Una técnica de autoanálisis. II

Varios/Otros


Un salvaje, que está abajo en la escala de la evolución, no tiene otra idea del “yo” que el cuerpo y sus deseos. Pero un hombre más evolucionado, mentalmente más desarrollado, empieza a referirse a su cuerpo como “suyo”, porque ha empezado a presentir que el intelecto forma también parte del “yo”, como el cuerpo, y que es una parte igualmente importante.

Ciertos psicólogos y filósofos han estudiado con persistencia el problema siguiente: “¿Es posible para un ser humano separar su mente del cuerpo físico?” Este interrogante presupone, naturalmente, que el cerebro no es necesariamente el creador de pensamientos, aunque sea el medio que sirve para expresarlos.

No obstante, nuestro pensamiento está unido al cerebro que manejan los anatomistas; pero, de la misma manera que los matrimonios humanos terminan a veces con el divorcio, también es posible que la carne y el pensamiento se disocien temporalmente Se ha llegado a tal conclusión por medio del hipnotismo en Occidente y del yoga en Oriente. Y en las investigaciones de la psicología de los anormales y del espiritismo hay pruebas suficientes de que la mente puede tener una existencia propia, aparte de la carne.

Sería muy sensible para mí atribuir el poder de pensamiento a este cuerpo mío, como sería imputarlo a la tinta de esta pluma-fuente. Del mismo modo que las palabras que escribo son dictadas a mi mano por alguien que piensa el cuerpo está inspirado por alguien que obra. Sin embargo gente reconocidamente inteligente, que pensaría dos o tres veces antes de atribuir la creación mental y el sentido lógico a la pluma, no vacilarían en reconocer estas cualidades al cuerpo que, siendo materia, ¡es simplemente tinta en otra forma! La verdad es que muy pocas personas se toman el trabajo de examinar de cerca el problema del “Yo”; y por lo tanto, poca gente llega a conocer su secreto.

No podemos constituir un cuerpo solamente, porque cuando un hombre es atacado de parálisis y pierde el uso de la vista el tacto, el oído, el gusto y el olfato, continúa siendo un ser consciente. Privado de ambas manos, de las piernas, de los ojos, y de otras partes de sus órganos... todavía seguirá siendo él mismo y su sentimiento del “yo” será más fuerte que nunca. ¿Por qué no sería posible que el cuerpo carnal sea sólo una masa de materia que yo muevo, yo ejercito, yo utilizo?... y de este modo indicaríamos que hay alguien que lo mueve, lo ejercita, lo utiliza.

En tanto la mente juega con la palabra “yo”, acepta por consideración una extraña idea. La primera reacción ante este pensamiento será rechazarlo como fantástico; pero un segundo después uno se ve obligado a considerarlo seriamente, si se pretende llegar a la esencia de la verdad. He aquí la idea:

Si el cuerpo fuera el yo verdadero, entonces no podría dormir ni le llegaría la muerte nunca.

Si el cuerpo es el verdadero yo, la conciencia de nuestra propia existencia debería persistir a través de las veinticuatro horas del día. El yo está en el centro de la conciencia y cuando llega el sueño el yo se retira del cuerpo, suprimiendo en él la conciencia del ser, del mismo modo que se suprime una imagen fotográfica tapando el objetivo. Esta inconsciencia del cuerpo durante el sueño es una indicación de que el yo es meramente un visitante en la casa de carne.

Sostener que cuando soñamos retenemos la conciencia del yo no es una refutación a esta declaración. El sueño es el puente entre el estado de vigilia y el estado de completa inconsciencia. Representa el umbral que debemos cruzar para penetrar en el dormir profundo. Esta última etapa es la que debemos considerar para llegar a una más clara noción del yo. En el estado del dormir profundo y sin impresiones oníricas llegamos a la absoluta inconsciencia del cuerpo... sin embargo, de alguna manera, el “yo” sigue existiendo. ¿Qué es lo que está haciendo este “yo” y dónde está?; Cuando caigo en un sueño profundo, me olvido del mundo, enteramente. Ni siquiera los sufrimientos más atroces del cuerpo pueden tenerme permanentemente despierto; hasta olvido el mismo pensamiento del “yo”. Pero la existencia del yo, aunque esté temporalmente olvidada, persiste de hecho, porque al despertar recordaré mi identidad.

