Viaje a través del desierto.

Maria Magdalena


Querida y hermosa gente,

Soy María Magdalena. Mi lugar está entre vosotros, sois mi familia álmica. Estoy aquí entre pares, personas afines, y cada uno de vosotros tiene un propósito similar al mío. No soy la única del otro lado aquí presente; esta habitación rebosa de la exuberante energía de vuestros guías y ayudantes. Quieren abrazaros. Nuestro deseo es crear un canal por el que, aquí y ahora, podáis recibir lo que necesitáis: amor, consuelo, aliento.

Recibid todo ello con los brazos abiertos, lo tenéis sobradamente merecido. La vida es una continua lucha para vosotros. Intentáis sobrevivir y manteneros firmes en este mundo, un mundo que, en muchos aspectos, no resuena con vosotros ni refleja las inquietudes más íntimas de vuestra alma. Para muchos de vosotros, la vida en la Tierra es semejante a una ardua travesía por un desierto árido. Lo que os falta es una dirección, un camino claro, una visión de lo que hay más adelante. Os sentís solos y yo quiero llegar hasta vosotros, sentir vuestro corazón y recordaros quiénes sois.

Dije antes que mi propósito es el mismo que el vuestro. Todos estamos aquí, en la Tierra, para promover, apoyar y acelerar los procesos de transformación en los que la humanidad se halla inmersa. Sois los maestros de la nueva era y os preguntáis cómo podéis ayudar a cambiar la consciencia de la Tierra. Pues bien, la respuesta a ese cómo es dejando nacer en vosotros esa nueva consciencia. Vosotros fertilizáis el desierto y lo cuidáis con vuestra consciencia recién nacida. De esta forma, una nueva vida emerge en la Tierra.

Una nueva vegetación florece en un lugar donde han reinado la sequía y la infertilidad. Un lugar en el que el miedo y el poder han prevalecido durante largo tiempo y en el que se han prohibido la vitalidad y la inspiración de las personas. No penséis ni por un momento que estoy pintando un cuadro demasiado desolador de vuestra historia, porque no sabéis lo que es experimentar ligereza, alegría y plenitud de verdad en la vida. Habéis olvidado lo que es ser una criatura humana que se siente segura viviendo entre los Cielos y la Tierra; lo que es jugar en libertad y con la certeza de que los elementos de la Tierra os sostienen y de que sois bienvenidos; lo que se siente al ser guiado por los Cielos y las energías que desde allí os ayudan. En eso consiste la auténtica alegría. Y en eso debería consistir la vida en la Tierra. Incluso entonces, sin embargo, hay mucho por aprender, por descubrir y por experimentar en la vida, pero siempre desde el conocimiento de que estáis arropados en seguridad.

Eso es lo que muchos de vosotros deseáis: una vida envuelta en seguridad, protección, amor y calidez. Esto es algo que veo cómo anheláis y que podéis tener.

No perdáis vuestro anhelo por ese otro mundo, por ese nivel de vibración al que pertenecéis realmente. Apreciad ese anhelo porque es como un faro de luz que os guía. Al mismo tiempo, os pido que observéis lo que en vosotros no ha llegado aún tan lejos, esas partes que todavía están atascadas en lo viejo, que siguen atadas, en cierto modo, al desierto, a la infertilidad y la sequía. La verdad es que en cada uno de vosotros hay partes que permanecen ligadas a lo viejo y que aún no son capaces de soltarlo y de crecer con lo nuevo. En estos tiempos está teniendo lugar un cambio masivo en el corazón de las personas, se está produciendo una expansión de la consciencia en el mundo. En vosotros opera un deseo creciente de naturalidad y espontaneidad que, como acabo de describir, debería desarrollarse desde un sentimiento de seguridad.

Sois precursores de este proceso, pioneros. Cada uno de vosotros lleva en sí mismo el germen de un maestro, de un guía para los demás. Al mismo tiempo, también os veis arrojados al más profundo de los abismos, a lo que llamáis «la noche oscura del alma». Cuando se quiere llegar a un nuevo territorio y explotar un nuevo suelo, primero hay que despedirse completamente del territorio anterior, ese en el que están arraigadas viejas energías de miedo, dolor y juicio; ese al que todavía estáis adheridos.

