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    El despertar del Yo Superior. I


    Quien haya pacientemente practicado ejercicios de meditación y por tanto haya logrado entrar en contacto con su yo divino, no tendrá necesidad de repetir dichos ejercicios ya en forma contínua. El análisis minucioso del yo, que ha costado tantos y penosos esfuerzos, sin cesar repetidos, se vuelve innecesario y es eventualmente reemplazado por una sumersión más o menos rápida del espíritu, que se produce casi inmediatamente después que el estudiante ha practicado el silencio y ha tranquilizado sus pensamientos. Es decir, una vez que se llega a la firme convicción interna de que el cuerpo, la emoción y el intelecto no son él mismo, el estudiante ya no necesita repetir la técnica del análisis de sí mismo en sus meditaciones. Necesita practicar únicamente el ejercicio respiratorio indicado anteriormente y colocar su mente en un estado de semi interrogación y de semi plegaria.

    Después de la pausa necesaria, el humilde período de espera, vendrá la respuesta del Yo Superior y el estudiante entrará temporalmente en un estado de iluminación interna completa o parcial. Por un breve tiempo permanecerá inmóvil en el centro de su ser, abandonando las preocupaciones y los conflictos de la vida personal y retornando a la conciencia integral.

    El calmoso río de la quietud mental lo ha llevado por fin fuera del intelecto.

    No llevaré al viajero del sendero secreto más allá de este umbral. Lo que ocurra a partir de este momento es una cuestión individual y, si él ha tenido la paciencia y el coraje de llegar tan lejos, obtendrá la guía apropiada que necesite para continuar. Muy pocos atraviesan el umbral de este reino místico, pues casi todos se detienen aquí, satisfechos con el seráfico, con el calor espiritual y la paz indescriptible.

    Mas ahora es necesario formular una prevención. Si al describir el sendero secreto he dado la impresión de que el conocimiento de sí mismo es algo que se obtiene practicando ciertos ejercicios, obedeciendo ciertas reglas y estudiando ciertas ideas, del mismo modo que se podría dominar cualquier objeto mundano, como por ejemplo la cultura física, no habré impartido al estudiante una idea exacta acerca de los que se requiere. Los estados de ánimo que debe evocar son tan extrañamente sutiles y especialmente delicados, que se requiere de algo más que la conformidad con un sistema proscrito. Y ese final pero importante ingrediente no está en condiciones de proporcionarlo el aspirante.

    El despertar a la conciencia espiritual es algo que no puede producirse mecánicamente, por medio de un sistema determinado. “¡El arte surge!”, exclama Ruskin, y lo mismo ocurre con la espiritualidad. El aspirante realiza ciertas prácticas de meditación o de descanso, de observación o de recuerdos del yo; lleva adelante su ejercicio de Interrogación Reflexiva y, un día, la conciencia verdadera viene hacia él, tranquila, suave y seguramente. Este día no puede fijarse de antemano. Puede presentarse al principio de los esfuerzos, y puede también llegar después de años de una lucha infructuosa... Porque ello depende de una manifestación de gracia del Yo Superior, de una fuerza más profunda que la voluntad personal, que ya empieza ahora a intervenir en este juego celestial. Una vez que la Gracia empieza a obrar en el hombre, no hay escape. Tranquila, gradual y perceptiblemente lo conduce al interior de sí mismo.

    La palabra Gracia no es una que me agrade mucho emplear. Tiene asociaciones teológicas tan desagradables e imprecisas que, si encontrara un término mejor, la dejaría de lado. Pero no puedo hacerlo. Por lo tanto, procuraré darle un sentido que se base en una experiencia espiritual demostrable y no en una ciega creencia.

