Contemplaos bien.

Maria Magdalena


Querida gente,

Soy María Magdalena. Soy vuestra amiga cómplice, alguien a quien conocéis y que comparte vuestra visión interior. Sentid mi energía en esta habitación. Os abrazo con la alegría propia de las almas que se reconocen.

Estoy aquí para animaros a que seáis quienes sois. Os ofrezco la seguridad y la protección que todos necesitáis para crecer, evolucionar y realizaros. Sentid esa protección aquí presente; sentíos a salvo en la Tierra. Vuestra alma eligió estar aquí en este tiempo y en esta vida. Vuestra alma consideró propicios para encarnar este aquí y este ahora, por lo tanto, dejad que vuestra luz brille.

No olvidéis que el salto a la encarnación para convertiros en seres humanos es un salto al miedo y a la incertidumbre. En el momento en que abandonáis esa otra dimensión con el fin de sumergiros en el reino terrenal, perdéis toda certeza, todo asidero a lo ya conocido. Os entregáis al ser humano y os hacéis pequeños y vulnerables. Nacéis a la existencia terrenal como criaturas desnudas, desvalidas y dependientes del cuidado de otros.

¿Concebís el valor del que hacéis gala al dar ese salto? No cabe dudar de que os sentiréis abrumados por dolorosos recuerdos de un pasado lejano, al daros cuenta de que no estáis aquí, en la Tierra, por primera vez. Es mucho lo que habéis experimentado en el pasado y, aunque vuestro crecimiento ha sido inmenso, no siempre ha sido fácil. El eco del dolor que habéis sentido aún resuena en vuestro corazón, en la persona que sois actualmente. Y con ese remanente doloroso del pasado, nacéis de nuevo a otra vida —esta vida—, en la que esas viejas heridas vuelven a abrirse.

Viejas heridas que afloran en esta vida, incitadas y espoleadas por las condiciones que os llegan a través de vuestros padres, del entorno en el que vivís y donde crecéis, de vuestro trabajo, vuestros amigos y otra relaciones. Todo cuanto aparece en el camino de vuestra vida remueve algo en vuestro interior: una emoción, un sentimiento. El objetivo es observar esos sentimientos amorosa y conscientemente, y abrazarlos.

Como seres humanos en la Tierra, el principal reto que afrontáis es el de dejaros conmover emocionalmente y, con ello, experimentar no solamente dolor, sino también alegría y satisfacción. Vuestra tarea en la Tierra consiste en transitar por los altibajos que aquí se suceden y en observar todo cuanto os afecta con una mirada de aceptación. Necesitáis la habilidad de observar de manera tranquila y compasiva. Hacerlo os permite crecer de verdad, porque entonces vuestra alma puede descender y encarnarse plenamente, y conseguir así que su luz se manifieste en la Tierra.

Todos empezáis la vida como inocentes criaturas terrenales, pero, luego, la vida en la Tierra os zarandea de un lado a otro, al poneros en medio de todo tipo de emociones y sentimientos. Y solo cuando los observáis con una mirada compasiva, puede esa oscilación del péndulo hacerse algo menos pronunciada. Empezáis entonces a aproximaros cada vez más a vuestro propio centro, a vuestra esencia. Y empezáis por fin a comprender ese cúmulo de emociones, pensamientos y viejas heridas que sois, pero, también, que no sois.

Sí, en vosotros viven todas esas emociones, pero en vosotros hay también algo que es mayor que ellas y que las trasciende. Solo cuando reconocéis ese «algo», hacéis posible que aflore el auténtico amor propio. Tal cosa sucede cuando contempláis vuestros propios temores y tensiones, vuestra propia pena e ira, y todo lo envolvéis en serena atención y aceptación. Es lo que os voy a pedir que hagáis ahora mismo, de todo corazón. Contemplaos a vosotros mismos; contemplad vuestra parte más hermosa y evolucionada, y atreveos a mirarla de verdad. Sentid la pureza, el amor y la sabiduría que ya tenéis y no pequéis de demasiada modestia al respecto. Dejad que todo ello brille; sentíos orgullosos de quienes sois.

Contemplad también vuestra parte oscura: el miedo, la duda, la rabia; miradlo todo sin reparos. Considerad ambos aspectos de vosotros: la luz y la oscuridad. Decid «Sí» a todo ello. Decid: «Todo forma parte de mí; es parte de mí. Esta es mi humanidad». Y daos cuenta de quién está diciendo «Sí». Percibid la cualidad de esa consciencia, de ese tipo de atención y percepción que considera con ecuanimidad tanto la oscuridad como la luz. Que le da la bienvenida por igual a lo luminoso y a lo oscuro; que lo acepta todo tal y como es. Imaginad que esa cualidad, que ese tipo de consciencia, rodea todo vuestro cuerpo y vuestro campo energético, y que os deja ser completamente tal y como sois, sin necesidad de excluir nada.

