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    El Potala.


    Un lunes por la mañana me dijo el lama Mingyar Dondup que había fijado la fecha de mi visita al Dalai Lama. Sería al final de aquella semana.

    —Tenemos que ensayar, Lobsang, hemos de perfeccionarnos hasta el mayor extremo para acercarnos a El.

    En un pequeño templo en desuso, cerca de nuestra escuela, había una estatua del Dalai Lama de tamaño natural. Mi Guía y yo fuimos allí e hicimos como si estuviéramos en el Potala recibidos por el Dalai Lama.

    —Fíjate en cómo lo hago yo, Lobsang. Has de entrar en la habitación con los ojos bajos, así. Andas hasta este sitio a menos de metro y medio de donde está el Dalai Lama. Sacas tu lengua para saludar, y te arrodillas.

    Ahora fíjate bien: pones los brazos así y te inclinas hacia adelante. Volverás a quedar en la misma posición, con la cabeza inclinada, colocarás el pañuelo de seda rodeándole los pies, así. Volverás a quedar en la misma posición, con la cabeza inclinada, para que El pueda ponerte un pañuelo al cuello.

    Cuenta hasta diez para que no te apresures indebidamente y luego te levantas y andas hacia atrás hasta el primer almohadón libre.

    Mientras el lama hacía todo esto con la facilidad que le daba su práctica, yo le iba imitando. Prosiguió:

    —Otra advertencia: antes de que empieces a andar hacia atrás, lanza una rápida mirada que te permita localizar el almohadón desocupado. Es necesario que no tropieces con el almohadón, como sería muy fácil con la excitación de esos momentos. Ahora hazlo todo tú solo para que yo lo vea.

    Salí del templo y el lama dio unas palmadas como señal de que ya podía entrar. Lo hice con excesiva rapidez y el lama me detuvo con un grito:

    — ¡Lobsang! ¿Acaso crees que esto es una carrera? Ahora hazlo más despacio y da un ritmo a tus pasos diciéndote en tu interior: Om-ma-ni pad-me-Hum. Y andarás como un joven y digno sacerdote y no como un caballo de carreras en la llanura del Tsang Po.

    Lo ensayé otra vez avanzando hacia la estatua con toda calma. Me arrodillé y saqué la lengua para hacer el saludo tibetano. Creo que mis tres reverencias resultaron perfectas; estaba orgulloso de ellas. Pero ¡qué desgracia, había olvidado el pañuelo! Así que hube de salir de nuevo y empezar otra vez. Esta vez todo quedó como era debido y coloqué el pañuelo de ceremonia en torno a los pies de la estatua. Retrocedí unos pasos y logré sentarme a la manera del loto, sin tropezar.

    —Muy bien —dijo el lama—. Ahora viene la segunda parte. Tendrás que ocultar tu taza de madera en tu manga izquierda. Te servirán té cuando estés sentado. Entonces sacarás la taza de té y la colocarás en equilibrio sobre la manga, en el antebrazo. Si tienes cuidado no se caerá. Ensayemos esto de la taza sin olvidar el pañuelo.

    Todas las mañanas de aquella semana estuvimos ensayando para que pudiera hacer los movimientos automáticamente. Al principio la taza salía rodando por el suelo en cuanto me inclinaba, pero no tardé en dominar este ejercicio. El viernes tuve que presentarme al Abad y demostrarle que estaba ya preparado. El Abad dijo que mi habilidad era un buen tributo a las enseñanzas de nuestro hermano Mingyar Dondup.

    A la mañana siguiente, la del sábado, descendimos de nuestro monte y nos dirigimos hacia el Potala. Nuestra lamasería formaba parte de la organización del Potala aunque se hallaba en un monte separado. A nuestro monasterio se le conocía con el nombre de Templo de la Medicina o Escuela Médica. Nuestro Abad era el único médico del Dalai Lama, cargo de enorme responsabilidad, pues no sólo tenía que curar cualquier enfermedad, sino hacer que su paciente estuviese siempre bien. Cualesquiera dolores o trastornos, por leves que fueran, se atribuían a la culpa del médico. Y sin embargo, el Abad no podía ir a examinar al Da lai Lama cuando lo creyera conveniente, sino que debía esperar a que lo llamaran, precisamente cuando su paciente estaba enfermo.

