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    V.B. Anglada
    El hombre en el Devachán. I


    La ley periódica de los ciclos

    Durante algún tiempo fuimos aleccionados sobre la actividad de la Ley Cíclica de la Naturaleza, o ley de ciclos, tal como corrientemente se la define. Esta ley se refiere, esotéricamente comprendida, al Aliento de Dios, a Su respiración vital cuyo flujo y reflujo, es decir, inhalación, exhalación y sus intervalos o pausas naturales, producen la vida del Universo y de todo cuanto “en él vive, se mueve y tiene el ser”. El orden de los ciclos es regular y periódico y tiene su recorrido o campo de expansión en forma circular, de ahí la esfericidad del conjunto universal, desde el átomo hasta el sol, modelado y sostenido por el Aliento de Dios. Circular y periódica es también por analogía, toda actividad realizada en el interior de esta vastísima esfera del Universo.

    Durante el proceso de enseñanza acerca de la Ley de Ciclos, que abarcaba extremos tan importantes como la actividad cíclica y periódica de los Siete Rayos, el estudio de las Constelaciones siderales, la estructuración del Plan de evolución planetaria por parte de la Jerarquía, la misión específica de los Ángeles Solares, la proyección sobre nuestro planeta de potentísimas radiaciones y energías procedentes de otros Universos, de otros planetas del Sistema, de otras estrellas y aún de otras galaxias, el significado específico de aquel estado de conciencia que los esoteristas denominan Devachán, el estudio de las leyes soberanas que rigen el proceso de la vida y de la muerte, de luz y sombra, de día y noche, de muerte y nacimiento, y aún el contacto fugaz aunque intensamente profundo con la obra reguladora de la Ley de Causa y Efecto por parte de AQUELLAS gloriosas y al propio tiempo misteriosas ENTIDADES CÓSMICAS, conocidas bajo el nombre de “LOS SEÑORES DEL KARMA”, etc., tuvimos oportunidad de ponernos en contacto con la obra divina en diferentes centros de actividad y en distintas dimensiones.

    Este proceso de enseñanza, novísimo en lo que al entrenamiento espiritual del discípulo se refiere, tuvo su consecuencia inmediata en nuestras existencias físicas y muy definidamente en el ritmo de nuestras respiraciones. Estas se hacían cada vez “más automáticas”, aplicando aquí una expresión muy concreta, pues, reproducíamos espontáneamente en nuestras vidas muchos de los aspectos rítmicos y cíclicos que espiritualmente estábamos estudiando. Aprendíamos de hecho a respirar según el ritmo cíclico de la Naturaleza entera. Durante el período solar cotidiano la respiración era más profunda y sostenida; asimismo se hacían más prolongados los intervalos entre inhalación y exhalación; durante los crepúsculos matutino y vespertino, la respiración se hacía dulce, reposada y apacible siendo menores los intervalos.

    Esta nueva fase de nuestra función respiratoria vino a nosotros, tal como he dicho anteriormente, en forma espontánea, sin necesidad de practicar ningún género de yoga, como la expresión natural del reconocimiento interno de una Ley que antaño había pasado casi desapercibida ante nuestras percepciones.

    Las consecuencias de este nuevo proceso de respiración fueron evidentes desde un principio; mejor circulación de la corriente sanguínea, más profunda concentración mental y un más elevado poder coordinador de las ideas y de las emociones. Nos dimos cuenta entonces del aspecto práctico del reconocimiento interno de ciertas verdades espirituales, así como de la efectividad de las leyes divinas operando sobre la naturaleza humana cuando esta naturaleza encarnada dentro de unos vehículos periódicos de manifestación, deja de ofrecer resistencia al sagrado impulso de la Gran Ley Reguladora de los Ciclos. El hombre no respira lógicamente porque tal es su voluntad, sino porque a ello le obliga, como base de toda su posible evolución, la Ley universal de los Ciclos, o de Respiración del Señor del Universo.

    Cuando el hombre es tremendamente instintivo y egoísta, no puede respirar correctamente porque las corrientes mentales y emocionales que pone en actividad crean una barrera de resistencia a los efectos renovadores y purificadores de la ley cíclica natural. Un hombre sereno, apacible y altruista respira más amplia, profunda y adecuadamente, porque no ofrece tanta resistencia, aún dentro de sus limitaciones kármicas, a la ley ordenadora de los ciclos. Pero cuando el hombre es profundamente investigador, como debe serlo todo verdadero aspirante espiritual, y rebasa cierta medida en el orden interno ajustándose a determinadas reglas espirituales y sociales, sabe entonces de las delicias del correcto respirar. Sin que se aperciba de ello deja su albedrío en manos de las Fuerzas creadoras de la Naturaleza y permite que la Ley de los Ciclos, sabiamente dirigida por los Señores del Karma, lo modele según Arquetipos humanos de orden superior.