Así pues, justo cuando os convertís en maestros o vais camino de serlo es cuando os veis arrojados a las profundidades con el fin de descubrir todo lo que aún os ata a lo viejo y que necesitáis soltar. Esa caída literal al abismo tiene lugar en cuanto os entregáis por entero a abrir vuestra consciencia a lo nuevo. Es por eso por lo que todos nosotros —yo, vuestros guías y otros maestros— estamos aquí, con vosotros. Y por lo que os felicitamos por vuestra valentía, porque, cuando empezasteis esta vida en la Tierra, sabíais que este sería un periodo de transformación en el cual tendríais que identificar y encarar vuestras partes más oscuras. Y hacerlo es la llave que abre la puerta de lo nuevo.

Lo que os hace tan valientes es que os aventurasteis a dar este salto sin saber exactamente qué abismos os aguardaban. Cuando encarnáis, cuando os zambullís en una nueva vida terrenal, perdéis la claridad y la perspectiva general que tenéis como almas en las dimensiones allende la Tierra. Os sumergís en la ignorancia y el olvido, con la íntima confianza de que encontraréis el camino de vuelta al Hogar, de que sabréis lo que tenéis que hacer. Este es un acto de valor y quiero que os sintáis orgullosos de vosotros mismos.

Si no sabéis cómo proceder en vuestra vida, cómo lidiar con patrones persistentes de miedo, dolor o tristeza; si tenéis la sensación de estar atascados, comprended que habéis emprendido este viaje con enorme valentía y profundamente inspirados con el fin de contribuir a nueva consciencia en la Tierra. Al abandonar todo lo que en vosotros es viejo y temeroso para poder probar lo nuevo, lo que hacéis es, en cierto modo, sacrificaros y, al hacerlo, también podéis ser un ejemplo para otros.

Ahora bien, es importante que comprendáis la naturaleza de ese «abandonar». No se trata tanto de un sacrificio que hacéis por los demás o por el mundo como de un profundo reconocimiento de vuestro propio núcleo, de eso que trasciende vuestro conocimiento humano y vuestra voluntad humana; es un reconocimiento de vuestra propia grandeza como almas. En esta vida, vuestra meta es dar prioridad de verdad al alma y su destino, incluso aunque hacerlo os lleve, a veces, a retorceros de dolor o a sentir desagrado y desesperación. Por ello os pido que seáis respetuosos con vosotros mismos y con quienes están pasando por un proceso parecido.

No juzguéis, pues la intensidad de «la noche oscura del alma» de cada cual, la oscuridad que una persona atraviesa, no dice nada acerca de dónde esa alma, ese ser humano, se halla con respecto al camino interior. Es señal indudable de fortaleza y valentía querer encarar a fondo partes de uno mismo y, a veces, esa confrontación parece venir de fuera. Por ejemplo, en caso de estar lidiando con una enfermedad grave o algún revés abrumador a nivel humano, decís: «Yo no quiero esto en absoluto, quiero librarme de ello y vivir en la luz». No obstante, en vosotros hay niveles más profundos que dicen «sí» a esa oscuridad, partes vuestras que sienten y saben que: «Algo en mí necesita esta experiencia de vida. Esta oscuridad quiere hacerse visible, tiene sentido para mí y, aunque chille y grite de dolor y miedo, confío en este proceso». Tal es vuestro mayor desafío: confiar en «la noche oscura del alma».

Es muy humano perder confianza. Y cuando perdéis la confianza, lo que se necesita es compasión y comprensión. Cuando toda la luz desaparece, la compasión es la energía que más tiempo aguanta y la que llega más lejos. Pensar que sabéis lo que es mejor para otro o dar consejos bienintencionados no es la manera de conectar con quien se siente desamparado o incluso con vosotros mismos cuando así os sentís; lo que conecta es la compasión. Permanecer junto a esa persona y escuchar y comprender de verdad; rodearla de humanidad, con reverencia y respeto, es la energía que mayor sanación produce en alguien que está atravesando «la noche oscura del alma».

