Una educación de la virtud sin moralismo 2

Varios/Otros


Proponer hoy en día las tablas de la acción virtuosa del pasado choca, además, con la complicación adicional de que vivimos en un mundo pluralista en el que cada sistema ético parece quitarle autoridad a los restantes. Ya no creemos que una escuela determinada deba tener una prioridad hegemónica sobre las demás, y sabemos cuán graves son los conflictos entre valores y culturas cuando no se ha formulado todavía una síntesis convincente.

No es mi tema, sin embargo, el de la ética, sino el de la virtud entendida como una condición interior de la cual fluyen naturalmente los actos que calificamos como buenos; pues ya que nuestro Zeitgeist parece no creer ya en la efectividad de la moral autoritaria, merece la pena ocuparse de la virtud propiamente tal, sin recurrir al moralismo. Y antes de proseguir, recordar que la virtud, para Sócrates, de ninguna manera se confundía con un sentido del deber educado por la cultura, sino que, como en Lao Tsé, resultaba de la maduración de la sabiduría.

Igualmente para Aristóteles los actos virtuosos eran la expresión de ese estado de la mente que llamaba eudemonía en el que se confundían la felicidad de la plenitud y la serenidad desapegada. Sólo que en el curso de la historia de la filosofía se olvidó ese énfasis original en la virtud como condición de la mente, cayendo en doctrinas como el utilitarismo y el deontologismo que terminaron llevando a tal crisis filosófica de la ética que Ayer, el positivista lógico, llegó a considerar los juicios éticos como equivalentes de exclamaciones de gusto o disgusto; y el hombre común ha llegado a sentir que más vale desentenderse de una ética tradicional, hecha por y para varones blancos y severos, muy sesudos pero algo faltos de humanidad y sentido ecológico, que no supieron evitarnos ni la opresión de las mujeres ni los desastres ecológicos.

No es que no existan en el mundo contemporáneo pensadores que hayan sabido distinguir la moral normativa de la virtud natural (y aquí podría mencionar especialmente a Nishida, de la escuela de Tokyo, quien ve el bien como resultado del autodespertar). Pero, para los fines de una práctica educativa, basta con que reconozcamos la distinción entre la moral autoritaria tradicional - que nos insta a hacer lo que las autoridades religiosas o sociales mandan- y la virtud como un estado de la mente "superior": superior a ese otro estado habitual de la mente en el que la conducta fluye de la expresión de las emociones destructivas que el cristianismo calificaba como pecados y las escuelas espirituales llaman kleshas u "obstáculos".

Como el nombre lo implica, (pues sus raíces provienen del término indo-europeo vir, que denota no sólo masculinidad sino también energía) la Virtud constituye una fuerza psíquica. Hacía bien Maslow en considerarla una "meta-motivación" -para significar con ello un tipo de motivación superior a aquellas de la seguridad, la participación y el respeto-. Digamos que aunque sean pocas las personas que orienten sus vidas principalmente desde, o hacía, algo más allá de la voluntad consciente de nuestro pequeño ego, tal cosa, aunque importantemente eclipsada y postergada, existe en cada uno de nosotros. Es decir: más allá de la acomodación a las normas o demandas del entorno, pareciera que existe en nosotros la posibilidad de respuesta a un llamado interno, el eco de una conciencia más elevada.

El Tao Te King de Lao Tsé nos dice que el Tao tiene su Te -que es decir que del Tao, de la gnosis (que es al mismo tiempo intuición del camino y resonancia con el orden universa, y lo que se asienta en la capacidad de no-hacer, de "desaparecer" por parte de nuestra mente ordinaria) fluye el Te, el saber moverse sabiamente en el mundo-. Pero demasiado bien sabemos cuán incapaz de "no hacer" o de "desaparecer" es la persona movida por "las pasiones"; y cuánto hay en cada uno de nosotros de desmesura. La virtud de sintonizar con el Tao, entonces, debe de asentarse en la capacidad de dis-pasión, de ataraxia, paz o neutralidad desapegada; que es la misma a la los estoicos llamaron apatheia, y que los padres del desierto consideraron necesaria para el despertar del amor de Dios; esa Virtud a la que se refería la famosa inscripción délfica de "nada en exceso".

