Los problemas del mal.

Omraam M. Aivanhov


Las debilidades y los vicios.


- Saber reconocer las señales de advertencia.

Suponed que tenéis una debilidad a la que no sabéis resistiros: os gusta mucho el alcohol, o las mujeres, os sentís empujados a calumniar a los demás, a gastar el dinero en compras inútiles, a divertiros cuando deberíais estar trabajando, o a cualquier otra cosa. Intentad encontrar en vosotros los signos que anuncian la llegada de la tentación. Esos signos son siempre los mismos y deben ser considerados como advertencias. Por eso debéis buscar en el pasado las ocasiones en que esta debilidad se ha manifestado, y los signos que la han precedido. Encontraréis que la advertencia ha podido ser una crispación en el plexo solar, o un malestar, o un pensamiento, o una imagen que llega a vosotros.

Todo el mundo es advertido por signos, pero esos signos son diferentes según las personas; es necesario, por lo tanto, buscarlos. Cuando hayáis descubierto esos signos de advertencia podréis ser dueños de la situación porque desde el momento en que aparecen, sabréis que debéis mostraros atentos y vigilantes. Pero para eso hay que estar libre y no ser esclavo de actividades absorbentes que os importunen y os impidan echaros una mirada a vosotros mismos.


- La actitud a adoptar con relación a nuestras faltas.

No hay que acordarse siempre de las faltas que hemos cometido, salvo para aprender una lección para el futuro. Olvidad lo que ya es viejo, no habléis más de ello; no digáis a cada instante ante el Señor: «Yo soy indigno, soy un pecador», para mostrarle, llamémosle, una aparente humildad. El Señor no tiene necesidad de escuchar ese tipo de cosas. Decid, por el contrario:

«Dios mío, yo soy Tu hijo, ayúdame a adquirir Tu sabiduría, Tu fuerza, Tu luz. Ayúdame a salir de mis dificultades, a fin de que Te glorifique en la tierra como los Angeles Te glorifican en el Cielo». La verdadera humildad, no es la de acusarse continuamente, sino el poder decir, incluso si habéis realizado la acción más gloriosa: «No es a mí, Señor, es a Tu nombre a quien corresponde la gloria de esta acción».


- Saber utilizar las fuerzas del mal*
* Sobre el bien y el mal, ver: tomo V de las Obras Completas: «El bien y el mal» y «Cómo luchar con el Dragón» y tomo XXVIII, capítulo V: «Una nueva actitud ante el mal».

Luchamos contra el mal porque nunca lo hemos comprendido; hay que absorber el mal, utilizarlo como un material para el trabajo. En química no despreciamos ningún veneno, todo se utiliza. La naturaleza tampoco desprecia nada, coge los desechos, las inmundicias y las utiliza como materia prima, y con esa materia prima hace crecer las flores y los frutos.

Los humanos, que todavía no han comprendido esta gran verdad, suplican: «¡Señor Dios, eliminad el mal!» Pero Dios se rasca la cabeza, sonríe y dice: «¡Pobres! Cuando comprendan que el mal es necesario dejarán de suplicarme.» Pero hasta que llegue ese momento, ¡qué cantidad de oraciones! Debemos rezar, naturalmente, pero mirad lo que deberíamos pedir: «Señor Dios, enséñame cómo has creado el mundo y cómo ves Tú las cosas para que yo pueda, como Tú, estar por encima del mal, de forma que no me alcance, sino que yo sea capaz de servirme de él para hacer grandes cosas.» Pensando de esta manera veremos que no hay nada malo en la naturaleza.

Por lo tanto, en lugar de intentar desembarazarse definitivamente de estas fuerzars negativas que le atormentan, el discípulo debe aprender a utilizadas para hacerse más fuerte.

Incluso la moral y la religión están en un error al aconsejar arrancar, extirpar el mal, porque el mal posee fuerzas formidables sin las cuales el hombre se debilita.


- Algunos ejemplos:

1. La sexualidad.

La energía sexual es una energía que podemos comparar al petróleo. Los que son ignorantes y torpes se queman; esta fuerza quema su quintaesencia. Mientras que con el mismo petróleo, los que saben utilizarlo, vuelan en el espacio. Ninguna imagen resume tan perfectamente la cuestión de la energía sexual. Entonces, ¿por qué no volar por el espacio hasta las estrellas y conocer todo en lugar de quemarse?

Ahora se está desarrollando una nueva filosofia que enseña a los hombres y a las mujeres cómo mirarse, cómo utilizar todos esos impulsos súbitos que se inspiran mutuamente, toda la dicha de contemplarse, para convertirse en seres excepcionales con posibilidades de alcanzar las más altas realizaciones, porque el amor vendrá a ayudarles, a sostenerles y a propulsarles hasta el Cielo.


