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    Omraam M. Aivanhov
    Los cimientos de la nueva Jerusalén.


    Los cimientos de la nueva Jerusalén: las piedras preciosas.

    Desde la antigüedad, se ha considerado que las piedras preciosas están dotadas de poderes maravillosos, y que son símbolos de virtudes divinas.

    Se lee en el Antiguo Testamento que Aarón, hermano de Moisés, después de haber sido elegido Sumo Sacerdote, recibió las ropas sacerdotales entre los que se hallaba el pectoral, pedazo de tela adornada de cuatro hileras de pedrería. La primera hilera estaba formada por una sardónica, un topacio, y una esmeralda; la segunda por un carbundo, un zafiro, y un diamante; la tercera por un ópalo, un jacinto, y una amatista; la cuarta, por una crisólita, un coral, y un jade.

    Doce piedras en total.

    Cuando en el Apocalipsis san Juan describe la Jerusalén celestial, la presenta como una ciudad en forma de cuadrado asentada sobre doce cimientos de piedras preciosas: la primera de jaspe, la segunda de zafiro, la tercera de calcedonia, la cuarta de esmeralda, la quinta de sardónica, la sexta de cornalina, la séptima de crisólita, la octava de berilo, la novena de topacio, la décima de crisoprasa, la onceava de jacinto y la doceava de amatista.

    Si las piedras preciosas tienen tanto valor se debe a que son la quintaesencia más pura de la tierra. Son el resultado de todo un trabajo de transformación que realiza la tierra sobre la materia bruta que lleva en su seno. Con su ciencia, con su paciencia, la tierra llega a transformar esta materia, a hacerla madurar, a convertirla en piedras preciosas, rubíes, turquesas, esmeraldas, zafiros, diamantes... ¿Qué sabemos de la tierra? Sólo saBemos que es un ser vivo, inteligente, que tiene un alma, un espíritu y que realiza un inmenso trabajo.

    La tierra prepara todos sus tesoros en sus talleres, porque tiene un deseo: quiere conseguir materializar las cualidades y las virtudes del mundo celestial; quiere reflejarlas, presentarlas aquí abajo, de forma concreta y tangible. Son los seres humanos quienes tienen después que imitarla para realizar ellos mismos este trabajo, transformando su materia bruta en piedras preciosas, es decir, en virtudes. La costumbre de colocar piedras preciosas en los adornos sacerdotales o en las coronas de los reyes proviene del conocimiento de que las piedras preciosas representan las cualidades y las virtudes de los seres más evolucionados. Cada piedra representa una virtud diferente: el topacio, la sabiduría; el zafiro, la verdad; el rubí, el amor. Si se colocan piedras preciosas en las coronas de los reyes de la tierra es porque la corona del Creador ya las tiene. Sí, el Creador está adornado con una corona, en la que brillan piedras preciosas: las virtudes de todas las jerarquías angélicas.

    Los seres humanos se sienten atraídos por las piedras preciosas y desean poseerlas, debido a que saben, intuitivamente, que representan las virtudes y las cualidades del cielo. Sí, pero las piedras preciosas no son más que una manifestación externa de las riquezas celestiales; los seres humanos deben extraer estas riquezas de las piedras para que penetren en su alma y en su corazón. Las piedras son símbolos materiales que deben convertirse en algo vivo, es decir, transformarse en virtudes en las almas de los seres humanos. Cuando éstos consigan dar vida a las piedras preciosas, se convertirán en divinidades.

    No es malo amar a las piedras preciosas y desear poseerlas. Al contrario: ¿por qué menospreciar o subestimar elementos que la tierra y las estrellas han modelado y en los que el mismo Dios ha depositado una ciencia y unas virtudes inmensas? Es normal quererlas y admirarlas, aunque ello no nos permite tratar de conseguidas a cualquier precio... Hay que estudiar, comprender y poner cada cosa en su sitio con el fin de que todo lo utilicemos para la evolución, para un trabajo benéfico con vistas al Reino de Dios en la tierra. En este momento recibimos un impulso, una alegría, un anhelo que nos ayudan a comprender la belleza, la sabiduría divina, así como el trabajo de Dios en todo el universo. El que se lanza sin miramientos sobre las piedras preciosas para enriquecerse, por vanidad o para seducir a pobres criaturas, será privado de esta ciencia y sobre todo de la extraordinaria alegría de hacer un trabajo espiritual.

    El trabajo de un discípulo es el de convertirse en una piedra preciosa, tan pura, tan bella, tan transparente que sorprenda incluso a Dios haciéndole que se incline y mande a sus servidores, diciendo: «Id a buscar esta piedra y traédmela para que la ponga en mi corona». Claro está que para este trabajo no le está prohibido al discípulo utilizar piedras; porque el trabajo espiritual puede tener un punto de partida, un soporte material y una piedra. Por ejemplo, puede convertirse en un lazo de unión con la realidad invisible que le corresponde. No hay que decir: «¡Oh, sólo me interesa el espíritu, todo lo material, físico, no cuenta para mí!» Es un error, y así no iréis muy lejos. La naturaleza trabaja con la materia, el hombre no tienen ningún derecho a olvidarla: está ahí para instruirle, para mostrarle el camino.

