Acéptalo tal y como sois.

Gaia ~ Madre Tierra


Queridos amigos,

Soy la voz de la Tierra. Estoy bajo vuestros pies, os saludo a todos calurosamente y desde mi corazón os doy mi más sentida bienvenida. Estoy con vosotros, muy muy cerca. Sentid mi presencia en el aire que respiráis, el agua que bebéis y en ese cuerpo vuestro que os acompaña en esta vida de principio a fin. Quiero sentiros, absorber vuestra presencia, pues vuestra consciencia me nutre. Puedo aprender de vosotros y, si queréis, vosotros también podéis aprender de mí. Estamos aquí para crear y trabajar juntos.

Tenéis una consciencia que, por su propia naturaleza, es a la par creativa e ingeniosa, y, debido a ese tipo especial de consciencia, sois distintos de las demás criaturas que viven en la Tierra. Todo cuanto existe tiene una consciencia, un alma, pero en vosotros hay un poder creador que os distingue de todos los demás seres vivos. Estáis en camino de convertiros en dioses —sois dioses en proceso— y estáis aprendiendo cómo tomar consciencia de ese poder creador y aceptarlo.

No obstante, en general no sois conscientes de vuestro poder creador o no sabéis manejarlo muy bien. Hay una parte de vosotros que se siente perdida y rechazada en esta vida en la Tierra; una parte que no está conectada con la Fuente de todo, la Fuente de la que mana toda la vida. Y hoy quiero alentaros a que encontréis esa conexión con el Todo, con la Fuente —Dios, si lo preferís— cuya corriente os sostiene durante toda vuestra vida. Es la única conexión mediante la cual podréis sentir seguridad incondicional y una aceptación absoluta de quienes sois.

Esa conexión es lo que andáis buscando y, desde esa conexión firmemente enraizada, vuestro poder creador podrá adoptar una expresión positiva. Cuando intentáis crear sin esa seguridad básica de sentiros sostenidos por un campo de amor mayor que vosotros —cuando, pese a vuestro poder creador, os mantenéis separados—, os sentís solos y perdidos, y entonces, puede suceder que esa energía creadora se vuelva en vuestra contra. Basta con que os fijéis en vuestra vida diaria, en cuán a menudo os sentís separados de la Fuente que os sostiene y cómo empezáis entonces a preocuparos, en medio de emociones confusas y caóticas. Todo esto tiene que ver con esa falta de conexión y con la incapacidad de dejar de intentar controlar la vida; tiene que ver con no saber que la Fuente os sostiene.

¿Cómo conectáis con esa Fuente, con la esencia de quienes sois? Allí donde la Fuente se revela, también estáis vosotros. De hecho, no estáis separados, la vida es una red que envuelve e impregna todas las formas, todas las criaturas. Todos sois esa red; pero, al mismo tiempo, formáis parte de ella: sois a la vez parte y todo. Esto quizás sea algo difícil de entender con la mente, pero no necesitáis comprenderlo con el intelecto, es un sentimiento. Y mi regalo para vosotros, lo que podéis aprender de mí, es la entrega a esa inmensa red de vida.

Observad, sin ir más lejos, el mundo natural, la vida no humana. Todos los seres de esa red sienten que el entorno los sostiene, nutre y ampara mientras desarrollan su propio potencial individual. La flor que brota en el campo utiliza las fuerzas de la Tierra: el sol, el viento, la lluvia. No se pregunta si habrá sol en el momento adecuado, ni agua en el suelo ni el refugio de un árbol que le dé suficiente sombra. Su expectativa es que se presenten las circunstancias más apropiadas, pero, incluso cuando dichas circunstancias no se producen, esta energía de vida natural acepta lo que viene y, si es necesario, morirá para florecer de nuevo con otra forma. Esa capacidad de entrega está presente en toda la naturaleza: en los animales, las plantas, las piedras. Todo lo que vive sabe cómo comportarse dentro de esa red que todo lo abarca —excepto vosotros, que tan a menudo parecéis confusos y sin raíces, a la deriva. ¿Por qué?

Os sentís confusos y a la deriva a causa, precisamente, de vuestros grandes talentos y habilidades, de vuestros poderes creadores. El camino de vuelta a la claridad y a la sensación de estar enraizados de nuevo es también el camino hacia una implementación pacífica de vuestro poder creador. Y para que sea una experiencia alegre, tenéis que hacerlo por medio de la Tierra, por medio de vuestro regreso a la unidad con toda la otra vida que os rodea —ahí está la llave, la solución. Intentad sentir esa unidad durante unos instantes, empezando por vuestro cuerpo, ese regalo que os he hecho. Sentid cómo fluye la vida en él, percibid vuestro cuerpo como un campo vivo de energía. No os fijéis en lo que está mal o donde haya un problema, limitaos a sentir, por unos momentos, la vida en sí misma, fluyendo y palpitando en todo vuestro cuerpo.