Generalmente, no sois capaces de daros esa compasión a vosotros mismos cuando os encontráis en el punto más negro de «la noche oscura del alma», cuando afrontáis esas partes más oscuras que hay en vuestro interior y que rechazáis. No os amáis o quizás, incluso, os odiáis a vosotros mismos. Tenéis ideas preconcebidas acerca de lo que sois, lo que deberíais ser y lo que deberíais haber hecho. A menudo os debatís en la autocrítica y el prejuicio, el arrepentimiento y el remordimiento, y quedáis atascados. Todo eso es lo contrario de tener compasión hacia vosotros mismos.

Miedo, sacrificio, ira, remordimiento, resistencia, depresión… Son los niveles más hondos en los que puede hundirse la consciencia humana. La clave es que os atreváis a tenderme la mano desde un sentimiento de igualdad, pues yo os comprendo, os veo, os escucho. Crear ese espacio más amplio para otra persona es lo que podemos hacer los unos por los otros. Esto es algo muy necesario en la actualidad. Un ser humano que ha alcanzado las profundidades de «la noche oscura del alma» está, en cierto modo, solo, pero esa vivencia es muy distinta cuando las personas se apoyan unas a otras sin juicio y desde una postura de igualdad.

Veréis que eso es también lo que está en el corazón del quehacer del maestro en estos nuevos tiempos. No se trata de predicar desde una tarima ni desde libros llenos de sabiduría ni desde un conocimiento exaltado basado en elevados principios, sino de arrodillarse de verdad junto a una persona y de tenderle la mano en igualdad. Porque comprendéis, ya sea por haber experimentado su situación de hundimiento o por intuir que podríais experimentarla en un futuro. Pisáis la nueva tierra con ambos pies cuando sois capaces de compartir ese espacio con otro y de darle aceptación y comprensión. Cuando habéis sacrificado vuestro ego, eso que «sabe más que nadie» y que quiere mantener el control.

A nivel espiritual, también podéis tener un ego lleno de ideas elevadas, pero estar poco enraizados en vuestra naturaleza humana y no ser fluidos ni flexibles, sino estrictos y rígidos. Lo que ocurre durante «la noche oscura del alma» es que se os pide —es un desafío— que soltéis vuestra rigidez y que vayáis realmente con lo que está vivo, con lo que de verdad está pasando. En esto pueden ayudaros otras personas, pero tenéis que soltar en lo más hondo de vosotros.

Convenceos de que está bien ser tal y como sois, de que sois hijos de la vida, inocentes y sin necesidad de defenderos; criaturas a salvo en la Tierra y bajo los Cielos. Ahí es adonde quiere llevaros «la noche oscura del alma», a que recuperéis esa sensación. Es imprescindible que soltéis todo lo que no es vuestro, todo lo que es falso, inflexible y rígido —en particular hacia vosotros mismos. Y hacerlo duele, ya que posiblemente estéis apegados a esa rigidez y severidad porque os proporcionan un falso sentido de certidumbre, pero no es algo vivo, no es real.

En verdad sois una fuente vibrante de luz —una luz que mana y fluye. Imaginad que esa fuente de luz está en vuestro abdomen y que una energía vibrante fluye hacia vuestro corazón y vuestro cuerpo entero. Esta energía es vital y nueva, hace que la Tierra se vuelva fértil. Sentid esa energía en el centro de vuestro abdomen. Es una energía que procede directamente de vuestra alma y es tan poderosa que derriba esas viejas trampas y estructuras que habéis valorado, así que permitid que fluya.

Interiormente, ya es mucho lo que habéis logrado. Sentíos orgullos de vosotros mismos y reconoced vuestra propia grandeza. No vaciléis en darle espacio a la luz que brilla a través de vosotros, hacerlo no tiene nada que ver con el ego. Tiene que ver con entregaros, con no retener lo que, de no ser así, fluiría por vosotros: alegría, comprensión, sabiduría, compasión y luz —una luz muy arraigada que no juzga.

Os saludo a todos desde mi corazón. Volved a sentir la energía del poder y la luz. Quienes aquí estamos quisiéramos deleitaros con un baño de energía, de luz —basta con que nos digáis «sí». Os amamos y respetamos profundamente quienes sois.


Pamela Kribbe canaliza a María Magdalena
Traducción de Laura Fernández

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