    Pero aquel sábado no pensaba yo en las dificultades del médico: me bastaba con las mías. Nos abrimos paso por entre la multitud de peregrinos.

    Esta gente llegaba de todas las partes del Tíbet para ver la mansión del Más Profundo, como llamamos al Dalai Lama. Si conseguían atisbarlo por un instante, regresaban a sus hogares más contentos que si hubieran recibido el mejor de los regalos y se consideraban de sobra recompensados por las penalidades de su larguísimo y duro viaje. Algunos peregrinos viajaban a pie durante meses enteros para poder hacer esta visita al lugar donde residía el Más Profundo. Eran labradores, nobles de lejanas provincias, pastores, mercaderes, enfermos que esperaban curarse en Lhasa... Esta multitud atestaba la carretera y formaba un circuito de casi diez kilómetros rodeando los pies del Potala. Unos iban gateando o avanzando de rodillas; otros se tendían en el suelo, se levantaban, volvían a tenderse y así avanzaban penosamente.

    Los enfermos e inválidos se valían de la ayuda de familiares y amigos o andaban con muletas. Por doquier había mercaderes. Unos vendían té caliente con manteca junto al brasero oscilante siempre encendido. Otros vendían alimentos de varias clases. Estaban a la venta amuletos y hechizos “bendecidos por una Sagrada Encarnación”. Unos ancianos vendían horóscopos ya impresos. Más allá, un grupo de gente alegre ofrecía molinillos de plegarias como recuerdo del Potala. También había memorialistas o escribas que escribían una nota certificando que la persona que les pagaba había visitado Lasha y todos los Lugares Sagrados. Naturalmente, no nos entrevistamos con aquella gente. Nuestro objetivo era el Palacio del Potala.

    La residencia privada del Dalai Lama se halla en lo más alto del enorme edificio, pues nadie puede vivir en un lugar más elevado que Él.

    Una inmensa escalera de piedra sube hasta aquel sitio dando la vuelta a los edificios. Es como una rampa o calle de escaleras. Muchos de los altos funcionarios suben a caballo. Mientras subíamos, nos adelantaron algunos jinetes.

    Cuando llegamos a un cierto punto, ya muy arriba, se detuvo el lama Mingyar Dondup y señalando hacia abajo me dijo:

    —Allí está tu antiguo hogar, Lobsang. Los criados trabajan muy activamente en el patio.

    Miré en aquella dirección y es preferible que silencie lo que sentí.

    Mamá se afanaba como siempre en las tareas caseras. También estaba allí Tzu. Decididamente, debo reservarme lo que pensé en aquella ocasión.

    El Potala es como una ciudad que se basta a sí misma y edificada sobre un pequeño monte. Allí se realizan todos los asuntos eclesiásticos y seglares del Tíbet. Este edificio, o grupo de edificios, es el vivo corazón del país, el foco de todas las esperanzas y de todos los pensamientos. Dentro de estos muros hay inmensos tesoros, bloques de oro, sacos y más sacos de piedras preciosas y obras de arte de las épocas más antiguas. Los edificios actuales sólo cuentan unos trescientos cincuenta años, pero fueron construidos sobre los cimientos de un antiguo palacio. Por entonces había una fortaleza en la cumbre de la montaña. A gran profundidad de esta pequeña montaña, que es de origen volcánico, hay una enorme cueva de la que salen varios pasadizos y al final de uno de ellos se llega a un lago. Sólo unos cuantos, personas muy privilegiadas, han podido entrar allí o conocen su existencia.

    En la soleada mañana, subimos por los interminables escalones. Por todas partes sonaban las carracas de las oraciones, la única forma de rueda que existe en el Tíbet, pues una antigua predicción ha vaticinado que cuando las ruedas entraran en el Tíbet se acabaría nuestra paz. Por fin llegamos a lo más alto, donde unos guardias gigantescos abrieron la puerta de oro cuando vieron al lama Mingyar Dondup, a quien conocían de sobra. Subimos aún más hasta llegar al mismo tejado plano o terraza, donde estaban las tumbas de las pasadas Encarnaciones del Dalai Lama y su residencia privada. Una gran cortina de lana de yak, de color castaño, cubría la entrada.

