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    Allan Kardec
    Utilidad providencial de la fortuna.


    Si la riqueza fuera un obstáculo absoluto para la salvación de los que la poseen, como pudiera inferirse de ciertas palabras de Jesús interpretadas según la letra y no según el espíritu, Dios, que la da, hubiera puesto en manos de algunos un instrumento de perdición sin recursos; idea que repugna a la razón. La riqueza es, sin duda, una prueba muy resbaladiza, más peligrosa que la miseria por sus consecuencias, por las tentaciones que da, y la fascinación que ejerce, es el supremo excitante del orgullo, del egoísmo y de la vida sensual; es el lazo más poderoso que une al hombre a la tierra y que desvía sus pensamientos del Cielo; produce tal vértigo, que se ve muchas veces que el que pasa de la miseria a la fortuna olvida muy pronto su primera posición a los que le han protegido y a los que le han ayudado, y se vuelve insensible, egoísta y vano.

    Pero de que haga el camino difícil, no se sigue que lo haga imposible y que no pueda haber un medio de salvación entre las manos de aquel que sepa servirse de ella, así como ciertos venenos pueden volver la salud si se emplean a propósito y con discernimiento.

    Cuando Jesús dijo al joven que le preguntaba sobre los medios de ganar la vida eterna: "Vende cuanto tienes, dalo a los pobres y sígueme", no entendió sentar en principio absoluta que cada uno debe despojarse de lo que posee, y que la salvación sólo se alcanza a este precio, sino manifestar que el "apego a los bienes terrestres" es un obstáculo para la salvación. Aquel joven, en efecto, se creía en paz porque había observado ciertos mandamientos, y sin embargo, retrocede ante la idea de abandonar sus bienes. Su deseo de obtener la vida eterna, no es tan grande que quiera hacer este sacrificio.

    La proposición que le hizo Jesús era una prueba decisiva para poner en claro el fondo de su pensamiento; podía, sin duda, ser un perfecto hombre de bien según el mundo, no hacer daño a nadie, no murmurar de su prójimo, no ser vano ni orgulloso, honrar a su padre y a su madre; pero no tenía la verdadera caridad porque su virtud no llegaba hasta la abnegación. Esto es lo que Jesús quiso demostrar haciendo una aplicación del principio, "Sin caridad no hay salvación".

    La consecuencia de estas palabras tomadas en su acepción rigurosa, sería la abolición de la fortuna como perniciosa a la felicidad futura y como origen de una multitud de males en la Tierra; sería, además, la condenación del trabajo que puede procurarla, consecuencia absurda que conduciría al hombre a la vida salvaje, y que por lo mismo, estaría en contradicción con la ley del progreso, que es una ley de Dios.

    Si la riqueza es el origen de muchos males, si excita tantas malas pasiones y si provoca también tantos crímenes, no debe culparse a la cosa, sino al hombre que abusa de ella, como abusa de todos los dones de Dios; con el abuso hace pernicioso lo que podría serle más útil, lo cual es consecuencia del estado de inferioridad del mundo terrestre. Si la riqueza debiera haber producido el mal, Dios no la hubiera puesto en la tierra; al hombre toca el hacer salir de ella el bien. Si no es un instrumento directo del progreso moral, es, sin contradicción, un poderoso elemento de progreso intelectual.

    En efecto, el hombre tiene por misión trabajar para la mejora material del globo; debe desmontarlo, sanearlo y disponerlo para que un día reciba toda la población que corresponde a su extensión; para alimentar a esa población que crece sin cesar, es preciso aumentar la producción; si la producción de una comarca es insuficiente; es necesario buscarla más lejos. Por esto mismo las relaciones de pueblo a pueblo se hacen necesarias, y para hacerlas más fáciles, es menester destruir los obstáculos materiales que los separan y hacer las comunicaciones más rápidas. Para los trabajos que son obra de los siglos, el hombre ha tenido que sacar los materiales hasta de las entrañas de la tierra; ha buscado en la ciencia los medios de ejecutarlos con más seguridad y con más rapidez; pero para llevarlos a cabo, le son necesarios los recursos. La necesidad le ha hecho crear la riqueza, como le ha hecho descubrir la ciencia.

