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    Ramtha
    Espejos perfectos el Uno del Otro.


    Había una vez un lugar, y no os diré cuál fue, donde sucedió la primera experiencia de vida de dos entidades, un hombre y una mujer; los principios de su primera existencia y el descenso de sus formas creativas para evolucionar. Os daré un nombre. Ese nombre existió y aún existe hasta hoy en día. Y las entidades de las que estoy hablando no son sino dos de ellas, entre lo que se llamaría una masa polifacética de miles de entidades que habitaron el planeta en aquel tiempo, pues fueron cinco razas —de acuerdo con su color de piel y su cultura— las que se dieron si-multáneamente. Así es como sucedió, y ellos habitaron, en verdad, la tierra de su elección, y ésta fue la tierra del suelo rojo.

    El nombre de la entidad se llamó Duvall-Debra. Son dos nombres que especifican la unidad de una entidad que surgió de la casa llamada Duvall-Debra-Badu; Badu significa Dios, la esencia de Duvall-Debra. En su separación, Duvall-Debra fue masculino en su género, o sea, la corriente eléctrica de lo que en vuestro entendimiento científico se llamaría una carga positiva. Él no había rememorado en su cuerpo la figura de los pechos o el vientre, sino que poseía lo que se llama el miembro erecto y la indulgencia de la semilla que yacía en sus testículos.

    La semilla divina—de la cual aprenderéis todos cuando llegue la hora— fue creada a partir de Duvall-Debra por el mismo dios, que se llamó Debra-Duvall, y fue en verdad lo que llamamos mujer, el vientre del hombre o el hombre convertido en vientre. Y en ella, que era un ser eminente, el vientre no contenía semilla, sólo el huevo, y lo que penetraría en el huevo es la semilla, el tesoro que se encuentra en los genitales del hombre.

    Debra-Duvall fue y es la compañera explícita de la entidad Duvall-Debra, al ser ella, en verdad, el vientre del hombre, y tener lo que en vuestro entendimiento científico se llamaría carga negativa. Su creación no fue algo menos que Duvall-Debra, sino una extensión perfecta de él.(1)

    (1) Duvall-Debra y Debra-Duvall fueron verdaderas almas gemelas, nacidos de la conciencia singular de un dios que se dividió en cargas de energía positiva y negativa con el propósito de experimentar su creación. Esta es la base fundamental de la igualdad y divinidad en ambos, hombre y mujer.

    Ahora, Dios puede plantar la semilla en Dios únicamente cuando se divide para realizarse. En su vida aquí todas las cosas siempre fueron accesibles para ellos, aunque los procesos de pensamiento que ellos habían disfrutado desde el inicio de su creación se volvieron menos efectivos tras su descenso, pues el destello de luz que se producía a través de la contemplación se volvió más denso, y de alguna manera se dificultó. Pero aún se recuerda que en su primera experiencia como dioses, su primera experiencia en Terra, ellos fueron siempre poderosos alimentando el pensamiento puro. Duvall-Debra vio por sí mismo a Debra-Duvall como un ser explícitamente bello.

    Duvall no sabía que el color de sus ojos estaba cambiando siempre. Y dejadme que os hable de ese color. Su perímetro, antes de entrar en el reflujo de un blanco brillante como la nieve, era de un lustre azul oscuro que se mezclaba con un brillo amarillo, dando la ilusión representada del mar, que pasaba a un tono avellana brillante al llegar a las pupilas, todo ello condensado en un cristal perfecto. Él nunca conoció el mito de su belleza espectacular hasta que miró a Debra, que tenía los mismos ojos.

    Los ojos son maravillosos, son la maravilla del pensamiento, pues tienen la habilidad de evaluar la materia culminada en una forma más baja. Poseen la facultad de evaluar la culminación del pensamiento en cualquier nivel en el que éste se esté manifestando a través de la vista. ¿Y cuál es la belleza de este color? ¿Por qué serían estos azules y no de otro color? Porque el azul, en sí mismo, posee una gran corriente eléctrica y emite el color de la luz natural hacia el de su carga eléctrica para poder ver; y para imaginar el azul en toda su profundidad y en todos sus matices, emite lo que se llama «un efecto de luz eléctrica en forma de cilindro» en el proceso del pensamiento. El azul facilita la evaluación del pensamiento, a través de las imágenes producidas por la corriente eléctrica, en mayor medida que otros colores del espectro, que parten del azul más profundo hasta el más puro de los tonos avellana, ébano y negro.

