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    Seth
    Si se lo deja en paz, el odio no perdura.


    A menudo es semejante al amor, ya que la persona que odia es atraída al objeto de su odio por lazos profundos. También puede ser un método de comunicación, pero nunca es un estado constante y firme, y cambiará automáticamente si no se le ponen trabas.

    Si creéis que el odio es incorrecto y maligno, y veis que odiáis a alguien, podríais intentar inhibir la emoción o volverla contra vosotros mismos. También podríais intentar hacer como si el sentimiento no existiera, en cuyo caso reprimís esa poderosa energía y no podéis utilizarla para otros propósitos.

    En su estado natural, el odio posee una poderosa característica enardecedora que incita al cambio y la acción. A pesar de lo que os hayan inculcado, "el odio no incita la violencia". Como dijimos anteriormente, los brotes de violencia suelen ser el resultado de un sentido íntimo de impotencia.

    Muchas personas que inesperadamente cometen crímenes, asesinatos súbitos, incluso grandes matanzas, poseían un historial de docilidad y actitudes convencionales, y se los consideraba como modelos de conducta. Negaban en su naturaleza todos los elementos naturales de agresividad, y consideraban maligna y errónea cualquier evidencia momentánea de odio. Como resultado de ello, estas personas tienen dificultades para expresar la negación más sencilla, o para actuar en contra del código de convencionalismo y respeto que les han impuesto. No pueden comunicarse con su prójimo, como incluso pueden los animales, cuando se trata de expresar su disconformidad.

    Psicológicamente, sólo una explosión total puede liberarlos. Se sienten tan impotentes que esto agrava aún más sus dificultades, así que intentan liberarse mostrando un "gran" poder mediante la violencia. Algunos de estos individuos, hijos modelos que rara vez contestaban a sus padres, fueron enviados de repente a la guerra y se les otorgó carta blanca para liberar todos esos sentimientos en combate; y me estoy refiriendo en particular a las dos últimas guerras (la guerra de Corea, 1950-1953, y la guerra de Vietnam, 1964-1973), no a la Segunda Guerra Mundial.

    En estas guerras podía liberarse la agresión, y los códigos de conducta cambiaron en consonancia. Sin embargo, dichas personas tuvieron que enfrentarse a los horrores de la liberación violenta de sus odios y agresiones reprimidas. Al presenciar los sangrientos resultados, se volvieron más temerosos, sobrecogidos por lo que ellos "pensaban" de esta terrible energía que a veces parecía obligarlos a matar.

    A su regreso a casa el código de conducta volvió a cambiar para adecuarse a la vida civil, y otra vez se reprimieron por completo. Muchos mostraban una conducta exageradamente convencional. Súbitamente se les negaba el «lujo» de expresar las emociones incluso de forma exagerada, lo cual hizo crecer su sentimiento de impotencia.

    Éste no es un capítulo dedicado a la guerra, pero hay algunos puntos que quiero analizar. Este sentimiento de impotencia es también el que lleva a las naciones a iniciar una guerra. La causa no es la situación mundial «real» ni el poder que los demás les atribuyan, sino más bien un sentimiento generalizado de impotencia, a veces incluso a pesar de su dominio mundial.

    Lamento que éste no sea el lugar apropiado para hablar de la Segunda Guerra Mundial, porque también fue el resultado de un sentimiento de impotencia que estalló en un baño de sangre a gran escala.

    Las personas que participaron siguieron el mismo curso individual que acabamos de mencionar.

    Sin entrar en detalles, simplemente quiero indicar que en Estados Unidos se hicieron grandes esfuerzos a nivel nacional después de la Segunda Guerra Mundial, para desviar las energías de los militares a otras áreas tras su regreso a casa. A muchos que participaron en la guerra con un sentimiento de impotencia se les otorgó ayudas cuando la guerra hubo acabado: incentivos, educación, privilegios con los que no contaban antes. Es decir, les dieron medios para que experimentaran poder. También se los recibió como "héroes", y, aunque muchos ciertamente estaban desilusionados, en el marco global del sentimiento del país los veteranos de guerra fueron bien acogidos.