    La apartaron al acercarnos nosotros y entramos en un espacioso vestíbulo guardado por dragones de porcelana verde. Colgaban de la pared muchos y ricos tapices, donde se hallaban representadas escenas religiosas y antiguas leyendas. En unas mesas bajas había objetos que harían la delicia de cualquier coleccionista: estatuillas de varios dioses o diosas de nuestra mitología y valiosísimos adornos de todas clases. Junto a otra puerta, también cubierta por una cortina, se encontraba en un estante el Libro de los Nobles y sentí el deseo de abrirlo y ver allí el nombre de mi familia para tranquilizarme, pues aquel día y en aquel lugar me sentía muy pequeño e insignificante. A los ocho años no tenía ya ilusiones y me preguntaba por qué el Más Alto del país quería verme. Sabía muy bien que aquella visita, a petición suya, era insólita y pensaba que de ello sólo podían resultar para mí más trabajos y penalidades.

    Un monje vestido con una túnica color rojo-cereza y con una estola de oro, se detuvo a hablar con el lama Mingyar Dondup. A éste parecían conocerlo todos allí y en todas partes a donde fui con él. Escuché estas palabras:

    «Su Santidad está muy interesada y desea hablar con él a solas.» Mi Guía se volvió hacia mí y dijo:

    —Tienes ya que entrar, Lobsang. Te enseñaré el camino y luego entrarás tú solo, figurándote que estás ensayando como lo hicimos toda esta semana.

    Me echó un brazo por los hombros y me llevó hasta otra puerta murmurando:

    —No debes asustarte. Todo saldrá bien. Entra.

    Me dio un empujoncito muy suave y se quedó a la expectativa. Pasé por aquella puerta y allá, al fondo de una larga estancia, se encontraba el Más Profundo, el decimotercero Dalai Lama.

    Estaba sentado en un almohadón de seda de color azafrán. Vestía como un lama corriente, pero llevaba en la cabeza un alto sombrero amarillo, con unas orejeras que le llegaban hasta los hombros. Acababa de dejar un libro que estaba leyendo. Inclinando la cabeza, avancé con calma hasta que me situé a metro y medio de los pies del Santo de los Santos y luego me arrodillé e hice tres reverencias. El lama Mingyar Dondup me había entregado el pañuelo de seda al entrar y ahora lo coloqué sobre los pies del más Profundo. Se inclinó hacia mí y me puso su pañuelo sobre las muñecas en vez de ponerlo, como era habitual en estos casos, en torno al cuello. La emoción me quitaba las energías, pero tuve que retroceder hasta el almohadón más próximo. Una ojeada rapidísima me había revelado que estaba muy lejos, junto a la pared. El Dalai Lama habló por primera vez:

    —Esos almohadones están demasiado lejos para que llegues a ellos andando hacia atrás. Vuélvete y tráete aquí uno para que podamos hablar.

    Así lo hice y volví en seguida con un almohadón. El Dalai Lama me dijo:

    —Ponlo aquí, frente a mí, y siéntate.

    Le obedecí, y él prosiguió:

    —Ahora, jovencito, sabrás que he oído contar cosas muy notables de ti. Eres clarividente de nacimiento y te han aumentado ese poder abriéndote el Tercer Ojo. Tengo los datos de tu última encarnación y también he leído las predicciones de los astrólogos. Al principio pasarás una época muy difícil, pero acabarás triunfando. Viajarás por muchos países extranjeros, países de los que ni siquiera has oído hablar. Verás la destrucción y la muerte y una crueldad que no puedes ni imaginar. El camino será largo y áspero, pero el triunfo llegará al fin como está predicho.

    No sé por qué me decía eso, pues ya lo sabía yo; lo sabía en todos sus detalles desde que tenía siete años. Sabía que estudiaría medicina y cirugía en el Tíbet y luego iría a China y volvería a estudiar las mismas materias.

    Pero el Más Profundo seguía hablándome: me advertía que nunca debía manifestar mis poderes ocultos ni hablar del yo ni del alma cuando estuviera en el mundo occidental.

    —He estado en la India y en la China —dijo el Dalai Lama—, y en esos países se puede hablar de las Grandes Realidades. En cambio, he conocido también muchas personas de Occidente y sus valores no son los nuestros. Es gente que adora el comercio y el oro. Sus hombres de ciencia dicen: «Muéstranos tu alma. Enséñala, que vamos a cogerla, a pesarla, y a probarla con reacciones químicas. Dinos cuál es la estructura molecular de tu alma. Pruebas, pruebas, necesitamos pruebas.» Eso te dirán, sin saber que su actitud negativa de la suspicacia destruye toda posibilidad de obtener las pruebas que desean. Pero, en fin, ahora tomaremos el té.

