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    Introducción a la doctrina esotérica.


    Persuadido estoy de que llegará día en que el fisiólogo, el poeta y el filósofo hablarán el mismo lenguaje y se entenderán todos.
    Claude Bernard


    El mayor mal de nuestro tiempo es que la Ciencia y la Religión aparecen como fuerzas enemigas e irreductibles. Mal intelectual, tanto más pernicioso cuanto que viene de lo alto y se infiltra cautelosamente en todos los espíritus, como sutil ponzoña que se respira en el aire. Y todo mal de la inteligencia viene a ser a la larga un mal del alma y, por consecuencia, un mal social.

    Mientras el cristianismo no hizo otra cosa que afirmar sencillamente la fe cristiana, en una Europa aún semibárbara, como ocurría en la Edad Media, él fue la mayor de las fuerzas morales y formó el alma del hombre moderno.

    En tanto que la ciencia experimental, reconstituida en el siglo XVI, reivindicó sólo los derechos legítimos de la razón y su ilimitada libertad, ella fue la mayor de las fuerzas intelectuales, renovó la faz del mundo libertando al hombre de las seculares cadenas, y proveyó al espíritu humano de bases indestructibles.

    Pero desde el momento que la Iglesia, no pudiendo probar ya su dogma primitivo ante las objeciones científicas, se encierra en aquél como en una casa sin ventanas, oponiendo la fe a la razón de modo absoluto e indiscutible; desde que la Ciencia enajenada por sus descubrimientos en el mundo físico, hace abstracción del psíquico e intelectual y se ha hecho agnóstica y materialista en sus principios y finalidad; desde que la Filosofía, desorientada e impotente entre ambas, ha abdicado en cierto modo de sus derechos para caer en un escepticismos trascendente, una escisión profunda se ha operado en el alma de la sociedad al igual que en la de los individuos. Este conflicto, al principio necesario y útil, puesto que estableció los derechos de la Razón y de la Ciencia, ha terminado por ser causa de Impotencia y agotamiento. La Religión responde a las necesidades del corazón: de ahí su magia eterna; la Ciencia, a las del espíritu: de donde su fuerza invencible.

    Pero desde hace mucho tiempo estas dos potencias no saben entenderse y convivir. La Ciencia sin esperanzas y la Religión sin prueba, se alzan una frente a la otra y se desafían sin poderse vencer.

    De ahí deriva una profunda contradicción, una guerra sorda, no solamente entre el Estado y la Iglesia, sino también dentro de la misma Ciencia, en el seno de todas las Iglesias y hasta en la conciencia de todos los que piensan. Porque quienquiera que seamos, a cualquier escuela filosófica, estética o social a que podamos pertenecer, todos llevamos en nosotros mismos estos dos mundos enemigos, en apariencia irreconciliables, que nacen de dos necesidades indestructibles en el hombre: la necesidad científica y la necesidad religiosa. Esta situación que persiste desde hace más de un siglo, no ha contribuido ciertamente en poco a desarrollar las humanas facultades, poniéndolas en tensión unas con otras. Ella ha inspirado a la poesía y a la música acentos de un patetismo y grandiosidad inauditos. Pero hoy la tensión prolongada y sobreaguada ha producido el efecto contrario.

    Así como el abatimiento sucede a la fiebre en un enfermo, aquella tensión se ha convertido en marasmo, en tedio, en impotencia. La Ciencia no se ocupa más que del mundo físico y material; la filosofía moral ha perdido la dirección de las inteligencias; la Religión gobierna aún en cierto modo a las masas, pero no reina ya sobre las ciencias sociales, y siempre grande por la caridad, no brilla ya por la Fe. Los guías intelectuales de nuestro tiempo son incrédulos o escépticos, perfectamente sinceros y leales, pero que dudan de su arte y se miran sonriendo como los augures romanos. En público, en privado, predicen las catástrofes sociales sin encontrar el remedio, o envuelven sus sombríos oráculos en eufemismos prudentes. Bajo tales auspicios, la literatura y el arte han perdido el sentido de lo divino. Deshabituada de los horizontes eternos, una gran parte de la juventud se ha alistado en lo que sus maestros llaman el naturalismo, degradando así el bello nombre de Naturaleza.

