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    Allan Kardec
    Bienaventurados los misericordiosos. I


    Perdonad para que Dios os perdone

    1. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. (San Mateo, cap. V, v. 7).

    2. Porque si perdonareis a los hombres sus pecados os perdonará también vuestro Padre celestial vuestros pecados. -Mas si no perdonareis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados. (Id., cap. VI, v. 14 y 15).

    3. Por tanto, si tu hermano pecare contra ti, vé, y corrígele entre ti y él solo.

    Si te oyere, ganado habrás a tu hermano. - Entonces, Pedro, llegándose a El, dijo:

    ¿Señor, cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le perdonaré? ¿Hasta siete veces - Jesús le dice: No te digo hasta siete, si no hasta setenta veces siete veces.
    (Id., cap. XVIII, v. 15, 21 y 22).

    4. La misericordia es el complemento de la dulzura, porque el que no es misericordioso no puede ser benigno y pacífico; la misericordia consiste en el olvido y el perdón de las ofensas. El odio y el rencor denotan un alma sin elevación de grandeza, pues el olvido de las ofensas es propio de almas elevadas que están fuera del alcance del mal que se las quiere hacer; la una siempre está ansiosa, es de una susceptibilidad sombría y llena de hiel; la otra está serena, llena de mansedumbre y de caridad.

    Desgraciado del que dice: yo no perdonaré nunca, porque si no es condenado por los hombres, ciertamente lo será por Dios. ¿Con qué derecho reclamará el perdón de sus propias faltas, si él mismo no perdona las de los otros? Jesús nos enseña que la misericordia no debe tener límites, cuando dice que debe perdonar-se al hermano, no siete veces, sino setenta veces siete veces.

    Mas hay dos modos muy diferentes de perdonar; el primero, es grande, noble, verdaderamente generoso, sin segunda intención, que maneja con delicadeza el amor propio y la susceptibilidad del adversario, aunque este último tuviera toda la culpa; el segundo, es cuando el ofendido, o el que cree estarlo impone al otro condiciones humillantes y hace sentir el peso de un perdón, que irrita en vez de calmar; si le tiende la mano, no es por benevolencia, sino con ostentación, a fin de poder decir a todo el múndo: ¡Mirad si soy generoso! En tales circunstancias, es imposible que la reconciliación sea sincera de una y otra parte. No, ésta no es la generosidad, es uno de los modos de satisfacer el orgullo. En toda contienda, el que se manifiesta más conciliador, el que prueba más desinterés, más caridad y más verdadera grandeza de alma, ese se captará siempre la simpatía de las personas imparciales.


    - Reconciliarse con sus enemigos.

    5. Acomódate luego con tu contrario mientras que estás con él en el camino: no sea que tu contrario te entregue al juez y el juez te entregue al ministro, y seas echado en la cárcel. En verdad te digo, que no saldrás de allí basta que pagues el último cuadrante. (San Mateo, cap. V, v. 25 y 26).

    6. En la práctica del perdón y en la del bien en general, más que un efecto moral hay también un efecto material. Se sabe que la muerte no nos libra de nuestros enemigos; los espíritus vengativos persiguen muchas veces con un odio más allá de la tumba, a aquellos a quienes han conservado rencor; por esto el proverbio que dice: "Muerto el perro acabada la rabia", es falso en cuanto se aplica al hombre. El espíritu malo espera que aquel a quien quiere mal esté encadenado a su cuerpo y menos libre, para atormentarle más fácilmente y perjudicarle en sus intereses o en sus afectos más íntimos. En este hecho ha de verse la causa de la mayor parte de las obsesiones; sobre todo de aquellas que presentan cierta gravedad, como la subyugación y la posesión. El obsesado y el poseído son casi siempre víctimas de una venganza anterior, a la que probablemente dieron lugar con su conducta.

    Dios lo permite para castigarles del mal que ellos mismos han hecho, o si no lo han hecho, por haber faltado a la indulgencia y a la caridad no perdonando. Conviene, pues, desde el punto de vista de su futura tranquilidad, reparar lo más pronto posible los daños que se han podido causar al prójimo, perdonar a sus enemigos con el fin de desvanecer, antes de morir, todo motivo de disensiones y toda causa fundada de animosidad ulterior; por este medio, de un enemigo encarnizado en este mundo, puede uno hacerse un amigo en el otro; al menos el buen derecho está en su parte, y Dios no deja a merced de la venganza ajena al que ha perdonado. Cuando Jesús recomienda reconciliarse lo más pronto posible con su adversario, no es sólo con la mira de apaciguar las discordias durante la existencia actual, si que también con la de evitar que se perpetúen en las existencias futuras. Él dijo: no saldréis de allí hasta que paguéis el último óbolo, es decir, satisfecha completamente la justicia de Dios.


    - El sacrificio más agradable a Dios

    7. Por tanto, si fueres a ofrecer tu ofrenda al altar y allí te acordares que tu hermano tiene alguna cosa contra tí: - Deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primeramente a reconcilarte con tu hermano y entonces ven a ofrecer tu ofrenda. (San Mateo, cap. V, v. 23 y 24).

