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    Annie Besant
    El progreso futuro de la Humanidad. I


    FUTUROS METODOS ClENTÍFICOS

    Hasta ahora hemos indicado el progreso del individuo, demostrando cómo el hombre atento a su porvenir puede alzarse paso a paso desde la vida del mundo a la del discípulo, y cómo le es posible anticiparse al progreso de la humanidad efectuando en unos cuantos años lo que la raza cumplirá en indecibles milenios. Pero ahora vamos a trazar el progreso de la humanidad en el transcurso de los siglos, exponiendo brevemente las grandes etapas del progreso humano, considerada la humanidad en conjunto. Así es que echaremos una rápida ojeada sobre la evolución, para ver no sólo el pasado desde donde llegamos al presente, sino el porvenir que colectivamente nos aguarda. Me propongo tratar del progreso de las naciones y del desenvolvimiento de la humanidad a que ahora pertenecemos.

    Más para dar esta ojeada a vista de pájaro, casi me atrevería a deciros que subáis conmigo al vehículo de Vishnú, la potente ave Garuda, y atravesando la atmósfera de innumerables edades, posemos la vista en los panoramas que encontremos en nuestro vuelo. Me parece que todos quedaremos sin aliento después del viaje. Sin embargo, en cierto modo me será a mí más fácil que a vosotros, porque a causa de haber pensado muy a menudo en este asunto me es ya familiar, mientras que a muchos de vosotros les parecerá algo extraño el terreno, y nuevo en sus pormenores el concepto teosófico de la evolución. Pero forzoso es pasar rápidamente de uno a otro punto sin dilucidarlos, y así tal vez os evite, por la rapidez de la exposición, muchas dificultades que suscitaría la completa y pormenorizada explicación del conjunto.

    Con todo, permitidme deciros que acaso me equivoque en algunos pormenores y puntos subalternos de esta vasta descripción; pero es fiel el bosquejo del conjunto, porque no lo trazo yo, sino que viene trazado de otra parte, y aunque la insuficiencia de quien os lo muestra pueda ocasionar algún error en los detalles, tened absoluta confianza en la fundamental exactitud del diseño. A la vista de los Grandes Seres que fueron sus primitivos instructores, gobernantes y guías, el hombre no es tal como hoy aparece, pues no ha llegado a ser lo que debe ser y será algún día. No quiero decir con esto que colectivamente haya sido insatisfactorio su progreso. Por el contrario, el punto a que la humanidad ha llegado en su evolución, rodeada de dificultades y sufrimientos. es bastante satisfactorio si lo miramos desde un elevado punto de vista, considerando el tiempo, corto según los cómputos divinos, aunque largo según los años terrenos, que tiene tras sí en su evolución.

    Seguramente que el hombre actual no es tal como lo conciben quienes proyectaron su peregrinación ni según lo ven en su mente los que le impelieron a la evolución. Recorrió la humanidad el arco descendente, ha transpuesto el ínfimo punto de conversión y se extiende ante sus pasos una empinada cuesta a cuyo término la perfecta y gloriosa humanidad, muy distinta de la de hoy, será tal como la concibió el divino pensamiento. Necesario es tener en cuenta que el universo comprende siete grandes y distintas regiones o planos. surgidos de la mente divina de dentro afuera o de arriba abajo, según la frase que prefiráis. Cada plano está constituido por distintas modalidades de la única esencia, el paramatma de que todos proceden. Al enfundirse el divino pensamiento y tomar forma por la divina voluntad en el manifestado universo, se fue constituyendo cada plano caracterizado por la diferente densidad de su materia constituyente y el número de envolturas en que estaba velada la primaria energía.

    Así es que en términos generales podemos concebir el universo como un grandioso sistema solar en que el sol representa al Logos que lo formó, y cada orbe representa un plano del universo. Los planos interiores serían los de materia más sutil y de energía menos aprisionada; los exteriores serían los de materia más densa y energía más aprisionada por la densidad de la materia que la envuelve. Además, conviene advertir que cada una de estas regiones o planos tiene sus habitantes y que la evolución va primero del centro a la circunferencia y después regresa de la circunferencia al centro. Cuando el Gran Aliento espira y la materia aparece en existencia cada vez más densificada, llega un punto en que la materia alcanza el máximo de densidad y la energía el máximo de flaqueza.