    La ley de los ciclos y el Devachán

    ¿Qué es exactamente el Devachán? El Devachán es un estado peculiar de conciencia del ser humano que se desarrolla durante aquella pausa o intervalo de descanso comprendido entre dos existencias terrestres; viene a ser como una amplia y esplendente avenida que se extiende desde el proceso de la muerte hacia la de un nuevo nacimiento, llenando la visión y la vida del hombre “con risueñas perspectivas bordadas con crepúsculos de ensueño”. Evidentemente las delicias de aquel estado de conciencia no pueden ser analizadas a través de la mente intelectual, sino que hay que elevarse al nivel de la más selecta y exaltada ideación, y aún así habría que contar siempre con la desventaja que supone el tener que utilizar aquellos materiales, frecuentemente burdos, con los que nuestra imaginación trata de reflejar las visiones espirituales superiores.

    Ahora bien, las características del Devachán son análogas, aún dentro de la limitación de la conciencia del hombre, a las de aquel estado de conciencia divina que los esoteristas denominan “GRAN PRALAYA”. El Gran Pralaya es un inmenso período de soledad, logoica eternamente indescriptible para nosotros, que se extiende desde el fin de un universo hasta el nacimiento de otro; es un intervalo natural o pausa obligada de descanso entre dos activas respiraciones solares. La analogía entre el macrocosmos y el microcosmos es aquí, como en todos los casos perfecta, y estudiando ciertos aspectos definidos del Devachán tal como trataremos de hacerlo, tendremos quizás una vislumbre de lo que ocurre dentro de la Conciencia divina durante el desarrollo del indescriptible sueño praláyico en el que “...BRAMA DUERME... DESPUÉS DE UN ACTIVO DÍA UNIVERSAL”, frase védica que expresa en forma simbólica una de las grandes verdades universales que debe aprender el discípulo en entrenamiento iniciático.

    La enseñanza religiosa occidental profundamente marcada por el sello del Cristianismo, le asigna al Devachán el nombre de “CIELO”. Lo considera “una lugar de paz”, armonía y seguridad absolutas, en donde entra el hombre bueno después del proceso de la muerte…, como premio a su conducta correcta en vida..., ángeles y serafines velan por él para siempre jamás... El cielo cristiano tiene, en todo caso, un carácter muy limitado ya que sólo pueden penetrar en el Cielo, los que fueron buenos en vida y se ajustaron íntegramente a las enseñanzas religiosas del Cristianismo.

    Los demás hombres -y Uds., estarán de acuerdo conmigo que la mayor parte de la humanidad- queda automáticamente excluida de aquel lugar de delicias, colmándose con este limitado concepto religioso la más estúpida y al propio tiempo más injusta arbitrariedad con respecto al ser humano, evidenciándose por otra parte cuán poco profundamente han sido escrutados los Misterios de la Divinidad -rebosante siempre de infinita Compasión y Sabiduría-, tal como subyacen en lo profundo y esotérico del verdadero Cristianismo. Hay que puntualizar ante todo, que el Devachán o cielo, -si Uds. prefieren este nombre- “no es un lugar”, sino una “estado de conciencia”.

    Nuestros hermanos orientales, más profundamente escrutadores de las leyes soberanas que regulan la vida, que lo hemos sido quizás nosotros, entendieron desde la más remota antigüedad que el proceso de la vida y de la muerte y los intervalos entre existencias terrestres, estaban relacionados con la Respiración divina, formando parte consustancial de aquélla y reflejando en todo momento aquel sagrado impulso vital que crea, vivifica y sostiene los Universos. El Devachán es pues, “algo viviente”, es un estado de conciencia creado, vivificado y sostenido por el hombre después de haber pasado por el trance de la muerte física y de haberse liberado del aspecto grosero de sus vehículos más sutiles, astral y mental.

    Una vez que ha restituido el hombre a la Naturaleza aquella materia con la que “místicamente se envolvió” y con la cual creó sus cuerpos de manifestación, y una vez que se ha desprendido de todas sus ataduras mentales, astrales y etéricas provenientes de la apariencia física que tenía en el mundo, cumplido “un ciclo de actividad” entra paulatinamente en un ciclo de reposo, si es que puede llamarse “reposo” a aquella misteriosa y dinámica actividad que surge esplendente y sin esfuerzo alguno de lo profundo del ser humano, una vez que se ha liberado éste de los últimos vestigios de materia “animalizada” que lo encadenan a la tierra y del recuerdo vivo de su última existencia kármica.

    El Devachán se halla ubicado en determinado estrato o nivel del Plano mental. La materia sutil que lo condiciona es de tal naturaleza que le permiten al ser humano convertir en realidad cualquier deseo, aspiración o pensamiento formulados o sustentados. Existe una exteriorización o proyección constante de los elementos más sutiles que promueve el deseo, pues en el Devachán pensar, desear, o idear, son sinónimos de “vivir” y en el carácter especial de esta vivencia se halla implícita la maravilla permanente del proceso evolutivo del reino humano.

    Ahora bien, lo que el hombre desea, proyecta, piensa y vive en el Devachán son precisamente todos aquellos hechos, experiencias, situaciones y circunstancias que no pudieron ser exteriorizadas o actualizadas en el plano físico durante la existencia terrestre.

