J.L.G.Monteagudo ~ La propia vida es la terapia.

Varios/Otros


Todos estamos enfermos. Todos padecemos algún nivel de desequilibrio que se puede traducir en desórdenes emocionales, mentales o físicos. No importa la forma en que se manifieste ni la intensidad: todos tenemos algún conflicto interior, un cortocircuito que dificulta la libre circulación de nuestra energía vital. A veces hay graves crisis que nos conmueven los cimientos y nos despiertan, mientras que otras nos mantenemos más o menos estancados en un estado de infelicidad enquistada que tarda en aflorar a la superficie.

Podemos decidir mirar cara a cara nuestra insatisfacción o esconderla de nuestra vista, pero nunca se resolverá sin la intervención de nuestra consciencia. Se puede hablar de “limpieza interior” o “purificación” para referirse al proceso de eliminar los obstáculos, deshacer los nudos que obstruyen la corriente natural de nuestra esencia. Ese proceso de purificación no es algo conveniente sino necesario. La vida misma lo impulsa a cada segundo. La fuerza que impele a la flor a ofrecer la mayor belleza y perfección posible es la misma que late en un ser humano. Se puede resistir a esa fuerza o se puede cabalgar pero no es posible eludirla.

Lo que se llama “crecimiento personal” no consiste en una serie de técnicas o terapias opcionales para nuestra mejora. El crecimiento personal es el sentido esencial de nuestra vida. Y para eso no es cuestión
de lanzarse en plan obsesivo apuntándose a cursos y más cursos, devorando todo tipo de platos terapéuticos y espirituales. La vida es la terapia y contiene todos los elementos necesarios para desprendernos de nuestras escorias hasta llegar al metal precioso. La vida es la terapia más personalizada que existe, impresionantemente específica para cada individuo. En ella palpita una inteligencia exquisita capaz de dar a cada uno con total exactitud lo mejor para su aprendizaje, nos guste o no nos guste. Esa inteligencia opera con la maravillosa complicidad de la inteligencia presente en la esencia de cada uno, sujeto y objeto del aprendizaje, guía y guiado, maestro y aprendiz al mismo tiempo. La vida es la terapia; el terapeuta es el verdadero ser de cada individuo. Los cursos y procedimientos terapéuticos junto a quienes los imparten y laboran son meros asistentes de aquellos. En el mejor de los casos pueden ayudar a agilizar el proceso natural evitando el exceso de caídas, ahorrando sufrimientos repetitivos y acortando el tiempo, hasta donde las leyes naturales de la evolución lo permiten. Quien asiste un parto comprende que hay que esperar que cada fase madure para evitar los riesgos que implica querer acabar cuanto antes. Hay que saber respetar las fases pero una buena comadrona sabe que es posible abreviar el parto ayudando a la madre a abrirse al nuevo ser que va a ser alumbrado. El sufrimiento de ambos se reduce, pudiendo llegar a desaparecer, en la medida que sueltan toda resistencia a la vida que les viene empujando. Todos somos madre y criatura que acaban de “romper aguas”; nos estamos dando a luz a nosotros mismos.

La esencia de cada individuo es la estrella polar de la aventura terapéutica aunque todos tenemos la necesidad de alguien que nos ayude a reconocerla en el cielo. Y esa necesidad se debe no sólo a cuestiones logísticas de ayuda mutua entre humanos, el origen de esa necesidad se arraiga en nuestras
profundidades: el ser esencial opera en un ámbito de amor y el amor se expresa en el contacto, el compañerismo. Necesitamos alguien con quien compartir nuestro proceso de sanación y crecimiento porque, en el fondo, estamos enfermos de amor, de verdadera comunicación más allá de las máscaras. El proceso natural de evolución de la humanidad se puede comparar al proceso de purificación de un metal hasta
conseguir su máximo valor en quilates, como ocurre con la plata o el oro. También es semejante al delicado proceso de extracción de la esencia de una planta: una pequeñísima porción del vegetal que concentra sus características más sublimes.
Destilar la esencia específica de cada ser humano con sus propiedades irrepetibles es un
proceso al que me gusta denominar: “Psicodestilación esencial”. Se trata de un proceso alquímico, un viaje del alma relacionado con la búsqueda de la piedra filosofal y la transmutación del plomo en oro. Partiendo de una materia en estado bruto y exponiéndola a una serie de pasos obtenemos concentrado lo más puro. Después eliminamos el sobrante que será muy útil una vez haya sido reciclado. Son 7 los pasos que nos encontramos en el procedimiento terapéutico natural con que la vida se afana en cada uno de nosotros una y otra vez sin darnos cuenta. Los terapeutas de profesión podemos observar y emular en lo posible esos movimientos. Vamos a tomar como referencia de esta metáfora el proceso de destilación de aceites esenciales de plantas aromáticas. Una labor que se efectúa desde hace generaciones en muchos pueblos del Mediterráneo, por ejemplo con las flores de lavanda:

Fase I:
TRITURAR-PULVERIZAR la materia prima. Paradójicamente, lo primero que hace la vida con nosotros para construir algo valioso, es destruirnos; o al menos eso es lo que a veces nos parece. Como la muerte del invierno precede necesariamente a la nueva primavera, el primer paso es lo que en química se llama “desbastar la materia”, hacerla fina, operación que nunca se conseguiría entre algodones y plumeros. Se
necesita una buena mano de mortero para pulverizarnos amorosamente. Cuando nos llegan ese tipo de situaciones que nos “hacen polvo”, lo último que podemos observar es el inmenso cariño con el que la vida ejecuta su función. El objetivo de esta fase es lógico: se trata de liberar las partículas de esencia encerradas entre las fibras, aumentando al máximo la superficie de contacto para los pasos que tienen que
venir. Cuando alguien se siente inmerso en el caos de este período es un buen momento para ponerse manos a la obra en un proceso terapéutico pues lo más desagradable ya ha comenzado.

Fase II:
DISOLVER-MEZCLAR con el vehículo. Siempre hace falta un medio de transporte para pasar de un lugar a otro, de un estado a otro. En el caso de la destilación de aceites esenciales el vehículo es el agua. El agua es el símbolo de la salud por excelencia; el agua tiene poder de limpieza. Es también la representación del mundo de las emociones y de los sentimientos más íntimos ocultos en el mar del inconsciente, un océano que representa la inmensidad de la vida humana, albergando en sus profundidades todo tipo de criaturas y que se puede manifestar en los sueños como aguas tranquilas y soleadas o como aguas turbias y agitadas por oscuras tempestades. El agua, siendo uno de los elementos más comunes del planeta aún encierra muchos misterios para la ciencia, entre otros su estructura molecular o su capacidad para almacenar información a nivel cuántico. El agua es capaz de disolver algo ajeno a sí misma, capaz de
aceptarlo en su seno para poderlo trabajar y transformar. La esencia simbólica del agua es el ángel de la salud, el Rafael de la Biblia que aconseja sacar de las aguas el fabuloso pez cuyas entrañas son capaces de curar cegueras y alejar demonios. Una vez nos hemos pulverizado necesitamos entrar en contacto con las aguas de la curación para que nos transporten desde la enfermedad a la salud. El terapeuta es un
representante a pequeña escala de esa energía, de ese ángel. Entrar en contacto con alguien que merezca nuestra confianza y nos ayude es aconsejable cuando estamos siendo pulverizados pero sobre todo es fundamental sintonizar con la energía de la salud que está disponible en lo más profundo de nosotros mismos y que es capaz de bregar con nuestras aguas emocionales si se lo permitimos. Hay que “mojarse”
valientemente y ponerse en manos de ella con sus corrientes benignas pero poderosas.

Fase III:
CALENTAR-AGITAR-EVAPORAR. Cuando uno está pulverizado en algún aspecto de sí mismo y la vida le ha llevado hacia la sanación en cualquiera de sus formas, comienza el trabajo con el fuego. Es tiempo de remover, agitar las pequeñas porciones de la materia calentándolas. Se agitan las aguas de las emociones hasta que se liberan evaporándose y arrastrando hacia lo alto la esencia liberada del resto. Aumentar la temperatura de un sistema es desordenar sus moléculas. De nuevo nos topamos con un movimiento paradójico: deseamos orden, armonía, equilibrio y lo que hacemos es desordenarlo todo, aumentando el caos, la entropía. Pero como decía Heráclito: “dentro del desorden se halla la semilla del orden”. Sólo hay que esperar a que un orden implícito se manifieste, como en medio de una tormenta con rayos, viento y aguacero se halla el germen de la calma con olor a prados húmedos, un sol cálido y el canto de los pájaros. Ahora son momentos de ebullición, hay que hacer hervir el sistema de manera controlada para que aflore lo mejor y lo peor de uno mismo, de manera que sólo la esencia será vehiculizada donde corresponde. Si nos negamos a entrar en esta fase apagando el fuego una y otra vez, el ángel de la salud no podrá cumplir su cometido. Si la vida enciende el fuego purificador hay que aceptarlo por desagradable que sea, ponerse en contacto con todo lo que se está removiendo. Hay que confiar en la vida como el niño enfermo ha de aprender a confiar en los padres que le administran un amargo remedio. Pero ¡qué difícil confiar en medio del caos...!