    La actividad indispensable para estos mismos trabajos aumenta y desarrolla su inteligencia, y esta inteligencia, que al principio se concentra en la satisfacción de sus necesidades materiales, le ayudará más tarde a comprender las grandes verdades morales. Siendo la riqueza el primer medio de ejecución, sin ella no habría grandes trabajos, no habría actividad, no habría estimulante, no habría descubrimientos. Con razón, pues, está considerada como un elemento del progreso.


    - Desigualdad de riquezas

    La desigualdad de riquezas es uno de los problemas que en vano se quieren resolver, si sólo se atiende a la vida actual. La primera cuestión que se presenta, es esta:

    ¿Por qué todos los hombres no son igualmente ricos? No lo son por una razón muy sencilla: "porque no son igualmente inteligentes, activos y laboriosos para adquirir, ni sobrios y previsores para conservar". Además, está matemáticamente demostrado que la fortuna igualmente repartida, daría a cada uno parte mínima e insuficiente; que suponiendo hecha esta repartición, el equilibrio se rompería en poco tiempo por la diversidad de caracteres y de aptitudes; que suponiéndola posible y duradera, teniendo cada uno apenas lo necesario para vivir, daría por resultado el agotamien to de todos los grandes trabajos que concurren al progreso y al bienestar de la Humanidad; que suponiendo que se diese a cada uno lo necesario, no habría ya el aguijón que empuja a los grandes descubrimientos y a las empresas útiles. Si Dios lo concentra en ciertos puntos, es porque desde allí se esparza en cantidad suficiente, según las necesidades.

    Admitido esto, preguntará alguno por qué Dios lo ha concedido a personas incapaces de hacerla fructificar para el bien de todos. Esta es también una prueba de la sabiduría y de la bondad de Dios. Dando al hombre el libre albedrío, ha querido que llegase por su propia experiencia a diferenciar el bien del mal, y que la práctica del bien fuese el resultado de sus esfuerzos y de su propia voluntad. No debe ser conducido fatalmente ni al bien ni al mal, pues sin esto sólo seria un instrumento pasivo e irresponsable, como los animales. La fortuna es un medio para probarle moralmente; pero como al mismo tiempo es un poderoso medio de acción para el progreso, no quiere que quede por mucho tiempo improductiva, y por esto "la cambia de puesto incesantemente".

    Cada uno debe poseerla para ensayarse a servirse de ella, y probar el uso que de la misma saber hacer; pero como hay la imposibilidad material de que todos la tengan a un mismo tiempo, y como por otra parte, si todos la poseyesen, nadie trabajaría y el mejoramiento del globo sufriría las consecuencias, "cada uno" la posee a su vez: el que hoy no la tiene, la tuvo ya o la tendrá en otra existencia, y el que no la tiene ahora, podrá obtenerla mañana. Hay ricos y pobres, porque siendo Dios justo, cada uno debe trabajar cuando le toca su turno; la pobreza es para los unos la prueba de la paciencia y de la resignación, y la riqueza es para los otros la prueba de la caridad y de la abnegación.

    Nos lamentamos con razón al ver el miserable uso que ciertas gentes hacen de la fortuna, las innobles pasiones que provoca la codicia, y preguntamos: ¿Dios es justo dando la riqueza a semejantes gentes? Cierto es que si el hombre sólo tuviera una existencia, nada justificaría semejante repartición de los bienes de la tierra; pero si en lugar de limitar su vista a la vida presente, se considera el conjunto de las existencias, se verá que todo se equilibra con justicia. El pobre, pues, no tiene motivo de acusar a la Providencia, ni de envidiar a los ricos; y los ricos tampoco lo tienen para glorificarse por lo que poseen. Si abusan de ella, no será con los decretos ni con las leyes suntuarias como podrá remediarse el mal, porque las leyes pueden cambiar momentáneamente el exterior, pero no pueden cambiar el corazón; por esto sólo pueden tener una duración temporal, y siempre son seguidas de una reacción desmedida.