2. La vanidad.

La necesidad de mostrarse mejor de lo que realmente se es no es mala en sí misma. Incluso podemos decir que ha sido la misma naturaleza la que ha puesto esta tendencia en el hombre para obligarle a evolucionar. Porque también puede ocurrir que en el deseo de atraer la aprobación o la admiración de los demás, algunos consigan sobrepasarse a sí mismos. Personas que tenían miedo pero que no querían decepcionar la confianza que su familia o su país había puesto en ellos, llegaron a ser verdaderos héroes. Un artista quiere perfeccionarse en su arte para que el público no se canse nunca de él y de sus obras. Además, los educadores, padres y profesores, intentan utilizar esta tendencia para obtener de los niños mejores resultados. Cuando mostramos a un niño que esperamos algo de él, que le tenemos confianza, él hace todo lo posible para conseguirlo.

Incluso de un delincuente podemos obtener buenos resultados dándole una responsabilidad que le muestre que tenemos confianza en él. La vanidad es, pues, una buena tendencia en la medida en que la hacemos servir para evolucionar.


3. La duda.

Sentís la necesidad de poner todo en duda... Bien, pues en lugar de dudar siempre de la Inteligencia cósmica, de la existencia del Señor, o de la bondad de los otros, dudad de vosotros mismos, de la certeza de vuestros puntos de vista y decid: «¿Es cierto que siempre tengo razón?

¿Estoy realmente en lo cierto? ¿Existe una forma de razonar mejor que la mía?», y poneos a buscarla. Desgraciadamente, en esto, no dudamos.

Los humanos dudan de todo, salvo de su propio razonamiento: por eso acaban metiéndose en berenjenales. Eso no es inteligente. En lugar de creer que todos sus deseos y apetencias son válidas, legítimas, maravillosas, y de defenderlas, deben comenzar a preguntarse si realmente son tan «católicos», tan divinos. En lugar de dudar siempre de su naturaleza superior, de su espíritu, y de todo lo que Dios ha puesto en ellos, que duden un poco de su naturaleza inferior.

Desgraciadamente, dudan de lo que Dios les ha dado para salvarles y creen absolutamente en las fuerzas que se desencadenan en ellos. Si realmente quieren dudar, que sepan de qué deben dudar.


- El injerto espiritual.

Suponed que tenéis un árbol extremadamente vigoroso pero que da unos frutos ásperos e incomestibles: haced un injerto, y de un peral salvaje, por ejemplo, podréis obtener unas peras magníficas. Los humanos son viejos expertos en estas técnicas, pero cuando se trata del ámbito psíquico o del espiritual, no son tan capaces ni tan mañosos.


1. La sensualidad.

Suponed que sentís un amor muy sensual... Es una fuerza salvaje, formidable, irresistible.

Podéis hacer un injerto sobre él, pero para eso, hay que encontrar una rama de otro amor puro, noble, elevado... e injertarla.

Entonces la savia que produce vuestra naturaleza inferior subirá, circulará a través de esas ramas, es decir, de esas impresiones, esos circuitos nuevos dibujados en vuestro cerebro, y producirá frutos extraordinarios, un amor prodigioso que os aportará gran alborozo e inspiraciones inauditas.


2. La vanidad.

Y si la vanidad ocupa gran parte de vuestro tiempo y de vuestras fuerzas, podéis darle también otra orientación. En lugar de desear alcanzar la gloria ante el mundo, ante los papanatas y los imbéciles, emplearos en desear la gloria, pero en el campo de las realizaciones celestes, una gloria divina, inmarchitable, que no se apague nunca.


3. La cólera.

Si sois coléricos, puede haber ocurrido que debido a ello, ya hayáis destruido varias amistades y estropeado alguna buena oportunidad para vuestro futuro. Pero esta fuerza brutal que estalla como la tormenta, también podéis transformada, sublimada haciendo un injerto, y entonces llegáis a ser infatigables para luchar, guerrear, combatir todo lo que es inferior, convirtiéndoos en un soldado de Cristo, un servidor de Dios. En lugar de ser empleada en destruir lo que es magnífico, vuestra fuerza marciana os ayudará a construir.

Es suficiente con encontrar los injertos. Pero recordad que debéis de guardar la raíz, no se la debe arrancar nunca porque es muy vigorosa, y el tronco también. Es sobre ellos donde debéis injertar: extraéis mentalmente las fuerzas que poseen y las unís a una entidad, a un espíritu luminoso, a un ángel o a un arcángel.

Todos los Iniciados se han visto obligados a hacer injertos; se han unido siempre a seres que les sobrepasaban y los frutos que daban de esta forma eran los mejores. Pero el injerto más poderoso, más sublime, es el de unirse al Señor y decir: «Señor, lo que yo hago no es gran cosa.

Acepta entonces entrar en mí, trabajar y manifestarte a través de mí. Yo quiero trabajar para Tu Reino y Tu Justicia.» Ese es el mejor injerto, el más sublime, y si en ese momento Dios acepta, si El se une a vosotros, vuestro árbol (es decir vosotros mismos, que en el pasado producíais frutos incomestibles), producirá enseguida deliciosos frutos perfumados. Solamente quedan las raíces y el tronco, pero el injerto, es decir, el mundo invisible, el mundo divino, el mundo celeste ha producido sus frutos. ¿Qué es lo que ha pasado? Todas esas fuerzas brutas, primitivas e hirvientes de la personalidad, las ha utilizado el Cielo para transformadas gracias al injerto espiritual.



Extracto de LA NUEVA TIERRA
OMRAAM MIKHAEL AIVANHOV

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