    Estoy hablando de forma general sobre la guerra en cuestión, porque hubo ciertamente excepciones, pero la mayoría de los hombres involucrados en ella aprendieron mucho de sus experiencias. Se volvieron en contra de la violencia, y cada uno a su manera reconoció las ambigüedades psicológicas "personales" de sus sentimientos durante el combate.

    Los políticos les aseguraron que sería la última guerra, y la ironía es que aquellos que vistieron uniforme lo creyeron. (Yo, Robert Butts, fui uno de los creyentes.) La mentira no se convirtió en verdad pero llegó casi a serlo, ya que, a pesar de sus errores, los ex combatientes educaron de tal modo a sus hijos que más tarde éstos no irían de buena gana a la guerra, y cuestionarían las premisas de ésta.

    Curiosamente, esto supuso aún más dificultades para aquellos que sí fueron a las dos guerras siguientes, menos importantes porque el país no estaba realmente implicado en ninguna de las dos. Todo sentimiento de impotencia por parte dé los combatientes halló expresión como en la ocasión anterior, esta vez en un baño de sangre más local; pero el código de conducta quedó debilitado, lo cual no fue tan aceptado como antes, ni siquiera dentro de las filas. Ya en la última guerra (en Vietnam), el país estaba en general en contra de ella, y los sentimientos de impotencia de los hombres se vieron reforzados una vez acabada. Ésta es la razón de los episodios de violencia por parte de los militares que regresaban.*


    * Según Seth, los sentimientos de impotencia tuvieron mucho que ver con el alto índice de violencia —incluso hasta la muerte— entre los militares norteamericanos que habían sido prisioneros de guerra. Un estudio gubernamental de aquellos que habían estado en cautiverio en el Lejano Oriente durante la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea, por ejemplo, mostró que el 40 % de todas las muertes que habían tenido lugar en el grupo entre 1945 y 1954 habían sido causadas por asesinato, suicidio o accidentes.


    En lo referente a la guerra en Vietnam, más de 500 militares norteamericanos prisioneros fueron liberados por Vietnam del Norte después del Armisticio de enero de 1973. Los oficiales temen ahora que un buen número de estos hombres lleguen a creer que su sufrimiento fue inútil a causa de la gran impopularidad de la guerra en Estados Unidos. Ha habido suicidios entre ellos, y muchos han padecido al menos reacciones de estrés temporales desde su liberación de prisión.

    El odio, si se lo deja actuar, no estalla en violencia sino que aporta un sentido de "poder" e inicia la comunicación y la acción. Desde vuestro punto de vista, es una acumulación de ira natural; en los animales conduciría a un enfrentamiento cara a cara en actitud de combate, en el cual el lenguaje corporal, el movimiento y el ritual de cada criatura sirven para comunicar una situación peligrosa, hasta que uno de los dos animales claudica. Los gruñidos y rugidos forman parte de ello.

    El poder se muestra de forma eficaz, pero simbólicamente. Este tipo de encuentro animal ocurre con poca frecuencia, porque para llegar a ese punto los animales involucrados han tenido que pasar por alto muchos encuentros menores "preliminares" de ira, destinados a clarificar posiciones o evitar la violencia.

    Otro pequeño inciso aquí: la máxima de Cristo de ofrecer la otra mejilla fue un hábil método psicológico de "evitar" la violencia, no de aceptarla. Simbólicamente representa a un animal que muestra el vientre al contrincante. En ciertas circunstancias, el gesto de derrota permitía el triunfo y la supervivencia. No pretendía ser el acto de sometimiento de un mártir que decía «Pégame otra vez», sino que representaba una afirmación adecuada biológicamente, una comunicación a través del lenguaje corporal. Era un gesto inteligente para que el atacante recordara las «viejas» posturas comunicativas de los animales sanos.

    El amor es también un gran incitador a la acción, y utiliza poderosas fuentes de energía.

    El amor y el odio están basados en la autoidentificación con vuestra experiencia. No sentís amor ni odio por personas con las cuales no os podéis identificar. Os dejan relativamente indiferentes, pues no os provocan ninguna emoción profunda.

