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    Ramtha
    Antes de la encarnación física.


    - ANTES DE LA ENCARNACIÓN FÍSICA

    ¿Quién escogió ser Ramtha? Yo. ¿Quién ha escogido ser tú? Tú —como yo— antes de entrar en aquello que se llama el pensamiento coagulado que es la carne, escogiste los patrones genéticos a partir de los cuales evolucionarías en tus procesos de comprender la materia. Cuando estas en un nivel más alto y no has descendido nunca a las frecuencias más bajas, no puedes entender. En la inocencia de tu ser, no tienes conocimiento para entender. Así que no comprendes la totalidad del reino de Dios; simplemente estás allí.

    Yo no creé mi cuerpo. Me dejaron en aquello que se llama el Atrio los Constantes. Esto era —y así fue en verdad— un estante; se llamaba Manto de Terra. En el Manto de Terra, después de que las cinco razas habían descendido sobre este plano, yo fui uno de los que no habían descendído, pero había una gran muchedumbre conmigo, no era inusual, porque, ¿quién iba a querer estar aquí, maestro, cuando la cópula empezó a agitarse y la semilla fértil surgió? ¿Qué alma y espíritu iban a habitar la semilla si Dios se había dividido en dos con el fin de crear—y así fue en verdad— una extensión de sí mismo hacia la creatividad para sus amados hermanos? No se convertiría en el otro hermano que él creó a partir de los dos; no podía. El hijo que se crea a partir de los dos debe tener un alma y espíritu. Los cuerpos se crean con facilidad. Las almas y los espíritus son eternos. Fue a través de un movimiento corporal como yo quise venir a expresarme. ¿Por qué no?

    De muchas maneras yo había sido un dios imprudente, como lo fuimos todos al principio, y así fue en verdad. Utilizamos mal nuestros pensamientos y entendimientos hasta llegar a una competitividad que destruyó un maravilloso lugar. Y yo estaba entre ellos, así como tú estuviste entre ellos. ¿Y por qué deseamos expresarnos en las cosas que creamos? Si no nos expresamos en la realidad, ¿cómo sabemos que ella existe?

    ¿Cómo sabemos que la creatividad de lo que hemos hecho tiene una existencia, si no nos hacemos parte de ella? Y cuando aquello que se llama las razas del hombre estaban floreciendo y fomentando la vida, la cultura y el amor, y la exuberancia de Dios amándose a sí mismo, fue en un orden natural de sucesos —y así fue en verdad— que yo tuve la opción de venir —como la tuvieron todos los del Atrio del Manto—, y yo escogí venir.

    Verás, yo apoyaba a Terra, porque Terra era una esperanza para nosotros. Era hermosa, luminosa, virtuosa, y habíamos aprendido de nuestros errores del pasado. Y yo deseaba Ser partícipe en ella. Pero lo que yo no sabía era que, una vez que reduces las vibraciones a planos inferiores, olvidas los campos superiores, puesto que estás viviendo en los inferiores. Cuando alguien nacido desde el Atrio en este plano olvidaba los superiores, estaba en su instinto. Así como los animales tienen su instinto, el hombre también lo tiene, pero no en memoria completa. El momento en que el espíritu toma en éxtasis la totalidad del cuerpo, el espíritu —y así es en verdad— posee la totalidad de la emoria, pero el ego no la tiene.

    Así que cuando yo nací sobre este plano, nací como un bárbaro ignorante. ¿Cómo podía yo comprender la ignorancia y la separación de las especies; qué era un bárbaro y qué era un rey? ¿Cómo podía yo comprender la diferencia entre esas actitudes? En mi caso, yo no podía definirlas, puesto que no las había vivido. Verás, los elementos superiores nunca juzgan a los inferiores. Solamente los elementos inferiores juzgan a los superiores, porque éstos no tienen la capacidad de comprender al elemento inferior, pues no lo son. ¿Comprendes lo que digo? Antes de entrar yo no entendía que el hombre esclavizaba al hombre. Yo no entendía —y así fue en verdad— un desperdicio llamado vida humana, la privación, la esclavitud. ¿Cómo podía yo comprender esas cosas? Yo no era esas cosas. Y sólo cuando llegué a ser quien era estuve a merced de ser un ignorante, un bárbaro, de ser un perro desalmado e imbécil. Así era como nos trataban.

