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    Annie Besant
    Las formas del pensamiento.


    * DE LAS DIFICULTADES QUE OFRECE LA REPRODUCCIÓN DE LAS FORMAS DE PENSAMIENTO

    A menudo habréis oído decir que los pensamientos son cosas reales, y muchos de entre nosotros estamos persuadidos de la verdad de tal aserción. Sin embargo, pocos son los que se forman una idea clara de lo que puede ser un pensamiento; por lo tanto, estOs textos tienen por objeto ayudar a dilucidar este problema. Una seria dificultad se nos presenta, y ésta se deriva de la manera como nosotros comprendemos el espacio. En realidad, no lo vemos sino bajo tres dimensiones, y las limitamos a dos cuando tratamos de dibujar. En efecto, la representación misma de los objetos de tres dimensiones es forzosamente inexacta, pues dificilmente podemos reproducir con exactitud una línea o un ángulo. Si nuestro croquis representa la perspectiva. de un camino, el primer término debe ser mucho más ancho que largo, aunque en realidad la dimensión sea igual en los dos sentidos.

    Si el modelo que tenemos ante nosotros es una casa, los ángulos rectos que la limitan se convierten en ángulos agudos u obtusos según el punto de vista del observador, y en el dibujo se hace aún más marcada esta diferencia. En realidad, dibujamos las cosas no como son, sino según el aspecto que tienen para nosotros: el artista se esfuerza, en efecto, en producir la ilusión de las tres dimensiones disponiendo hábil mente las líneas en una superficie plana, que no tiene sino dos.

    Sucede así porque aquellos que miran los cuadros o pinturas se encuentran ya familiarizados con objetos semejantes a los que representan, y están prontos a aceptar la idea que éstos les sugieren. Una persona que no hubiese visto jamás un árbol no -podría formarse idea alguna del mismo aunque tuviese ante sí una imagen perfecta. Si a esta dificultad añadimos otra más seria aún, esto es, nuestra limitada conciencia, y si suponemos que enseñamos esta pintura a una persona que no conozca sino dos dimensiones del espacio, nos daremos cuenta de la absoluta imposibilidad de hacerle comprender el paisaje que representa nuestro cuadro. Tal es el obstáculo que encontramos en el camino, y el caso es más grave, puesto que tratamos de representar una forma de pensamiento. La gran mayoría de los que miran la imagen no tienen sino la noción de tres dimensiones, aun más: no tienen la más pequeña idea del mundo interno en el que las formas de pensamiento aparecen con toda la espléndida luz y la variedad de sus colores.

    Lo más que podemos hacer, es representar una serie de formas de pensamiento, y aun todos aquellos a quienes sus facultades les permiten ver las formas de pensamiento mismas tendrán una decepción, pues verán ante sí una reproducción incompleta. Por lo tanto, aquellos que actualmente se ven en la imposibilidad de ver nada, tendrán de este modo una idea aproximada de lo que son las formas de pensamiento y sacarán un provecho real y positivo.

    Todos los estudiantes saben que lo que se llama el aura del hombre es la parte externa de la sustancia etérea de sus cuerpos superiores, de aquella sustancia que los compenetra y trasciende en mucho los límites de su cuerpo físico, el más pequeño de todos. También saben que dos de nuestros cuerpos, el mental y el de deseos, son los que tienen más particularmente que ver con lo que llamamos formas de pensamiento. Pero para que este estudio sea fácil de comprender, aun para aquellos que no tienen la práctica de las enseñanzas teosóficas, es necesario que recapitulemos los elementos de esta cuestión.

    El hombre verdadero, el Pensador, está envuelto en un cuerpo compuesto de innumerables combinaciones de la materia sutil del plano mental; este cuerpo es más o menos perfecto, más o menos organizado para las funciones que ha de desempeñar, según el grado de desarrollo alcanzado por el hombre. El cuerpo mental es un organismo de maravillosa belleza; la finura y plasticidad de las partes que lo constituyen le dan la apariencia de una luz viviente, y mientras más desarrollada es la inteligencia, en un sentido puro y desinteresado, más gana en esplendor y hermosura.