    Golpeó levemente un gong y dio una orden al lama que se presentó.

    En seguida trajeron té y unos alimentos especiales que habían importado de la India. Mientras tomábamos el té y comíamos, me contó el Más Profundo cosas de la India y de China. Insistió en que yo debía estudiar con todas mis fuerzas y dijo que iba a asignarme profesores especiales. No pude contenerme y exclamé:

    — ¡Oh, nadie puede saber tanto como mi Maestro, el lama Mingyar Dondup!

    El Dalai Lama me miró y luego echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas. Es muy probable que nadie le hubiera hablado como yo. Seguro que ningún otro chico de ocho años se había atrevido a tanto. Por lo visto, le parecía muy bien mi audacia.

    —¿De modo que tienes tan buena opinión de Mingyar Dondup? Dime de verdad lo que piensas de él, gallito de pelea.

    —Señor —repliqué—, me has dicho que poseo una clarividencia excepcional.

    Pues bien, Mingyar Dondup es la mejor persona que he visto en mi vida.

    El Dalai Lama volvió a reírse y llamó con un gong.

    —Que venga Mingyar -dijo al lama que se presentó.

    Entró Mingyar Dondup e hizo las reverencias rituales.

    —Trae un almohadón y siéntate, Mingyar -dijo el Dalai Lama—. Este chico que has traído acaba de dar su opinión sobre ti y estoy de completo acuerdo.

    El lama Mingyar Dondup se sentó junto a mí, y el Dalai Lama continuó:

    —Has aceptado toda la responsabilidad por la educación de Lobsang Rampa. Dirígela como quieras y pídeme las autorizaciones que necesites.

    Veré al chico de vez en cuando. —Y volviéndose a mí, me dijo—: Jovencito, has escogido bien. Tu Guía es un viejo amigo mío y un verdadero Maestro de lo Oculto.

    No habló mucho más. Luego se levantó, se inclinó levemente para despedirse y salió del Salón. Vi que el lama Mingyar Dondup estaba muy satisfecho de mí y de la buena impresión que había hecho. Me dijo:

    —Permaneceremos aquí unos cuantos días y exploraremos algunas de las partes menos conocidas de estos edificios. Hay corredores y habitaciones que no se han abierto en los pasados doscientos años. En ellas aprenderás mucha historia tibetana.

    Uno de los lamas —en la residencia del Dalai Lama no había ningún monje de categoría inferior— se acercó y dijo que cada uno de nosotros tenía preparada una habitación en la parte más alta del edificio. Nos llevó a ellas y me quedé admirado de la vista que se abarcaba desde allí. Se veía toda Lhasa y una gran extensión de llanura. El lama habló así:

    —Su Santidad ha ordenado que andéis con toda libertad por donde queráis. No se os cerrará ninguna puerta.

    El lama Mingyar Dondup me aconsejó que descansara un rato. La cicatriz de mi pierna izquierda me dolía todavía mucho y tenía que andar cojeando un poco. Al principio se temió que me quedase esta cojera. Descansé durante una hora y luego entró mi Guía trayéndome té y comida.

    —Es hora de que llenes algunos de tus huecos, Lobsang. Aquí comen bien; mejor será que nos aprovechemos.

    Desde luego no necesitaba que me estimularan mucho a comer. Cuando terminamos, mi Guía me llevó a otra habitación situada en el extremo de la terraza. Allí, con gran asombro mío, las ventanas no estaban cubiertas con un tejido translúcido, pero no transparente, sino con una nada que apenas era visible. Con gran precaución toqué aquella visible nada y recibí una fuerte impresión al notar que era casi tan fría y resbaladiza como el hielo.

    Luego comprendí lo que era: ¡cristal! Nunca había visto cristal en forma de hoja transparente. Usábamos aquella materia pulverizada en las cuerdas de nuestras cometas, pero se trataba de un vidrio basto a través del cual apenas podían distinguirse las cosas. Además, era de color y éste en cambio parecía agua solidificada.

