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    39 lectores

    Ramtha
    Politeísmo; Monoteísmo; Ateísmo; Materialismo; Misticismo...


    * Politeísmo

    Una visión politeísta de la realidad sostendría que el universo, en todos sus aspectos, fue creado o producido por varios dioses o seres que son en última instancia trascendentes al universo creado. En otras palabras, estos grupos de dioses no están afectados por el universo físico y sus leyes. Esta distinción es necesaria si vamos a llamarlos dioses; de otra manera, ellos serían meramente un tipo de superhombre o ser muy avanzado. Es importante recordar que el concepto de Dios que estamos viendo aquí se refiere a la fuente absoluta de toda la existencia, como fue definido por Aristóteles, y no a una cualidad de ser dentro de la realidad existente.

    La palabra Dios se usa a menudo para hablar de los dioses que trajeron la tecnología y la cultura a la tierra, como Toth en Egipto, Quetzalcoatl en Mesoamérica, Ninharsag, Enki y Enlil en Oriente Medio, Apolo y Zeus en Grecia, y los dioses Elohim mencionados en el libro del Génesis: «Cuando el hombre empezó a multiplicarse en la Tierra y de él nacieron hijas, los hijos de los dioses —los hijos de Elohim— vieron qué hermosas eran las hijas del hombre y así tomaron por esposas a todas cuantas eligieron».(1) «En ese tiempo, los Nefilim aparecieron en la Tierra después de que los hijos de los dioses se unieron con las hijas del hombre y éstas les dieron hijos. Ellos fueron los héroes de la antigüedad, los hombres célebres».(2) La palabra Dios en estos casos obviamente no se refiere a la fuente absoluta de la existencia, pues debemos preguntarnos: ¿de dónde vinieron los llamados dioses? ¿Quién les dio vida e inteligencia? ¿Quién sustenta su existencia?

    (1) Nótese que la parte de la frase del libro del Génesis 6:2 que dice: «ellos tomaron por esposas a todas cuantas eligieron» en términos bíblicos quiere decir literalmente que tomaron a las mujeres sexualmente, y no para establecer un matrimonio como lo entendemos hoy en día.
    (2) El libro del Génesis 6:4.


    Muchas religiones orientales como el hinduismo, al igual que otras culturas de la antigüedad, como Egipto, Roma y Grecia, contienen un amplio y complejo panteón de dioses en su sistema de creencias. El destino de la persona humana se deja en las manos y la buena voluntad de estos dioses. La consecución de la virtud, la sabiduría y la felicidad en la vida depende, en última instancia, de complacer y servir a estas deidades, y en obtener de ellas el favor, la gracia y la salvación.

    El eterno conflicto entre dos fuentes primordiales y antagonistas, que se sostienen por sí mismas, el conflicto entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad sobre las cuales el mundo creado no tiene control, es otra forma de politeísmo conocida como dualismo. En el zoroastrismo, una creencia religiosa que prevaleció durante 1.600 años, la realidad es explicada en relación al conflicto entre Ormazd y Ahriman. En la filosofía de Platón, el conflicto sucede entre el caos y el orden, entre aquello que siempre es pero no se ha realizado y aquello que se está realizando pero nunca es. En el maniqueísmo y las tradiciones gnósticas de la era cristiana, el conflicto es visto en forma de luz y oscuridad, conocimiento e ignorancia, razón y divina revelación.

    En conclusión, la afirmación básica sobre el Yo que encontramos en un acercamiento politeísta a la naturaleza de la realidad es que la persona humana debe su existencia y significado a una fuente externa, intrínsecamente diferente a ella misma, que la trasciende y abruma. En otras palabras, Dios está fuera de la persona y fuera del alcance de la razón.