    El odio siempre implica un sentimiento doloroso de separación del amor, que puede estar idealizado. Una persona por la que sentís una gran hostilidad os disgusta porque no está a la altura de vuestras expectativas. Cuanto mayores sean éstas, mayor os parecerá cualquier divergencia por su parte. Si odiáis a uno de vuestros progenitores es precisamente porque esperáis "ese amor" Una persona de la cual no esperáis nada nunca despertará vuestro rencor.

    Curiosamente, el odio es una manera de regresar al amor; y, cuando se lo deja expresarse, es una comunicación de la separación que existe "con respecto" a lo esperado.

    El amor, por tanto, puede perfectamente contener odio. El odio "puede" contener amor y ser impulsado por éste, en particular por un amor idealizado. «Odiáis» algo que os separa del objeto amado. Es precisamente porque este objeto es amado que disgusta tanto que las expectativas no se cumplan. Si alguien ama a sus padres y si éstos no parecen devolverle el amor y frustran sus expectativas, entonces podría «odiarlos» porque el amor hizo que esperara más. El odio es un medio de reclamar amor. Su finalidad es llevaros a una comunicación en la que expongáis vuestros sentimientos para aclarar la atmósfera, por así decirlo, y acercaros al objeto amado. Por tanto, el odio no es la negación del amor, sino un intento de recuperarlo y un doloroso reconocimiento de las circunstancias que os separan de él.

    Si habéis comprendido la naturaleza del amor seréis capaces de aceptar los sentimientos de odio. La afirmación puede incluir la expresión de tales emociones fuertes.

    Los dogmas o sistemas de pensamiento que enseñan a superar las emociones pueden ser engañosos e incluso algo peligrosos. Tales teorías están basadas en el concepto de que hay algo innatamente perjudicial o erróneo en la naturaleza emocional del hombre, mientras que al alma siempre se la describe como apacible, «perfecta», pasiva y sin sentimientos. Sólo se permite la conciencia más elevada y dichosa. Pero el alma es ante todo una fuente de energía, creatividad y acción que "muestra" características en la vida precisamente a través de las emociones siempre cambiantes.

    Si confiáis en vuestros sentimientos, éstos os conducirán a estados psicológicos y espirituales de comprensión mística, calma y paz. Si obedecéis a vuestras emociones, éstas os llevarán a una profunda comprensión, pero no podéis tener un ser físico sin emociones, así como no podéis tener un día sin ninguna clase de clima.

    En el contacto personal, podéis ser totalmente conscientes de un amor duradero hacia otra persona, y no obstante reconocer momentos de odio cuando sobreviene una separación de algún tipo que os lastima justamente por el amor que sentís.

    De la misma manera, es posible amar al prójimo y odiarlo a veces, precisamente porque con mucha frecuencia no parece estar a la altura de ese amor. Cuando os enfadáis con la humanidad es porque la amáis. Negar la existencia del odio es negar el amor. No es que esas emociones sean "opuestas": son aspectos diferentes que se experimentan diferentemente. En cierto modo queréis identificaros con aquellos hacia quienes guardáis sentimientos profundos. No amáis a alguien "simplemente porque" asociáis partes vuestras con esa persona. A menudo amáis a otra persona porque ella os despierta ciertos atisbos de vuestro propio ser «idealizado».

    El amado atrae lo mejor de vosotros. En sus ojos veis lo que podéis ser. En el amor del otro sentís vuestro potencial. Esto no significa que en la persona amada sólo reaccionáis a vuestro propio ser idealizado, porque también sois capaces de ver en el otro el ser potencial e idealizado del amado. Es un tipo de visión peculiar compartida por los sujetos involucrados, ya sean éstos esposa y marido, o padre e hijo. Esta visión percibe también la diferencia entre lo práctico y lo ideal, así que, en los períodos en que domina el amor, las discrepancias entre el comportamiento real y el ideal no se tienen en cuenta y se les otorga poca importancia.

    El amor, por supuesto, siempre está cambiando. No existe un estado permanente de profunda atracción entre dos personas. Como toda emoción, el amor es voluble, y puede cambiar con bastante facilidad hacia la ira o el odio, y volver a ser amor.