    En este punto la forma tiene su mayor rigidez y la vida su mayor ocultación, por lo que será un proceso en que la materia se vaya densificando y la forma aumente en rigidez mientras que la vida estará cada vez más velada en esta manifestación. Por otra parte, cuando el Gran Aliento inspira, retrayendo hacia el centro su creadora actividad, la materia se va sutilizando y la vida está menos velada, hasta que finalmente el Gran Aliento cosecha del manifestado universo todas las experiencias adquiridas en los mundos. La humanidad, objeto y resultado de este proceso evolutivo, será divina y estará dispuesta a superiores etapas de adelanto. Observando el curso de la evolución, echamos de ver que los habitantes de los planos propenden a individualizarse a medida que pasan a formas de más densa materia.

    Así es que si miramos hacia atrás de nosotros, advertimos que la llamada esencia elemental va tomando poco a poco formas cada vez más definidas, porque involuciona por el arco descendente y en consecuencia propende a separarse en formas materiales. Es el proceso del descenso a la materia, mientras que la humanidad evoluciona ahora por el arco ascendente y propende a tomar formas cada vez más sutiles en aspiración a la unidad y a la vida sin velos. Esta ligera explicación os dará idea del universo en conjunto, y comprenderéis que en los planos menos densos que el físico, no sólo está evolucionando y ascendiendo la humanidad, sino que también está involucionando y descendiendo la esencia elemental. El mundo mineral es el punto de conversión, porque en él llega la materia al máximo grado de densidad.

    En el transcurso de la evolución ascendente, los reinos mineral y vegetal del mundo físico ocupan el plano físico y su conciencia no pasa más allá; pero al proseguir la evolución, el reino animal da un paso adelante y ha de vivir en los planos físico y astral. El hombre está destinado por el pensamiento del Logos a ocupar y adueñarse, durante la actual evolución, de cinco de los siete planos del universo, que son el físico, el astral, el mental, el búdico y el nirvánico. El plano mental incluye el svarga del hinduista y el devachán del teósofo; pero también podemos designar más ventajosamente el estado de conciencia mental con el nombre de sushupti, que ahora sólo conocen en la tierra los hombres de mucha experiencia y desarrollo, aunque en el transcurso de la evolución llegará a él la mayoría de la raza humana. Al plano búdico se le llama también el plano de turiya, y al nirvánico, turiya-tita.

    Con esto tenemos cinco distintas regiones o planos del universo que la humanidad está destinada a ocupar en el transcurso de la evolución, en los cuales ha de ir desenvolviendo su conciencia para acabar con éxito feliz su peregrinación. El individuo puede recorrer estas etapas más rápidamente por medio del yoga; pero la colectiva humanidad sólo podrá terminar su evolución en el transcurso de las edades. La mayoría de los hombres, no todos, habrán desplegado su conciencia en los cinco planos y actuarán en ellos antes de que finalice el actual manvantara. El hombre poseerá entonces vehículos a propósito para actuar conscientemente en cada plano. Y al observar al hombre de hoy día, vemos en él la posibilidad de explayar dicha quíntuple vida con los cinco vehículos que le capaciten para habitar en los cinco planos y enseñorearse, cual es su destino, de este manifestado universo.

    Más allá de los cinco planos referidos, se dilatan otros dos, a donde no llegará la mayoría de la humanidad, por lo menos en la actual evolución. Dichos dos planos son para nosotros meros nombres sin definido significado, pues transcienden a cuanto nos cabe imaginar. Se les llama paranirvánico o anupadákico y mahaparanirvánico o ádico, sin que ni soñar podamos lo que sean ambos estados de conciencia. He ahí, pues, los siete planos del universo. La mayoría de la humanidad ha de ocupar y adueñarse de cinco de ellos, y algunos de sus más insignes hijos llegarán a los dos planos superiores pero la masa general de la raza humana terminará su evolución en el quíntuple universo. Esto os dará, tal vez, una insinuación acerca de la controversia suscitada respecto a los números "cinco" y "siete" en la naturaleza. Muchas discusiones ha habido sobre esto, especialmente entre los teósofos y algunos de nuestros hermanos brahmanas, quienes defienden la división quíntuple, mientras que los teósofos insisten en la séptuple.