El doctor americano, Crile, ha producido algunos casos ilustrando este principio, tomados de las condiciones anormales provocadas por la guerra. Cuenta como, en cierta oportunidad, una iglesia abandonada fue utilizada como hospital para unos soldados que habían recibido terribles heridas. El médico, que entró de noche en la iglesia, la encontró sumida en un silencio profundo. Hacía cinco días que los hombres no dormían y su cansancio era tan extremo que ni siquiera las siniestras mutilaciones que habían sufrido podían mantenerlos despiertos. Todos los hombres dormían en paz, olvidados de sus cuerpos. El incidente, si es que significa algo, demuestra que no hay conciencia del yo en el cuerpo mismo, que la percepción mental del yo puede separarse del cuerpo.

Un vestigio de que no podemos ser cuerpo solamente lo encontramos de este modo en el estado de sueño profundo sin percepciones oníricas, cuando la mente se sumerge en la inconsciencia, cuando el cerebro ha dejado de pensar y el universo creado ha desaparecido de nuestra vista, y las acciones del cuerpo físico y los órganos de los sentidos están aparentemente en un punto muerto y, sin embargo, volvemos a despertar nuevamente con la noción de “yo” pese a la aparente “proximidad de la muerte” del cuerpo [1].

Si la conciencia del yo en el cuerpo se debe al hecho del que el yo es un mero visitante, podemos explicar entonces la desaparición de yo consciente cuando estamos en un sueño profundo. La sensación de yo se ha retirado no sabemos a dónde y ha dejado atrás una forma material inerte.

Hasta ahora hemos tratado de saber qué debemos pensar del “yo”. Hemos practicado una abertura sicológica a través de nuestra personalidad para tratar de entender su verdadero funcionamiento. Nos hemos preguntado si el “yo” es el cuerpo, y definitivamente no hemos podido encontrarlo allí. Lo único que podemos decir con certeza es que el cuerpo es utilizado por el “yo”, pero no podemos afirmar con igual certeza que el “yo” sea inherente al cuerpo.

El sentido de ser nosotros mismos ha permanecido. ¿Qué es ese sentimiento? ¿Podemos asirlo?

No, estamos obligados a penetrar más profundamente, más allá del cuerpo; estamos obligados a explorar el mundo más sutil de los pensamientos y los sentimientos.

De este modo, usando el escalpelo del pensamiento agudo, sondeando en nuestro ser más íntimo, llegaremos a la conclusión atrayente de que el cuerpo es sólo una parte del yo, y que la fuente real y esencial del ego no ha sido hallada todavía.

He ofrecido hasta ahora al estudiante nada más que un esquema del tipo de meditación que debe practicar y no le he enseñado todos los pasos del largo sendero que deberá seguir en el estudio de su yo. Sin embargo será él quien deba desarrollar los pensamientos que he sugerido, más detalladamente. Acaso tendrá que realizar algunas meditaciones para llegar al punto donde pueda aceptar como correctas aquellas conclusiones; es posible también que ello le demande algunos meses de práctica. Pero hasta que no lo haga y complete su tarea, no podrá pasar a la segunda etapa de este método. Si su mente vaga, si a un pensamiento ajeno siguen otros en cadena, distrayéndolo o turbándolo por completo, deberá retornar, sin desfallecimientos, a la iniciación práctica, una y otra vez, hasta que haya vencido su noble propósito.

La conducente determinación de la Voluntad iluminada, decidida a abrirse camino a través de la sólida montaña de pensamientos y tendencias que hemos levantado alrededor de nosotros en el pasado, recibirá algún día su justa recompensa. Al salir, finalmente, de ese túnel, tendrá conciencia de la paz que sobre pasa la comprensión intelectual.

La atención deberá ser concentrada, una y otra vez, sobre el tema central; debemos captar el interés y mantenerlo allí. Debe continuarse la investigación interior, moviéndose de un pensamiento a otro en eslabonada secuencia.

La concentración es simplemente el poder de controlar la atención y de dirigirla a un objetivo. La luz de la mente es vaga y difusa en el hombre común; lo que debemos hacer es concentrarnos hasta convertir aquélla en un faro poderoso. Después, cualquiera que sea el objeto sobre el que lancemos este rayo de luz, podremos verlo claramente y adquirir un conocimiento total de él. Y este objeto tanto puede ser puramente material como una idea abstracta.