    La Gracia es un requisito indispensable para la obtención de la iluminación interior, la que se requiere, por ejemplo, para tener facultades de intuición premonitoria. Pero tal obtención no depende de nosotros: solo nuestro Yo Superior o un Adepto verdadero pueden otorgarla. La Gracia puede llegar con sorprendente e inesperada celeridad a un hombre que ha vivido lo que el mundo suele llamar una vida pecadora y puede cambiar rápidamente su corazón, su mente y su conciencia. Y la Gracia puede negarse a un hombre que durante veinte años haya estudiado tomo tras tomo de libros sobre religión o filosofía. Su manera de manifestarse es oscura, frecuentemente repentina, misteriosa y secreta para los otros hombres. Y sin embargo, no es uno fuerza arbitraria; posee sus leyes propias y su manera de actuar, pero sólo un verdadero Adepto puede percibirlas.

    Para obtener la Gracia, debemos pedirla. Esto no quiere decir que uno se deba arrodillar y rezar por ella. Tal vez eso baste a algunos; para otros el pedido debe ser mental, pero su impetración deberá estar reforzada por toda una vida de conducta moral ejemplar. Nuestros actos de renunciamiento a los perecederos goces y bienes terrenales, nuestros sacrificios, el bien que hagamos a todos y por doquier, sin mirar en ¡a recompensa, todo eso y mucho más, será necesario demostrar para tener derecho a pedir las facultades superiores que poseen los Iniciados y los Adeptos. Es posible que nos veamos forzados a caer de rodillas, en momentos inesperados del día o la noche, para rogar que la Luz nos sea concedida.

    Si esto ocurre, no hay que resistir ni lamentarlo. Abandonémonos, y, si al invocar la Gracia del Yo Superior, sentimos la necesidad de llorar, dejemos que las lágrimas caigan copiosamente. No las retengamos. Hay un gran mérito espiritual en el llanto que pide la visitación de un poder superior Cada llanto disolverá algo que se levanta entre nosotros y la unión divina. Nunca hay que avergonzarse de esas lágrimas, pues se derraman por una buena causa.

    He oído hablar de algunos que obtuvieron la Gracia sin trabajo ni sacrificio. Estos pocos, que aparentemente la reciben como un don del cielo, no constituyen una excepción a la forma de solicitarla. Sólo que... su aspiración fue expresada y escuchada en otras existencias anteriores, en otros “nacimientos corpóreos”. El Destino tiene algo que ver con la cuestión, y proporciona sus detalladas explicaciones de una conducta aparentemente errática sólo a aquellos cuyas almas han ganado su secreto.

    Cuando la Gracia surge de nuestro propio Yo Superior, ejerce una especie de ascendiente sobre nuestro corazón y empieza a conducir nuestros pensamientos. Nuestra vida, tal cual es, no nos satisface; empezamos a aspirar a algo mejor; buscamos una verdad más grande que la creencia que hemos tenido hasta ahora. Imaginamos, naturalmente, que el cambio se debe al desarrollo de la mente o a algún cambio de circunstancias. Pero no es así. Oculto detrás del misterio de la vida se mueve el Yo Superior invisible, el ser augusto que extrañamente ha interrumpido nuestro sueño mortal. La búsqueda de la verdad era la búsqueda del Yo Superior. Acaso hayamos encontrado una filosofía más apropiada de la vida y nos hayamos acercado así un poco más a la realización verdadera. Pero los pensamientos y los estados de ánimo que vivamos durante este período de incertidumbre —que puede durar semanas o años— no son más que manifestaciones de la Gracia o, para decirlo paradójicamente, los resultados de un movimiento interior realizado por lo Inconmovible.

    Es muy difícil aceptar esta verdad, de que el llamado aspiracional venga a nosotros; no poseemos medios para expresarlo en forma de sonidos o de palabras. Lo único que podemos hacer es postrarnos a los pies del Yo Superior y rogarle que nos conceda su gracia. Cuando el fuego de la aspiración divina despierta en nuestros corazones, es porque se nos ha concedido un mínimo de Gracia.