    En el siglo cuarto antes de Cristo, el filósofo griego Epicuro postulaba que había más de una fuente primordial de existencia en su explicación del universo, pero enfatizaba que estas deidades ni estaban interesadas ni les concernían los asuntos humanos. De este modo, los seres humanos no podían esperar ni favores ni castigos por parte de ellas. La filosofía de Epicuro, por lo tanto, enfatizaba el empirismo, donde la fuente de todo conocimiento se encontraría en la experiencia humana sin necesidad de una divina revelación. Ésta también se basaba en el hedonismo, donde el placer es considerado como el bien más elevado. El epicureismo se mantuvo como un factor influyente en la vida cultural de Grecia y Roma, incluyendo las obras de Cicerón, hasta el siglo quinto d.C. El énfasis de Epicuro en el empirismo resurgió en el siglo dieciséis durante el Renacimiento, con un giro monoteísta, a través de los escritos de Lorenzo Valla y los grandes humanistas Erasmo de Rotterdam y Thomas More.

    El empirismo defiende la habilidad de la razón humana de obtener conocimiento a través de la experiencia. Sin embargo no alcanza a unir la separación que hay entre el mundo material y el mundo sobrenatural al limitar su experiencia observable únicamente al reino material. El empirismo sólo es capaz de proveer el conocimiento de los efectos de la naturaleza de Dios y tiende a definir el yo en términos del cuerpo físico y su biología, dejando lo sobrenatural fuera de su campo de observación. La teoría de Charles Darwin sobre la evolución natural de las especies, el psicoanálisis y la definición de la psique(3) de Sigmund Freud son ejemplos de esta visión del mundo.

    3 La definición de la psique de Sigmund Freud incluye a ambos, el consciente y el subconsciente, sin embargo su tesis de que cualquier asunto inconsciente fue una vez consciente, penetrando en la psique a través de la experiencia consciente, muestra su adherencia al empirismo.


    * Monoteísmo

    La visión del mundo monoteísta mantiene una separación ontológica entre el universo y su fuente o creador, Dios. La tradición judeo-cristiana es la mejor representación de este acercamiento. En ella encontramos una compleja articulación de las implicaciones de esta creencia.

    Puesto que el universo es la obra manual de Dios, posee de alguna manera conocimiento de su creador. Sin embargo, la razón no es suficiente para conocer la naturaleza de Dios. Tomás de Aquino enseñó en su obra Summa Theologica(4) que nosotros podemos decir que «Dios es» pero no «lo que Dios es». Podemos afirmar la existencia de Dios pero no podemos comprender su naturaleza.

    (4) Tomás de Aquino, Summa Theologica, 1, 7; 2; 2-3; 12.

    El conocimiento de Dios, por lo tanto, requiere el deseo benevolente de Dios de revelarse a sus criaturas. Puesto que la razón no es capaz de conocer el reino de lo divino, requiere la lealtad ciega de la fe, que es vista como un gran regalo y una virtud. La clásica definición de teología se encuentra en las palabras del filósofo medieval San Anselmo: «Fides quaerens intellectum» (La fe en busca del entendimiento). Esta definición evoca claramente una declaración anterior de San Agustín: «Credo ut intelligam» (Creer para poder entender). La teología cristiana es muy cuidadosa en no enfatizar la preeminencia de la fe de manera que ésta niegue completamente la habilidad de la razón para adquirir conocimiento. La inamovible distinción entre Dios y su creación, entre Dios y la persona, es la causa de la supremacía del conocimiento adquirido por la fe sobre aquel adquirido a través de la razón.

    En su filosofía, San Anselmo estaba siguiendo los conceptos agustinos, que había tomado prestados de la distinción de Platón entre el reino de las ideas invisibles e invariables y las sombras siempre cambiantes del reino visible. El lugar de la razón, y por consiguiente de la naturaleza humana, está limitado al mundo físico de acuerdo con esta visión del mundo.

    El hecho de que Dios eligió crear y darle vida al universo implica que Dios es bueno y benevolente. El entendimiento cristiano de la benevolencia de Dios hacia la creación se llama gracia. Atanasio, uno de los padres del concilio de Nicea en el siglo cuatro, habló de la gracia como un segundo regalo, añadido al regalo de la existencia, o la creación misma. El segundo regalo es visto como el desarrollo y la realización de la creación, aunque no en términos de la evolución natural de Charles Darwin, independiente de la intervención divina. A pesar de la aparente benevolencia de Dios, la presencia del mal y el sufrimiento en la Tierra cuestionan esta benevolencia.