    El origen del mal está en el egoísmo y en el orgullo; los abusos de toda la naturaleza cesarán por sí mismos cuando los hombres se sometan a la ley de la caridad.


    INSTRUCCIONES DE LOS ESPÍRITUS

    - La verdadera propiedad

    El hombre no posee en propiedad sino lo que puede llevarse de este mundo.

    Lo que encuentra cuando llega y lo que deja cuando se va, lo goza mientras permanece en él; pero puesto que está obligado a abandonarlo, sólo tiene el usufructo y no la posesión real. ¿Qué posee pues? nada de lo que puede ser de uso para el cuerpo, y si todo lo que es para uso del alma: la inteligencia, los conocimientos, las cualidades morales, esto es lo que trae y lo que se lleva, lo que ninguna persona puede quitarle, y lo que le servirá en el otro mundo más aún que en éste; de él depende el ser más rico cuando se va que cuando llega, porque de lo que haya adquirido en bien, depende su posición futura. Cuando un hombre va a un país lejano, arregla su pacotilla de los objetos que tienen salida en el país; pero no se carga con aquellos que le serían inútiles.

    Haced, pues, lo mismo para la vida futura, y haced provisión de todo lo que podrá serviros.

    Al viajero que llega a una posada, se le da buena habitación si puede pagarla; al que tiene poca cosa, se le da una menos cómoda; en cuanto al que no tiene nada, duerme en la paja. Esto sucede al hombre: cuando llega al mundo de los espíritus, su colocación está subordinada a su haber, pero no se paga con oro. Nadie le preguntará ¿Cuánto teníais en la tierra? ¿Qué rango ocupábais? ¿Eráis príncipe o artesano? Pero se le preguntará: ¿Con qué volvéis? No se le tomará cuenta del valor de sus bienes ni de sus títulos, sino del número de sus virtudes; pues con esta cuenta, el artesano puede ser más rico que el príncipe. En vano alegará que antes de su partida ha pagado su entrada con oro, pues se le dirá: Aquí no se compran los puestos sino que se ganan con el bien que se ha hecho:

    Con la moneda terrestre podéis haber comprado campos, casas, palacios; pero aquí se paga todo con las cualidades del corazón. ¿Sois ricos de estas cualidades? Sed bienvenido, y podéis ir a la primera clase en donde os esperan todas las felicidades; ¿Sois pobre de ellas? Id a la última en la que seréis tratado en razón de vuestro haber. (Pascal, Génova, 1860.)

    Los bienes de la Tierra pertenecen a Dios que los da según su voluntad, no siendo el hombre más que un usufructuario, el administrador más o menos íntegro e inteligente. Vale tan poco la propiedad individual del hombre, que Dios burla a menudo todas las previsiones, y la fortuna escapa al que cree poseerla con los mejores títulos.

    Puede que digáis que así se comprende en cuanto a la fortuna hereditaria, pero que no es lo mismo con la que uno adquiere por su trabajo. Sin ninguna duda que si hay una fortuna legítima, es la que se adquiere honrosamente, porque una propiedad "no se adquiere legítimamente sino cuando para poseerla no se ha hecho daño a nadie". Se pedirá cuenta a un maravedí mal adquirido en perjuicio de otro. Pero de que un hombre deba su fortuna a sí mismo, ¿se sigue que pueda llevarse más cuando muere? Los cuidados que toma para transmitirla a sus descendientes, ¿no son superfluos muchas veces? Porque si Dios no quiere que hereden, nada podrá prevalecer contra su voluntad.

    ¿Puede, acaso, usar y abusar impunemente de ella durante su vida sin tener que dar cuenta? No permitiéndole adquirirla, Dios ha podido recompensarle durante esta vida sus esfuerzos, su valor, su perseveran-cia; pero si sólo la hace servir para satisfacción de sus sentidos o de su orgullo, si viene a ser una causa de pecado entre sus manos, más le hubiera valido no poseerla; pierde por un lado lo que ha ganado por otro, anulando el mérito de su trabajo; y cuando deje la tierra, Dios le dirá que ya recibió su recompensa.
    (M., Espíritu protector, Bruxelles, 1861.)


