Acerca de estos tiempos de caos.

Maria Magdalena


Queridos amigos,

Soy María Magdalena y estoy aquí, entre vosotros. Desearía tocaros y depositar un dulce beso en la mejilla de todos y cada uno. Me sois tan queridos… Os amo.

Veo vuestra valentía y fortaleza. Os cuesta muchísimo estar aquí, en la Tierra, en esta vibración cuya frecuencia aún determinan a menudo el miedo y la violencia. En la actualidad, los medios de comunicación ponen a vuestro alcance una ingente cantidad de información que requiere vuestra atención. Todo lo viejo y oscuro que ha venido siendo reprimido y ocultado está saliendo a la superficie. La tecnología moderna desempeña un papel en este proceso, pues ayuda a que las cosas se visibilicen en vuestra sociedad. La información que se difunde es mayor que nunca y numerosos motivos y procederes turbios están quedando expuestos, por lo que podría parecer que se está produciendo una intensificación de la maldad, de la oscuridad.

No obstante, lo que de hecho está ocurriendo es que las cosas están saliendo a la superficie y, ahora más que nunca, haciéndose visibles, pues en la Tierra está teniendo lugar un enorme proceso de transformación. Lo que está saliendo a la luz son las viejas capas de abuso de poder, tiranía, miedo y desesperación. Y esto es algo bueno, ya que, con cada paso que se da hacia una mayor transparencia, se da la posibilidad de actuar de manera diferente. La toma de consciencia precede al cambio, siempre es así.

Esta es la fase de consciencia que la humanidad y la Tierra están atravesando ahora a nivel global. Los procesos que están teniendo lugar en cada uno de vosotros individualmente —la aparición de viejas capas de miedo, rabia y dolor— también están teniendo lugar a gran escala. La buena noticia es que el mundo está preparado para todo ello. Para que las cosas viejas y ocultas puedan revelarse, es necesario que haya espacio, y tal es el caso en la actualidad.

La consciencia ya ha cambiado; está más receptiva a la verdad y la honestidad. Sentidlo en vuestro fuero interno. Intuid una corriente de consciencia que se orienta hacia la apertura y la transparencia, que busca la verdad y que denuncia la injusticia y la iniquidad. Esa corriente de consciencia existe en el mundo, por lo tanto, conectad con ella y su verdad.

Esa es la corriente de consciencia en la que vuestra alma desea fluir, pues vuestra alma quiere contribuir a una mayor revelación de la verdad. En vuestra alma se da el intenso impulso de propiciar la transformación de la consciencia. Con todo, esto también genera confusión en vuestra mente, ya que propiciar dicha transformación implica varias cosas. La primera es que es necesario que os alejéis de lo viejo y reconozcáis con total honestidad vuestros propios sentimientos y motivos; dicho de otro modo, tenéis que aprender a ser transparentes con vosotros mismos. Solo así podréis servir de ejemplo a los demás.

Os halláis en el camino personal del alma hacia vuestra transformación en un trabajador de la luz o trabajador de la consciencia. En la medida en que os vais alejando de todo lo viejo a lo que aún permanecéis atados, vais también camino de convertiros en maestros. Sin embargo, emprender ese camino puede generaros miedo y soledad, al menos temporalmente. Reconoced vuestro deseo de verdad y vuestro deseo de ayudar a cambiar este mundo; anheláis una nueva Tierra en armonía con la naturaleza; deseáis un mundo lleno de personas que puedan reír y crecer de nuevo, ser auténticas y liberarse de los miedos y la tiranía del pasado.

Ese anhelo vuestro es muy profundo; es vuestro sueño, vuestro ideal. Sentid hasta qué punto os hace distintos el hecho de tener ya un pie —el de vuestra alma— fuera del orden establecido. Identificaos durante unos instantes y por completo con ese lado vuestro, el del revolucionario; el de quien ve y quiere llevar a la luz de la consciencia aquello que está oculto y reprimido; el de quien quiere ayudar a que nazca lo nuevo. ¡Cada uno de vosotros es ese quien! Y a medida que lo sois cada vez más, pasáis por un intenso proceso interior de liberación de vuestros miedos y de viejas compulsiones, tal es vuestro proceso. ¡Sentid respeto por vuestra propia valentía y decisión!

Muchos de vosotros os sentís confusos con respecto a la situación mundial actual. El mundo está inmerso en el caos y también es caótica la vida emocional de la mayoría de los habitantes de la Tierra. La gente anda buscando y, gracias a los muchos cambios y a la enorme cantidad de información disponible, las personas son mucho más conscientes de sus posibilidades, de cómo podrían desarrollarse, de su sufrimiento y de cuál es la causa del mismo.