    Pero no iba a parar en esto mi asombro. El lama Mingyar Dondup abrió la ventana de par en par y cogió un tubo de latón que parecía formar parte de una trompeta metida en una funda de cuero. Cogió el tubo y, tirando de él, sacó cuatro piezas, cada una de ellas dentro de la otra. Se rió al ver mi expresión estupefacta y, sacando por fuera de la ventana un extremo del tubo, se acercó el otro a la cara. Creía haber acertado: el lama iba a tocar un instrumento, pero en vez de ponerse en la boca el extremo más estrecho, se lo pegó a un ojo. Estuvo manejando el extraño aparato, alargándolo y acortándolo, hasta que me dijo:

    —Mira por aquí, Lobsang mira con el ojo derecho y ten cerrado el izquierdo.

    Así lo hice y casi me desmayé de sorpresa. Un hombre a caballo avanzaba por el tubo hacia mí. Me aparté de un salto y miré a mi alrededor, espantado.

    Nadie había en la habitación excepto el lama Mingyar Dondup, que se reía con todas sus ganas. Le miré suspicaz creyendo que me había hechizado.

    —Su Santidad dijo que eras un Maestro de lo Oculto. Pero no debes burlarte de tu discípulo.

    Entonces se rió aún más y me empujó para que volviese a mirar. Venciendo el miedo acerqué el ojo al extremo del tubo y mi Guía lo fue moviendo lentamente para que abarcase una vista diferente. ¡Era un telescopio!

    Nunca había visto ninguno. Jamás podré olvidar aquel jinete que avanzaba por el tubo hacia mí. Lo recuerdo con frecuencia cuando algún occidental exclama: ¡Imposible!, al oír afirmar algo referente a las fuerzas ocultas.

    Aquello era también «imposible» para mí. El Dalai Lama había traído varios telescopios al regresar de la India y le encantaba mirar el paisaje con ellos. Otra gran novedad fue para mí mirarme en el espejo por primera vez en mi vida. Desde luego, no reconocí la horrible criatura que vi reflejada en él. Era un chico muy pálido, con una ancha cicatriz roja en medio de la frente y una nariz prominente. Como es natural, había visto mi imagen algunas veces vagamente reflejada en el agua; pero en un espejo me produjo una impresión muy desagradable. Desde entonces no me miro en los espejos.

    Quizá sabe el lector occidental la idea de que el Tíbet tenía que ser entonces un país muy peculiar si podía pasarse sin cristal, telescopio o espejos; pero la verdad es que la gente no necesitaba nada de esto. Es más, ni siquiera necesitábamos ruedas. Las ruedas se han hecho para la velocidad de una supuesta civilización. Nosotros, los tibetanos, hemos llegado hace mucho tiempo a la conclusión de que el dinamismo de la vida comercial no deja tiempo para las cosas de la mente. Nuestro mundo físico se ha movido siempre con toda calma para que nuestros conocimientos esotéricos pudieran desarrollarse hasta el máximo grado. Durante miles de años dominamos la clarividencia, la telepatía y otras ramas de la metapsíquica. Aunque es completamente cierto que muchos lamas pueden sentarse en la nieve y con la sola fuerza del pensamiento derretir la que los rodea, también es verdad que no nos interesa demostrar estas facultades para que se diviertan los buscadores de sensaciones nuevas.

    Algunos lamas, que son maestros de lo oculto, practican con el mejor éxito la levitación, pero jamás harán una exhibición de esta facultad para sorprender y entretener a los profanos. Lo primero que el maestro espiritual exige de su discípulo en el Tíbet es que su moralidad permita confiarle tales poderes. De ello se deduce que si el maestro ha de estar seguro de la integridad del discípulo, nunca se podrá abusar de los poderes metafísicos, puesto que solamente los aprenderán las personas dignas de ello. Y no se olvide que estos poderes no son, en modo alguno, cosa de magia, sino el resultado de usar ciertas leyes naturales.

    En el Tíbet hay algunos que desarrollan mejor su espíritu en compañía de otras personas, mientras que otros tienen que aislarse. Estos últimos se encierran en las lamaserías más apartadas, donde ocupan una celda totalmente aislada. Es una pequeña habitación construida por lo general en la falda de una montaña. Las paredes son de piedra y de dos metros de grosor para que no dejen penetrar ruido alguno. El eremita se recluye allí por su propia voluntad y se le tapan a la celda todas las ventanas y orificios. No entra luz ni hay mueble alguno, aparte de una caja vacía de piedra. La única comunicación con el exterior es una trampilla, a prueba de todo sonido, por donde se le pasa el alimento una vez al día. Allí permanece el eremita durante tres años, tres meses y tres días. Medita sobre la naturaleza de la Vida y sobre la naturaleza del Hombre.