    ¿Cómo iba yo a saber que eso significaba estar por debajo de la aristocracia llamada Atlantia si no hubiera sido víctima de ellos? Cuando eres un ignorante y no posees el intelecto común de la región, entonces estás viviendo, en verdad, al margen de una sociedad que no te acepta. Porque si lo hacen, les recuerda a ellos quizás su propio fracaso. Al ego no le gusta eso. Al ego alterado no le gusta que le recuerden que está alterado.

    Yo escogí ser Ramtha. Tú escogiste ser tú, a tus padres, el color de tu piel, tu género —que lo determina tu alma—, el lugar donde vives, lo que llamarías una zona geográfica. ¿Correcto? Entonces, tú eres tú. En mi vida yo fui Ramtha, pero ¿cómo me concebía el mundo? Yo sólo era la imagen de mis superiores nunca apreciada por mis inferiores. Y la imagen de mis superiores me otorgó desdeño: rechazado, despreciado, vil y miserable sobre la tierra. Por lo tanto, esa era la imagen que yo tenía de mí mismo. Y no obstante, el linaje que yo había escogido, genéticamente hablando, era grandioso en su conocimiento de los valores invisibles. » se aferraban a ellos y a su tierra natal, que ahora yace debajo del gran mar. Y aquellos peregrinos —y así fue en verdad— se aferraban a un conocimiento que mis superiores no creían a menos que se mostrara como una realidad, lo que vosotros llamaríais máquinas, reinos, poder, orden.

    Escogí mi linaje porque yo provenía de la casta llamada Ramuste; Ram. En ella, la casta se determina colectivamente a partir de la emoción del alma. Y el entendimiento emocional de la casta de la cual yo provenía era el poder para dominar. Había otros que procedían de castas cuya emoción era la creatividad. Ellos crearon las máquinas, el orden, la tiranía, la segregación, el odio. Pero ellos estaban destinados para crear progreso.

    Cuando procedes de una casta, te es claro de cuál. Lo único que tienes que hacer es volver tus ojos hacia dentro para encontrar dónde está tu honor y qué fidelidad tiene. Yo no necesito decírtelo; tú ya lo sabes. Así que yo escogí nacer en lo que tú llamarías Lemuria, Mu, en contra del progreso. Yo no culpé a mi madre porque no tuve padre, ni culpé a mi hermano de que nuestro padre no fuera el mismo, ni culpé a mi madre por nuestra pobreza absoluta. No culpé a aquello que se llama mi Dios por lo que yo abiertamente había escogido ser. Tenéis mucha necesidad de aprender eso, entidades. Pero lo que resultó de una casta de emoción para dominar versus una casta de progreso fue exactamente aquello a lo que llevó: el combate. Combate. ¿Sabes lo que significa el término? No tienes que estar en un gran ejército para conocer el combate. Lo único que necesitas tener es una lengua viperina.


    - LA BATALLA CONTRA EL DIOS DESCONOCIDO

    En mi vida, cuando era un niño pequeño, vi cómo llevaban a mi madre a las calles y le arrebataban su dulzura. Observé en mi vida —y así fue en verdad— el lugar donde vivíamos y el desprecio que me rodeaba. Y observé cuando se apoderaron de mi madre; vi al niño crecer en su vientre y yo sabía quién era. Y vi a mi madre llorar. ¿Por qué? Eso era muy obvio. ¿Habría otro hermano pequeño en la calle para sufrir al igual que había sufrido ella en esta tierra prometida? Observé y ayudé a mi madre a traer al mundo a aquello que en tu idioma se llama una hermana pequeña. Ayudé a mi madre porque estaba demasiado débil para dar a luz a la a por sí sola. Y la niñita llegó al mundo gritando; no era feliz, era muy obvio. Pero el ser de mi madre pesaba sobre el mío, pues ella estaba tan débil que no había leche para el infante que mamaba de su tierno pecho, ya que había pasado mucha hambre, y así fue en verdad. Y mi hermanita, que mamaba del pecho de mi madre, estaba muy débil.