    Porque lo que decoran con este vocablo, sólo es la apología de los bajos instintos, el fango del vicio o la pintura complaciente de nuestra lacras sociales; en una palabra, la negación sistemática del alma y de la inteligencia. Y la pobre Psiquis, perdidas sus alas, gime y suspira de extraño modo en el fondo de aquellos mismos que la insultan y la niegan.

    A fuerza de materialismo, de positivo y de escepticismo, este siglo ha llegado a una falsa idea de la Verdad y del Progreso.

    Nuestros sabios, que practican el método experimental de Bacon para el estudio del Universo visible, con precisión maravillosa y admirables resultados, se forman de la Verdad una idea completamente externa y material.

    Creen que a ella nos aproximamos a medida que se acumula un mayor número de los hechos. En su punto de vista tienen razón. Pero lo más grave es que nuestros filósofos y moralistas han terminado pensando lo mismo y, de este modo, las causas primeras y los fines últimos serán para siempre impenetrables al espíritu humano. Porque suponed que llegamos a saber exactamente lo que pasa, materialmente hablando, en todos los planetas del sistema solar, lo que, entre paréntesis, sería una magnífica base de inducción; suponed, además, que sepamos qué especie de habitantes contienen los satélites de Sirio y de varias estrellas de la Vía Láctea; seguramente sería maravilloso saber todo esto, pero ¿Sabríamos por ello más acerca de nuestra bruma estelar, sin hablar de la nebulosa de Andrómeda y de la de Magallanes?. ? No, y ello es causa de que nuestro tiempo conciba el desarrollo de la humanidad, como la eterna marcha hacia una verdad indefinida, indefinible y a la que jamás tendrá acceso.

    Esta es la concepción de la filosofía positiva de Auguste Comte y Herbert Spencer, que ha prevalecido en nuestros días.

    La Verdad era otra cosa muy distinta para los sabios y teósofos del Oriente y de Grecia. Ellos, sin duda, sabían que no se la puede abarcar ni equilibrar sin un sumario conocimiento del mundo físico; pero también sabían que reside ante todo en nosotros mismos, en los principios intelectuales y en la vida espiritual del alma. Para ellos el alma era la sola, la divina realidad y la llave del Universo. Reconcentrando su voluntad, desarrollando sus facultades latentes, alcanzaban el luminar vivo que llamaban Dios, cuya luz hace comprender a los hombres y a los seres. Para ellos lo que llamamos el Progreso, es decir, la historia del mundo y de los hombres, no era más que la evolución en el Tiempo y en el Espacio de esta Causa central y de este Fin último. — ¿Creéis que estos teósofos fueron puros contemplativos, soñadores impotentes, fakires subidos a sus columnas?. Error. El mundo no ha conocido hombres más grandes de acción, en el sentido más fecundo, el más incalculable de la palabra.

    Brillan ellos como estrellas de primera magnitud en el cielo de las almas. Se llaman: Krishna, Budha, Zoroastro, Hermes, Moisés, Pitágoras, Jesús, y fueron poderosos moldeadores de espíritus, formidables vivificadores de almas, saludables organizadores de Sociedades. No viviendo más que para su idea, prestos siempre a morir y sabiendo que la muerte por la Verdad es la acción eficaz y suprema, ellos han creado las ciencias y las religiones, por consiguiente las letras y las artes, cuyo jugo nos nutre aún y nos da la vida.

    ¿Qué va a producir el positivismo y escepticismo de nuestros días?. Una generación seca, sin ideal, sin luz y sin fe; no creyente en el alma ni en Dios, ni en el provenir de la Humanidad, ni en esta vida ni en la otra; sin energía en la voluntad, dudando dé sí misma y de la libertad humana.