    8. Cuando Jesús dijo: "Id a reconciliaros con vuestro hermano antes de presentar vuestra ofrenda al altar", enseñó que el sacrificio más agradable al Señor es el del resentimiento propio, que antes de presentarse para ser perdonado, es preciso que perdone él mismo, y que si ha hecho algún daño a sus hermanos, es preciso que se haya reparado; sólo entonces será agradable la ofrenda, porque procederá de un corazón puro de todo mal pensamiento. Materializa este precepto porque los judíos ofrecían sacrificios materiales y debían conformar sus palabras a sus usos. El cristiano no ofrece dones materiales: ha espiritualizado el sacrificio, pero el precepto tiene por ello más fuerza; ofrece su alma a Dios, y esta alma debe estar purificada; "entrando en el templo del Señor, debe dejar fuera todo sentimiento de odio y de animosidad, todo mal pensamiento contra su hermano"; sólo entonces es cuando su plegaria será llevada por los ángeles a los pies del Eterno.

    Esto es lo que enseña Jesús con estas palabras: Dejad vuestra ofrenda al pie del altar; id primero a reconciliaros con vuestro hermano, si queréis ser agradables al Señor.


    - La paja y la viga en el ojo

    9. "Por qué, pues, ves la pajita en el ojo de tu hermano y no ves la viga en tu ojo?" - ¿O cómo dices a tu hermano: Deja, sacaré la pajita de tu ojo; y se está viendo una viga en el tuyo? - Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás para sacar la mota del ojo de tu hermano. (San Mateo, capítulo VII, v. 3, 4 y 5).

    10. Una de las extravagancias de la humanidad es el ver el mal del otro antes de ver el propio. Para juzgarse uno mismo, sería preciso poderse mirar en un espejo, transportarse de algún modo fuera de sí y considerarse como otra persona, preguntándose: ¿Qué pensarías si vieses hacer a otro lo que tú haces? Incontestablemente el orgullo es el que hace al hombre disimular sus propias faltas, tanto en lo moral como en lo físico. Esta extravagancia es esencialmente contraria a la caridad, porque la verdadera caridad es modesta, sencilla e indulgente; la caridad, orgullosa es un contrasentido, puesto que esos dos sentimientos se neutralizan uno a otro. En efecto, ¿cómo un hombre, bastante vano para creer en la importancia de su personalidad y en la supremacía de sus cualidades, puede tener al mismo tiempo bastante abnegación para hacer resaltar en otro el bien que podía eclipsarle, en lugar del mal que podría realzarle?

    Si el orgullo es el origen de muchos de nuestros vicios, es también la negación de muchas virtudes; se la encuentra en el fondo y como móvil de casi todas las acciones. Por esto Jesús se empeñó en combatirlo como el principal obstáculo del progreso.


    - No juzguéis para que no os juzguen.

    El que esté sin pecado le arroje la primera piedra.

    11. No queráis juzgar para que no seáis juzgados. - Pues con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midiéreis, os volverán a medir. (San Mateo, capítulo VII, v. 1 y 2).

    12. Y los Escribas y los Fariseos le trajeron una mujer, sorprendida en adulterio; y la pusieron en medio. -Y le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido ahora sorprendida en adulterío. - Y Moisés nos mandó en la ley apedrear a estas tales.

    ¿Pues tú, qué dices? - Y esto lo decían tentándole para poderle acusar: Mas Jesús, inclinado hacía abajo, escribía con el dedo en tierra. - Y como porfiasen en preguntarle, se enderezó, y les dijo: El que entre vosotros esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero. - E inclinándose de nuevo, continuaba escribiendo en tíerra. - Ellos, cuando esto oyeron, se salieron los unos en pos de los otros, y los más ancianos los primeros: y quedó Jesús solo, y la mujer que estaba en pie en medio. Y enderezándose Jesús, la dijo: Mujer, ¿en dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?-Dijo ella: Ninguno, Señor. Y dijo Jesús. Ni yo tampoco te condenaré. Vete y no peques ya más. (San Juan, cap. VIII, v. 3 a 11).

    13. "El que esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero", dijo Jesús. Esta máxima hace un deber de la indulgencia, porque no hay nadie que no tenga necesidad de que se la tenga a él. La indulgen cia nos enseña que no debemos juzgar a los otros con mas severidad que nos juzgamos a nosotros mismos, ni condenar en otro lo que en nosotros perdonamos. Antes de echar en cara una falta a alguien, miremos si podía recaer sobre nosotros la misma reprobación.

    La reprobación de la conducta de otro puede tener dos móviles: reprimir el mal o desacreditar a la persona cuyos actos se critican; este último motivo no tiene nunca excusa, porque es maledicencia y maldad. Lo primero puede ser laudable, y es un deber en ciertos casos, porque de ello debe resultar un bien, y porque sin esto, el mal nunca se reprimiría en la sociedad; por otra parte, el hombre ¿no debe, acaso, favorecer el progreso de su semejante? No es, pues, preciso tomar este principio en el sentido absoluto: "No juzguéis si no queréis ser juzgados", porque la letra mata y el espíritu vivifica.

    Jesús no podía impedir la reprobación del mal, puesto que él mismo nos dió el ejemplo y lo hizo en términos enérgicos; pero quiso decir que la autoridad de la reprobación está en razón de la autoridad moral del que la pronuncia; hacerse culpable de lo que uno recrimina a otro, es abdicar esta autoridad; es, además, apropiarse el derecho de represión. La conciencia íntima, por lo demás, niega todo respeto y toda sumisión voluntaria, al que estando investido de algún poder, viola las leyes, y los principios que está encargado de aplicar: "No hay autoridad legítima a los ojos de Dios, sino aquella que se apoya en el ejemplo que da del bien"; esto es lo que resulta igualmente de las palabras de Jesús.



    Extracto de: ALLAN KARDEC
    El Evangelio Segun El Espiritismo.



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