cielo. Tu corazón es el corazón del Cosmos entero y se te desborda de una alegría desconocida por ti hasta ahora. No es la alegría ilusoria del pez que vive en un pequeño charco en medio del desierto creyéndose eterno, sin darse cuenta de que antes del anochecer ese charco ya se habrá evaporado. No. Esta nueva alegría es la de las montañas y los valles latiendo, pulsando, en tu propio corazón. Es la alegría de tu nuevo Gran Cuerpo redescubierto. La alegría del sol rielando sobre un océano sin límites. Una alegría que desborda todas las previsiones de tu pequeña mente egoica y te expande hasta hacerte vibrar en diapasón con las nubes viajeras, con los arroyos de agua viva, con la fuerza de los árboles centenarios que se yerguen desde la Tierra hacia el Cielo.


«El sabio no tiene ego.
Todas las existencias son su ego».


A partir de ahora vives con los sabios, aunque tú mismo no tengas ninguna conciencia de serlo. Tu sabiduría no es ya una mera acumulación de conocimientos. Tu aspecto puede ser incluso el de un idiota. Puedes sentirte corno un espantapájaros en medio de la campiña, sin conciencia personal. Tus palabras pueden ser poco claras, pero la voz del valle resuena en tu corazón. Sabes sin saber nada. Tu sabiduría es un no saber. Tu buey no tiene ni bridas ni estribos. Camina apaciblemente en medio de la bruma sin perder su camino porque la sabiduría del reino vegetal, el sentir de las rocas, el rumor del viento lo guía sin error. La Naturaleza entera se regocija. Los sabios de los cinco continentes y de los tres tiempos te sonríen y te conducen imperceptiblemente de retorno a tu hogar original. Eres dichoso entre los dichosos, bendito entre los benditos.

El combate ha terminado. Ya no hay nadie que combata ni nada contra lo que combatir. La compulsión de aferrar se ha disuelto y ya no tienes miedo de soltarte y navegar en los lomos de la energía vital. Todo está bien. Cada circunstancia es la expresión de la verdad única: la que se manifiesta aquí y ahora. Atrás quedaron las resistencias, el apego terco a la falsa imagen de ti mismo que te habías creado condicionado por tu educación y tu entorno. No te queda ninguna plaza fuerte que defender ni ningún castillo que asaltar. Tu cuerpo ha perdido la rigidez de antaño. Tus corazas musculares se han convertido en fibra viva por las que circula libremente el torrente ígneo de la fuerza vital. Eres libre ante el placer y ante el dolor. Ni te aferras a ellos ni tienes miedo de soltarte a ellos. Ahora sabes que tu cuerpo y tu vida entera es una nota musical dentro de una vasta melodía. Ahora sabes que tú eres esa melodía que antecedió la aparición de tu cuerpo y que continuará sonando cuando tu cuerpo desaparezca.

Has vuelto de retorno a la Gran Fuente de la Vida y sabes que esta Fuente es generosa sin límites. Nada que aferrar, sin miedo a soltar.

¿Recuerdas tus manos de antaño? ¿Aquellas manos crispadas como garras de rapaz, crispadas por el apego y la compulsión de aferrar? Aquellas manos eran la expresión de tu mente neurótica atrapada en el círculo vicioso del miedo y del apego. Manos resecas y nervudas.

Mira tus manos actuales. Están abiertas como una amplia llanura sobre la que la lluvia vierte sus dones. Ya no aferran, ya no tienen miedo de soltar. Son manos que dan. Manos por las que circula con profusión la energía de la vida. Manos que laten, manos hinchadas de amor y de generosidad. Ya no las cierras diciendo: «Yo, yo, yo, mío, mío, mío». Estas manos, mejor que nada, reflejan el estado actual de tu cerebro y de tu conciencia de ser. Ahora no aferras, sólo usas con delicadeza. No se apropian, sino que dan siendo canal de comunicación y de contacto. Manos que reciben sin miedo. Manos inocentes de niño. Manos tal vez curtidas en la briega como la de los leñadores. Manos simples como tu corazón actual.

Cualquier sitio es bueno para ti. Cualquier templo es bueno para elevar tu corazón. Cualquier lugar es un buen templo y hasta las canciones simples de los niños o de los leñadores son un himno de amor y de exaltación. Sabes aquella que dice:


«Cada vez que se muere un fraile
canta a coro la comunidad:
¡Ay que bien un hermano al cielo!
¡Ay que bien una ración más!»


El camino del Gran Retorno lo recorres en el gozo de ser lo que eres. Retornas a ti mismo, a lo que siempre has sido, a tu verdadera identidad, al Buda diamantino que te aguarda entre las brumas. Ayer fueron las brumas de tu ignorancia, de tu enajenación. Hoy son las brumas doradas de tu felicidad recuperada. Por eso los ojos te brillan con el fulgor del diamante. La vida del Buda cristaliza en tu mirada transparente. Hoy vuelves a ver. Tu ceguera ha terminado. Nunca más te estrellarás con esa falsa imagen que te habías hecho de ti mismo. Ahora tu percepción visual se amplía hasta el infinito y descubres el mundo: no son tus ojos los que miran, son las montañas y los valles los que te están mirando, los que se están mirando a sí mismos a través de ti que, ahora, eres uno con ellos.