    Sin embargo, en el tejido de la experiencia, el amor puede ser predominante aunque no sea estático; y si es así siempre habrá una visión de lo ideal, y las diferencias que naturalmente ocurran entre la realidad y la visión producirán malestar. Hay adultos que se amedrentan cuando un hijo les dice «Te odio». Los niños suelen aprender rápidamente a no ser totalmente sinceros. Lo que el niño realmente está diciendo es: «Te amo. ¿Por qué eres tan importante para mí?», o «¿Qué se interpone entre nosotros y el amor que siento por ti?».

    La hostilidad del niño se basa en la firme comprensión de su amor. Los padres, a quienes se les enseñó que el odio es erróneo, no saben cómo manejar esa situación. El castigo sólo consigue agrandar el problema del niño. Si los padres muestran temor, el niño aprende a temer esa ira y odio suyos que atemorizan a los poderosos padres. El niño es así condicionado a olvidar esa comprensión intuitiva, y a pasar por alto la relación entre odio y amor.

    No sólo se os enseña a reprimir la expresión verbal del odio, sino que se os inculca que los pensamientos de odio son tan malos como las acciones de odio.

    Os condicionan de tal manera que os sentís culpables por el solo hecho de pensar en la posibilidad de odiar a alguien. Intentáis ocultaros a vosotros mismos semejantes pensamientos, y podéis llegar a hacerlo tan bien que ni siquiera tengáis conciencia de lo que estéis sintiendo. Las emociones están ahí, pero son invisibles para vosotros porque tenéis miedo de mirar. De ese modo os apartáis de vuestra propia realidad y de vuestros propios sentimientos de amor. Estos estados emocionales rechazados pueden proyectarse al exterior sobre alguien, ya sea un enemigo en una guerra o un vecino. Aun cuando odiéis a un enemigo simbólico, advertiréis que también sentís una profunda atracción.

    Os unirá un lazo de odio, aunque estará basado originariamente en el amor. Pero en este caso agraváis y exageráis todas las diferencias con el ideal, y os centráis principalmente en ellas. Sea como sea la situación, todo esto está siempre disponible a vuestra conciencia. Sólo necesitáis un intento sincero y firme de haceros conscientes de vuestros propios sentimientos y creencias. Vuestras fantasías de odio pueden incluso conduciros a una reconciliación y una expresión del amor, si las dejáis actuar.

    La fantasía de golpear a un padre o a un hijo, incluso hasta la muerte, puede conduciros a lágrimas de amor y comprensión si no la reprimís.

    Después de comparar la información de esta sesión con una parte del material de Seth de años anteriores, Jane escribió una nota: «En estos pasajes sobre el odio, así como en otras partes de este libro, Seth profundiza más en la naturaleza de nuestra vida emocional de lo que había hecho hasta ahora. Cuando realizó sus primeros comentarios sobre el odio, por ejemplo, tuvo en cuenta el nivel de entendimiento de los que participaban en la sesión. Una de esas ocasiones se menciona en el libro El material de Seth, cuando, en respuesta a un comentario de un estudiante de mi clase de percepción extrasensorial, Seth respondió: "No existe justificación para el odio [...] Cuando maldices a alguien, te maldices a ti mismo, y la maldición regresa a ti". La respuesta debe considerarse en el contexto de la conversación anterior, en la cual el estudiante intentaba justificar la violencia como un medio para alcanzar la paz. La principal preocupación de Seth era rebatir ese concepto.

    »En este libro, Seth conduce al lector más allá de la ideas convencionales sobre el bien y el mal hacia un nuevo marco de entendimiento. Pero ni siquiera en estos niveles más profundos está justificado el odio, ya que si se lo afronta sinceramente éste conducirá al individuo de regreso al amor, sobre el cual realmente se asienta.

    »Al utilizar la palabra "maldición", Seth no se está refiriendo a blasfemar, sino a dirigir el odio hacia otra persona. Hasta que el individuo esté en paz consigo mismo y sus emociones, el odio regresará, porque pertenece a la persona que odia y a nadie más. Las instrucciones anteriores sobre el trato de las emociones, en el capítulo 11, explican cómo afrontar y comprender el odio. También es importante en este sentido el frecuente recordatorio de Seth de que la expresión de la agresividad normal evita la acumulación de la ira y su transformación en odio».



    Extracto de Habla Seth III
    A través de Jane Roberts



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