La cuestión de ser humano.

Maria Magdalena


Queridos hombres y mujeres,

Bienvenidos a este círculo. Soy María Magdalena. En su día fui una mujer que vivió y amó en la Tierra, y que a veces se desesperaba y lidiaba con esas mismas emociones humanas que todos vosotros tan bien conocéis.

Hoy estoy aquí para argumentar a favor de lo que significa ser humano. Muchos de vosotros estáis cansados de ser humanos. Hay mucho conflicto en vuestros corazones, dolor y miedo del pasado; en ocasiones, agotamiento y, también, un rechazo a abriros de verdad, debido a lo que el hecho de ser humanos en la Tierra podría acarrearos. Todo ello es perfectamente comprensible, pues, cuando llegáis a la Tierra, os encontráis con resistencias internas dictadas por recuerdos de vidas pasadas y avivadas por la nostalgia del Hogar, un hogar que habéis conocido en los reinos de armonía y luz. Todos vosotros lleváis esos recuerdos en vuestro interior y, cuando llegáis a la Tierra en cuanto que almas descendidas, vuestro ánimo puede, a veces, desfallecer.

Conectad con esa parte vuestra que se resiste a estar aquí, en la Tierra, y aceptad que eso es algo que le da miedo. Vuestra consciencia no es de la Tierra; vuestra consciencia es infinita, cósmica, y se siente como en casa en el universo entero. Aquí está solamente de visita y su estancia en un cuerpo terrenal es temporal. Reconoced y aceptad esa parte de vosotros a la que le asusta estar aquí, la que tiene miedo de participar de verdad en la vida y la que teme abrirse a todo cuanto puede experimentarse en la Tierra. Permitid que esa aflicción se haga presente: la duda, la soledad, el tedio, la desesperación. Os estoy pidiendo que os abráis a esa herida, pues el dolor solo puede sanarse cuando se le dedica una atención afectuosa.

Muchos de vosotros queréis adornaros con las galas del camino espiritual. Pero cuando os alzáis hacia la luz, y antes de daros cuenta, dejáis atrás lo terrenal. Lo que realmente se os alienta a hacer, aquí y ahora, es a observar vuestra oscuridad interior y a enviarle luz, algo que puede evocar resistencia en vosotros. No obstante, descender en vuestra propia oscuridad, soledad y sensación de separación es lo que os proporcionará mayor plenitud. Pues al hacerlo, descubriréis quiénes sois de verdad: portadores de luz, seres capaces de iluminar la oscuridad.

Imaginad ahora que esa vieja aflicción que pervive en vuestras almas se concentra en medio de este círculo que formáis. Es un dolor que se expresa de mil maneras; puede manifestarse como agitación, ansiedad, tristeza, incertidumbre y una sensación de desconexión. Mientras seguís formando este círculo en torno a esa vieja aflicción, os voy a pedir que visualicéis que todos y cada uno de vosotros lleváis en la mano una antorcha encendida y que la acercáis al centro del círculo, de manera que ese dolor quede totalmente iluminado y pueda verse, y deje de tener que esconderse en la oscuridad.

Dejad que vuestra luz brille. No sois ese dolor; sois quienes podéis aliviar ese dolor y transformarlo, y tal es vuestra auténtica tarea y misión aquí, en la Tierra. Cuando alumbráis vuestra propia oscuridad de esta manera, la luz también irradia hacia otros y los impulsa a hacer lo mismo. En ese entonces sois trabajadores de la luz; todo empieza con vosotros. La invitación principal que se os hace es a aceptar y abrazar plenamente vuestras partes más vulnerables, y eso es lo que hemos estado haciendo esta semana. Cuando os fijáis en las heridas más profundas de alguien, os dais cuenta de que son prácticamente las mismas en todas las personas, hombres y mujeres, y que derivan de su necesidad de ser reconocidas y amadas, en otras palabras, de una sensación de falta de amor y de comprensión.