    ¿Por qué, dices tú, tenemos esto en nuestra vida? Porque somos los campesinos, somos los insignificantes; somos las no-entidades de una tierra gobernada.

    ¿Quién gobernaba esta tierra? Aquellos con medios que nos hacían vivir en sus tierras y trabajar en sus campos y que afirmaban que no darían siquiera un tallo para nuestra propia vida. ¿Y qué, dices tú, hacían ellos con estas cosas? Las guardaban en graneros bajo llave, y he aquí que comían con dedos delicados con sus caras delicadas. Y yo te digo que esto era injusticia. ¿Y quién es este Dios del que ellos han hablado? Estoy enfurecido, pues mi madre llora porque no hay leche en sus pechos. Yo mendigaba con maña en las calles, y mataba perros y aves salvajes; y tarde en la noche, robaba aquello que se llama el grano de los propietarios, pues yo era muy hábil con mis pies. Y alimentaba a mi madre, quien a su vez daba de mamar a mi pequeña hermana. Y la pequeña niña —así fue— se volvió diarreica. No podía retener lo que entraba en su cuerpo: lo expulsaba rápidamente y perdió toda la vida de su cuerpo. Y así se fueron.

    No culpé a mi hermanita por la muerte que pronto le llegaría a mi amada madre, pues la niña mamaba de mi madre. Toda su fuerza la entregó a la nueva vida para que la nueva vida pudiera continuar. Y mi madre pereció con el bebé en su pecho. No había nada. No había más. Mi odio por la gente roja —llamados atlantes— creció en mi ser como una gran víbora cuando yo no era más que un niño. Y no quedaba nada, pues a mi hermano se lo llevaron como esclavo a otra ciudad, a merced de un hombre y de su necesidad de lo que se llama gratificación sexual.

    Mi linaje adoraba y amaba aquello que estaba más allá de las estrellas, más allá de tu luna. Amaban lo que no podía ser identificado; se llamaba el Dios Desconocido. Cuando era un niño, no culpé al Dios Desconocido por su incapacidad de amarme a mí y a mis gentes, a mi madre y a mi pequeña hermana. No lo culpaba, lo odiaba.

    Y en mis tiempos, ninguno de los de mi pueblo murió noblemente. No existía tal cosa como la nobleza, la virtud, en verdad. Entonces encontré una gran montaña que se asomaba a lo lejos, un lugar muy misterioso, pues si yo podía subir allí me pondría en contacto con el Dios Desconocido y proclamaría mi odio por él a causa de su injusticia. De modo que inicié mi viaje. Salgo corriendo de lo que era mi choza y hay una gran montaña, allá a lo lejos, que apenas veo. Y mi travesía ha sido de 90 días. Después de 90 días —y así fue en verdad— de devorar langostas y raíces y montones de hormigas, encontré esta montaña. Si hubiera un Dios, viviría allí por encima de todos nosotros, así como aquellos que gobernaban nuestra tierra vivían por encima de nosotros. Y he aquí que lo busqué. Sin embargo, él no estaba ahí, sólo el gran frío. Y lloré intensamente hasta que la blancura —y así fue en verdad— se congeló en mis lágrimas.