    Todo pensamiento da origen a una serie de vibraciones que en el mismo momento actúan en la materia del cuerpo mental; una espléndida gama de colores lo acompaña, comparable a las reverberaciones del sol en las burbujas que forma un salto de agua, pero con una intensidad mil veces mayor. Bajo este impulso, el cuerpo mental proyecta al exterior una porción vibrante de sí mismo, que toma una forma determinada por la misma naturaleza de estas vibraciones. De igual modo que en un disco cubierto de arena se forman ciertas figuras bajo la influencia de una nota de determinada música, en esta operación se produce una especie de atracción de la materia elemental del mundo mental, materia de una naturaleza particularmente sutil. De este modo tenemos una forma de pensamiento pura y simple, una entidad viviente, de una actividad intensa, creada por la idea que le dio nacimiento.

    Si esta forma es constituida por la materia más sutil, será tan poderosa como enérgica, y podrá, bajo la dirección de una voluntad tranquila y firme, desempeñar un papel de alta trascendencia. Más adelante daremos detalles acerca de esta determinada acción.

    Cuando la energía del hombre es dirigida al exterior, hacia los objetos deseados por éste, o es empleada en actos de emoción o de pasión, esta energía tiene entonces por campo de acción una clase de materia mucho menos sutil que la del plano mental: la materia del mundo astral.

    Lo que se llama cuerpo de deseos está compuesto de esta materia más densa, y es ella la que, en el hombre poco desarrollado aún, constituye la mayor parte de su aura. Cuando el hombre es de un tipo grosero, el cuerpo de deseos está formado de la materia más densa del plano astral, es opaco, los colores oscuros, y los diferentes tonos del verde y del rojo, empañados o sucios, desempeñan el papel más importante. Según la clase de pasión que se manifiesta, la voluntad hace brillar sucesivamente los colores característicos. Un hombre elevado, por el contrario, tiene un cuerpo de deseos compuesto de las clases más sutiles de materia astral; los colores son brillantes y puros tanto en lo exterior como interiormente. Este cuerpo es menos sutil, menos luminoso que el cuerpo mental; pero, sin embargo, su conjunto es espléndido, ya medida que el egoísmo se elimina, todos los tonos sombríos y oscuros desaparecen con él.

    El cuerpo astral -o cuerpo de deseos- da origen a una segunda clase de entidades, semejantes en su constitución general a las formas de pensamiento que acabamos de describir, pero cuya existencia se encuentra limitada al plano astral, y no es producida por el alma sino cuando está bajo la influencia de la naturaleza inferior.

    Estas formas son debidas a la actividad del manas inferior al exteriorizarse a través del cuerpo astral, como dice nuestra terminología teosófica. Son producidas por la inteligencia dominada por el deseo. En este caso, las vibraciones se establecen en el cuerpo de deseos o cuerpo astral, y bajo su influencia, este cuerpo proyecta al exterior una porción vibratoria de sí mismo, cuya forma es determinada, como en el caso precedente, por la naturaleza misma de las vibraciones; entonces se produce la atracción de la esencia elemental correspondiente al mundo astral.

    Una forma de pensamiento de esta especie tiene por envoltura, pues, la esencia elemental, y por centro, el deseo o pasión que la ha engendrado. El poder de la forma de pensamiento dependerá de la cantidad de energía mental que se haya unido a este elemental de pasión o de deseo. Estas formas, lo mismo que las pertenecientes al plano mental, son llamadas elementales artificiales, y generalmente son las más comunes, pues en el hombre vulgar se hallan muy pocos pensamientos que no estén manchados por el deseo, por la pasión o la emoción.


    * EL DOBLE EFECTO DE LOS PENSAMIENTOS

    Cada pensamiento bien definido produce un efecto doble: una vibrante radiación y una forma susceptible de flotar en el aire. El pensamiento, hablando con propiedad, se aparece en un principio al clarividente como una vibración en el cuerpo mental, el cual puede manifestarse bajo una forma compleja o bajo una forma simple. Si el pensamiento es perfectamente simple, no se ha puesto en actividad más que una clase de vibración, y, por lo tanto, sólo una clase de materia mental será notablemente modificada. El cuerpo mental está compuesto, en efecto, de materia en diferentes grados de densidad, que dividimos generalmente en "clases" correspondientes a los diversos subplanos. Cada uno de estos últimos se separa en muchas subdivisiones, y si las estudiamos clasificándolas, según sea su densidad, en diferentes divisiones horizontales situadas las unas encima de las otras, podremos, para distinguir mejor sus diferentes cualidades, clasificarlas por medio de líneas perpendiculares cortándolas en ángulos rectos.