    Seguramente que la división total es séptuple, y diversos pasajes de los Upanishadas nos hablan de la división del séptuple fuego; pero la actual evolución es de índole quíntuple, simbolizada en los cinco pranas, tan frecuentemente citados en la literatura hinduista. Digo esto de paso, porque muchas discusiones se evitarían si las gentes se comprendieran mutuamente mucho mejor de lo que hoy se comprenden, pues si en vez de contender sobre meras apariencias mirasen debajo de la superficie, encontrarían casi siempre el punto de coincidencia. Repito que me falta tiempo para detenerme en esta cuestión; pero en lo dicho está la clave del enigma relativo al cinco y al siete. La humanidad en conjunto desarrolla cinco vehículos para la quíntuple evolución, mientras que la flor de la humanidad alcanzará los dos planos allende los cinco.

    Estudiando la evolución humana, vemos que las razas primera y segunda se ocupan en la evolución de la forma física y de la naturaleza inferior o animálica, es decir, que desarrollan el cuerpo físico con su doble etéreo y la naturaleza kámica o pasional que hallamos en los animales y también en el hombre. La tercera raza de la humanidad recibió especial ayuda al llegar al promedio de su evolución. Desde luego que el linaje humano hubiera podido progresar sin esta ayuda en el transcurso de las edades; pero la recibida ayuda apresuró enormemente la evolución, de modo que fue. mucho más rápido su progreso. Los grandes Kumaras, que también se llaman Manasaputras o Hijos de la Mente, las primicias de una pretérita evolución, descendieron a la humanidad terrestre a fin de que pudiera apresurar su desenvolvimiento, y emanando una chispa de su peculiar esencia, despertaron el manas o alma individual en el hombre. Esta especial ayuda tuvo por consecuencia un grande aceleramiento de la evolución humana.

    Entonces quedó formado el cuerpo causal (karana sharira) o cuerpo del manas superior, el último de los que posee el reencarnado espíritu, y que perdura de una a otra vida entrojando los resultados de cada una de ellas para transferirlos a la siguiente. Por esto se le llama cuerpo causal, porque en él radican las causas que se resuelven en efectos en el plano físico de la vida terrena. Desde la formación del cuerpo causal dispuso la humanidad de un vehículo, de un receptáculo y depósito donde acopiar las experiencias y conocimientos adquiridos en el mundo físico durante la vida terrena, cuando el ego con su cuerpo causal se proyecta o refleja en los cuerpos inferiores. Al morir el cuerpo físico, el hombre debe asimilarse las cosechadas experiencias y vive entonces sucesivamente en los planos astral y mental, donde infunde en su ser las experiencias y efectos resultantes de la vida terrena. Cada vida física le produce ciertos resultados que se transmutan en potencias y facultades.

    Si, por ejemplo, durante la vida terrena frecuentó el hombre el ejercicio de su mente, esforzándose en aprender y comprender y acumular conocimientos, resultará que en el período transcurrido entre la muerte física y el renacimiento irá transmutando en facultades intelectuales cuantos esfuerzos realizó en la tierra, y al renacer traerá congénitamente consigo las elaboradas facultades. De la propia suerte, sus nobles aspiraciones, sus levantados deseos, sus espirituales anhelos quedarán asimilados definitivamente a su íntima naturaleza durante el intervalo de la muerte al renacimiento, y renacerá en circunstancias favorables a su progreso, trayendo consigo las facultades espirituales que le servirán para mayor adelanto durante aquella nueva vida terrestre.

    Así vemos cuán regulares son las etapas de crecimiento del cuerpo causal o vestidura peculiar del ego, que se proyecta o refleja en los planos inferiores para adquirir y acopiar experiencias que después se lleva consigo al devachan o plano mental, para asimilárselas y transmutarlas en potencias, facultades y aptitudes que infunde definitivamente en su conciencia. Entonces se refleja o proyecta de nuevo en los planos inferiores, enriquecido con los allegados tesoros y manifiesta en otra vida terrena las potencias, facultades y aptitudes que con su esfuerzo ganó en las vidas anteriores. Por lo tanto, progresa lenta, pero incesantemente, el hombre, vida tras vida, teniendo el cuerpo causal por receptáculo de todas sus experiencias cuyo fruto se asimila el ego. Comprendido esto se ve claramente el significado de la frase: "peregrinación del alma", porque en cada vida terrena ha de tener el hombre mayores potencias, facultades y aptitudes mentales, morales y espirituales.