Todo es mucho más consciente. Antes de que pueda haber armonía y paz interiores, el desasosiego y el dolor aumentan. Tal es el resultado de una mayor consciencia: que ya no se pueden ocultar esas cosas. Veis ese dolor y queréis de corazón aliviarlo en los demás. Al mismo tiempo, sin embargo, experimentáis tanto dolor en vosotros mismos que termináis confusos con respecto a quiénes sois, dónde estáis o cuál es vuestro camino.

Imaginad ahora que contempláis la Tierra y sus habitantes como si fuera un enorme globo. Os colocáis fuera y observáis esa esfera gigante con toda su variedad de energías. Hay mucha búsqueda en esta Tierra y, también, mucho dolor. Limitaos a mirar los colores de la esfera. Contemplad cómo fluyen y refluyen, y no solo las tonalidades del caos, sino también las del impulso hacia la innovación. Observad y sentid lo que está haciendo ese globo, pero sabed que os está permitido permanecer al margen; que podéis desapegaros del mismo.

A continuación, dad un paso atrás y alejad vuestra consciencia del globo para llevarla hacia vosotros. Habéis estado observando atentamente la Tierra, la energía de la humanidad. Ahora, focalizad toda vuestra atención en vosotros mismos y visualizaos no ya como seres con forma humana, sino como seres de energía.

Mirad en vuestro corazón. Sentid cómo os conmueven el dolor y el sufrimiento de la humanidad. Sentid vuestra compasión, vuestro deseo de luz. Esto es algo que quizás podáis apreciar con mayor claridad y más particularmente cuando se trata de las personas por las que os preocupáis a diario, pues vuestro mayor deseo es que tengan luz, amor y sanación. Fijaos en cómo reacciona vuestro corazón al respecto. ¿Se agarrota de alguna manera? Cuando sentís el dolor de otra persona, estáis conectados a ella, así como a sus energías más densas, mediante un cordón energético, por lo que sufrís con ella. Esto no os hace más grandes ni os eleva por encima de su energía; lo que hacéis es reptar bajo la piel de esa persona y sufrir con ella, al tiempo que os sentís impotentes para cambiar nada.

Daos cuenta de esas energías del mundo exterior con las que cargáis, pero que no son vuestras y que apesadumbran vuestro corazón. Dejad que esas energías fluyan en forma de color oscuro o de un sentimiento de pesadumbre, y observad qué aspecto tienen o en qué parte de vuestra aura o de vuestro cuerpo se manifiestan.

Luego, volved a dar un paso atrás. Soltad ese cordón energético, esa cadena de compasión que os estruja y que os lleva a dar demasiado. Retroceded y liberaos de esa atadura. Si os resulta difícil, imaginad que estoy a vuestro lado y que os invito a hacerlo. Tomad mi mano y confirmad en mi mirada que está bien que os liberéis. ¡Este es vuestro momento! Dejad que esas energías grises y oscuras se alejen y, a cambio, envolveos en luz. La luz está ahí mismo; no tenéis que crearla, es vuestra: es la luz que habéis reprimido. Dejad que esa luz os rodee por completo, sea cual sea su color.

Ahora os halláis aún más lejos de la Tierra y de otra gente. Os saciáis con la energía de vuestra alma, esa parte vuestra que observa y supervisa, que hace transparentes todas las cosas. Dejad que esa energía os nutra por completo, de la cabeza a los pies, y sentid que vuestra aura es como un huevo que os contiene, como una forma ovalada cuya superficie es impenetrable.

Recargad vuestra energía y convenceos de que tenéis pleno derecho a nutriros de esta manera. Regresad a casa, a vosotros mismos, y desprendeos de todo lo demás. Podéis respirar y sentir de nuevo vuestra inspiración original. Nacisteis para experimentar alegría. Sentid nuevamente esa alegría original, libre de toda pesadumbre, y entregaos a ella.

Nadáis en la confusión y, a veces, os involucráis tanto en el sufrimiento que hay en la Tierra que os olvidáis de quiénes sois. Sois los embajadores de la nueva energía en la Tierra, sobre todo cuando hacéis de vosotros mismos vuestro hogar, cuando os sentís como en casa dentro de vuestros propios límites. Es entonces cuando sabéis manejar esos límites. Irradiáis lo nuevo en su forma óptima y no hay nada que cambiar.

Al ser totalmente vosotros mismos, irradiáis una nueva consciencia que no puede por menos que conmover a otras personas. Aquellas que están receptivas se dejarán conmover sin que tengáis que sobrepasar vuestros límites ni agotaros ni esforzaros aún más ni batallar con el dolor y el sufrimiento ajenos. No es así como procede lo nuevo.

Imaginad ahora que ese huevo energético en el que os sentís a salvo y radiantes se desliza lentamente de vuelta a la Tierra. A medida que el planeta se aproxima, os sentís claros y transparentes, y sabéis que las vibraciones de la Tierra y los miedos que en ella viven no pueden afectaros. Visualizad esos miedos ante vosotros como vibraciones grises que fluyen apaciblemente alrededor de vuestro huevo, porque no pueden penetrarlo. Os mantenéis bien aferrados a vuestra propia energía —a vuestra plenitud concentrada— y os sentís respaldados por mí, por vuestra propia alma y por todo aquello que es bueno y luminoso y alegre. Os está permitido estar aquí desde vuestro núcleo más profundo, el cual es brillante y alegre, extenso, hermoso y libre.