    - Empleo de la fortuna

    No podéis servir a Dios y a las riquezas; acordáos bien de esto, vosotros a quienes domina el amor del oro, que venderíais el alma para poseer tesoros porque pueden elevaros sobre los demás hombres y daros los goces de las pasiones; no, ¡vosotros no podéis servir a Dios y a las riquezas! Si, pues, sentís vuestra alma dominada por la codicia de la carne, dáos prisa a sacudir el yuyo que os abruma, porque Dios, justo y severo os dirá "¿Qué has hecho ecónomo infiel, de los bienes que te he confiado? Este poderoso móvil de las buenas obras, sólo lo has hecho servir para tu satisfacción personal".

    ¿Cuál es, pues, el mejor empleo de la fortuna? Buscad en esas palabras: "Amaos los unos a los otros", la solución de este problema; ahí está el secreto para emplear bien las riquezas. El que está animado del amor al prójimo tiene trazada su línea de conducta, pues el empleo agradable a Dios, es la caridad; no esa caridad fría y egoísta que consiste en repartir a su alrededor lo superfluo de una existencia dorada, sino esa caridad llena de amor que busca a la desgracia y la levanta sin humillarla. Rico, dá de tu superfluo; haz más aún: dá un poco de lo que te es necesario, porque esto aun es superfluo, pero dá con prudencia. No rechaces el llanto por temor de ser engañado; busca el origen del mal; consuela primero, infórmate después y mira si el trabajo, los consejos, el mismo afecto, serán más eficaces que la limosna. Difunde a tu alrededor., con la caridad, el amor a Dios, el amor al trabajo, el amor al prójimo.

    Coloca tus riquezas en un fondo que nunca te faltará y te dará grandes intereses: las buenas obras. La riqueza de la inteligencia debe servirte tanto como la del oro; difunde a tu alrededor los tesoros de la instrucción, y esparce entre tus hermanos los tesoros de tu amor y ellos fructificarán. (Chéverus. Bordeaux, 1861).

    Cuando considero cuán breve es la vida, me afecto dolorosamente por vuestra incesante preocupación, cuyo objeto es vuestro bienestar material; mientras que dais tan poca importancia y consagráis poco o ningún tiempo a vuestro perfeccionamiento moral, que debe aseguraros una eternidad. Se creería, al ver la actividad que desplegáis, que se trata de una cuestión del más alto interés para la humanidad, mientras que casi siempre se trata sólo de poneros en disposición de satisfacer necesidades exageradas: la vanidad ha de entregaros a excesos. ¡Qué penas, qué cuidados, qué tormentos no os dais, qué noches sin sueño, para aumentar una fortuna a menudo más que suficiente! Para colmo de vuestra ceguedad, no es raro ver a los que tienen un amor inmoderado a la fortuna y a los goces que procura, suietos a un trabajo penoso, valerse de una existencia llamada de sacrificios y de méritos, como si trabajasen para los otros y no para ellos mismos.

    ¡Insensatos! vosotros creéis realmente que os serán tomados en cuenta los cuidados y los esfuerzos cuyo móvil son el egoísmo, la ambición o el orgullo, mientras que descuidáis vuestro porvenir, lo mismo que los deberes que la solidaridad fraternal impone a todos los que gozan de la ventaja de la vida social. Vosotros sólo os habéis acordado de vuestro cuerpo; su bienestar y sus goces eran el último objeto de vuestra solicitud egoísta; por el que muere habéis descuidado vuestro espíritu, que vivirá siempre. Ese señor tan querido y acariciado se ha vuelto vuestro tirano; manda a vuestro espíritu, que se ha hecho ya su esclavo. ¿Era este el objeto de la existencia que Dios os había dado? (Un espíritu protector. Cracovia, 1861.)