    «Yo soy un hombre, ¿por qué no tengo la dignidad de uno?» Y he aquí que se presentó ante mí una doncella encantadora como nunca has visto, cuyo cabello dorado —y así fue en verdad— danzaba a su alrededor. Y la corona sobre su cabello no era de azucenas ni de capullos de rosa o de lirios, sino de una flor desconocida. Y su atuendo, en verdad, sus vestidos, eran traslúcidos, suaves y libres. He aquí que se acercó hasta mí y me entregó una gran espada que cantaba. Cantaba. Y, sin embargo —y así fue en verdad— hacían falta cerca de nueve manos para sostener su empuñadura, tan grande era. Y ella me la entregó. Esto es lo que dijo: «Oh, Ram. Oh, Ram te suplico —a ti que has aprendido y despertado nuestro espíritu de la pena de nuestros seres— la verdad. Debe haber una verdad que persista en la tierra. Y por lo tanto tus oraciones han sido escuchadas. Tú eres un hombre de recursos y convicción. Toma esta espada y úsala bien». Y se marchó.

    Yo estaba cegado en mi locura y mis ilusiones por lo que había visto. Y ya no temblaba por el gran frío, pues allí encontré calor. Y así, cuando miré de nuevo hacia donde mis lágrimas se habían congelado, crecía allí una flor de una melodía y color tan agradables que yo sabía que la flor —y así fue en verdad— sería aquello que se llama esperanza. La espada Crosham, la Mensajera Alada, fue Ser(4) que se formuló a sí mismo en una hermosa aparición que me dio la espada y me dijo: «Ve y conquístate a ti mismo». Y el resto es historia.

    (4)(N.T.) En el original en inglés «Isness», palabra que Ramtha usa para referirse a la esencia del Ser.

    ¿No lo ves? No había ninguna entidad que viviera en aquello que se llama una forma singular existente que me dio esa espada. Es la armonía del Ser lo que produjo a la Mensajera Alada.

    Bajé de la montaña con mi gran espada a la choza de mi madre, que había perecido. ¿Quién era el que mamaba sobre el pecho de mi madre? Eras tú, pues tú eres de mi reino y de mi casta y de mi sueño. Y siendo un niño recogí aquello que se llama madera y la amontoné. La puse encima de mi madre y después me escabullí en la noche y conseguí aquello que se llama fuego. ¿Sabes lo que es eso? Es un poco diferente a esto. Lo traje y lo abracé, y dije una magnífica oración para mi madre y mi pequeña hermana, y las amé inmensamente. Y prendí la madera, pues si no lo hacía rápido el hedor que salía de ellas causaría agitación en la zona donde vivían. Y para que no les molestara, las arrojarían al desierto a merced de las hienas que las despedazarían. Les prendí fuego y las quemé. Quemé a mi madre y a mi hermana en una pira funeraria, y lloré.

    Ahora, de aquello que se llama el resto de la historia, hay muchos de vosotros que la conocéis bien. Pero lo que me impulsó a conquistar y a dominar, que era parte de la emoción de mi alma, fue el deseo de ajustar cuentas. Yo creé la guerra, en verdad, pues no había facciones en guerra contra la arrogancia de los atlantes, ninguna. Yo la creé. Bajé de la gran montaña, intimidado por el Dios Desconocido; me habían dado una espada y se me dijo entonces que me conquistara a mí mismo. Yo no podía voltear la hoja y cortarme la cabeza; era demasiado larga. Mis brazos no alcanzaban —y así era en verdad— aquello que se llama la envergadura de la espada. Lloré muchísimo, pero hallé honor en mi espada. No siendo ya frágil ni débil de movimiento corporal, me convertí en un Ram en todo el sentido de la palabra y les hice la guerra a los tiranos que esclavizaban a mi gente. Y cuando regresé, sitié Onai. 5(N.T.) La palabra inglesa Ram significa carnero.


    - MARCHA CONTRA LA TIRANÍA

    Después de que sitiamos Onai, nos llevó mucho tiempo quemar sus restos y los restos de la gente que había allí. El hedor se extendió sobre el agua, no sobre la tierra. Eso fue muy bueno: el agua purifica el hedor.