    Nosotros, que somos servidores de esa augusta majestad, debemos esperar su benevolente aquiescencia. La Gracia es un don, un señalado favor que recibimos del dios interior. Sin embargo, no puede descendernos en cualquier momento arbitrario. Por lo general llega cuando las necesarias condiciones corporales, ambientales y experimentales están maduras. Es el espíritu el que se toma tiempo, no nosotros. Porque...

    No podemos encender cuando se revuelve
    El fuego que en el corazón prende.
    El Espíritu sopla y lo enciende.
    En el misterio del alma se envuelve.
    Matthew Arnold


    La maduración del alma para esta profunda experiencia de unión con el Yo Superior tiene lugar gradualmente, como sucede con la fruta. Pero una vez que se ha completado el desarrollo, entonces la unión subyuga al alma con repentina imposición y el hombre realmente nace de nuevo.


    Hay algunas experiencias fundamentales que el hombre jamás olvida. El día que se enamora de una mujer es una de ellas. El día que desembarca en un país extraño, es otra. Y la primera vez que la crisálida rompe el capullo de su ser y surge como una unidad espiritual consciente, es la tercera... y la más grande de todas.

    El Yo Superior no demanda al hombre otra cosa que abra sus ojos internos y perciba su existencia. Sin embargo, el día de tal visión es el más glorioso de su vida, porque en él llega al borde de la eternidad.

    Porque ha nacido realmente para esto, y no para componer zapatos o llevar libros de contabilidad. Si pierde esta experiencia divina, ni entonces lo dejará escapar la naturaleza. Ella no tiene prisa, sin embargo. En algún momento, en algún lugar de su espacioso reino, se apoderará de él y lo forzará a realizar sus secretos propósitos. Los que se lanzan a esta exploración mental no son soñadores: simplemente se adelantan a hacer lo que todos los hombres tendrán que hacer por fuerza el día de mañana.

    Memorable es la grandeza de ese augusto momento cuando por primera vez siente el hombre la divinidad que lo rodea y que, paradójicamente, también está en el centro de su ser. En el éxtasis de la quietud, como lo llama Rupert Brooke; que parece saber lo que es realmente. Y como lo expresó James Rhoades en unos hermosos versos titulados Fuera del Silencio:

    Soy el Alba que se libera de la oscuridad;
    Cesa en tu pesar y ven a mí: soy la Profundidad.
    ¡Quieto!... ¡Quieto!... Sabe que soy Dios;
    Únete a Mí y escucha mi voz.
    Borra el escrito del palimpsesto
    Dentro de ti, que el tiempo ha impuesto,
    Y escribe de nuevo en la limpia superficie:
    “Soy todo Quietud, Sabiduría y Justicia”.
    Estoy solo; tú eres el único arte en Mí;
    Yo soy la corriente la Vida que corre en ti.

    Soy la substancia que cubre todo el universo
    Yo soy el Ser puro por quien las cosas son verso.
    Soy Espíritu que mora en tus profundidades;
    Ten conciencia de mi presencia... sin ansiedades.
    Interprétalo... en ti está tu propio cielo.

    Una vez que empujamos levemente la puerta de la mente y dejamos penetrar la luz, el sentido de la vida se nos revela silenciosamente. La puerta podrá abrirse un minuto o una hora, pero en este tiempo descubriremos el secreto, y ni el dolor ni las preocupaciones podrán arrancarnos ese precioso conocimiento. Las palabras faltan cuando trato de explicar esto, pero quien haya sentido que su ser interno se disuelve en el misterioso infinito durante la meditación, como resultado de una aspiración consciente o por la Gracia de algún Adepto, entenderá el pensamiento que trato de expresar débilmente. Ante la quieta presencia de ese gran poder, el alma camina en puntas de pie.



    Extracto de PAUL BRUNTON - EL SENDERO SECRETO
    Una Técnica para el Descubrimiento del Yo Espiritual en el Mundo Moderno.



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