El propósito original de la sexualidad, de la intimidad, es la alegría. Se trata de un encuentro sumamente valioso, podría decirse, incluso, que sagrado. Cuando un hombre y una mujer se unen, con sinceridad y respeto, se produce una fusión de energías que es, literalmente, creadora. De esa unión puede nacer una preciosa y maravillosa criatura humana. Pero esa fusión es, además, creadora en un sentido más profundo. A nivel del alma, la manera en la que el alma de otra persona os inspira y conmueve puede ser intensamente enriquecedora y os convierte en parte del Todo sin por ello perder vuestra propia singularidad, vuestra individualidad. Tal es el auténtico significado de la unión entre hombres y mujeres. Sentid qué hermoso es y lo mucho que deseáis ese sentido sagrado de la sexualidad. En cuanto que almas, siempre estáis buscando la Unidad, el regreso a vosotros mismos, el regreso al Hogar divino. Lo llamáis de muchas maneras, pero todas se quedan cortas: Dios, lo Uno, Todo-lo-que-es, el Universo, el Cosmos.
Se trata de ese anhelo que sentís en lo más hondo de morar en una seguridad incondicional, de ser totalmente aceptados y de que se os permita expresaros libremente. Esta profunda nostalgia habita en todos y cada uno de vosotros, y lo grandioso de la unión entre marido y mujer —o entre dos amantes, que también pueden ser dos hombres o dos mujeres—, lo maravilloso del encuentro sexual es que podéis vislumbrar el Todo, la Unidad. Al ser humanos, vislumbráis el Hogar, el paraíso, precisamente por medio de esa polaridad —la dualidad hombre-mujer—, la cual os enriquece. La sexualidad fue concebida para ser una fuente de luz, una danza llena de ternura.

Sin embargo, y muy particularmente en el ámbito de la sexualidad, los seres humanos están profundamente heridos y existe distanciamiento y hostilidad entre ambos sexos. Las personas ya no se sienten a gusto con la energía del sexo opuesto, ni siquiera cuando esa energía está en su interior. A las mujeres les cuesta hacer uso de su energía masculina, su autoconfianza, su poder. Y a los hombres les cuesta rendirse a sus sentimientos, a sus emociones, al disfrute de y a la fusión con otra persona. ¿Cómo ha llegado a ocurrir tal cosa? Sería demasiado largo contar con todo detalle la historia de la evolución de las energías masculina y femenina. Pero el hecho básico es que Dios, la fuente de todo lo que es, os dio libertad para explorar y experimentar, así como para correr el riesgo de obtener resultados en forma de desequilibrio de energías. Con todo, era algo necesario para que, de hecho, lleguéis a comprender quiénes sois y la responsabilidad depositada en vosotros.

No sois niños en manos de Dios, cada uno de vosotros es un dios en proceso y debéis aprender a asumir responsabilidades, así como a mantener el equilibrio con todos los elementos de la vida.

Sois brotes de Dios. Sentid lo poderosos y autónomos que sois. Cada uno de vosotros es uno e indivisible, con un sí mismo propio y totalmente único, aunque también estéis inextricablemente ligados a la Fuente de todo. Dejad que este conocimiento se asiente. Cada uno de vosotros es quien es y nadie más, y esto es, en sí mismo, un milagro, un misterio. En eso consiste ser un alma, indivisible y única; en eso consiste ser Dios, un creador: libre, independiente, autónomo.

¿Podéis asumir plenamente la responsabilidad de una autonomía tan grande? Esa es la verdadera cuestión. Una parte de vosotros no desea asumir tanta responsabilidad, y esa parte es vuestra sombra. Se siente indefensa, angustiada, separada de la Fuente. Es una parte que, al igual que un niño que llama a su madre, quiere regresar al Hogar. Y muy a menudo, las relaciones sexuales románticas se utilizan como un camino de vuelta a casa —pero la cosa no funciona así.

El Hogar está en vosotros —en ser vuestro yo original y único. Asumir vuestra plena autonomía es el primer paso hacia una relación madura. Sentirse a gusto con uno mismo, en paz con la propia esencia, es un requisito ineludible para poder tener una relación íntima y alegre con otra persona. Ahora bien, ese requisito es incompatible con el deseo infantil que tantas veces se busca satisfacer en una relación romántica y que consiste en un anhelo de formar parte del otro, de fusionarse totalmente con el otro, como si la pareja fuera un padre o una madre omniscientes en quien apoyarse. Es precisamente en las relaciones románticas donde el niño interior quiere librarse de su propia carga y pasársela a otro. Se produce entonces una dependencia emocional que hace que, más pronto que tarde, ambos miembros de la pareja terminen sintiéndose agobiados.