Nuestro ser esencial, intrínsecamente virtuoso, está pues aprisionado en nuestro ser pasional como en una crisálida de la que tiene la posibilidad de liberarse -y llamamos virtuoso también el trabajo por tal liberación, que conlleva el esfuerzo por desdentificarnos de nuestro ego- de nuestra mente pequeña cotidiana- y por permitir que nuestra capacidad amorosa sea cada vez menos interferida por nuestra necesidades neuróticas.

Basta con que nos preguntamos cómo sería posible superar tales emociones destructivas para que nos demos cuenta de que la mejor vía no será la de criminalizar los pecados (como ya se hizo durante el cristianismo medieval del que seguimos siendo herederos), sino la de superar la mente neurótica, de la cual tales emociones son síntomas capitales. En otras palabras, lo que necesitamos es un desplazamiento desde lo ético a lo médico, y desde el énfasis en el bien a un énfasis en la salud afectiva, que se caracteriza por la capacidad de amar y la consiguiente felicidad.

Me parece que lo más cercano a la psicoterapia que se ha conocido a través de la historia ha sido la actividad de los chamanes, y aquella de los moralistas griegos y romanos - tales como Diógenes, Zenón, Epicuro, Epicteto, Marco Aurelio y Séneca- a quienes les interesó más enseñar a la gente a vivir mejor que formular verdades abstractas, de las que se ocuparon los demás filósofos. A pesar de su sabiduría y su benevolencia, sin embargo, incluso ellos operaron dentro de las restricciones del mero discurso verbal y de la disciplina de la acción correcta, pues en el tema de la virtud verdadera -como en el del despertar espiritual en general pocos son los que pueden aspirar a ser ganadores aunque sean muchos los que participan en la carrera en pos de la realización personal.

Y el problema de explicar y predicar la moral, aparte de la gran demanda que ejerce sobre la motivación del individuo, es que la virtud no puede ser fabricada simplemente dependiendo de nuestra voluntad y comprensión: por decirlo de alguna manera, no puede ser fabricada sin virtud, Así, poco pudieron hacer aquellos con sus meros consejos y su ejemplo viviente, pues la purificación de la mente es ardua y depende en gran medida de una motivación a la que pocos alcanzan.

Naturalmente, mucho menos podrían hacer por sus semejantes en esta era empresarial, en la cual cada uno de los antiguos pecados capitales ha llegado a constituir una ventaja.

Un psicoterapeuta actual, en cambio, tiene otros recursos, y un educador tiene la ventaja adicional de que su tarea es más modesta, pues prevenir a tiempo el deterioro emocional es más fácil que sanarlo. Es decir: si nuestra sociedad secular ha perdido interés en el tipo de virtud que predican las iglesias, puede serle útil, como alternativa, interesarse más en la salud mental.

La propuesta de velar por la salud emocional más que por la ética normativa y su acompañamiento de persuasión, disuasión y sermones, ya sería suficiente, siempre que estemos de acuerdo en que entenderemos por ello la superación de las emociones destructivas (o pasiones) a través del autoconocimiento y la regeneración del potencial amoroso de las personas. Desgraciadamente, sin embargo, de modo semejante a como las leyes, originalmente creadas desde una voluntad de justicia, terminan constituyendo un vehículo del poder en una sociedad injusta, o tal y como la educación, nacida para servir a la transmisión de la sabiduría, se ha transformado en un baluarte de ceguera informatizada, también la administración institucionalizada de la salud se ha contaminado en la sociedad patriarcal con ese poder opresivo que tan elocuentemente han desenmascarado Thomas Szaz y Foucault. Hoy, hasta el concepto mismo de salud se ha desvirtuado por definiciones estrechas que desatienden lo psicológico y ponen en primer plano la ada
ptación social; y que llegan a negar que haya tal cosa como una adaptación a la propia naturaleza o a la vida.

