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    Allan Kardec
    El odio y el duelo.


    * El odio

    Amáos unos a otros y seréis felices. Procurad, sobre todo, amar a los que os inspiran indiferencia, odio o desprecio. Cristo, vuestro modelo, os dio ese ejemplo de abnegación; misionero de amor, amó hasta dar su sangre y su vida. El sacrificio que os obliga a amar a los que os ultrajan y os persiguen, es penoso; pero esto es precisamente lo que os hace superiores; si los aborreciéseis como ellos os aborrecen, no valdríais más que ellos; es la hostia sin mancha ofrecida a Dios en el altar de vuestros corazones, hostia de agradable aroma cuyos perfumes suben hasta El. Aunque la ley de amor quiera que indistintamente se ame a todos los hermanos, no endurece el corazón contra los malos procederes; por el contrario, la prueba es más penosa, lo sé, puesto que durante mí última existencia terrestre, experimenté ese tormento; pero Dios existe y castiga en esta vida y en la otra a los que faltan a la ley de amor. No olvidéis, queridos hijos, que el amor os aproxima a Dios y que el odio os aleja de El. (Fenelón, Bordeaux, 1861).


    * El duelo

    Sólo es grande aquel que, considerando la vida como un viaje que debe conducirle a un fin, hace poco caso de las asperezas del camino, y no se deja desviar un instante de la senda recta; dirigiendo sin cesar la vista hacia el término de la carrera, poco importa que los abrojos y las espinas del sendero amenacen arañarle; le rozan sin alcanzarle y no obstante, no deja de seguir su curso. Exponer su vida para vengar una injuria, es retroceder ante las pruebas de la vida; es siempre un crimen a los ojos de Dios, y si no fuéseis engañados, como lo sois, por vuestras preocupaciones, sería una ridícula y suprema locura a los ojos de los hombres.

    En el homicidio por el duelo, hay crimen, y vuestra legislación misma lo reconoce; nadie tiene derecho en ningún caso de atentar a la vida de su semejante; crimen a los ojos de Dios, que os ha trazado vuestra línea de conducta; en esto, más que en otra cosa, sois jueces en vuestra causa propia. Acordáos que se os perdonará del mismo modo que vosotros perdonareis; por el perdón os acercáis a la Divinidad; porque la clemencia es hermana del poder. Mientras que una gota de sangre humana se derrame en la tierra por la mano de los hombres, el verdadero reino de Dios aún no habrá llegado, reino de paz y de amor que debe para siempre jamás desterrar de vuestro globo la animosidad, la discordia y la guerra. Entonces la palabra duelo ya no existirá en vuestro lenguaje, sino como un lejano y vago recuerdo de un pasado que ya no existe; los hombres no conocerán entre ellos otro antagonismo que la noble rivalidad del bien. (Adolfo, obispo de Argel. Marmande, 1861).

    Sin duda que el duelo puede, en ciertos casos, ser una prueba de valor físico y del desprecio de la vida; pero incontestablemente es prueba de una cobardía moral como el suicidio. El suicida no tiene el valor de afrontar las vicisitudes de la vida, y el duelista no tiene el de afrontar las ofensas. ¿No os ha dicho Cristo que hay más honor y valor en presentar la mejilla izquierda al que ha herido la derecha, que en vengarse de una injuria? ¿No dijo también a Pedro en el jardín de los Olivos: "Vuelve tu espada en la vaina, porque el que matará por la espada perecerá?" Con estas palabras ¿no ha condenado Jesús para siempre el duelo? En efecto, hijos míos, ¿qué significa ese valor nacido de un temperamento violento, sanguinario y colérico, que ruge, a la primera ofensa? ¿En dónde está, pues, la grandeza de alma del que, a la menor injuria, quiere lavarla con sangre? ¡Pero que tiemble! porque siempre en el fondo de su conciencia oirá una voz que le dirá: ¡Caín, Caín! ¿qué has hecho de tu hermano?

