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    Allan Kardec
    El egoísmo.


    11. El egoísmo, esa plaga de la humanidad, debe desaparecer de la tierra cuyo progreso moral detiene; al Espiritismo le está reservada la tarea de hacerla subir en la jerarquía de los mundos. El egoísmo es, pues, el objeto hacia el cual todos los verdaderos creyentes deben dirigir sus armas, sus fuerzas, su valor; digo su valor, porque éste es más necesario para vencerse a sí mismo que para vencer a los otros. Que cada uno ponga todo su cuidado en combatir su egoísmo, porque este monstruo devorador de todas las inteligencias, ese hijo del orgullo, es el origen de todas las miserias de la tierra. El es la negación de la caridad, y por consiguiente, el más grande obstáculo para la felicidad de los hombres.

    Jesús os ha dado el ejemplo de la caridad y Poncio Pilatos el del egoísmo, porque cuando el Justo va a recorrer las santas estaciones de su martirio, Pilatos se lava las manos diciendo: ¡Qué me importa! Dijo a los judíos: Este hombre es justo, ¿por qué queréis crucificicarle? Y sin embargo, lo deja conducir al suplicio.

    A ese antagonismo de la caridad y del egoísmo, a la invasión de esa lepra del corazón humano, debe el cristiano el que no haya cumplido toda su misión. A vosotros, nuevos apóstoles de la fe a quienes los espíritus superiores iluminan, incumbe la tarea y el deber de extirpar ese mal para dar al cristianismo toda su fuerza y limpiar el camino de los abrojos que impiden su marcha. Echad fuera de la tierra el egoísmo para que pueda ascender en la escala de los mundos, porque ya es tiempo de que la humanidad vista la toga viril; y para esto es menester primero arrojar a aquél de vuestro corazón. (Emanuel. París, 1861).

    12. Si los hombres se amasen con un mutuo amor, la caridad se practicaría mejor; pero para esto sería preciso que os esforzáseis en desembarazaros de esa coraza que cubre vuestros corazones, a fin de ser más sensibles para los que sufren. El rigor mata los buenos sentimientos. Cristo no se negaba a nadie; el que a El se dirigía, cualquiera que fuese, no era rechazado: la mujer adúltera y el criminal eran socorridos por El; no temía nunca rebajar su propia consideración. ¿Cuándo, pues, lo tomaréis por modelo de todas vuestras acclones? "Sí la caridad reinase sobre la tierra, el malo no tendría imperio; huiría avergonzado, se ocultaría, porque por doquiera se encontraría el mal; estad bien penetrados de esto.

    Empezad por dar el ejemplo vosotros mismos, sed caritativos para todos indistintamente, esforzáos en no tildar a los que os miran con desdén y dejad a Dios el cuidado de toda justicia, porque todos los días en su reino separa el buen grano de la cizaña.

    El egoísmo es la negación de la caridad, y sin la caridad no puede haber sosiego en la sociedad; digo más, ninguna seguridad. Con el egoísmo y el orgullo que se dan la mano, el mundo sería siempre un juego favorable al más astuto, una lucha de intereses en la que son pisoteados los más santos afectos, en que ni aun son respetados los lazos sagrados de la familia. (Pascal. Sens, 1862).


    La fe y la caridad

    13. Os dije últimamente, mis queridos hijos, que la caridad sin la fe, no bastaría para mantener entre los hombres un orden social capaz de hacerles felices. Debería haber dicho que la caridad es imposible sin la fe. Podréis muy bien encontrar, en verdad, rasgos generosos aun en la persona que no tiene religión, pero esa caridad austera que sólo se ejerce por abnegación, por el sacrificio constante de todo interés egoísta, sólo la fe puede inspirarla, porque sólo ella puede hacernos llevar con ánimo y perseverancia la cruz de esta vida.

    Sí, hijos mios; en vano el hombre, ávido de goces, quisiera engañarse sobre su destino en la tierra, sosteniendo que le es permitido el ocuparse sólo de su felicidad.

    Ciertamente Dios nos creó para ser felices en la eternidad; sin embargo, la vida terrestre debe únicamente servir para nuestro perfeccionamiento moral, el cual se adquiere más fácilmente con la ayuda de los órganos y del mundo material. Sin contar las vicisitudes ordinarias de la vida, la diversidad de vuestros gustos, de vuestras inclinaciones y de vuestras necesidades, son también un medio de perfeccionaros, ejercitándose en la caridad. Porque sólo a costa de concesiones y de sacrificios mutuos podréis mantener la armonía entre elementos tan diversos.

    Sin embargo, tendríais razón afirmando que la felicidad está destinada al hombre en la tierra, si la buscáseis, no en goces materiales, sino en el bien. La historia de la cristiandad habla de los mártires que iban al suplicio con alegría; hoy, en vuestra sociedad, no hay necesidad, para ser cristiano, ni del holocausto, ni del martirio, ni del sacrificio de la vida, sino única y sencillamente del sacrificio de vuestro egoísmo, de vuestro orgullo y de vuestra vanidad. Triunfaréis si la caridad os inspira y si la fe os sostiene. (Espíritu protector, Cracovia, 1861).