El primer paso hacia una relación sagrada y sanadora es que os acojáis totalmente a vosotros mismos; que abracéis a ese niño extraviado que hay dentro de vosotros y que se siente perdido. Asumid vuestro papel de adulto; nadie puede sanar vuestras heridas; cada uno de vosotros es su propio sanador, su propia luz. Cuando entráis en vosotros de esta manera, aceptándoos profunda y completamente, estáis listos para ir hacia otra persona y relacionaros con ella desde la sinceridad y la sorpresa. Este es el segundo paso para construir una relación alegre y enriquecedora. Ir hacia el otro con sorpresa, es decir, sin expectativas, sin querer ni necesitar nada, sino, simplemente, considerando a la otra persona con asombro e interés.

La forma más bonita de amor romántico consiste en maravillarse, en sentirse atraído hacia la otra persona, en querer aprendérsela y explorarla de la manera más abierta e íntima posible. Y en hacerlo sin necesidad de pretender que esa persona se adhiera a nuestra visión del mundo ni a nuestras ideas; sin querer moldearla según nuestras expectativas y necesidades. Tan solo, jugando juntas de verdad. Solo entonces puede alguien entregarse, pues no se siente presionado ni obligado a hacerlo. Ambas personas son libres y se juntan voluntariamente. Ambas quedan conectadas por algo superior, algo que radica en el corazón. Ninguna intenta cambiar ni sanar a la otra, ni tampoco hacerla mejor. No, juntas celebran la vida y, al hacerlo, cada una se sana a sí misma. No por medio de la otra, sino gracias a la habilidad que cada una tiene de estar en paz con su propia esencia y, desde allí, abrirse a participar de la riqueza y abundancia de otra alma.

Hagamos eso ahora mismo. Imaginad que estáis totalmente en paz. Llevad la atención a vuestra columna y recorredla lentamente hacia abajo, pasando por el corazón y el abdomen, hasta llegar a la pelvis. Sentid que esa es la zona del cuerpo asociada con la sexualidad. Sentidlo con admiración e inocencia, sin los prejuicios ni los sentimientos de vergüenza e impureza que la sociedad y el pasado han endosado a la sexualidad. Sentid que esa zona es tan aceptable y neutra como, por ejemplo, un dedo de la mano o un pie. Aquí se halla el ancla de vuestra esencia humana y es aquí, en la zona del abdomen y de la pelvis, donde están vuestros instintos básicos. Aquí es donde la Tierra os sostiene.

Seguid profundizando con vuestra consciencia, limitaos a estar presentes. Estéis donde estéis ahora, sentid que sois vuestro propio hogar, cualesquiera que sean las emociones con las que estéis lidiando. Lo que importa es que estéis ahí para vosotros. Vuestra luz, vuestra esencia, puede afrontar lo que sea, pues es una luz inmortal, una luz que dulcifica y comprende. Llenad toda vuestra aura con esta luz. Sentíos sostenidos por vuestra propia luz divina y sentid que el universo, Dios, la Fuente de todo, os ama. Es por eso por lo que os creó, para que cada uno de vosotros fuera tan único como es. Sois plenamente aceptados, sois admirados, sois amados precisamente por ser quienes sois y exactamente tal y como sois.

Pensad, desde este estado de consciencia, en alguien a quien améis. Puede ser vuestra pareja, pero también un amigo, un hijo, vuestro padre o vuestra madre. Quedaos con la persona que acuda a vuestra mente en este momento y con quien queráis conectar ahora. Mientras la visualizáis y conectáis con ella, manteneos centrados en vosotros mismos; nadie va a sobrepasar vuestros límites, así que permaneced tranquilos en vuestra esencia. Sentíos cómodos y en paz. Respirad suavemente con el abdomen y no os planteéis si deberíais ayudar o cambiar a esa persona. De hecho, no tenéis que hacer absolutamente nada, tan solo permanecer conectados con vuestro ser. Luego, observad a la otra persona con tolerancia e interés. Fijaos en lo que irradia ahora que la tenéis delante. Cuando observáis de esta manera, vais hacia el otro con inocencia. No tenéis que hacer nada y la otra persona tampoco. Os limitáis a observar su apariencia, cómo se mueve y qué es lo que os llama la atención de su energía.