    El azul ha superado el desafío de una amplia gama de detalles en las imágenes dadas a través de la luz, un entendimiento vibratorio que nos lleva hasta el color.

    Duvall, en su primer encuentro, miró directamente a los ojos de Debra, y vio a esta entidad con tal encanto y asombro que no pudo imaginar, incluso en su estado de perfección, una criatura más hermosa, pues sus ojos, siempre cambiantes y con su color azul que a veces se convertía en el más puro de los blancos, eran maravillosos. Duvall los adoraba. Sin embargo, no conocía ni entendía el efecto del amor. Y cuando contempló el color y la palidez de lo que era la culminación de la carne, le recordó al brillo de la luz. Ese color, en la expansión de todos sus matices se llamó crema. Y él se sonrojó, sus mejillas se tornaron rosas y sus labios se ablandaron, se humedecieron y se tornaron carmesí.

    Y como el espectro total de los colores en Terra está incompleto únicamente en el pensamiento realizado —y no en el pensamiento elevado—, éste sólo puede percibir —con su habilidad— aquellas cosas que posean ciertos colores, que en el marco de la vibración luz-color son los más pesados. Después de haber mirado el firme semblante de Debra y sus maravillosas y abundantes pestañas, que enmarcaban el hermoso espectáculo de sus ojos, los tocó, encontrándolos húmedos al tacto. Y él miro su barbilla que estaba partida, su garganta, que era como una recia columna de mármol y sus hombros, delicados pero bien definidos, agraciados por sus brazos, que partiendo de los hombros se extendían sin interrumpir esta figura con su movimiento. Y él tomó su brazo, lo recorrió hasta la muñeca y observó su movimiento. Y vio sus delicados dedos, con sus pliegues y la sutil terminación de sus uñas; en ellas vio reflejado el rubor de su mejillas y sintió su sutileza.

    Duvall miró fijamente a su cuerpo y descubrió que sus pechos eran blandos, erectos y firmes. El susurro de su sonrojo le mostró que eran el punto culminante de su belleza, y los encontró maravillosos. Y debajo de sus pechos, que eran el punto más cercano al lugar donde latía su corazón descubrió su cintura, donde la piel cubría la estructura de su ser, y ésta atraía y cautivaba la vista de sus ojos. Él se maravilló ante la creación de algo tan exquisito, tan suave y de tal color.

    Y él siguió mirando hacia abajo, y llegó a sus piernas y sus muslos. Descubrió entre ellos el principio de la creación, maravilloso. La línea de los muslos que partía del maravilloso tronco era suave y perfecta. Vio que la pierna tenía un punto de flexión y del otro lado una hendidura. Descubrió que el punto más sólido en la pierna de su amada criatura era su rodilla. Siguió recorriendo la pantorrilla con su mano, hasta que esta masa, redondeada y delicada en su forma, se unió con la delgadez del tobillo, a partir del cual se movía el delicado pie. Duvall observó ahí la gracia de los huesos que se unían gentilmente para formar la totalidad del pie apropiadamente, cubiertos por la preciosa piel y que culminaban en la formación de sus dedos, cuyas uñas reflejaron nuevamente el rubor de sus mejillas.

    Cuando Debra regresó su mirada a aquel que la estaba admirando con tanto asombro, vio el pelo de Duvall, que era como el otoño en su fragancia, y pensó que era maravilloso. Y cuando miró su propio pelo para ver si era igual, encontró que sus rizos también eran como el otoño. Al mirar a Duvall, Debra vio el encanto de unos ojos que ella misma poseía, pero nunca antes había visto, y una nariz firme alargada y grande, que permitía que el aire la penetrara con toda su consistencia. Y vio cómo se ensanchaban sus cavidades.