    Siendo el hombre el depositario, el gerente de los bienes que Dios pone en sus manos, se le pedirá una cuenta severa del empleo que haya hecho de ellos, en virtud de su libre albedrío. El mal uso consiste en hacerlos sólo servir para su satisfacción personal; al contrario, el uso es bueno siempre que resulta un bien cualquiera para otro; el mérito es proporcionado al sacrificio que uno se impone. La beneficencia sólo es un modo de emplear la fortuna; consuela la miseria actual, apacigua el hambre, guarda del frío y da un asilo a aquél que no lo tiene; pero un deber también imperioso y meritorio consiste en precaver la miseria; ésta es, sobre todo, la misión de las grandes fortunas, por los trabajos de todas clases que pueden hacer ejecutar, y aun cuando redundase en su provecho legítimo, no existiría menos el bien porque el trabajo desarrolla la inteligencia y eleva la dignidad del hombre, siempre ávido de poder decir que gana el pan que come, mientras que la limosna humilla y degrada.

    La fortuna concentrada en una mano debe ser como un manantial de agua viva que esparce la fecundidad y el bienestar a su alrededor. ¡Oh, vosotros, ricos, si la empleáis según las miras del Señor, vuestro corazón será el primero que apagará su sed en este benéfico manantial de beneficencia; vosotros tendréis en la vida los inefables goces del alma, en vez de los goces materiales del egoísta que dejan el vacío en el corazón! Vuestro nombre será bendecido en la tierra, y cuando la dejéis el soberano Señor os dirigirá la palabra de la parábola de los talentos: "Oh, buen fiel servidor, participad de los goces de vuestro Señor". En esta parábola, el servidor que esconde en la tierra el oro que le ha sido confiado, ¿no es, acaso, la imagen de los avaros entre cuyas manos la fortuna es improductiva?

    Aun cuando Jesús habla de las limosnas, es porque en aquel tiempo y en aquel país en que vivía, no se conocían los trabajos que las artes y la industria han creado después, y en las cuales puede ser la fortuna empleada útilmente para el bien general. A todos aquellos que pueden dar poco o mucho, les diré pues: Haced limosna cuando sea necesario, pero tanto como sea posible, convertidla en salario, a fin de que el que la reciba no se avergüence. (Fenelón, Argel, 1860.)


    - Desprendimiento de los bienes terrestres

    Vengo, hermanos míos y amigos, a traeros mi óbolo para ayudaros a marchar con valor por el camino del mejoramiento en que habéis entrado. Nosotros nos debemos unos a otros; sólo por una unión sincera y fraternal entre espíritus y encarnados es posible la regencración.

    Vuestro amor a los bienes terrestres es una de las mayores trabas para vuestro adelantamiento moral y espiritual, y por esta pasión de poseer rompéis vuestras facultades amadoras, concentrándolas todas en las cosas materiales. Sed sinceros. ¿La fortuna da, por ventura, una felicidad inalterable? Cuando vuestras arcas están llenas, ¿no hay siempre un vacio en vuestro corazón? En el fondo de este cesto de flores, ¿no hay siempre un reptil oculto? Comprendo que el hombre que por un trabajo asiduo y honroso ha ganado la fortuna, experimente una satisfacción muy justa, sin embargo; pero de esta satisfacción muy natural y que Dios aprueba, hasta una pasión que absorbe todos los otros sentimientos y paraliza los impulsos del corazón, hay mucha distancia, tanta distancia como de la sórdida avaricia a la prodigalidad exagerada; dos vicios entre los cuales Dios ha colocado la caridad, santa y saludable virtud, que enseña al rico a dar sin ostentación para que el pobre reciba sin bajeza.

    Ya venga la fortuna de vuestra familia, ya la hayáis ganado con vuestro trabajo, hay una cosa que nunca debéis olvidar, y es que todo viene de Dios y todo vuelve a Dios. Nada os pertenece en la tierra, ni siquiera vuestro propio cuerpo; la muerte os despoja de él como de todos los bienes materiales; vosotros sois depositarios y no propietarios; no os engañéis acerca de esto; Dios os ha prestado y debéis volvérselo, y lo que os presta es con la condición de que al menos lo superfluo ha de ir a parar a los que no tienen lo necesario.