    Me ha sido preciso verter sangre para salvar mi honor, contestará; pero la voz repetirá: ¡Tú has querido salvar ese honor ante los hombres por algunos instantes que te restan de vida en la tierra, y no has pensado en salvarte ante Dios! ¡Pobre loco! ¡Cuánta sangre, pues, no os pediría Cristo por todos los ultrajes que recibió! No solamente lo habéis herido con espina y lanza, no sólo lo habéis atado a un patíbulo infamante, sino que, aun en medio de su agonía, pudo oír las burlas que se le prodigaban. ¿Qué reparación os ha pedido después de tantos ultrajes? El último grito del Cordero fue una oración por sus verdugos. ¡Oh! perdonad como El, y rogad por los que os ofenden.

    Amigos, acordaos de este precepto: "Amaos unos a otros", y entonces, al golpe dado por el odio contestaréis con una sonrisa, y al ultraje, con el perdón. Sin duda el mundo se alzará furioso y os tratará de cobardes; levantad entonces la cabeza bien alta, y mostrad que vuestra frente no temería tampoco en cargarse de espinas, a ejemplo de Cristo, pero que vuestra mano no quiere ser cómplice de un asesinato, que autoriza, digámoslo así, una falsa honra que no es otra cosa que orgullo y amor propio. ¿Dios, al crearnos, os dio el derecho de vida y muerte a los unos sobre los otros? No, sólo ha dado ese derecho a la naturaleza para reformarse y reconstruirse; pero a vosotros, ni siquiera os ha dado el permiso de disponer de vosotros mismos. Como el suicida, el duelista será marcado con sangre cuando comparezca ante Dios, y al uno y al otro el soberano Juez prepara rudos y largos castigos.

    ¡Si amenazó con su justicia al que dice a su hermano: Racca, cuanto más severa será la pena para el que comparezca ante El con las manos teñidas en sangre de su hermano! (San Agustín. París, 1862).

    El duelo es, como lo que en otro tiempo se llamaba juicio de Dios, una de esas instituciones bárbaras que rigen aun en la sociedad. ¿Qué diríais vosotros, sin embargo, si viéseis sumergir a los dos antagonistas en agua hirviendo o sometidos al contacto de un hierro candente, para dirimir la querella y dar la razón al que resistiría mejor la prueba? ¿Calificaríais de insensatas esas costumbres? El duelo es aún peor que todo esto. Para el duelista diestro es un asesinato cometido a sangre fría y con toda la premeditación necesaria, porque está seguro del golpe que dirigirá; para el adversario casi cierto de sucumbir en razón de su debilidad y de su inexperiencia, es un suicidio cometido con la más fría reflexión. Ya sé que muchas veces se procura evitar esta alternativa igualmente criminal, sometiéndose a la suerte.

    ¿Pero entonces, no se vuelve, acaso, bajo otra forma, "al juicio de Dios" de la Edad Media? Y aun en aquella época, era mucho menos culpable; el nombre mismo de "juicio de Dios" indica una fe sencilla, es verdad, pero en fin, una fe en la justicia de Dios, que no podrá dejar sucumbir a un inocente; mientras que en el duelo, se somete a la fuerza brutal, de tal modo, que muy a menudo el ofendido es el que sucumbe.

    ¡Oh, estúpido amor propio, tonta vanidad y loco orgullo! ¿Cuándo, pues, seréis reemplazados por la caridad cristiana, el amor al prójirno y la humildad, cuyo ejemplo y precepto dio Cristo? Sólo entonces desaparecerán esas monstruosas preocupaciones que aun gobiernan a los hombres y que las leyes son impotentes para reprimir; porque no basta prohibir el mal y prescribir el bien, es menester que el principio del bien y del horror al mal estén en el corazón del hombre. (Un espíritu protector. Bordeaux, 1861)

    ¿Qué opinión formarán de mí, decís a menudo, si rehúso la reparación que se me ha pedido, o si no la pido al que me ha ofendido? Los locos como vosotros, los hombres atrasados, os vituperarán; pero los ilustrados con la antorcha del progreso intelectual y moral, dirán que obráis según la verdadera prudencia. Reflexionad un poco: por una palabra, muchas veces dicha sin pensar, o muy inofensiva de parte de uno de vuestros hermanos, vuestro orgullo se resiente, le contestáis de un modo picante, y de aquí viene una provocación. Antes de llegar al momento decisivo, ¿os preguntáis si obráis como cristiano? ¿Qué cuenta daréis a la sociedad si la priváis de uno de sus miembros? ¿Pensáis, acaso, en el remordimiento de haber quitado un esposo a la esposa, un hijo a su madre, un padre a sus hijos? Ciertamente que el que ha hecho una ofensa, debe una reparación; ¿pero, no es mucho más honroso para él darla espontáneamente, confesando su error, que exponer la vida de aquél que tiene derecho a quejarse?