    Y desde esos comienzos —y así fue en verdad— desprecié la tiranía y sólo luchaba, entidad, esperando morir.

    No tenía miedo cuando luchaba. Nunca conocí eso; sólo conocí el odio. ¿Y sabes, entidad? Eliges al más digno de tus enemigos, el que tú consideras superior a ti, ya que él puede ser tu destrucción. Pero sabes, entidad, cuando el miedo está ausente, se presenta —y así es en verdad— la conquista; de eso están hechos los héroes. Yo quería llorar, entidad, porque sabía que había hecho algo espantoso, algo abominable, y llevaba conmigo la espada terrible que aún era un misterio para mí. Quería odiar, pero era algo espantoso. Me había convertido en el horror que yo odiaba. Y este hombre estudioso, con sus cejas pobladas, su vino y sus libros, se había empeñado en educar a un bárbaro, y eso es lo que yo era. Yo no era un guerrero muy impresionante; mi cuerpo era muy pequeño en aquellos días, pero más tarde, crecí.

    Mientras descendía por aquello que se llama un camino —que tomé desde la carretera, y fui a través de las montañas donde había recibido mi espada— no podía escaparme de la gente. Caminaba un trecho, miraba por encima de mi hombro, y ellos estaban corriendo detrás de mí. Y cuando me detenía, todos se detenían, y el polvo caía a su alrededor. Las ropas de los ancianos se enredaban alrededor de sus caras y cabezas, ya que sólo estaban atadas en los costados. El viento los azotaba y el polvo se amontaba en los pliegues de sus vestidos. Algunos estaban descalzos y algunos tenían sandalias, y algunos afortunados tenían botas. Todos traían bagaje consigo, tú sabes, sus cacharros de cocina o sus armas, sus pocos bienes. Se ponían en fila y me miraban.

    A mi entender, yo era un muchachito, no un hombre, de ningún modo.En cierta ocasión, corrí muy velozmente y vi una colina. Corrí de inmediato hacia la colina, fui hasta un pequeño altiplano y trepé hasta la cima. Mientras me arrastraba por el suelo hasta la orilla, para ver si los había dejado atrás —para observar cómo me miraban desde abajo mientras yo los miraba disimuladamente desde arriba—, los perros ladraban y los burros rebuznaban, los caballos relinchaban, y el polvo se arremolinaba. Por fin, me puse de pie y mirándolos les grité: «¿Por qué me estáis siguiendo? ¡No quiero que me sigáis! ¡No me gustáis, ninguno de vosotros! ¡No me pertenecéis! ¡Os odio, os odio a todos! ¡No quiero que me sigáis! ¡Dejadme en paz!» Fue como una pequeña rabieta, tú sabes. Mis ojos ardían, y todos me estaban mirando. En aquel momento, su número era cercano a quinientos.

    Todos me estaban mirando: ancianos de sonrisas desdentadas; una mujer con el rostro velado, sus hermanas detrás de ella —ni siquiera podías decir si eran mujeres o no—; niños agarrados a las faldas de sus madres, con unos ojos enormes que iluminaban; bocas entreabiertas, esperando que pasara algo; perros olfateando y mordisqueando, buscando algo que comer; las banderas que flameaban; taparrabos.. . Allí había de todo.

    Finalmente, me sequé los ojos con el brazo. Los miré y les dije: «No sé hacia dónde voy. Soy sólo un muchacho, soy un bárbaro. No tengo alma. Yo no soy quién para que me honréis. No me sigáis». Y de en medio de la multitud, salió un hombre joven. Tenía una pequeña arpa y estaba envuelto en aquello que se llama una túnica muy toscamente tejida. El tinte era muy pobre; ni siquiera era un buen tinte. Era de un color pardusco, terroso, y le cubría el cuerpo. Sus brazos eran firmes y redondeados, resplandecían. Y la túnica le llegaba a las rodillas y dejaba ver unas piernas robustas como las de un granjero. Y el sol lo había bronceado muy bien. Y tenía un cabello muy rizado y muy negro que se enrollaba alrededor de su nuca; casi era bello. Y todos murmuraban y se hacían a un lado para dejar que el joven pasara. Y él empezó a hablar —y yo le di la espalda— y dijo: «Gran Ram, escucha. Tengo un regalo para ti». Me di vuelta y comenzó a cantar, y cantó una canción de esperanza y sobre los desesperados.