    Uno de vuestros amigos os presta una suma; por poco que seáis honrados procuraréis devolvérsela y le quedaréis agradecido. ¡Pues bien! esta es la posición de todo hombre rico; Dios es el amigo celeste que le ha prestado la riqueza; El sólo pide el amor y el reconocimiento; pero exige que a su vez el rico dé a los pobres, que son sus hijos, con el mismo título que El.

    El bien que Dios os ha confiado excita en vuestros corazones una ardiente y loca codicia; ¿habéis reflexionado, cuando os apasionáis sin moderación a una fortuna perecedera y pasajera como vosotros, que vendrá día en que deberéis dar cuenta al Señor de lo que recibís de El? ¿Olvidáis que por la riqueza estáis revestidos del carácter sagrado de ministros de la caridad en la tierra para ser dispensadores inteligentes?

    ¿Quiénes sois, pues, vosotros, que usáis sólo en provecho vuestro lo que se os ha confiado, sino depositarios infieles? ¿Qué resulta de este olvido voluntario de vúestros deberes? La muerte inflexible e inexorable viene a romper el velo bajo el cual os ocultáis, y os fuerza a dar vuestras cuentas al mismo amigo que os había obligado, y que en este momento para vosotros toma el carácter de juez.

    En vano procuráis haceros ilusión en la tierra, dando el colorido de virtud a lo que muchas veces sólo es egoísmo; llamando economía y previsión a lo que sólo es ambición y avaricia; o generosidad a lo que sólo es prodigalidad en provecho vuestro.

    Un padre de familia, por ejemplo, se abstendrá de hacer caridad, economizará, amontonará oro sobre oro, y esto, dice, para dejar a sus hijos lo mejor posible y evitarles el que sucumban en la miseria; es muy justo y paternal, convengo en ello, y no puede vituperársele por esto; pero, ¿es éste siempre el sólo móvil que le guía? ¿No es muchas veces un compromiso con su conciencia para justificar a sus propios ojos y a los ojos del mundo su apego personal a los bienes terrestres? Sin embargo, admitido que el amor paternal sea el único móvil, ¿es éste un motivo para olvidar a los hermanos ante Dios?

    Cuando aquél tiene lo superfluo, ¿dejará a los hijos en la miseria porque tendrán un poco menos de este superfluo? ¿No es esto darles una lección de egoísmo y endurecer su corazón? ¿No es ahogar en ellos el amor al prójimo?

    Padres y madres, estáis en un grande error si creéis por esto aumentar el afecto de vuestros hijos para con vosotros; enseñándoles a ser egoístas para los otros les enseñáis a serlo con vosotros mismos.

    Cuando un hombre ha trabajado mucho y con el sudor de su frente ha acumulado bienes, le oiréis decir a menudo que cuando el dinero se ha ganado se conoce mejor su valor; no hay verdad más grande. Pues bien: que este hombre que confiesa conocer tod0 el valor del dinero, haga caridad según sus medios, y tendrá más mérito que aquel que, nacido en la abundancia, ignora las rudas fatigas del trabajo. Pero si este hombre que recuerda sus penas, sus trabajos, es egoísta y duro para los pobres, es mucho más culpable que los otros; porque cuando más se conocen los dolores ocultos de la miseria, tanto más debemos dedicarnos a consolar a los demás.

    Desgraciadamente hay siempre en el hombre que posee, un sentimiento tan fuerte como el apego a la fortuna: el orgullo. No es raro ver al hombre que ha medrado aturdir al desgraciado que implora su asistencia con la narración de sus trabajos y de su saber, en vez de acudir a su socorro y decirle: "Haced lo que yo he hecho". Según él, la bondad de Dios no ha intervenido para nada en su fortuna; sólo atribuye el mérito a sí mismo; su orgullo pone una venda a sus ojos y un tapón a sus oídos; no comprende que con toda su inteligencia y su destreza, Dios puede confundirle con una sola palabra.