A continuación, y con vuestro campo energético intacto a vuestro alrededor, acercaos a esa persona. De vuestro corazón emana algo profundo hacia ella. Sea lo que sea, dejad que brote espontáneamente y observadlo con interés y sin juicio alguno. Fijaos en qué es lo que os conecta y lo que os proporciona una conexión lo más vital y alegre posible. No os fijéis en lo que no fluye tan bien o tropieza o provoca desencuentros, sino en la hebra más sutil, luminosa y alegre que os une y por la que la energía fluye sin esfuerzo, y disfrutadlo. Salvo deleitaros con ello, no tenéis que hacer nada más.

Recibid esa luz durante unos instantes. Percibidla fluyendo por esa hebra hacia vuestro corazón y fijaos en qué provoca en vosotros. Trae algo nuevo y vibrante a vuestra vida, algo con lo que podéis avanzar y que os enriquece aún más. La recibiréis en virtud de vuestra unión, pero, también, del permiso que os dais mutuamente para ser libres. Es en la inocencia y en el permiso recíproco para ser libres donde dos personas se encuentran de verdad. Tal es el propósito de la auténtica intimidad.

El primer paso es estar en paz con uno mismo, confiar en la propia esencia y seguir haciéndolo incluso cuando se está en contacto con otra persona. El segundo paso es ir hacia esa persona con inocencia, sin querer cambiarla ni controlarla, sino simplemente para observarla, sentirla y descubrirla. Y el tercer paso es disfrutar, en recíproca libertad, de lo que buenamente fluye al estar con ella.

Las relaciones en la Tierra son sumamente valiosas. Es en ese ámbito donde os topáis energéticamente con vuestras emociones humanas más intensas. Como dije al principio: «Hoy estoy aquí para abogar por el hecho de ser humano». ¿Qué quiero decir con esto? Históricamente, lo que a menudo habéis pretendido es manifestar lo divino en vosotros trascendiendo vuestra humanidad y tratando de elevaros por encima de la misma para, en el fondo, huir de vuestras propias emociones y recluiros con el fin de evitar los lazos de una auténtica relación de pareja. Mi camino hacia la divinidad consiste en el ser humano que se descubre en las relaciones, pues, aunque es en ellas donde más intensamente afrontáis sentimientos de soledad, nostalgia y desesperación, también es en ellas donde experimentáis frescura, profunda alegría, conexión y una preciosa intimidad.

Una vez que experimentáis una relación profunda e íntima con otra alma en forma humana, el recuerdo de la misma permanece por siempre en la memoria de vuestra alma. Cuando el alma se siente intensamente conmovida en su faceta humana, en su faceta de hombre o mujer unidos en su sexualidad, en verdad esa relación se convierte en una puerta hacia lo divino. De ese modo, lo espiritual, la luz divina, puede realmente empezar a vivir en la gente y en la sociedad humana. La espiritualidad alcanza un vibrante resplandor dorado no por medio del aislamiento en algún reino superior, sino justamente en la Tierra, gracias a la interacción entre los seres humanos.

Quiero daros las gracias por estar aquí reunidos y por la sinceridad con la que estáis conectados con vuestros corazones. ¡Eso es lo importante! La verdadera espiritualidad no consiste en disciplina ni en desarrollar y dominar determinadas artes o habilidades. Se reduce a una sola cosa: un corazón abierto, un corazón humano que está dispuesto a inclinarse ante su propia oscuridad con inocencia y amabilidad, y que, al hacerlo, también saboreará la alegría del amor —del cálido amor humano.

Muchas gracias.


Pamela Kribbe canaliza a María Magdalena
Traducción de Laura Fernández
https://jeshua.net/

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