    Ella observó unos labios, curvados y firmes, expresivos y largos, que completaban un rostro con una ancha curvatura en la línea de sus mandíbulas, sostenido por un cuello alargado, y unos hombros anchos y redondos, con brazos gruesos, pesados y hermosos. Más abajo de los brazos, que por cierto presentaban la misma sensación de otoño que la cabeza —aunque en los brazos los cabellos se rizaban en filas con una gran perfección de diseño— ella divisó una mano ancha, larga, encantadora y perfecta, con las uñas incrustadas al final, como si algo remarcable las hubiera colocado allí, mostrando el detalle final de una forma creada.

    Y sobre un pecho ancho, a la altura del corazón encontró unos pechos como los de ella pero planos, hermosos y encantadores, y con el aliento que salía de sus fosas nasales recorría un pecho que se desplazaba hasta una cintura y unas caderas más estrechas que las suyas, que en el puente de su apertura mostraban el tesoro y la esperanza de las generaciones venideras; y unas piernas musculosas que se extendían hasta las rodillas firmes y anchas, unas pantorrillas fuertes y un pie largo y ancho, que permitía el aplomo de la grandeza de esta entidad, llamada Duvall, en su forma más perfecta.

    Mientras se miraban el uno al otro veían la verdadera imagen de cada uno. Y cada uno a su manera se había creado a sí mismo siguiendo el diseño más grandioso que permitiera el intercambio entre Dios y el hombre, capaz de producir la existencia de la humanidad en un plano que había esperado mucho tiempo y que ahora ya estaba preparado, pues cada uno poseía la perfección requerida de su cuerpo para poder ser opuestos y crear por sí mismos la semilla perfecta que permitiera la venida de un linaje futuro.

    Y ¿dónde estaba el amor? Uno nunca posee nada realmente hasta que lo haya contemplado primero, pues la posesión, la absorción y la revelación de algo nunca es experimentada realmente hasta que se realice primero en el pensamiento contemplativo. De este modo, no fue hasta que los dos hubieron contemplado el encanto de cada uno y la belleza de sus seres, y hubieron sentido el tacto con certeza, que se encendió el fuego en el vientre de ella y en los genitales de él.

    Y en la formación de un pensamiento que procedía de la mirada directa del uno al otro, cual si estuvieran viendo un espejo, se produjo el primer acto de fertilidad de las entidades Duvall-Debra y Debra-Duvall: la unión permitida por la maravillosa y abundante creatividad en la que ellos dos se habían convertido a través de sus propias personas perfeccionadas; la unión y la adhesión necesarias para traer a la vida la semilla de los preciados genitales y colocarla en el maravilloso vientre de Debra, el nido de todas las generaciones venideras en la historia.

    En el proceso de la creación a través del amor y el ejercicio de la copulación, existe la pasión, una gran pasión de amar aquello que ha sido creado en medio del fervor, y de mantener la esencia del pensamiento de esa misma pasión. En el momento de la concepción llegó la maravillosa semilla, procedente del miembro erecto de Duvall. Y tras el compromiso y la proyección de sí mismo, como se diría con términos elocuentes, Duvall miró a Debra a los ojos, y vio su reflejo. Y Debra miró a los ojos de Duvall y vio su imagen, y la amó. Y la semilla que surgió y en verdad en-contró el huevo, se convirtió en la imagen perfecta que habían observado el uno del otro. Y he aquí que llegó otro dios procedente de lo que se llama el Atrio de las Constantes, que había esperado su turno hasta el momento de la copulación, y se pudo convertir en la elocuencia del hombre sobre el plano Terra. Cuando su miembro se tornó flácido, Duvall se acostó junto a su hermosa mujer, y ella se abrazó a él.

    Y Duvall, que estaba aprendiendo a amarse en gran medida, amó todo lo que vio en Debra, y Debra hizo lo mismo. Estaba sobreentendido. De este modo comenzó la unión de dos seres que se pertenecían el uno al otro. Y las fuerzas de la luz habían creado y comenzado una nueva vida a través del placer que hay en la fuerza creativa llamada materia.



    Extracto de: Los orígenes de la civilización humana - Ramtha



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