    “Por sus frutos los juzgaréis”, decía Jesús. Esta frase del Maestro de los Maestros, se puede aplicar lo mismo a las doctrinas que a los hombres. Sí; este pensamiento se impone: o la Verdad es para siempre inaccesible al hombre, o ha sido poseída en gran parte por los más grandes sabios y los primeros iniciadores de la tierra. Ella se encuentra, por lo tanto, en el fondo de todas las grandes religiones y en los libros sagrados de todos los pueblos. Sólo que es preciso saberla encontrar y extraer.

    Si se contempla la historia de las religiones con los ojos iluminados por la verdad central, que sólo la iniciación interna puede dar, queda uno a la vez sorprendido y maravillado. Lo que entonces se advierte no semeja casi en nada a lo que enseña la Iglesia, que limita la revelación al cristianismo y no la admite más que en su sentido primario; pero se parece también muy poco a la que se enseña en nuestras Universidades, a la ciencia puramente naturalista, aunque ésta se coloca, sin embargo, en un punto de vista más amplio, puesto que pone a todas las religiones en la misma línea y les aplica un método único de investigación. Su erudición es profunda, su celo admirable, pero aún no se ha elevado hasta el punto de vista del esoterismo comparado, que muestra a la historia de las religiones y de la Humanidad en un aspecto completamente nuevo. Desde esta altura, he aquí lo que se distingue.

    Todas las grandes religiones tienen una historia exterior y otra interior; la una aparente, la otra secreta. Por historia exterior yo entiendo los dogmas y mitos enseñados públicamente en templos y escuelas, reconocidos en el culto y en las supersticiones populares. Por historia interna entiendo yo la ciencia profunda, la doctrina secreta, la acción oculta de los grandes iniciados, profetas o reformadores que han creado, sostenido, propagado esas mismas religiones. La primera, la historia oficial, la que se lee en todas las partes, tiene lugar a la luz del día; ella no es, sin embargo, menos oscura, embrollada, contradictoria. La segunda, que yo llamo la tradición esotérica o doctrina de los Misterios, es muy difícil de desentrañar. Porque ésta se prosigue en el fondo de los templos, en las cofradías secretas, y sus dramas se desenvuelven por entero en el alma de los grandes profetas, que no han confiado a ningún pergamino ni a ningún discípulo sus crisis supremas, sus éxtasis divinos. Hay que adivinarla.

    Pero una vez que se la ve, aparece luminosa, orgánica, siempre en armonía consigo misma. Se la podría llamar la historia de la religión eterna y universal. En ella se muestra el porqué de las cosas, el emplazamiento de la humana conciencia, del que la historia no nos ofrece más que un reverso laborioso. Allí alcanzamos el punto generador de la Religión y de la Filosofía, que se reúnen al otro extremo de la elipse por medio de la ciencia integral.

    Este punto corresponde a las verdades trascendentes. Allí encontramos la causa, el origen y el fin del prodigioso trabajo de los siglos, la Providencia en sus agentes terrestres. Tal historia es la única de que me ocupo en este libro.

    Para la raza aria, el germen y núcleo de dicha historia esotérica se halla en los Vedas. Su primera cristalización histórica aparece en la doctrina trinitaria de Krishna, que da al brahmanismo su potencia, a la religión de la India su sello indeleble. Budha, que según la cronología de los brahmanes fue posterior a Krishna en dos mil cuatrocientos años, no hace más que descubrir otro aspecto de la doctrina oculta, el de la metempsícosis y de la serie de existencias eslabonadas por la ley del Karma. Aunque el budhismo fue una revolución democrática, social y moral, contra el brahmanismo aristocrático y sacerdotal, su fondo metafísico es el mismo, aunque menos completo.

    La antigüedad de la doctrina sagrada no es menos asombrosa en Egipto, cuyas tradiciones se remontan a una civilización muy anterior a la aparición de la raza aria en la escena histórica. Se podía suponer, hasta estos últimos tiempos, que el monismo trinitario expuesto en los libros griegos de Hermes Trismegisto, era una complicación de la escuela de Alejandría bajo la doble influencia judeo cristiana y neo-platónica. De común acuerdo, creyentes e Incrédulos, historiadores y teólogos, no han cesado de afirmarlo hasta el día.