Ya Platón observaba que existían dos tipos de médicos: aquellos que se acercan a sus pacientes y aspiran a entender sus dolencias a través de un conocimiento personal y aquellos que sólo los observan y los tocan. Y en el contexto de la pérdida de alma de la humanidad contemporánea, la preocupación por nuestra salud se ha estrechado a tal punto que ha transformado a los practicantes de la medicina en veterinarios humanos.

Gran parte de las dolencias físicas son psicosomáticas y ciertamente muchas más son producto de una conciencia de humanidad degradada; y aquí incluiría la alta mortalidad provocada por la contaminación del medio ambiente y la muerte por desnutrición. Pero la compartimentalización de la vida institucional lleva a que no interesa hoy mayormente a la medicina el hecho de que sólo en la salud mental existe la verdadera felicidad, y que por ser la mente neurótica demasiado rabiosa o ansiosa, tímida o narcisista, su felicidad es usualmente fingida y se funda en un estado de inconsciencia.

Mi propia referencia, a través de mi práctica como facilitador del desarrollo psico-espiritual de la gente, ha sido una visión de lo que son la salud, la madurez y el despertar de una consciencia a la vez superior y más profunda. Pero así como he llegado a comprender tal condición sana y despierta a través de mi experiencia y comprensión de la enfermedad, el mal y la degradación de la conciencia, deberé hacer un paréntesis aquí para explicar mi teoría de la neurosis y de su destructividad antes de compartir mi teoría de la transformación, la salud y el despertar de la consciencia.

Respecto a la naturaleza de la neurosis y su consciencia degradada, diré que comparto la visión freudiana de la neurosis como excesiva represión de la vida instintiva, con sus consiguientes complicaciones, así como comparto la propuesta de escuelas espirituales que describen la conciencia "samsárica" como presa de ciertas emociones destructivas; y a la vez entiendo la neurosis como una forma equivocada de llenar el vacío que nos deja la inconsciencia de nuestro ser esencial, de nuestra identidad profunda. Más allá de estas nociones, sin embargo, me parece importante la noción trasmitida por Gurdjieff de que nuestros problemas en último término derivan del hecho de que somos seres tricerebrados en quienes los cerebros motriz, emocional e intelectual no logran ponerse de acuerdo.

Debido al efecto traumático que tiene en cada uno de nosotros el espíritu patriarcal, reaccionamos al desequilibrio de quienes nos rodean con un desequilibrio en cierto modo compensatorio, sin lograr esa integración de nuestros niveles evolutivos en que radicaría la salud. Correspondientemente, pienso que esa salud mental, favorable al amor, que respira abundancia y satisfacción y por ello no alimenta los sentimientos carenciales ni estimula el apego ni las actitudes odiosas, depende fundamentalmente de la integración de nuestra partes interiores.

Ya he hablado muchas veces de estas partes como facultades, instancias psíquicas y personas interiores, y he propuesto ya que una educación holística, contribuyendo a nuestra plenitud, nos protegería de la mente patriarcal; pero en esta oportunidad quiero poner de relieve lo que me parece entender que sean las formas de amar características de nuestro triple self interpersonal.

Me parece que el eros es el amor de nuestro yo animal, que vive a través de nuestro niño interior que busca la felicidad, prefiere el placer al dolor y necesita libertad.

Obviamente, la compasión y las formas más cotidianas de la empatía benevolente constituyen nuestro aspecto materno, que es voluntad de satisfacer las necesidades de un prójimo.

El amor admirativo, en cambio, que valora el respeto al otro, y para quien la veneración se acompaña de un inclinarse, se desarrolla en el niño ante el padre, a quien toma por modelo y sigue, y en relación a quien aprende la adoración de lo divino y la devoción a ideales.

Se comprende que habiendo sido no sólo psiquiatra sino estudioso de la personalidad y también lo que pudiera llamar un "pecadólogo" interesado en los vicios capitales identificados por diversas tradiciones espirituales, y muy especialmente en los que se asocian a los 9 tipos caracterológicos que reconoce la Psicología de los Eneatipos, me haya interesado en examinar la relación de los pecados con estas tres formas del amor.