    Hablaba de la tierra y el mar, de familias y fantasmas sin nombre. «Somos los desterrados de todo lo que existe, pero hemos conseguido sobrevivir cuando todo lo demás pereció. Somos los inservibles de los credos y colores, y nos hemos unido para ver nuestra libertad. Y tú, gran entidad, que nos has liberado de todas nuestras cadenas, eres nuestra familia para siempre. Y donde tú estés, estaremos nosotros. Y donde duermas, allí dormiremos. Y cuando estés sediento, también nosotros beberemos. Y adondequiera que vayas, contigo iremos.»

    Y la gente, los ancianos, comenzaron a cantar. Algunos no podían recordar las palabras, pero cantaban. Y muy pronto, todos estaban gozando de la maravillosa armonía. Y yo caí de rodillas y lloré. Y ellos cantaban al gran día del Ram, el muchacho conquistador. Y cantaban y cantaban y cantaban. Las mujeres empezaron a bailar, las ancianas hicieron fogatas y comenzaron a preparar pan, lo amasaban con las manos y lo ponían en el fuego. Y muy pronto llenó el aire el aroma de un buen guisado, pan ácimo, vino agrio, sudor, canciones, grasas, tabaco, orina de los animales, algo de estiércol, y de vez en cuando, un delicioso aroma a jazmín. Yo me senté en la orilla y no sabía qué hacer con todo esto. Ni siquiera pude cuidar de mi madre. ¿Cómo podría hacerme cargo de todo esto? Y las canciones continuaron. No me podía dormir.

    Me levanté y escuché que alguien se acercaba detrás de mí. Era mi viejo maestro. Tenía unas cejas muy pobladas, y yo nunca podía ver hacia dónde miraban sus ojos. Me recordaba a un mago. Y se acercó a mí y sacó un taburete, se sentó y se acomodó en él. Era un hombre al que le gustaban las comodidades. Sacó una botella de su excelente vino —él bebía en aquello que se llama una copa— y me la dio. Yo bebía de la botella —era un inculto— y él fruncía el ceño y miraba para otro lado. Me dejó algo de queso y un poco de pan y me dijo: «Te traje a alguien». Y yo maldije de miedo, y él ni siquiera toleraba lo que yo estaba diciendo. Y llegó con el hombre del arpa. Éste volvió su rostro, miró las estrellas y empezó a tocar. Yo estaba muy irritado, y el anciano me dijo que bebiera todo y que tomara un poco más. Y lo hice. Y las cosas se pusieron cada vez mejor; los sonidos se volvieron mejores y mejores. Y cuando desperté en la mañana, el sol ya estaba alto en el cielo: qué absurdo hacer eso con el sol.

    Y al mirar hacia el suelo, vi un insecto arrastrándose, con su cabeza en mi hombro y mi brazo, y lo aparté rápidamente. Y mientras estoy mirando, ahí estaba el hombre que tocaba el arpa. Rehusé hablar con él, y me dijo: «Señor, permíteme. Todos somos una gran familia y te amamos.

    Escucha sus gritos. Te necesitan y te aman. Se están reuniendo; hay algunos que se están agrupando. Iremos adondequiera que tú vayas y moriremos contigo. Escucha sus gritos». Abrí mis oídos, miré hacia abajo, y allí estaba todo ese griterío. Los ancianos todavía sonreían, las mujeres sonreían, y los niños jugaban. Les pedí que se quedaran quietos, y se quedaron quietos. Comencé a hablarles. Les dije que no sabía adonde iba, pero que iría a algún lugar; si no tenían un hogar, podían seguirme. Y se alzó un gran griterío.