    El monoteísmo no recurre a una realidad antagonista, preexistente y autosuficiente para explicar la existencia del mal, como en el dualismo. Sólo hay un Dios del cual nace toda la existencia, y no un Dios entre muchos como en el epicureismo. Si hay un solo Dios responsable de la creación, y decimos que este Dios es benevolente con ella, entonces ¿a quién podemos culpar de la existencia del mal y el sufrimiento de los inocentes? El concepto del pecado fue usado para explicar esta paradoja, especialmente el concepto del pecado original heredado a través de la descendencia natural de Adán y Eva, como fue enseñado por San Agustín en el siglo cuarto. El concepto de la salvación, la redención, la vida eterna y la dicha emergen como el antídoto al pecado, la fuente del mal, el sufrimiento y la muerte.(5) La pregunta sigue ahí: ¿por qué Dios creó la serpiente en el jardín del Edén que tentó a Eva?

    En conclusión, la afirmación básica sobre el yo que encontramos en un acercamiento monoteísta a la naturaleza de la realidad es sorprendentemente similar a la del politeísmo. La persona humana debe su existencia y significado a una fuente externa, intrínsecamente diferente a ella misma, que la abruma y trasciende. Dios permanece todavía fuera de la persona y fuera del alcance de la razón. Hay una mejor oportunidad de conocer la intención de Dios cuando sólo hay una fuente de creación en lugar de una multitud de intereses conflictivos e igualmente poderosos, como en el politeísmo. De cualquier modo, las dos cualidades básicas de la humanidad que hemos establecido, la voluntad libre y la razón, están comprometidas en esta visión del mundo.

    Si Dios es la única fuente responsable de toda la existencia, entonces Dios debe saber todo lo que hay que saber acerca de ella. Si hay algo que eludió su conocimiento debemos preguntarnos, si no vino de Dios, ¿de dónde vino? Los conceptos de la omnipotencia y omnisciencia de Dios apoyan esta línea de razonamiento. La omnipotencia y omnisciencia de Dios plantean un serio problema a la voluntad libre de la humanidad. ¿Cómo puede haber voluntad libre cuando Dios ya sabe lo que la persona va a elegir? Martín Lutero reconoció la realidad de este problema y se opuso a la voluntad libre en su tratado sobre el cautiverio de la voluntad, que escribió en respuesta a Erasmo. Lutero sostenía que aunque una persona actúe en desacuerdo a su voluntad, ésta está en última instancia controlada por Dios. Así, la salvación o la condena están predeterminadas por Dios desde la eternidad.

    Esta posición engendró el concepto de la predestinación divina, que es similar al determinismo físico y racional que encontramos en el estoicismo, la filosofía panteísta de Espinoza, el determinismo psicológico extraído del acercamiento freudiano y el materialismo de la ciencia.

    De acuerdo con la visión monoteísta de la realidad, las bases de la libertad y el poder de razonar son vistas como dones externos que deben ser guiados por algo que está fuera de la misma naturaleza humana. No importa lo mucho que estas cualidades sean elevadas e inspiradas, si no brotan de la naturaleza misma de la persona como una consecuencia natural de quienes somos, entonces no pueden usarse para definirnos a nosotros mismos y contestar la pregunta «quiénes somos».

    (5) La idea de que la muerte está relacionada con el pecado aparece por todo el Antiguo Testamento, en el Libro del Génesis y los Libros de la sabiduría. En el Nuevo Testamento, San Pablo elabora esta idea, contrastando la condición de caídos en la humanidad, a través de Adán y Eva, y la condición de gracia y redención traída por Jesucristo: «Por lo tanto, el pecado llegó al mundo por una persona, y por el pecado la muerte, y por esto la muerte nos llegó a todos puesto que todos habíamos pecado». «Y la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre aquellos que no pecaron después de la ofensa de Adán, como en el caso de aquél que vendrá (Jesús)». San Pedro, Cartas a los Romanos, 5:12, 14.