Imaginad que esa atención amorosa os envuelve y penetra en vosotros de la cabeza a los pies. Fijaos, más particularmente, en si hay lugares de vuestro cuerpo o campo energético donde esa energía se necesita más y hacia donde se siente atraída esa mirada amorosa y serena, esa mayor consciencia. En ese lugar, allí donde mayor es la necesidad de esa consciencia, es donde estáis en lucha con vosotros mismos, es donde sentís que deberíais ser mejores o distintos de lo que sois. Dejad que la energía fluya hacia allí. Perdonaos y sed con vosotros más amables de lo que lo habéis venido siendo durante tanto tiempo.

La consciencia que os estoy animando a sentir procede de vuestra alma. Es una consciencia que no juzga y que es mucho mayor de lo que la mente humana puede concebir. Dejadla estar y sentíos a salvo en esa consciencia de vuestra alma. En ella podéis encontrar tranquilidad y descanso para, así, poder relajaros y sentir que todo termina encontrando su camino de forma natural. No tenéis que forzar nada, porque lo que hace que lo nuevo fluya hacia vosotros es, precisamente, soltar y dejar que todo sea como es. La sensación de tener que esforzarse es fruto de una resistencia: «Esto no vale, debo esforzarme por ser mejor», y eso es luchar. Intentad durante unos instantes estar completamente relajados en vosotros mismos.

Hoy estamos aquí porque todos vosotros os sentís llamados a convertiros, de una u otra manera, en un canal para este mundo; en un conducto entre la dimensión de amor y luz, y la Tierra. Esa llamada la sentís en vuestro fuero interno porque todos y cada uno de vosotros tenéis algo que dar a la Tierra y a la consciencia humana de la Tierra. Ese impulso interior que sentís tiene que ver con lo que vuestra alma desea y con aquello que os permitiría sentiros plenamente realizados como seres humanos.

Muchos de vosotros sentís una conexión natural con la atmósfera de amor y unidad de vuestros orígenes. Recordáis esa atmósfera con nostalgia. No obstante, lo que más os impide dejar que esa energía penetre en vuestra consciencia y que, desde ahí, termine difundiéndose hacia los demás, es esa lucha interna y la condescendencia con la que os tratáis. Tenéis tendencia a juzgaros a vosotros mismos y eso es lo opuesto a la compasión: a esa energía serena y amorosa del alma de la que antes hablé.

Así pues, para abrir el canal, para dejar que la energía fluya desde la luz y el amor hacia la Tierra, es sumamente importante que conectéis con vuestra alma y con ese tipo de consciencia que forma parte de ella. Esto también implica daros cuenta de cómo os presionáis, de cómo os juzgáis y os hacéis sentir pequeños. Así mismo, implica daros cuenta de todas las ideas y pautas que perviven y que os han venido siendo impuestas por las generaciones anteriores y por la sociedad que os rodea.

Si tomáis consciencia de todo esto, tenéis elección: podéis abordarlo bien desde la lucha, bien desde el amor. Contempladlo con mirada serena, aceptadlo y respetadlo. Con esto me refiero a que aceptéis las cosas tal y como son; a que hay tanto luz como oscuridad dentro de cada uno de vosotros. En la medida en que lucháis contra vuestra oscuridad, no podréis evitarla, pues quedaréis atascados en ella. Únicamente al tranquilizaros y aceptar la oscuridad, podéis conectar con el nivel del alma, el cual consiste esencialmente en una consciencia que observa. En ese momento, dais un paso fuera de la lucha; en ese momento abrís el propio canal y el amor empieza a fluir.

Ante todo, daos ese amor a vosotros mismos. Tomad la decisión de que, cada vez que os critiquéis u os despreciéis u os abofeteéis, simplemente os despertaréis y caeréis en la cuenta de lo que os estáis haciendo. Condenaros no es la manera de mejorar ni de cambiar. Trabajad más bien vuestra serenidad, vuestra aceptación. Recordad la consciencia del alma: una consciencia abierta y sin prejuicios —y descansad en ella.

No por ello os equivoquéis: la consciencia del alma que os habita es una consciencia dinámica. No se trata solo de una consciencia que mira y percibe pasivamente, sino de una consciencia dinámica, aunque serena. Cuando hayáis vivido en esa consciencia el tiempo suficiente y los afilados bordes de vuestro conflicto interior se hayan suavizado, experimentaréis los efectos en vuestra vida cotidiana y, también, en aquello que atraeréis hacia vosotros, ya sea en el ámbito del trabajo o de las relaciones. El amor propio es la clave, es lo que abre el canal.

Cuando os acostumbráis a trataros con más amabilidad y más amor, vuestras posibilidades se expanden. Os atrevéis a mostraros más a los demás y a juzgarlos menos; el espacio de amor se ensancha. El latido del corazón de vuestra alma se aprecia con mayor claridad en vuestra vida y, desde ahí, conmovéis a otros, algo que sucede por sí solo.

El paso clave de lo que hoy quiero alentaros a hacer es que os recordéis constantemente que el amor y la amabilidad hacia vosotros mismos es la manera de aumentar la aceptación tanto de la luz como de la oscuridad. Y que de esa manera, abrís el canal.

Muchas gracias por vuestra atención.



Pamela Kribbe canaliza a María Magdalena
Traducción de Laura Fernández

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