Siempre me admiro de la transformación que se produce en la mirada de aquellos que vienen a practicar zazen en el templo Luz Serena. Al principio, sus miradas suelen ser opacas, huidizas, cargadas de tensión, de preocupaciones. En algunos casos, las miradas son rígidas y obsesivas o hirientes como cuchillos. Nuestras miradas reflejan más que nada el estado de nuestro ser. Popularmente se dice que los ojos son el reflejo del alma. Una mente atormentada se manifiesta a través de una mirada atormentada. Un buey salvaje e indómito se refleja en una mirada opaca, sin vitalidad, sin brillo.

La práctica de la meditación Zen es un buen detergente para lavar la opacidad de nuestros ojos. Si nuestros ojos son opacos, el mundo que vemos es también opaco. Cuando nuestros ojos brillan, el mundo que percibimos es brillante. ¿Sabes por qué? Porque el que mira y lo mirado son una sola y misma cosa.

Durante la meditación Zen no es conveniente cerrar completamente los ojos. Hay que dejarlos entreabiertos, con la mirada posada justo un metro delante de sí. Al principio esto le resulta muy difícil a ciertas personas. Unas porque no pueden entrecerrar los ojos. Esto es debido a la fijación visual de la energía consciente. La visión es el sentido más usado - y abusado - por el ser humano. Nos hemos acostumbrado a recibir la mayoría de las informaciones sensoriales a través de los ojos. Esto tal vez se deba a nuestra postura erguida (somos animales erguidos sobre sus patas traseras) y también al hecho de que usamos nuestra mirada como arma defensiva/ofensiva. Las personas muy agresivas y las que viven en estado de defensa debido al miedo, encuentran dificultad para entrecerrar los ojos. Se sienten desprotegidas y desconfían. Para estas personas es una excelente práctica el entrecerrar los ojos durante zazen.

Con el tiempo aprenden a tener más confianza, pierden el miedo y pueden entregarse a la experiencia de sentir a través de los restantes sentidos de la percepción.

Otras personas por el contrario tienden a cerrar los ojos inmediatamente desde que se sientan en meditación. Están deseando entregarse a su mundo interno subjetivo, a sus ensoñaciones, a sus pensamientos y aislarse del mundo exterior objetivo.

Los maestros zen han enseñado siempre que los ojos deben estar entreabiertos. Esto permite una perfecta sincronicidad entre el mundo subjetivo y el objetivo. Por un lado, nos ayuda a desconectarnos relativamente de las impresiones visuales y del mundo exterior, pero no totalmente. Y por otro nos permite no caer en estados de somnolencia, de ensoñación subconsciente.

Poco a poco, gracias a la práctica continua de zazen, vamos aprendiendo a relajar la mirada pero no hasta el punto de la inconsciencia. Aprendemos a 'soltar', a no 'aferrar' las impresiones visuales. Esto quiere decir que aprendemos a dejar fluir la mente en su totalidad. Con el tiempo la mirada se va volviendo translúcida, clara, serena, brillante.

Domar el buey es domar nuestra propia mirada. El buey usa sus cuernos para atacar y defenderse, como nosotros usamos nuestras miradas. La mayor parte de nuestras miradas son inconscientes. Responden a movimientos inconscientes de nuestra mente ignorante. Cuando ponemos conciencia en ello domamos estos movimientos compulsivos y de la misma manera que el buey domado se vuelve manso y apacible, también nuestra mirada se vuelve apacible, dulce, brillante cuando domamos nuestra mente con el látigo de la atención.

Ahora, una vez domado el buey, ya en el camino del Gran Retorno, los frutos del trabajo realizado brillan como dos estrellas en tus cuencos oculares. Tu mirada maravillosa refleja un mundo maravilloso. El Buda que eres canta en tus ojos y la tierra que pisas es la Tierra Pura de Buda.

¿Qué importa lo que los demás digan de ti? ¿Cómo pueden seducir las cuentas de colores a los que llevan un diamante radiante en su corazón? A partir de ahora, tú eres la Fuente de la Alegría sin objeto, el Manantial de Gozo, el Filón de Oro Puro. Tu propia respiración es la fuente de tu energía vital. Tu corazón ensanchado colma de Amor y Compasión cualquier objeto de tu percepción y sientes que todo lo que necesitas está ya ahí. Nada puede seducirte hasta el punto de esclavizarte y sabes que nunca, nunca más, podrás volver atrás. El camino del Gran Retorno te ha conducido hasta el punto del no retorno.



Extracto de La Doma Del Buey
LAS DIEZ ETAPAS DEL DESPERTAR
SEGÚN EL MAESTRO ZEN KAKUAN SHIEN
Traducción y comentarios de Dokushô Villaba

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