    Una piedra preciosa, por pequeña que sea, es una partícula de materia capaz de fijar y retener una fuerza cósmica. Hay que aprender pues a utilizar esta propiedad, aunque ello no sea motivo para detenerse delante de una piedra y decir: «Es ella la que va a transformarme, a darme virtudes, a curarme...» No; si no hacéis un trabajo espiritual, no contéis con ella, no os servirá de nada. La piedra es como una antena, hay que darle órdenes y mensajes para transmitir; en este momento será fiel, trabajará, realizará, ya que detrás de ella hay fuerzas que dan vueltas, que vibran.

    Sólo podéis hacer un buen trabajo si tenéis conocimientos exactos de cada cosa; pero si no lo comprendéis, será sólo superstición. La gente confía en los talismanes, en los pentáculos, en las pulseras, en los anillos de metal, y también en las raíces de las plantas... Es por ello que no faltan engañabobos y tramposos para hacer les toda clase de proposiciones: «Por tal cantidad de dinero, os mandaremos este ejemplar único, la mandrágora. Ante ella, todas las cajas de caudales, todas las puertas de los palacios, todas las mujeres caerán a vuestros brazos». Ya podéis imaginaros la efervescencia de gente estúpida ante esas proposiones. ¡Tendremos la mandrágora y por consiguiente tendremos riquezas, libertad, amor! Y, ¿sabéis lo que se les envía a los que piden esta maravilla? Una muñeca de madera en miniatura con la imagen de una raíz de mandrágora.

    Verdaderamente, la credulidad de la gente... Pero dejemos esto, pues no es interesante.

    Así pues, ¿de qué forma hay que considerar las cosas? Está claro que la piedra preciosa no hará el trabajo en vuestro lugar. Estamos de acuerdo, la naturaleza la ha preparado para captar ciertas energías del cosmos y difundidas, propagadas... Pero no es suficiente confiar en una piedra preciosa y dormirse tranquilamente. Hay que utilizarla para un trabajo determinado. Si tenéis una piedra, os podéis unir a las virtudes que representa, pero es preciso que esta piedra llegue a vosotros, debe nacer y cultivarse en vosotros. Está bien adornarse con piedras preciosas, pero si no comprendéis el espíritu de la nueva Enseñanza para formarlas en vosotros mismos, todo resulta inútil. La piedra física sólo debe ser un modelo que os inspire y que os enseñe cómo reproducida en vuestro interior, a semejanza del modelo con el que trabaja un pintor o un escultor.

    Mirad esas piedras, admiradas, pero sobre todo tratad de crearlas en vuestro interior... como si estuvieran vivas. En este sentido es positivo tener piedras; lo contrario es vanidad o superstición.

    ¿Sabéis porqué se aprecian y se quieren tanto a las piedras preciosas? Por su luz. Sí, vibran tan al unísono con las fuerzas de la naturaleza que se han vuelto transparentes, dejan pasar la luz y ésta se manifiesta con todas sus tonalidades. El discípulo de la nueva vida también es una piedra preciosa: ha comprendido que para estar radiante y bello debe dejar que el Señor, la luz, habiten en él, pasen a través de él, hasta que su cuerpo físico se convierta en luz.

    Pues el cuerpo físico puede convertirse en luz; Jesús nos lo enseñó cuando se transfiguró en el monte Tabor. Se dice en los Evangelios que en ese momento su rostro se volvió más brillante que el sol y sus vestiduras blancas como la luz. Ahora bien, ¿es posible esta transfiguración para todos los hombres? Sí, es posible para todos. Es posible para todos aquellos que han llegado a purificar y a sublimar su cuerpo físico. Cuando el hombre trabaja durante mucho tiempo, conscientemente, con fe, esperanza y amor, su cuerpo físico está tan sublimado, tan purificado, todas sus partículas vibran con tal intensidad que en ese momento es posible la transfiguración, como fue posible para Jesús. Y esto es, precisamente, la Nueva Jerusalén.

    La nueva Jerusalén se prepara para venir al mundo, desciende del cielo, es decir, que los ángeles trabajan sobre los seres humanos decididos a hacer este trabajo de transformación, de purificación. Cada día, cada noche, las partículas oscuras que no vibran en armonía se van, siendo reemplazadas por otras más ligeras, flexibles y luminosas.. Son miles de Jerusalenes nuevas que se preparan y que formarán juntas esta nueva Jerusalén en la que Dios vendrá a habitar.



    Omraam Mikhaël Aïvanhov
    Los secretos del libro de la naturaleza



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