    Y descendí hasta las asambleas que había en sus campamentos; bajé y los observé atentamente. Y cuando me detenía y miraba alrededor, ellos se detenían y me observaban. Yo daba un paso, y ellos daban un paso.

    Yo corría, y ellos corrían. Fueron conmigo; marchamos. Y se apoderaron — y así fue en verdad— de aquello que se llama un castillo, no lejos de Onai. Y jamás vi guerreros semejantes. Yo nunca supe que los ancianos podían ser tan ágiles cuando lo necesitaban. Jamás supe que las mujeres, —y así fue en verdad— podían ser tan veloces y que podían levantar la masa de cualquier cosa, recogerla, y volverla a poner en su lugar. Jamás supe que los niños —y así fue en verdad— eran tan tranquilos. Cuando todo terminó, se nos unieron gentes aún más diferentes, y yo tuve mi familia. Y después de cada batalla, cuando todo estaba resuelto, ellos repetían el mismo griterío y la misma danza, y las mujeres con sus panes ácimos, y los hombres que escupían y apostaban. Y el ejército se hizo más y más grande. En el momento de la ascensión, eran más de dos millones. Eso es un montón de gente gritando. Esa es la historia.

    Ya no soy un muchacho pequeño. Ya no soy un bárbaro. Ya no soy un conquistador. Yo soy. ¿Por qué, dices tú, se me conocía como el Ram? Porque cuando me ungieron sobre una gran montaña me llamaron el Ram que desciende de la montaña hacia los valles. Yo no asediaba reinos, dejaba que ellos mismos se asediaran. Y mi ejército trajo justicia a la región y a todas las tierras sobre las que marchábamos. Y las flores, dondequiera que pisáramos, crecían con libertad. En mi furia y mi hostilidad y mí deseo de ser noble y honorable con lo que sentía, me convertí en una gran entidad. ¿Sabes lo que es un héroe? Bueno, yo fui uno, en verdad. Y el héroe —y así es en verdad— defiende la vida y pone fin a las injusticias de la vida misma, sin darse cuenta de que también está creando una injusticia. Pero durante diez años después de eso fui impulsado por el afán de dar muerte a la tiranía y de hacer más atractivo el color de mi piel. ¿Cómo podía yo enfrentarme a una luz tan poderosa? Yo luché contra una actitud.

    Y ascendí, amado maestro —y así fue en verdad—, antes del último cataclismo de Onai, antes de que cayeran las últimas aguas del estrato. Y tuve el gran privilegio de viajar por el Sudán y a Egipto y, a través de las tierras persas —ya no las reconocerías—, llegué hasta el Indo, a la esquina más lejana del noroeste del Indo, donde el sol es especialmente maravilloso. ¿Y sabes tú por qué se pone de este a oeste, en lugar de norte a sur? Qué lastima si el sol se hubiera puesto en el sur, donde ya no se lo podría ver, puesto que las partes delgadas del estrato todavía cubrían esa zona. Fue algo maravilloso que se quedara atrapado en los reinos del este y del oeste. Durante toda mi vida en mis últimos años yo me deleité mucho amando el sol, la luna, el viento y las estrellas, la vida. Y lo que nosotros derrotamos, maestro, eran tiranos, pero sólo — para mi gran desgracia— para que volvieran a nacer como tiranos religiosos, quienes, según parece, son más peligrosos. ¿Estás iluminado?





    PRIMERA PARTE
    RAMTHA EL CAMINO DE UN MAESTRO HACIA LA ILUMINACIÓN
    I AUTOBIOGRAFÍA



    Anterior: Ramtha ~ Lemuria y Atlántida.

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