    El Devachán es, pues, el plano de la consumación total de los mejores anhelos del hombre, los que motivaron vacíos en su existencia o que le sumieron en profundas inquietudes y aflicciones. El Devachán es en realidad un verdadero Cielo, pero no de eterna y pasiva contemplación, sino de la más dinámica actividad y realización creadora. En el Devachán se amplía hasta el infinito la potencialidad del deseo humano y del centro vital del mismo, fecundizado por la facultad creadora del propio Dios, extrae el hombre aquel poder infinito que lo eleva a las más exaltadas cumbres y a las más esplendentes situaciones.

    Colocado el hombre en el centro vital de sí mismo, sin limitación alguna de sus capacidades creadoras innatas, empieza a vivir por anticipado la gloria de la Liberación. En el Devachán el Karma no le afecta al ser humano. Vive allí una vida muy parecida a la de los Devas, aunque en otra forma, pero la analogía es perfecta en el sentido de que no existe esfuerzo alguno por parte del hombre. Liberado de la necesidad kármica, aunque sea solamente con carácter temporal, vive el ser humano más cerca de sí mismo y de la Gracia divina que jamás lo estuvo anteriormente. En el Devachán se halla su Gloria inmediata, el máximo poder a su alcance y el punto más elevado de su unión y contacto con el Ser supremo.

    Visto el Devachán humano dentro de los inmensos e indescriptibles confines del plano mental, aparece como una esfera luminosa de distintas dimensiones y diferente colorido. En el interior de esta esfera un punto más brillante todavía indica el centro de conciencia. Este centro enlazado místicamente con el Ángel Solar, contiene la garantía de lo esencial y el poder creador que promueve todas las situaciones devachánicas y es archivo de las experiencias de consumación, base de toda posible evolución futura.

    El Devachán ofrece así una perspectiva de vida intensa, vigorosa y palpitante. Tiene una riqueza de matices imposible de describir, por la intensidad de los sentimientos con que son adornadas las “escenas devachánicas” creadas por la conciencia humana en proceso de consumación.


    Entrenamiento Devachánico

    La entrada en el ámbito o esfera donde se realizan tales escenas y se crean aquellas situaciones, exige una silenciación total de todas sus particularidades personales por parte del investigador y, singularmente, un gran control mental y emocional a fin de no perturbar la “actividad liberadora” de las energías mentales y psíquicas que se realiza en el mundo devachánico. De la misma manera que un globo de aire se deshincha bajo la punzante presión de una aguja, así la esfera devachánica perdería todo su aire de purificadora integridad si cualquier intruso lograra penetrar en la intimidad de aquella radiante esfera creada por la intensidad de los deseos y por el ansia inefable de liberarse de los mismos. De ahí pues, que antes de realizar la experiencia devachánica, algunos de cuyos detalles tendré mucho gusto en relatarles tuvimos que someternos a una rigurosa disciplina mental y emocional.

    Alguno de estos procesos internos consistía en la representación de “cuadros mentales” extremadamente divertidos unos, profundamente dolorosos otros, que el Maestro hacía desfilar por nuestra imaginación pero que aparecían con más fuerza de realidad que los propios acontecimientos del plano físico. El objetivo era lograr la “impasibilidad” perfecta ante cada uno de los cuadros o escenas mentales que el Maestro producía y proyectaba sobre nuestro cuerpo mental. Confieso que reí y lloré mucho y que se avivó extraordinariamente mi curiosidad ante una interesante escena truncada en su fase de mayor interés, antes de que el Maestro me considerara apto para emprender la gran experiencia del Devachán. Supongo que lo mismo les ocurriría, más o menos acentuadamente, a mis hermanos de grupo.

    Pero, como Uds. comprenderán, para aquello estábamos allí, para aprender a gobernar nuestros impulsos y nuestras emociones personales y situarnos cada vez más seguros de nosotros mismos, ante una serie de hechos que exigirán de nuestra parte la más completa impasibilidad y la más exquisita de las discreciones.

    Las experiencias devachánicas empezaron unos meses después del inicio del entrenamiento especial al que habíamos sido sometidos. El Maestro, afable, infatigable e indescriptiblemente paciente, nos fue aleccionando sobre bases seguras de control de nosotros mismos en los planos sutiles, antes de considerarnos preparados para emprender la gran aventura del Devachán. Las experiencias se basaron siempre teniendo como centro de partida nuestro Ashrama y guiados constantemente por el Maestro en cada una de las “incursiones devachánicas”. La experiencia en sí tenía un carácter realmente excitante, pues se trataba de ver al hombre tal como realmente era en su vida oculta, en su verdadera intimidad, en aquella vida profundamente secreta y recatada que está en la raíz de todos sus sueños, anhelos y aspiraciones. Y el resultado de nuestro contacto con el mundo devachánico, con el Cielo soñado y presentido por todos y cada uno de los seres humanos, fue positivamente aleccionador.



    V.B.Anglada



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