    No puede salir de la celda con su cuerpo físico por ningún motivo. Durante el último mes de su permanencia allí, se abre un boquete muy pequeño en el techo para que entre un poco de luz.

    Esta abertura se va agrandando cada día con objeto de que los ojos del eremita se vayan acostumbrando de nuevo a la luz, ya que de no hacerse así, le cegaría al salir de nuevo. Es muy frecuente que estos hombres regresen a su celda al cabo de pocas semanas y se queden en ella todo el tiempo que les resta de vida. Y no es una existencia tan estéril y falta de valor como puede suponerse. El hombre es un espíritu, una criatura de otro mundo, y cuando pueda librarse de los vínculos de la carne, vagará por el mundo en forma de espíritu y prestará grandes servicios con el pensamiento. En el Tíbet sabemos muy bien que los pensamientos son ondas de energía. La materia no es más que energía condensada. Y el pensamiento, si se le dirige acertadamente y se le condensa en parte, puede conseguir que un objeto se mueva. Otra manera de controlar el pensamiento es mediante la telepatía, con la cual se logra que una persona situada a distancia realice determinada acción.

    ¿Es tan difícil creer todo esto en un mundo que considera como lo más natural que un hombre consiga, con sólo hablar por un micrófono, guiar un aeroplano para hacerle aterrizar en una densa niebla cuando el piloto no puede ver el suelo en absoluto? Bastaría un poco de entrenamiento y una total falta de escepticismo, para que esto pudiera realizarse por medio de la telepatía, en vez de utilizar una máquina que puede fallar en cualquier momento.

    Mi desarrollo esotérico no requirió que me encerrase en una oscuridad absoluta. Se hizo de otra manera que no está al alcance del número bastante grande de monjes que desean hacerse ermitaños. Mi educación iba dirigida a una finalidad específica y por orden directa del Dalai Lama. Además de por medios hipnóticos, mi enseñanza se realizó siguiendo otro método en cuya descripción no puedo entrar en un libro como éste. Baste decir que recibí más iluminación espiritual de la que un ermitaño corriente puede obtener en una vida muy larga. Mi visita al Potala estaba relacionada con las primeras etapas de esa preparación, pero ya hablaré de eso más adelante.

    El telescopio me fascinaba y lo usé mucho para examinar los sitios que conocía tan bien. El lama Mingyar Dondup me explicó en qué consistía aquel aparato hasta hacerme comprender que no se trataba de magia, sino del aprovechamiento científico de las leyes naturales.

    Todo me lo explicaba mi Guía y no sólo lo referente al telescopio. En cuanto yo sospechaba que algo tenía que ver con la magia, recibía la adecuada explicación de las leyes relacionadas con aquel fenómeno. Una vez, durante aquellos días de nuestra visita, me llevó el lama Mingyar Dondup a una habitación completamente oscura y me dijo:

    —Ahora estáte aquí, Lobsang, y mira la pared blanca que tienes enfrente.

    Entonces apagó la llama de la lamparilla que acababa de encender y anduvo manipulando con los postigos de la ventana. Instantáneamente apareció en la pared un cuadro de Lhasa, pero invertido. Grité asombrado al ver hombres, mujeres y yaks andando cabeza abajo. Pero de pronto empezaron a temblar las imágenes y todo se puso al derecho. La explicación del lama sobre «la manera de doblar los rayos luminosos» me dejó más admirado que todo lo demás. ¿Cómo era posible manejar la luz natural? Entonces me demostró cómo se podía hacer aquello. Yo había visto cómo se rompían jarrones con un silbato que no emitía sonido alguno; pero que se pudiera forzar la luz no lo comprendí hasta que trajeron de otra habitación un aparato muy curioso que consistía en una lámpara escondida en una especie de caja. Entonces comprendí cómo se podían dominar los rayos de luz.

    Los almacenes del Potala se hallaban atestados de maravillosas estatuas, libros antiguos y bellísimas pinturas murales sobre temas religiosos.

    Los poquísimos occidentales que las han visto las consideran indecentes.