    Mas esta doctrina cae hoy ante los descubrimientos de la epigrafía egipcia. La autenticidad fundamental de los libros de Hermes como documentos de la antigua sabiduría de Egipto, resalta triunfalmente de los jeroglíficos descifrados. No solamente las inscripciones de los obeliscos de Tebas y de Menfis confirman toda la cronología de Manethón, sino que demuestran que los sacerdotes de Ammón-Ra profesaban la alta metafísica que enseñaba bajo otras formas a orillas del Ganges. (Véanse los hermosos trabajos de Francois Lenormand y de M. Maspéro). Se puede decir aquí, con el profeta hebreo, que “la piedra habla y que el muro grita”. Así como el sol de “media noche” que lucía, se dice, en los Misterios de Isis y de Osiris, el pensamiento de Hermes, la antigua doctrina del verbo solar ha vuelto a brillar en las tumbas de los reyes y hasta de los papiros del Libro de los Muertos conservados por momias de cuatro mil años.

    En Grecia, el pensamiento esotérico está a la vez más visible y más envuelto que en otra parte; más visible, porque se manifiesta a través de una mitología humana embelesadora, porque fluye como sangre ambrosiaca por las venas de aquella civilización, y brota por todos los poros de sus Dioses como un perfume y como un rocío celeste. Por otra parte, el pensamiento profundo y científico que presidió a la concepción de todos esos mitos, es con frecuencia más difícil de penetrar a causa de su seducción misma y de los embellecimientos que han añadido los poetas. Pero los principios sublimes de la teosofía dórica y de la sabiduría de Delfos están inscritos con letras de oro en los fragmentos órficos y en la síntesis de Pitágoras, así como en la vulgarización dialéctica y un poco caprichoso de Platón. La escuela de Alejandría nos proporciona también claves útiles.

    Ella fue la primera en publicar en parte y comentar el sentido de los misterios, en medio del relajamiento de la religión griega y enfrente de los progresos del cristianismo.

    La tradición oculta de Israel, que procede a la vez de Egipto, de Caldea y de Persia, nos ha sido conservada bajo formas raras y oscuras, pero en toda su profundidad y extensión, por la Cábala o tradición oral, desde el Zohar y el Sepher Yezirah atribuido a Simón Ben Yochai hasta los comentarios de Maimónides. Misteriosamente encerrada en el Génesis y en el simbolismo de los profetas, resalta de una manera asombrosa en el admirable trabajo de Fabre d’Olivet sobre la lengua hebrea reconstituida, que tiende a reconstruir la verdadera cosmogonía de Moisés, según el método egipcio, tomando el triple sentido de cada versículo y casi de cada palabra en los diez primeros capítulos del Génesis.

    En cuanto al esoterismo cristiano, brilla por si mismo en los Evangelios ilustrados por las tradiciones esénicas y gnósticas. El brota como de un manantial vivo de la palabra de Cristo, de sus parábolas, del fondo mismo de esa alma incomparable y realmente divina. Al mismo tiempo, el Evangelio de San Juan nos da las claves de la enseñanza íntima y superior de Jesús con el sentido y el alcance de su promesa. Volvemos a encontrar allí aquella doctrina de la Trinidad y del Verbo divino, ya enseñada hacía miles de años en los templos del Egipto y de la India, pero animada, personificada por el príncipe de los iniciados, por el más grande de los hijos de Dios.

    La aplicación del método que he llamado esoterismo comparado a la historia de las religiones, nos conduce, por lo tanto, a un resultado de la mayor importancia, que se resume así: la antigüedad, la continuidad y la unidad esencial de la doctrina esotérica. Hay que reconocer que éste es un hecho bien digno de tenerse en cuenta, porque supone que los sabios y profetas de los tiempos más diversos han llegado a conclusiones idénticas en el fondo, aunque diferentes en la forma, sobre las verdades primeras y últimas, y ello siempre por la misma vía de la iniciación interior y de la meditación. Agreguemos que esos sabios y esos profetas fueron los mayores bienhechores de la humanidad, los salvadores cuya fuerza redentora arrancó a los hombres del abismo de la naturaleza inferior y de la negación.