    * Ateísmo y materialismo

    Es bastante sorprendente e interesante que cuando llevamos las presuposiciones inherentes al acercamiento monoteísta a su extremo lógico, éstas engendran un caos existencial carente de sentido(6), que no se diferencia del determinismo que encontramos en el materialismo o del nihilismo de los existencialistas y humanistas modernos, como Jean-Paul Sartre o Friedrich Nietzsche. El racionalismo va más lejos que el empirismo. Acentúa que la razón tiene la habilidad de obtener conocimiento en virtud de la razón misma, incluso por encima de la experiencia y la observación. El proceso dialéctico platónico de tesis-antítesis-síntesis es el procedimiento principal por el cual la razón es capaz de obtener conocimiento por sí misma. En el siglo diecinueve el racionalismo se desarrolló en un materialismo dialéctico gracias a la obra de Engels, Marx, Nietzsche y otros pensadores que guiaron a los humanistas modernos a ir más lejos que aquellos del siglo dieciséis, hasta las explicaciones ateístas de la naturaleza de la realidad.

    (6) Fyodor Dostoevsky describe las consecuencias existenciales del rechazo a creer en la existencia de Dios en su libro Los hermanos Karamazov.

    La creencia en Dios se volvió inaceptable para estos pensadores y fue vista como una oposición directa a la libertad humana y el poder de la razón. Nietzche vio la existencia de Dios como la mayor objeción a la existencia y a la creatividad humana: «Yo no reconozco el ateísmo de ninguna manera como un resultado, mucho menos un incidente; para mí es una cuestión de trayectoria, procedente del instinto. Yo soy demasiado inquisitivo, demasiado cuestionable, demasiado exuberante para apoyar cualquier respuesta crasa. Dios es una respuesta crasa, una falta de delicadeza contra nosotros, los pensadores —en el fondo una prohibición crasa para nosotros: ¡No pensarás!».(7)

    (7) Friedrich Nietzsche, Ecce homo págs. 692-693, Basic writings ofNietzsche, traducido por Walter Kaufmann (Nueva York: The Modern Library, 2000).

    (8) Agustín Bartra, Antología de la Poesía Mística (México: Editorial Pax, México, 1974), págs. 44-46.

    El rechazo total de Nietzsche a renunciar a la razón en favor de la experiencia religiosa y la creencia en Dios, contrasta con el misticismo del renacimiento español. La mística cristiana Teresa de Ávila, a quien la iglesia reconoció con el título de Doctor, incorporó la separación platónica entre Dios y «la criatura» en su espiritualidad y su búsqueda por la experiencia de lo divino. En otras palabras, la completa rendición de quienes somos como seres humanos es requerida para poder experimentar lo divino. Teresa de Ávila llora poéticamente con un sentimiento de éxtasis santificado:

    «Vivo sin vivir en mí,
    y tan alta vida espero
    que muero porque no muero» (8)

    Este poema muestra claramente que Dios es tan trascendente y está tan separado de la humanidad que la vida es vista como una prisión y una privación de la felicidad, donde la muerte se espera con anhelo y esperanza. El suicidio es considerado un pecado en la religión cristiana. Así, el místico alcanzaría el efecto opuesto al deseado cuando alguien se quita la vida. Sólo Dios puede dar o tomar la vida de acuerdo con esta creencia religiosa.


    * El misticismo del Renacimiento

    Aunque la creencia en Dios requiere el sacrificio y la entrega de la razón, el misticismo cristiano ofrece en su visión una contradicción inherente al monoteísmo. El misticismo religioso se enfoca en la experiencia de lo divino. Esta experiencia a menudo es descrita en términos de una visión beatificada: ver a Dios cara a cara, donde la persona necesita ser transformada y capacitada para tal experiencia indescriptible. La carne es incapaz de ver a Dios, sin embargo tiene que haber algo, es decir, el alma, que se asemeje a Dios en la naturaleza humana, que permita la po-sibilidad de esta experiencia. Las tres virtudes cristianas básicas de fe, esperanza y amor, descritas por San Pablo,(9) se reducen a una en el reino de los cielos. El amor es todo lo que queda en la visión beata de la vida después de la vida, pues la fe es innecesaria donde Dios es visto cara a cara y la esperanza se convierte en posesión plena de gozo.