    Representan un espíritu masculino y otro femenino íntimamente abrazados, pero la intención de estas pinturas no es en absoluto obscena y ni un solo tibetano las considera como tales. Los desnudos abrazos representan el éxtasis que sigue a la unión del Conocimiento y de la Vida perfecta. Debo confesar que me horrorizó la primera vez que vi que los cristianos adoraban a un hombre torturado y clavado en una cruz y que para ellos era éste el símbolo de su religión. Es lamentable que todos queramos juzgar a los demás pueblos según nuestras propias creencias.

    Durante varios siglos han llegado al Potala regalos para el Dalai Lama reinante procedentes de muchos países. Casi todos estos regalos se han ido almacenando en grandes salas y lo pasé muy bien mirándolo todo y obteniendo impresiones psicométricas del porqué habían enviado los regalos.

    Era un buen ejercicio en el descubrimiento de los motivos. Después de haberle comunicado a mi Guía las impresiones que sacaba directamente de la contemplación del objeto, consultaba él un libro y me relataba la verdadera historia de aquel regalo y lo que había sucedido después. Me sentí muy halagado porque a medida que avanzaba mi práctica, me decía el lama con mayor frecuencia:

    —Has acertado, Lobsang, adelantas mucho.

    Antes de marcharme del Potala visitamos uno de los túneles subterráneos.

    Nos dijeron que podía entrar en uno de ellos y que debía dejar los demás para más adelante. Cogimos unas antorchas encendidas y con grandes precauciones bajamos por unas interminables escaleras y avanzamos luego por unos pasadizos rocosos de suaves paredes. Me dijeron que estos túneles se debían a la acción volcánica y que existían desde innumerables siglos. En los muros aparecían extraños diagramas y dibujos que representaban escenas cuyo sentido no pude comprender. Sólo pensaba en el lago que, según me habían informado, se extendía muchos kilómetros al final de un corredor. Por fin entramos en un túnel que se fue haciendo cada vez más ancho y alto hasta que de pronto desapareció el techo, que se elevaba a una altura a donde no alcanzaba la luz de nuestras antorchas. Avanzamos cien metros más y nos encontramos a la orilla de un lago increíble. Sus aguas estaban en absoluta calma y eran negras, de una negrura que las hacía casi invisibles. Más parecía el fondo de un pozo que un lago.

    Ni una sola arruga rompía la lisura de la superficie; ni un solo sonido alteraba aquel imponente silencio. La roca sobre la que estábamos también era negra y brillaba a la luz de las antorchas, pero un poco hacia un lado vimos brillar algo sobre el muro. Avancé hasta allí y vi que en la roca había una ancha franja de oro de unos ocho metros de longitud y cuya altura llegaba de mi cuello a mis rodillas. El calor había empezado a derretirla y separarla de la roca y presentaba grandes goterones como cera de oro de una fantástica bujía. El lama Mingyar Dondup quebró el silencio:

    —Este lago sale al río Tsang-po, a sesenta kilómetros de aquí. Hace muchísimos años unos monjes aventureros hicieron una balsa de madera, y remos para impulsarla. Se llevaron una provisión de antorchas y partieron de esta orilla. Remaron durante muchos kilómetros explorando el lago y llegaron a un lugar, aún más amplio que éste, en el que no se veía el final de los muros ni techo alguno. Sin saber dónde dirigirse, remaban y remaban...

    Yo escuchaba, figurándomelo todo como si lo estuviese viendo. El lama prosiguió:

    —Se habían perdido, pues ya no sabían en qué dirección iban hacia adelante y en cuál hacia atrás. De pronto la balsa osciló con violencia y una ráfaga de viento les apagó las antorchas dejándolos en la más completa oscuridad.

    Comprendieron que su frágil embarcación había caído en manos de los Demonios del Agua. La balsa giraba sin cesar y ellos se sentían mareados y con náuseas. Se agarraban a las cuerdas que ataban los maderos.

    Con la agitación de la balsa unas pequeñas olas barrían la cubierta y los tenía calados. Aumentó la velocidad del giro y los monjes se sintieron en poder de un despabilado gigante que los había condenado a perecer. No había luz alguna; era una oscuridad tan tenebrosa como jamás la hubo sobre la tierra. Oían ruidos como de arañazos, golpes tremendos y presiones fortísimas. Entonces salieron despedidos de la balsa y cayeron al agua. Algunos de ellos tuvieron tiempo de aspirar un poco de aire. Otros no fueron tan afortunados. Apareció una luz verdosa y vacilante que fue haciéndose más intensa. Una fuerza desconocida retorcía los cuerpos de los monjes, los empujaba o tiraba de ellos y de pronto salieron a la brillante luz del sol.