Esto es concentración… tomar una idea y no tener tiempo ni pensamiento para otra cosa.

Un trozo de papel de sea puede yacer en el piso por algún tiempo, sin que ocurra nada excitante. Tómese entonces un lente de aumento, concéntrese los rayos solares sobre el papel y se verá que pronto ocurre algo interesante.

Se puede descubrir también que la mente es como un inquieto simio; para someterlo encadéneselo a un poste fijo. A la mente se puede encadenar también a un pensamiento fijo. Si lo hacemos así, el mono terminará por reconocernos como sus amos y estará dispuesto a recibir nuestras órdenes.

Fíjese la mente, con firmeza, sobre el tema de estas reflexiones, estimúlese su energía para el esfuerzo necesario de voluntad y de concentración, y no permitir que el desaliento sea el resultado del aparente fracaso o de la lentitud del progreso. Es necesario continuar con el ejercicio. Pensamientos que parecen traídos de los cabellos vendrán en medio de la práctica; los recuerdos de acontecimientos recientes ocuparán la mente; es posible que intervengan imágenes que tienen asociaciones personales; deseos, preocupaciones, el trabajo y muchas otras cosas se presentarán sin ser invitados y procurarán fijar el campo de atención. Pero tan pronto como se comprenda que la intrusión está fuera de lugar, rechazarla y retornar al punto donde se estaba.

Es muy frecuente que las primeras etapas de la meditación resulten ser las más difíciles, porque la mente sufre entonces una invasión de antiguos recuerdos, pensamientos vagos y trastornos emocionales, en un grado que sorprenderá a aquellos que nunca han intentado la práctica de la meditación. El llamado persistente o inconsciente del mundo exterior se vuelve, aparente cuando intentamos concentrarnos en la meditación. No nos volvemos hacia adentro por inclinación natural. Nos aferramos a la materia y nos atamos a los sentidos tan naturalmente como los peces prefieren el agua

Aunque el hombre es uno con el Supremo Poder que podemos llamar Dios, lo cierto es que ha perdido la conciencia de esta unidad. Y a menos que realice el esfuerzo con meditaciones regulares, frecuente observación de sí mismo o verdaderas plegarias para desprenderse cada vez más de la existencia externa, es improbable que vuelva a recobrar la divina conciencia.

Este voluntario intento para concentrarnos sobre un tema abstracto durante quince o treinta minutos, es una de las pruebas más difíciles que se pueda emprender; la de convertir al hombre, constantemente extravertido, en un introvertido temporal, es una de las tareas más valiosas. Ello le permitirá contemplar las alturas etéreas del pensamiento puro. Esta disciplina intelectual podrá parecer un trabajo intolerable a los que la intenten, pero la recompensa bien vale el precio que se pague por ella.

El hombre común es un juguete del medio y de las influencias externas. Está dirigido por tendencias heredadas y por sugestiones de otras mentes. Poder concentrar nuestros pensamientos en medio del apresuramiento y de la tensión de la vida moderna, es algo precioso, y la práctica nos permitirá lograr ese control.

Debemos agujerear, con el taladro de la mente, hasta más abajo de las atracciones físicas del mundo, tratando de encontrar la realidad eterna que allí se oculta. Entonces el secreto de la vida, que ha desafiado los brillantes intelectos de los hombres más ilustres será descubierto y se convertirá en nuestra más gozosa posesión.



[1].- Casos auténticos de fakires y de yoghis son comunes en Oriente. Son capaces de dormir y caer en estado cataléptico, hasta el punto que los entierran y permanecen así durante días y aun semanas enteras, con todos los órganos vitales en estado de suspensión funcional. Sin embargo, surgen de esos estados semejantes al de la muerte con un sentimiento de continuidad del sentido de personalidad.
En mi libro anterior, Una Investigación en la India Secreta, describí un caso que observé personalmente, donde un yogui impuso a su corazón una completa cesación de sus funciones e incluso dejó de respirar… a voluntad.
(Nota del Autor)



Extracto de PAUL BRUNTON - EL SENDERO SECRETO
Una Técnica para el Descubrimiento del Yo Espiritual en el Mundo Moderno

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