Cómo amarte a ti mismo y a los demás.

Emmanuel


Maneras y medios de expandirse.

Estos ejercicios deben practicarse según las capacidades en el momento en el que recurras a ellos. En principio, la lucha más ardua es justamente la que consiste en sentarse y reconocer que un momento de silencio puede ser beneficioso.

Entonces podrás pasar a zonas más profundas o seguir otras direcciones, como, por ejemplo, practicar el amor propio o una meditación específica destinada a descubrir la eternidad del Yo que te habita.

Sentado ya y firmemente decidido a liberarte del juicio que tienes acerca de ti mismo, a trascender el miedo y descubrir la torre de la Unicidad que hay dentro de cada ser humano, el siguiente paso consiste en adoptar la práctica que sea, no importa cuál.

Adopta cualquier forma que se preste a tus necesidades. No hay obstáculo mayor para lo que constituye el fin de la meditación que la rigidez o la insistencia en un aspecto determinado.

Estos ejercicios son abiertos, por lo que puedes ir cogiendo cosas de aquí y de allá, siempre que así le plazca al espíritu.

El propósito de estos ejercicios es personal e individual.

La finalidad última es, naturalmente, ser libres para elevarse por encima de los límites de la experiencia humana y probar, por un instante, el sabor que tienen la libertad y la paz absolutas.


Empecemos, pues. El autor de estos ejercicios no soy yo. Han sido ideados y formulados a lo largo de los siglos por muchísimos espíritus, seres de Luz, físicos unos y no físicos otros. Os los ofrezco como lo que son.

Los que los hayan empleado sabrán ensalzar sus virtudes de cara al desarrollo de la personalidad, así como el placer que tales prácticas nos procuran al dirigirnos hacia la introspección y el descubrimiento de uno mismo.


1. Cómo amarte a ti mismo y a los demás

Para empezar la práctica del amor, convendría partir de uno mismo. Después de hacerlo, partir de compartir las cosas con los demás será como el suave fluir, como el beso de la primavera. Permite, pues, que te lo presente como un pequeño deber.

Plántate delante del espejo, tú solo, con papel y lápiz a mano. Traza una línea de arriba abajo en la hoja. En la mitad izquierda de ella escribe: «Esto es lo que admito de mí». Fíjate que no he dicho «lo que amo».

En la otra parte escribe: «Esto es lo que no admito de mí». A continuación mantén una discusión honrada y abierta con la imagen que ves en el espejo.

Contémplate a ti mismo desde los diversos niveles de realidad, desde el más alto hasta el más bajo, desde el más maduro al más inmaduro, desde el más amable al más duro, desde el más tierno al más feroz.

Permítete sentir amor, compasión, odio, rabia, celos y sacrificio. Empieza por tomar nota del modo en que juzgas tus propios juicios, del modo en que desconfías de tu amabilidad, del modo en que te enorgulleces de tu forma de criticarte a ti mismo.

Nada de esto debe hacerse con demasiada severidad.

No, no. Basta, basta! Pero no pierdas de vista la verdad.

La vergüenza que sientes al amarte de veras a ti mismo es terrible.

Has venido para aprender a amar! No puedes amar a otro más de lo que te amas a ti mismo. No puedes amar a Dios más de lo que amas a otro.

Mantén un diálogo contigo mismo en el espejo durante por lo menos diez minutos o más, si así lo prefieres (puedes pasarte horas, si ése es tu gusto), pero por lo menos durante diez minutos. Después, cierra los ojos y contémplate cómo bañado en la radiante luz del amor. Acéptalo.

Déjala penetrar por tus poros. Te bañarás en el amor cada minuto de cada día, pues tú eres amor.



Extracto de El libro de Emmanuel
Transmitido por Pat Rodegast

541 lecturas

Comentario de lectores

Ninguno para este artículo