Fase IV:
ENFRIAR-AQUIETAR-PRECIPITAR. Todo lo que sube baja. El vapor de agua había subido hacia lo alto arrastrando al precioso aceite esencial y dejando atrás el sobrante.
Ahora es momento de bajar la temperatura del sistema, aquietar las moléculas para que el gas vuelva al estado líquido, precipitando en las paredes del serpentín de cristal enfriado, gota a gota, como lágrimas de oro. Es tiempo de aflojar la catarsis curativa para que los pensamientos, sentimientos y emociones se aquieten y la semilla del orden pueda crecer y manifestarse. Es el tiempo para la paz que emana de una esencia que como el rocío se hace presente pasando de lo invisible a lo que puede ser percibido.

Fase V:
RECOGER-SEDIMENTAR-DECANTAR. Siempre hay un recipiente donde ir a parar, como siempre hay un “lugar”, un estado desde el que la psique emprendió el viaje.
Aquí se recogen los efectos de un aquietamiento que permite distinguir entre el agua y el aceite, entre el viajero y el vehículo. Al terapeuta lo que es del terapeuta y al viajero lo suyo, que aquí es
lo fundamental. Desde ese asentamiento del proceso experimentado se decanta la esencia.

Fase VI:
GUARDAR-ALMACENAR-ETIQUETAR. Todo lo valioso que se ha recogido en esa vivencia debe ser guardado con esmero para que no se pierda. Hay que almacenar la fragancia con amor y etiquetar la cosecha, ponerle nombre a lo vivido, ubicando en el tiempo la experiencia. Poner en palabras usando, si se desea, la magia de la escritura facilita la comprensión, la digestión psíquica de la experiencia.

Fase VII:
USAR-CURAR-COMPARTIR. Por último el punto más importante: una vez ubicada en el lugar correcto, la esencia debe ser utilizada con generosidad compartiéndola, reconociendo así la fuente de amor que le dio
origen. La función de toda esencia es restablecer el equilibrio, la belleza, la libre circulación de la energía; restablecer la salud, la vida misma. Esta es la última prueba de un proceso delicado: si se acapara de manera egoísta, todo lo realizado no sirve para nada. Un frasco caducado sin usar es triste testigo del egocentrismo. Usar la propia esencia con amor para ayudar a otros en su aventura autentifica el proceso. Si no se ponen trabas este paso se produce con total naturalidad dándole todo el sentido a lo destilado. Ni que decir tiene que todo este camino descrito con sus siete fases lo realizamos una y otra vez en nuestra vida cotidiana hasta que las diferentes partes de nuestra materia prima han pasado por el
laberinto, desde las removidas al aquietamiento, desde la pulverización incomprensible a la sabiduría del etiquetado. Todo acto terapéutico pasa por estas fases arquetípicas. Toda toma de consciencia y apertura del corazón requiere un proceso previo. La vida es la terapia y nuestra esencia el origen y sentido de ese tratamiento.

Nosotros somos el enfermo y el terapeuta: cada uno de ellos representa una parte de nosotros mismos. Nuestro terapeuta interior es quien cuida el mecanismo mediante el cual la vida se da a luz a sí misma. Siempre aparece la persona adecuada en el momento oportuno para trabajar hombro con hombro. A veces puede ser un niño pequeño que desde su inocencia nos acompaña, o un amigo que nos conoce bien. También podemos
ser nosotros mismos en un acto de auto-acompañamiento siempre imprescindible, de intimidad que nada tiene que ver con la soledad separadora. Finalmente la persona adecuada puede ser un terapeuta con quien sintonizamos, un compañero de camino que con sus técnicas va a catalizar lo que está a punto de
caramelo. Hay ocasiones en que la vida nos ofrece un grupo con el que se puede experimentar a pequeña escala un reflejo de la relación con toda la humanidad, dándonos la valiosa ocasión de vivir la riqueza de las relaciones humanas, unas relaciones que pueden abandonar definitivamente el infierno de ataques, defensas y rivalidades para asentarse en un campamento fraterno.

José Luis Gil Monteagudo
Febrero 2007

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