    Caridad para con los criminales

    14. La verdadera caridad es una de las más sublimes enseñanzas que Dios haya dado al mundo. Entre los verdaderos discípulos de su doctrina, debe existir una fraternidad completa. Debeis amar a los desgraciados y a los criminales, como a criaturas de Dios a las cuales se concederá el perdón y la miseri cordia, si se arrepienten como a vosotros mismos, por las faltas que cometéis contra su ley. Pensad que vosotros sois más reprensibles, más culpables que aquellos a quienes rehusáis el perdón y la conmiseración, porque muchas veces ellos no conocen a Dios como vosotros lo conocéis, y se les harán menos cargos que a vosotros.

    No juzguéis, ¡oh!, no juzguéis queridos amigos miós, porque el juicio que vosotros forméis os será aplicado aún con más severidad, y tenéis necesidad de indulgencia por los pecados que cometéis sin cesár. ¿No sabéis que hay muchas acciones que son crímenes a los ojos de Dios, a los ojos del Dios de pureza, y que el mundo sólo considera como faltas ligeras?

    La verdadera caridad no consiste solamente en la limosna que hacéis, ni tampoco en las palabras de consuelo con que podéis acompañarla, no; no es esto sólo lo que Dios exige de vosotros. La caridad sublime enseñada por Jesús consiste también en la benevolencia concedida siempre y en todas las cosas a vuestro prójimo. Podéis también ejercitar esa sublime virtud con muchos seres que no tienen necesidad de limosnas y a quienes las palabras de amor, de consuelo y de valor conducirán al Señor.

    Se acercan los tiempos, os repito, en que la gran fraternidad reinará en este globo; la ley de Cristo es la que regirá los hombres; ella sola será el freno y la esperanza, y conducirá a las almas a la morada de los bienaventurados. Amáos, pues, como hijos de un mismo padre; no hagáis diferencia entre los otros desgraciados, porque Dios es quien quiere que todos sean iguales; no desprecíéis a nadie; Dios permite que estén entre vosotros grandes criminales con el fin de que os sirvan de enseñanza. Muy pronto, cuando los hombres sean conducidos a la práctica de las verdaderas leyes de Dios, ya no habrá necesidad dé esas enseñanzas, "y todos los espíritus impuros y rebeldes serán dispersados en mundos inferiores en armonia con sus inclinaciones"

    Debéis a éstos de quienes hablo el socorro de vuestras oraciones: es la verdadera caridad. No es necesario que digáis de un criminal: "Es un miserable; es menester purgar la Tierra; la muerte que se le impone es demasiado benigna para un ser de su especie".

    No, no es así como debéis hablar. Contemplad a Jesús, vuestro modelo; ¿qué diría si viese junto a El a ese desgraciado? Le compadecería; le consideraría como a un enfermo muy desdichado, y le tendería la mano. Vosotros no podéis hacerlo en realidad, pero al menos podéis rogar por él y asistir a su espíritu durante los pocos instantes que debe pasar en la Tierra. El arrepentimiento puede conmover su corazón, si rogáis con fe. Es vuestro prójimo, como el mejor de entre los hombres; su alma descarriada y rebelde, es creada como la vuestra, para perfeccionarse; ayudadle, pues, a salir del cenegal, y rogad por él. (Elisabeth de Francia. Havre, 1862).

    15. "Un hombre está en peligro de muerte; para salvarle es menester exponer la propia vida; pero se sabe que ese hombre es un malhechor, y que si se escapa, podrá cometer nuevos crímenes. Sin embargo de esto, ¿debe uno exponerse para salvarle?"

    Esta es una cuestión muy grave y que naturalmente se presenta a la inteligencia.

    Contestaré según mi adelantamiento moral, puesto que estamos en el punto de saber si uno debe exponer su vida aunque sea por un malvado. La abnegación es ciega: se socorre a un enemigo: debe, pues, socorrerse a un enemigo de la sociedad, a un malhechor, en una palabra. ¿Creéis que sólo se arrebata a la muerte a este desgraciado?

    Quizá le arrancaréis a toda su vida pasada. Porque, acordáos de que en esos rápidos instantes que le roban los últimos minutos de la vida, el hombre perdido vuelve sobre su vida pasada, o más bien, esa vida se le presenta delante. Quizá la muerte llegue demasiado pronto para él; la reencarnacíon podrá ser terrible; ¡lanzáos, pues, hómbres! vosotros a quienes la ciencia espiritista ha iluminado, lanzáos, arrancadle a su condenación, y acaso entonces ese hombre que hubiera muerto blasfemando, se echará en vuestros brazos. Con todo, no hay necesidad de pensar si lo hará o no; pero marchad a su socorro, porque salvándole, obedecéis a la voz del corazón, que os dice: "¡Puedes salvarle, sálvale!" (Lamennais. París, 1862).




    Extracto de: ALLAN KARDEC
    El Evangelio Segun El Espiritismo.



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