A continuación, imaginad que aterrizáis en la Tierra. Estáis en un cuerpo terrenal con ambos pies firmemente plantados en el suelo. Visualizaos primero en algún lugar de la naturaleza, con vuestros pies desnudos pisando la hierba, o en una playa o donde prefiráis, llevando con vosotros: vuestra alma, vuestra fortaleza interna, vuestra resiliencia y vuestras intuiciones. Sintonizad con este planeta, con la Tierra. Sentid cómo os reconoce cuando os afirmáis en vuestra propia fuerza. ¿Notáis su entusiasmo? La Tierra os sustenta, os da raíces, os empodera.

Luego, imaginad que vais andando por el centro de una ciudad. Todo es jaleo. No se trata solo del bullicio físico —la gente, los coches, el ruido—, sino también del tipo de energía que hay, más inquieta, más caótica. Todos esos sentimientos, emociones y estados de ánimo de las personas se arremolinan a vuestro alrededor y no hay apenas presencia del mundo natural para proporcionar tranquilidad y equilibrio. No obstante, permanecéis ahí, dentro de vuestro huevo hecho de energía luminosa, vuestra propia energía.

Imaginad lo siguiente: estáis en medio de una calle o de una acera; tomaos el tiempo de visualizaros ahí bien. En medio de todo el cemento de la ciudad, sois conscientes de la Madre Tierra, pues también está ahí. De resultas de su presencia, tomáis consciencia del corazón de todas las personas que pasan andando junto a vosotros. En el seno de todas las emociones superficiales —la confusión, la prisa, la impaciencia—, un corazón late en todo ser humano. Permaneced desapegados de todas esas energías confusas que se agitan a vuestro alrededor; en vez de eso, concentraos en esos corazones.

Sentid que permanecéis firmes y que a vuestro alrededor hay un espacio invisible. Un espacio que no desaparece, incluso aunque la gente pase cerca de vosotros. Sentid vuestra firmeza. Estáis conectados a todas esas personas, pero eso no es algo que deba preocuparos. Intuid la promesa que existe en cada uno de esos corazones. Intuid que, en el corazón de cada ser humano, late el deseo y la búsqueda de la verdad y de la luz, si bien los caminos que llevan a la verdad son a veces tortuosos. Con todo, tal es la manera humana de proceder.

Daos cuenta del enorme poder y aguante de las personas, y considerad que hay una lógica en cada camino particular: una dirección, un propósito. Confiad en el corazón de cada una. No las privéis de las vueltas y revueltas de su camino; no intentéis despejárselo, no es esa vuestra tarea. Vuestro trabajo es, sencillamente, conmover sus corazones mediante vuestra presencia y consciencia, algo que ya estáis haciendo por el mero hecho de estar presentes.

Imaginad que seguís de pie en medio de la calle y que en vuestro corazón aflora la intención amable de alcanzar el corazón de esas personas con una caricia, un tierno roce. Con eso basta. Con ese gesto os limitáis a decirles: «Os veo», mientras permanecéis serenos en vuestra propia energía, en vuestro propio campo, conectados con vuestro abdomen, las piernas y los pies, y sintiéndoos libres.

En eso consiste vuestro «trabajo»: en ser diferentes, aunque estéis en medio del mundo; en ayudar, pero sin perderos a vosotros mismos en el sufrimiento y el dolor ajenos; en dar desde el corazón. Por un lado, estáis al margen de la sociedad, pero, por otro, conectáis con ella desde el corazón y, al hacerlo, cumplís el propósito de vuestra alma. Tal es vuestro mayor deseo.

De ese modo contribuís a un mundo diferente y mejor, así como a liberaros de lo viejo; a liberaros de lo que os ha mantenido encadenados al miedo. Estéis donde estéis en vuestro camino, os pido que os respetéis y que tengáis el valor de adentraros profunda y regularmente en vuestro interior. Os pido que soltéis momentáneamente aquello que os ata a todo lo demás y que experimentéis la belleza y el poder de vuestra alma. Desde ahí podréis dar otro paso en el mundo, sabiendo que no hay mucho que tengáis que hacer. En realidad, se trata de hacer de vosotros mismos vuestro verdadero hogar, de respetar la energía de vuestra propia alma y de, desde ahí, dejaros llevar dulcemente por el flujo de la vida.

Os saludo a todos con el mayor de los respetos. Sentid cuánto os admiro. Sois los maestros de la nueva era. Muchas gracias.



Pamela Kribbe canaliza a María Magdalena
Traducción de Laura Fernández

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