    ¿No es preciso decir después de esto que hay, según la expresión de Leibnitz, una especie de filosofía eterna, pererrnis quoedam philosophia, que constituye el lazo primordial de la ciencia y de la religión y su unidad final?.


    La teosofía antigua, profesada en la India, Egipto y Grecia, constituía una verdadera enciclopedia, dividida generalmente en cuatro categorías:

    1. la Teogonía o ciencia de los principios absolutos, idéntica a la ciencia de los Números aplicada al universo, o las matemáticas sagradas;

    2. la Cosmogonía, realización de los principios eternos en el espacio y el tiempo, o involución del espíritu en la materia, períodos de mundo;

    3. la Psicología, constitución del hombre, evolución del alma a través de la cadena de existencias;

    4. la Física, ciencia de los reinos de la naturaleza terrestre y de sus propiedades.


    El método inductivo y el método experimental se combinaban y se fiscalizaban uno a otro en esos diversos órdenes de ciencias, y a cada una de ellas correspondía un arte. Estos eran, tomándolos en orden inverso y empezando su enumeración por las ciencias físicas:

    1. una Medicina especial fundada en el conocimiento de las propiedades ocultas de los minerales, las plantas y los animales; la Alquimia o transmutación de los metales, desintegración y reintegración de la materia por medio del agente universal, arte practicado en el Egipto antiguo según Olimpiodoro y llamado por él crisopeya y argiropeya, fabricación del oro y de la plata;

    2. las Artes psicúrgicas que se referían a las fuerzas del alma, magia y adivinación;

    3. la Genetliaca celeste o astrología, o el arte de descubrir la relación entre los destinos de los pueblos o de los individuos y los movimientos del universo marcados por las revoluciones de los astros;

    4. la Teurgia, el arte supremo del mago, tan raro como peligroso y difícil, el de poner el alma en relación consciente con los diversos órdenes de espíritus y obrar sobre ellos.

    Se ve que, ciencias y artes, todo se ligaba y armonizaba en esta teosofía derivada de un mismo principio que llamaré en lenguaje moderno monismo intelectual espiritualismo evolutivo y trascendente. Se pueden formular como siguen los principios esenciales de la doctrina esotérica: - El espíritu es la sola realidad. La materia no es más que su expresión inferior, cambiante, efímera:

    su dinamismo en el espacio y el tiempo. - La creación es eterna y continua como la vida. El microcosmo-hombre es ternario por su constitución (espíritu, alma y cuerpo), imagen y espejo del macro-cosmos-universo (mundo divino, humano y natural), que es por sí mismo el órgano del Dios inefable, del Espíritu absoluto, que es por su naturaleza Padre, Madre e Hijo (esencia, sustancia y vida). - He aquí por qué el hombre, imagen de Dios, puede llegar a ser su verbo vivo. La gnosis, o mística racional de todos los tiempos, es el arte de encontrar a Dios en sí, desarrollando las profundidades ocultas, las facultades latentes de la conciencia. El alma humana, la individualidad, es inmortal por esencia. Su desenvolvimiento tiene lugar en planos alternativamente ascendentes y descendentes, por medio de existencias por turnos espirituales y corporales. La reencarnación es su ley evolutiva. Llegada a lo perfecto, se libra de esa ley y vuelve al Espíritu puro, a Dios en la plenitud de su conciencia.

    Del mismo modo que el alma se eleva sobre la ley de la lucha por la vida cuando adquiere conciencia de su humanidad, igualmente se eleva sobre la ley de la reencarnación cuando adquiere conciencia de su divinidad.




    Edouard Schure
    LOS GRANDES INICIADOS
    Les Grands Initiés - 1889



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