Un estímulo, recuerdo, fue la teoría del pecado que Dante pone en boca de Virgilio en la 4 cornisa del Purgatorio, y un transfondo a esa convicción compartida por Gurdjieff y Tótila Albert respecto a que nuestros males surgen de una falta de unificación entre nuestras "componentes interiores".

El resultado de mis observaciones puede encontrarse parcialmente en "El Eneagrama de la Sociedad", y sólo diré ahora lo principal, cual es que actualmente no me cabe duda que cada uno de esos estados altamente problemáticos va aparejado a una "fórmula del amor" particular y que en cada caso se inserta tal estado en una personalidad en la que el hiperdesarrollo y la simultánea distorsión de uno de los amores parece compensar el subdesarrollo de algún otro.

Pero después de haber observado esto a propósito de la enfermedad, vuelvo al tema de lo que sea la virtud, y propongo que ésta no sólo entrañe la armonía entre lo cognitivo, lo afectivo y lo conativo, sino también el equilibro entre la bondad, la devoción y el gozo.

Lo que me parece importante en vista de que cada uno de los amores puede ser educado, aunque al día de hoy se esté lejos de intentarlo.

Es cierto que tras dos milenios de cristianismo los occidentales hemos dejado de creer en que el ideal del amor pueda ser suficiente para hacernos más amorosos, pero pienso que ciertos métodos de psicoterapia pueden ayudar rápidamente a las personas a hacer más liviana la carga de resentimiento y/o venganza que han estado arrastrando inconscientemente desde su infancia; y que, sanándolas de su negatividad, las lleve a un estado mental más amoroso y benévolo.

Y pienso que será mucho más fácil educar a una futura generación para que sea benévola si le enseñamos también a la gente a amarse a sí misma. Me explico: el antagonismo interior que cada uno de nosotros hereda de la cultura entre "super-yo" acusador y exigente y los deseos espontáneos, implica un odio de sí que es algo así como una castración de nuestra parte materna; y sin esta experiencia básica de amor hacia nuestro niño interior es difícil que podamos llegar muy lejos en amar "al prójimo como a nosotros mismos". Pienso, por ello, que dándole a la educación una sana y sanadora dimensión dionisíaca no sólo servimos a una sana integración del eros sino al desarrollo del amor solidario y generoso.

Claro está que faltan en la educación de hoy el amor a los ideales, la sensibilidad a lo sagrado y el sentido de la belleza, y es a esto a lo que se alude a veces al hablar de una "pérdida de valores". Pero está claro también que tal pérdida de valores no podrá ser profundamente remediada con los "Cursos sobre Valores" que se han propuesto, porque lo que se necesita es una transformación que vaya más allá de los discursos y la buenas intenciones.

Lo que si podemos hacer es ejercitar el amor devocional más allá de todo sistema de creencias, y para eso tenemos recursos que van desde el cultivo de la experiencia de lo sagrado al uso de la música (que se nos ofrece, en la Babel de los dogmatismos en la moderna sociedad pluralista, como una especie de esperanto).

¿No sería interesante hacer el experimento de aplicar en una escuela este modelo de salud como equilibrio de amores, cuidando de la maternización y del fomento del altruismo, del derecho a la felicidad y a la descriminalización del placer y a la vez de la reverencia a la vida y el amor a lo ideal?

Mi propuesta incluye aun otro elemento que no he mencionado, sin embargo; un elemento que me parece algo así como un antídoto a la condición implícitamente hegemónica de la mente en todos las formas en que se expresa la psicopatología del carácter, ya sea que lo entendamos desde el punto de vista del dominio de uno entre nuestros cerebros, entre nuestros "centros", entre nuestras personas interiores o entre nuestras formas del amor. Me refiero a la consciencia neutra, desapegada, que constituye algo así como un espacio común en donde que nuestras partes pueden encontrarse.

Dicho de otra manera: siendo el caso que la felicidad no sólo depende de la riqueza de nuestra vida amorosa sino también del equilibrio del amor, necesitamos no sólo amor, sino sabiduría


Claudio Naranjo - 06/03/2010
http://www.fundacionclaudionaranjo.com/articulo_completo.php?id=50

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