    En cuanto al ofendido, convengo que alguna vez puede ser gravemente maltratado, ya en su persona, ya con relación a los individuos que nos atañen de cerca; no sólo el amor propio es el herido, también lo es el corazón y sufre; pero además de que es una estupidez jugarse la vida con un miserable capaz de una infamia, ¿por ventura, muerto éste no subsiste la afrenta cualquiera que sea? La sangre derramada, ¿no da más publicidad a un hecho, que si es falso, debe caer por su propio peso, y si es verdad, no debe ocultarse en el silencio? No queda, pues, sino la satisfacción de saciarse en la venganza cumplida. Triste satisfacción! ¡ay! que a menudo produce esta vida en recuerdos dolorosos. Y si es el ofendido el que sucumbe, ¿dónde está la reparación?

    Cuando la caridad sea la regla de conducta de los hombres, atemperarán sus actos y sus palabras a esta máxima: No hagáis a los otros lo que no quisiérais que os hicieran a vosotros; entonces desaparecerán todas las causas de disensiones, y con ellas, los duelos y las guerras, que son los duelos de pueblo a pueblo. (Francisco Javier, Bordeaux, 1861).

    El hombre de mundo, el hombre feliz, que, por una palabra que hiere, por una causa ligera juega la vida que ha recibido de Dios, y juega la vida de su semejante que pertenece a Dios, es más culpable cien veces que el miserable que empujado por la ambición, por la necesidad algunas veces, se introduce en una casa para robar lo que ambiciona y mata a aquellos que se oponen a su designios. Este último es casi siempre un hombre sin educación, que no tiene más que nociones imperfectas del bien y del mal; mientras que el duelista pertenece casi siempre a la clase más ilustrada; el uno mata brutalmente, el otro con método y finura, lo que hace que la sociedad le excuse. Aún añado que el duelista es infinitamente más culpable que el desgraciado que, cediendo a un sentimiento de venganza, mata en un momento de exasperación.

    El duelista no puede excusarse de que le arrastra la pasión, porque entre el insulto y la reparación hay siempre tiempo para reflexionar; otra, pues, fríamente y con designios premeditado; todo está calculado y estudiado para matar con más seguridad a su adversario. Es verdad que también expone su vida, y esto es lo que rehabilita el duelo a los ojos del mundo, porque se ve en ello un acto de valor y un desprecio de la propia vida, ¿pero hay verdadero valor cuando está seguro de si mismo? El duelo, resto del tiempo de la barbarie, en que el derecho del más fuerte era la ley, desaparecerá cuando se haga más sana apreciación del verdadero punto de honor, a medida que el hombre tenga una fe más viva en la vida futura. (San Agustín. Bordéaux, 1861).

    Observación. Los duelos van siendo cada día más raros, y si de tiempo en tiempo vemos aún dolorosos ejemplos, el número no puede compararse con el de otros tiempos. Antiguamente un hombre no salía de su casa sin prevenirse para un encuentro, y tomaba todas las precauciones en consecuencia. Una señal característica de las costumbres del tiempo y de los pueblos, es el uso de llevar habitualmente, ostensible u ocultamente, armas ofensivas y defensivas; la abolición de este uso atestigua la suavidad de las costumbres, y es curioso seguir la gradación desde la época en que los caballeros no cabalgaban nunca sino cubiertos de hierro y armados de lanza, hasta el uso de una simple espada, que vino a ser más bien un distintivo del blasón que un arma agresiva.

    Otro rasgo de las costumbres es que en otro tiempo los combates singulares tenían lugar en medio de la calle, ante la multitud, que se separaba para dejar el campo libre, y que hoy se ocultan; en el día, la muerte de un hombre es un acontecimiento que conmueve; antes no se hacía caso de ello. El Espiritismo barrerá esos últimos vestigios de la barbarie inculcando a los hombres el espíritu de caridad y fraternidad.




    Extracto de: ALLAN KARDEC
    El Evangelio Segun El Espiritismo.



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