    Tal es el plano de evolución; pero como se prosigue muy imperfectamente, de aquí la enorme longitud del camino de peregrinación, porque el peregrino da muchas vueltas y revueltas, se extravía por vericuetos y se descarría por andurriales en vez de seguir un derecho y ascendente sendero. Por lo enormemente largo del camino, necesita la humanidad millares de milenios para terminar su evolución. Sin embargo, ha de terminarla, porque así lo quiere la divina Voluntad y nada podrá impedirlo por mucho que tarde en llegar a la meta señalada. Prosiguió la evolución en el transcurso de la segunda mitad de la tercera raza hasta llegar a la cuarta, en la que floreció la poderosa civilización atlante cuyo cenit señala la gran subraza tolteca, de la que también dice algo la ciencia occidental.

    Fue una civilización de maravillosas hazañas, pero con el inconveniente de que como el hombre estaba todavía muy abajo del arco ascendente, y por lo tanto profundamente sumergido en la materia, sus facultades mentales eran de índole psíquica. De aquí la necesidad de velarlas durante algún tiempo para que pudiesen desarrollarse las de índole intelectual, facilitando con ello en el porvenir una superior evolución de la humanidad. En consecuencia, la ley cósmica, a la que nada resiste, sumió a la raza atlante en una grandiosa pero muy materializada civilización. Las clases directoras y gobernantes del imperio tolteca contribuyeron deliberadamente a extinguir las facultades psíquicas, pues con egoístas fines las fueron debilitando y entorpeciendo en las clases populares de atrasada evolución, al objeto de que desprovistas de ellas fuesen dóciles instrumentos de sus ambiciones.

    De esta suerte, además de la natural acción de la ley cósmica en la pérdida de las facultades psíquicas, contribuyó artificialmente a ella la acción de los gobernantes toltecas. Esto me mueve a recordaros que nadie puede resistir el formidable empuje de la ley cósmica ni detener la majestuosa marcha de la divina evolución; pero sí es posible que el hombre actúe en pro o en contra de ella. Puede obrar bien o mal. Si reconoce la sabiduría y grandeza de la evolución, a ella cooperará con el cumplimiento de su deber y la sumisión a la divina voluntad; pero también puede utilizar en su personal provecho, con fines egoístas, alguna de las fuerzas de la naturaleza en vez de emplearla en contribuir a la realización de los divinos designios. Cuando el hombre se vale, con fines egoístas, de las fuerzas del universo, engendra un mal karma individual, aunque sin afectar por ello al karma colectivo de la raza.

    Así vemos que el individuo puede malograr su porvenir y hacerse miserable en el exiguo círculo de su personal evolución, aunque esté comprendido en la amplísima esfera de la ley cósmica, y si egoístamente utiliza las fuerzas de la naturaleza, cosechará frutos de árido egoísmo. Por lo tanto, bajo la acción de la gran ley cósmica, puede engendrar el individuo su buen o mal karma. Vale la pena de reflexionar sobre este asunto porque seguramente os descifrará muchos enigmas, entre ellos cómo cabe que sea divina la ley de evolución que impele al hombre hacia adelante, cual si adelantar fuese su fatal destino, cuando el hombre reconoce el relativo albedrío de su voluntad. A esto diremos que cada quién es libre de escoger su propio camino, pero en el inmenso campo de la evolución.

    Los atlantes emplearon las fuerzas de la naturaleza con fines egoístas, y la última consecuencia de su conducta fue la destrucción de la Atlántida y el aniquilamiento de la raza, excepto algunos núcleos de población que, salvados de la catástrofe, quedaron acá y allá, especialmente en el Perú donde dejaron vestigios de su gloriosa civilización. Tanto era su esplendor, que aún en la época de la decadencia, cuando los españoles conquistaron el imperio de los Incas, sorprendióles en extremo la dulzura, afabilidad y candor de las gentes, la sabiduría de los gobernantes, la prosperidad y dicha del país entero. Esta civilización, hollada por las invasoras huestes de los conquistadores, era el postrer destello de la civilización atlante, de aquella civilización tan esplendente en su cenit como espantosa en su caída, que anegaron las olas del Atlántico al engullirlas un tiempo amenas y rientes tierras de la Atlántida.



    Annie Besant - Extracto de EL SENDERO DEL DISCIPULADO



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