    La experiencia mística de unión con Dios y la visión beatífica sugieren una conexión intrínseca entre la razón humana y la naturaleza de Dios. También sugiere que la naturaleza humana no está limitada al plano físico.

    Es particularmente interesante notar, a modo de contraste, el entendimiento de San Agustín de la voluntad libre en términos de la libertad de elegir el bien donde el bien máximo es Dios mismo. Él fue el primero en sugerir una conexión intrínseca entre esta característica humana y la naturaleza de Dios. Sócrates ya había introducido esta idea parcialmente en el siglo quinto a.C. a través de sus diálogos sobre el bien como la máxima virtud moral y fuente de verdadera felicidad. La mayor expresión humana de la libertad moral de elección en favor del bien era, según San Agustín, el verdadero significado del amor. Así pues, su declaración: «Ama y haz lo que quieras» implica una conexión directa entre el amor como cualidad divina y la libre voluntad humana.

    (9) San Pablo, Primera Carta a los Corintios 13:13.


    EL FRACASO EN EXPRESAR LA VERDADERA NATURALEZA DEL YO

    En esta breve presentación se puede ver lo incompatible de las numerosas nociones tradicionales de lo divino con las cualidades humanas básicas de la racionalidad y la voluntad libre. Una suposición común que encontramos entre ellas es una separación intrínseca entre lo humano y lo divino, donde lo humano tiende a reducirse al mundo tangible de los sentidos. Negar la existencia de Dios también reduce la humanidad a lo físico. Incluso el panteísmo, que sostiene que todo es Dios y no ve separación entre el mundo natural y el divino, fracasa al no poder explicar el misterio del yo humano, cayendo en un olvido determinista sin individualidad y sin voluntad libre.

    El neoplatonismo es un acercamiento filosófico cercano al panteísmo, que intenta unir el vacío entre la humanidad y Dios a través de su explicación de que toda la existencia proviene y emana de «el Único ser eterno». La emanación del mundo material es la expresión más lejana y baja de la naturaleza de Dios. La separación entre Dios y la humanidad es vista en términos de la cualidad del ser, donde la humanidad es un estado de ser indeseable y distante en comparación con la pureza y trascendencia de «el Único». Aun cuando la humanidad sea considerada como una expresión de lo divino, es vista como una expresión inadecuada, por debajo de la perfección.

    Nuestro análisis de estos acercamientos filosóficos tradicionales muestra que ninguno de ellos es capaz de expresar adecuadamente el significado de la humanidad, ni de defender el poder de la razón para conocer la verdad de toda realidad o el derecho inherente de elegir libremente el conocerla y convertirse en ella. En resumen, todas fracasan en defender la cualidad divina y trascendental de la persona, y en ofrecer un contexto apropiado de interpretación a la declaración de Ramtha en su historia de la creación: «Vosotros sois dioses».

    Solamente al entender estos fundamentos de la historia del pensamiento humano puede apreciarse en su totalidad la grandeza de las enseñanzas de Ramtha.

    La historia de la creación de Ramtha en el siguiente capítulo muestra la naturaleza divina de la humanidad y el verdadero origen del universo. Explica la teoría del big-bang y lo que causó que éste sucediera. También explica la teoría de la evolución natural desde el pensamiento consciente hasta la luz, el color, el sonido, el espacio, cuerpos estelares, planetas, rocas, plantas y animales. Esta historia prepara el camino para el surgimiento de la especie humana, que se discutirá en el capítulo subsiguiente. Por favor, tenga presente nuestra discusión de las distintas filosofías y conceptos de Dios y recuerde que cada cosa que decimos sobre Dios y la naturaleza de la realidad define inevitablemente la opinión que nos hemos formado sobre nosotros mismos.



    Extracto de: Los orígenes de la civilización humana - Ramtha



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