    Existen, pues, numerosas variedades de materia mental, y se ha encontrado que cada una de ellas tenía su modo especial y bien definido de vibración, al que parecía más habituada, de suerte que respondía en forma automática y tendía naturalmente a reproducir las mismas vibraciones cuando habían cesado por un pensamiento o una sensación marcadamente fuerte en otro sentido.

    Pongamos un ejemplo: cuando un hombre se halla de pronto bajo la impresión de una emoción, su cuerpo astral es agitado con violencia y sus colores habituales se ven momentáneamente casi oscurecidos por una oleada carmesí, azul o escarlata, correspondiente al grado vibratorio de la emoción particular. Este cambio es momentáneo, no dura más que algunos segundos; y rápidamente vuelve el cuerpo astral a tomar su común aspecto. Por lo tanto, cada emoción súbita produce un efecto permanente: añade siempre algo de su propio color al matiz normal del cuerpo astral, de suerte que cada vez que el hombre cede a una emoción determinada se hace más fácil para él ceder de nuevo, pues su cuerpo astral toma entonces la costumbre de vibrar de una manera análoga.

    Sin embargo, la mayor parte de los pensamientos humanos están lejos de ser simples. La afección absolutamente pura existe en verdad, pero la encontramos muy a menudo matizada de orgullo o de egoísmo, de celos o de una pasión casi animal. Esto significa que dos vibraciones claramente separadas -y algunas veces más de dos- aparecen a la vez en el cuerpo mental y en el cuerpo astral. La radiante vibración será, pues, compleja, y la forma de pensamiento que resulte será de muchos colores en vez de uno solo.


    * CÓMO SE PRODUCEN LAS VIBRACIONES

    Las radiantes vibraciones de que acabamos de hablar, como las vibraciones de toda la naturaleza, se debilitan a medida que se alejan del centro que las ha producido; por lo tanto, es probable que este poder varíe en razón del cubo más bien que del cuadrado de las distancias, a causa de la intervención de una nueva dimensión. Estas vibraciones, al igual que las demás, tienden a reproducirse siempre que la ocasión es favorable, y cuando actúan en otro cuerpo mental tienen una tendencia inmediata a ponerlo a su propio ritmo. Esto quiere decir que en el hombre cuyo cuerpo mental es afectado por esas ondas, las vibraciones tienden a producir en su mente pensamientos del mismo carácter que las ya formadas anteriormente por la mente del pensador que emitió la onda primitiva. La distancia a que las corrientes del pensamiento actúen, la fuerza y el poder con que penetran en la mente de otra persona, dependen de la fuerza y de la nitidez del pensamiento original.

    Siendo así, el pensador puede ser comparado a uno que esté perorando. Su voz, en efecto, pone en movimiento ondas sonoras que, partiendo de él en todas direcciones, llevan su palabra a los que están a distancia. Si esta voz es potente y si la locución es clara, la distancia recorrida por esta onda puede ser grande. Lo mismo ocurre con un pensamiento enérgico, el cual va mucho más lejos que un pensamiento débil y poco definido; pero en estos casos la fuerza es menos importante que la claridad y la precisión. Por último, del mismo modo que la voz del orador llega a menudo a oídos inatentos, asimismo cuando los hombres están distraídos en sus placeres u otros cuidados, una corriente de pensamiento podrá rozarlos sin que la perciban.

    Esta radiante vibración lleva consigo el carácter del pensamiento que la anima, mas no el sujeto de este pensamiento. Un indo, en su meditación, piensa en Krishna; la oleada de pensamiento que emanará de él despertará pensamientos de devoción en todos aquellos a quienes alcance; un mahometano adorará a Alá; un zoroastriano, a Auramazda; un cristiano, a Jesús. Un hombre que piense enérgicamente en cosas elevadas emitirá vibraciones que levantarán el pensamiento de los demás a su mismo nivel, pero sin que en ellos se reproduzca la misma imagen que ocupara su mente. Estas vibraciones influyen naturalmente con una fuerza mayor en las personas habituadas ya a vibraciones similares; no obstante, ejercen también su acción en los cuerpos mentales con que se ponen en contacto, de suerte que su tendencia es despertar el poder del pensamiento superior en aquellos en quienes aún permanece pasivo. Es evidente, pues, que todo hombre que piensa en cosas elevadas hace un trabajo de propaganda, sin saberlo.




    Extracto de FORMAS DE PENSAMIENTO
    Annie Besant y Charles W. Leadbeater



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