    Dos de ellos lograron llegar a la orilla, aunque medio ahogados, con el cuerpo molido y sangrantes. De los otros tres no se halló rastro. Durante cuatro horas estuvieron entre la muerte y la vida. Por fin uno de ellos recuperó la suficiente energía para mirar en torno suyo. Estuvo a punto de volverse a desmayar con la impresión recibida: en la lejanía vieron el Potala.

    Y por allí cerca había verdes prados en que pastaban unos yaks. Al principio creyeron que habían muerto y que se encontraban en un cielo tibetano.

    Luego oyeron pasos cerca de ellos. Era un pastor que se les acercaba. El hombre había encontrado los restos flotantes de la balsa y venía a recogerlos para llevárselos. Por fin, los dos monjes lograron convencer a aquel hombre de que efectivamente eran monjes, ya que las túnicas se les habían caído a pedazos. El pastor accedió a ir en busca de unas literas al Potala.

    Desde aquel día se ha hecho muy poco para explorar el lago, pero se sabe que hay unas islas ahí mismo, más allá de donde alcanza la luz de nuestras antorchas. Una de ellas ha sido explorada y lo que se ha encontrado en ella lo sabrás cuando estés iniciado.

    Pensé en todo ello deseando haber tenido una balsa a mi disposición para explorar el lago. Mi Guía había estado observando mi expresión. De pronto se rió y dijo:

    —Sí, sería muy divertido hacerlo, pero ¿para qué exponer nuestros cuerpos cuando podemos averiguarlo en el plano astral? Dentro de muy pocos años, Lobsang, estarás en condiciones de explorar este lago conmigo y entonces aumentaremos los conocimientos que se tienen hasta ahora de él. Pero, por lo pronto, chico, estudia, estudia mucho.

    Nuestras antorchas empezaban a vacilar y me pareció que pronto nos quedaríamos en una total oscuridad dentro del túnel. Mientras nos alejábamos del lago pensé en lo imprudentes que habíamos sido no llevando antorchas de repuesto. Pero en aquel momento el lama Mingyar Dondup se acercó al muro más lejano y estuvo tanteando por su superficie. Por fin, de algún hueco sacó unas antorchas y las encendió en las que ya se nos estaban apagando.

    —Las guardamos ahí, Lobsang, para que no se pierda en la oscuridad el que se encuentre en nuestro caso. Ahora, vámonos.

    Subimos por los pasadizos en cuesta, deteniéndonos de vez en cuando para recobrar el aliento o mirar los dibujos de los muros. Yo no lo entendía.

    Parecían obras de gigantes y eran unas máquinas tan extrañas que sobrepasaban todos mis conocimientos. Miré a mi Guía y vi que los dibujos le eran familiares y que se encontraba en los túneles como en su casa. Yo estaba ya deseando que hiciéramos nuevas visitas a estos subterráneos, pues comprendía que había en ellos algún misterio, y nunca he podido oír hablar de un misterio sin intentar llegar a su fondo. No podía soportar la idea de pasar años y años haciendo cálculos para llegar a una solución si había alguna posibilidad de encontrar directamente la respuesta aunque en esto hubiese un gran peligro. El lama interrumpió mis pensamientos:

    — Estás gruñendo para tus adentros como un viejo. En cuanto subamos unos escalones más, saldremos a la luz del día. Subiremos a la terraza y utilizaremos el telescopio para descubrir el lugar donde aquellos antiguos monjes salieron a la superficie.

    Así lo hicimos poco después y me pregunté por qué no podríamos recorrer a caballo los sesenta kilómetros y visitar aquel sitio. Pero el lama Mingyar Dondup me dijo que no había gran cosa que ver allí; desde luego, nada que el telescopio no nos revelase. Por lo visto, la salida del lago estaba por debajo del nivel del río y nada señalaba el sitio, a no ser unos árboles que habían plantado allí por orden de la anterior Encarnación del Dalai Lama.



    Extracto de EL TERCER OJO
    TUESDAY LOBSANG RAMPA



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