    Despilfarrar su fortuna no es el desprendimiento de los bienes terrestres, sino el descuido y la indiferencia; el hombre depositario de esos bienes no tiene más derecho de disiparlos que de emplearlos en su solo provecho; la prodigalidad no es la generosidad, sino muchas veces una forma del egoísmo; tal habrá que eche el oro a manos llenas para satisfacer su capricho, y no daría un escudo para hacer un servicio. El desprendimiento de los bienes terrestres consiste en apreciar la fortuna en su justo valor, en saber servirse de ella para los otros y no sólo para sí, en no sacrificar a ella los intereses de la vida futura, en perderla sin murmurar, si le place a Dios el quitársela. Si por reveses imprevistos venís a ser otro Job, decid como él: "Señor, vos me la dísteis, vos me la habéis quitado que se haga vuestra voluntad". Este es el verdadero desprendimiento.

    En primer lugar sed sumisos; tened fe en Aquél que habiéndoosla dado y quitado, puede volvérosla; resistid con valor el abatimiento y la desesperación que paralizan vuestras fuerzas; no olvídéis jamás que Dios os castigará y que al lado de la mayor prueba coloca siempre un consuelo. Pero pensad, sobre todo, que hay bienes infinitamente más preciosos que los de la tierra, y este pensamiento os ayudará a desprenderos de estos últimos. El poco valor que se da a una cosa hace que sea menos sensible su pérdida. El hombre que tiene apego a los bienes de la Tierra es como el niño que sólo ve el momento presente; el que no hace caso de ellos es como el adulto que ve las cosas más importantes, porque comprende estas palabras proféticas del Salvador: "Mi reino no es de este mundo".

    El Señor no ordena que uno se despoje de lo que posee para reducirse a una mendicidad voluntaria porque entonces vendría a ser una carga para la sociedad; obrar de este modo sería comprender mal el desprendimiento de los bienes terrestres; es un egoísmo por otro estilo, porque es descargarse de la responsabilidad que la fortuna hace pesar sobre el que la posee. Dios la da a quien mejor le parece para administrarla en provecho de todos; el rico tiene, pues, una misión, misión que puede hacer agradable y provechosa para él; desechar la fortuna cuando Dios se la da, es también renunciar al beneficio del bien que puede hacerse administrándola con prudencia. Saber pasar sin ella cuando no se tiene, saberia emplear útilmente cuando se tiene, saberla sacrificar cuando es necesario, es obrar según las miras del Señor. Aquél a quien Dios le conceda lo que en el mundo se llama una buena fortuna, exclame: ¡Dios mio, vos me enviáis una nueva carga; dadme fuerza para cumplirla según vuestra santa voluntad!

    Así es, amigos míos, como yo intento enseñaros el desprendimiento de los bienes terrestres; por lo tanto os diré: Sabed contentaros con poco. Si sois pobres, no envidiéis a los ricos porque la fortuna no es necesaria para la felicidad; si sois ricos, no olvidéis que estos bienes se os han confiado y que deberéis justificar su empleo como en una cuenta de tutela.

    No seáis depositarios infieles haciéndolos servir para la satisfacción de vustro orgullo y de vuestra sensualidad; no os creáis con el derecho de disponer únicamente para vosotros de lo que sólo es un préstamo y no un don. Si no sabéis devolver, no tenéis el derecho de pedir, y acordáos que el que da a los pobres paga la deuda que ha contraído con Dios. (Lacordaire. Constantina, 1863.)

    "El principio en virtud del cual el hombre es sólo el depositario de la fortuna de la cual Dios le permite gozar durante su vida, ¿le quita el derecho de transmitirla a sus descendientes?"

    El hombre puede transmitir perfectamente, después de su muerte, aquello que ha usufructuado durante su vida, porque el efecto de este derecho está siempre subordinado a la voluntad de Dios, que puede, cuando quiere, impedir a sus descendientes gozar de él; este es el motivo porque se ven destruir las fortunas que parecen más sólidas. La voluntad del hombre para sostener su fortuna en su línea es, pues, impotente; lo que no le quita el derecho de transmitir el préstamo que ha recibido, puesto que Dios se lo quitará cuando lo crea conveniente. (San Luis. París, 1860.)




    Extracto de: ALLAN KARDEC
    El Evangelio Segun El Espiritismo.



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