El cuerpo es hermoso e inocente, es una expresión del sentido de la fuerza vital. Dejad que el Sol lo bañe en su luz. Imaginad que estáis completamente inmersos en esa luz y que todas las células de vuestro cuerpo absorben el poder del Sol, el cual simboliza mucho más que la mera luz física. En el Sol late un corazón, el mismo que late en mí. En el Sol hay sabiduría, conocimiento. En este sistema solar, el Sol es la fuerza creadora fundamental. Yo asimilo su luz y su fuerza energética, y las transformo, a mi vez, en formas de vida. Vosotros sois parte del Sol y podría decirse, metafóricamente hablando, que procedéis de él. Lleváis en vosotros la fuerza creadora del Sol y estáis aquí para instilar esa fuerza en mí, de manera que pueda generar vida floreciente y abundante en la Tierra. A cambio, el regalo que os hago es que os acojo, os proporciono un refugio en el que vivir para que podáis disfrutar de esta vida.

Confiad en mí. Muchos de vosotros desconfiáis de mí, quizás no conscientemente, pero estáis bajo la influencia de muchas de las enseñanzas impartidas por las tradiciones de gran parte de las culturas predominantes en la Tierra. Sus doctrinas y teorías os dicen que el cuerpo es, de uno u otro modo, malo; que la naturaleza es inferior a los humanos y que está menos desarrollada o es menos importante; que vuestra propia naturaleza, vuestra apetito por la vida, vuestros sentidos y emociones, y aquello que el cuerpo desea deben ser trascendidos en aras de una «verdad espiritual» —si bien nadie sabe exactamente en qué consiste eso. Estáis tan alienados de vuestra naturaleza humana, de vuestra unión conmigo, la Tierra, que os sentís tristes y solos. Día tras día, observo vuestra alienación y cómo sois bombardeados por estímulos exteriores, en particular, por vuestros propios pensamientos confusos. Os habéis perdido porque vuestra conexión esencial con el campo de fuerza que yo soy os elude.

Ahora, descansad en mi fuerza y dejadme que os reciba. Dejaos ser quienes sois y no os esforcéis tanto por ser distintos de lo que sois ni por sentir otra cosa que lo que sentís. Lo que sois está bien. Vuestro «camino» consiste en ser aquello que sois y nunca alguien distinto —vuestro camino es ser siempre vosotros mismos. Al igual que una flor revela su propósito esencial cuando florece, también vosotros floreceréis cuando permitáis que vuestro corazón irradie como buenamente quiera, sin intentar oprimirlo ni sofocarlo con ideas que no se corresponden con vuestra naturaleza. Para regresar a vuestro estado de ser natural, es preciso que confiéis en vosotros, en vez de en un supuesto «yo superior» en el que tengáis que concentraros. Confiad en vuestra propia humanidad y prestadle una escucha atenta. ¿Qué es lo que quiere el ser humano en vosotros?

Toda esa idea de que deberíais concentraros en un orden superior de existencia, en una jerarquía que está por encima de la Tierra, es errónea. No estáis aquí para trascender vuestra humanidad. Es precisamente en vuestra humanidad en donde reside la conexión entre el Cielo y la Tierra, entre el poder solar y el poder terrenal. Ser humanos es precisamente lo que os permite realizaros en vuestra totalidad y plenitud, y ahí radica vuestro destino. Al abrazar vuestra humanidad, en vez de suprimirla, regresáis al Hogar, a vosotros mismos, y os convertís en la hermosa flor que estáis destinados a ser.

¿En qué consiste esa humanidad que, desde la cabeza y a través del pensamiento, ha sido tan oprimida, juzgada y condenada? Vuestra humanidad tiene que ver con vuestros sentimientos. Estáis aquí, en la Tierra, para aprender atreviéndoos a sentir, dando vía libre a vuestras emociones y gestionando los altibajos emocionales. Para aprender a vivir desde vuestras emociones y atreveros a confiar en que hacer tal cosa os llevará de regreso al Hogar. Os desenvolvéis dentro de un campo dinámico de movimiento que, de forma natural, tiende siempre al equilibrio y al crecimiento. Ahora bien, no os creéis ese concepto porque vuestras emociones a menudo os parecen confusas y difíciles de entender. Sin embargo, vuestras emociones os llevan a Casa, vuestras emociones son los mensajeros del alma.

Cuando escuchéis sin reserva a vuestras emociones —o lo que podríais denominar el niño interior—, descubriréis qué cosas están desequilibradas dentro de vosotros. Vuestro niño interior, vuestras emociones, os llevan a vuestras raíces. Imaginad por un momento que veis a un niño pequeño aproximarse a vosotros, un niño que surge de vuestro cuerpo, de ese lugar recóndito en vuestro interior donde aún mantenéis un cierto equilibrio de energías. Sentad al niño en vuestro regazo. Dejad que esta imagen se complete por sí misma o, sencillamente, conectad con vuestros sentimientos —no tenéis por qué visualizar nada.

En vosotros vive un niño: un niño de la Tierra y el Cielo. Quiere deciros lo que necesita, quiere señalaros el camino hacia una experiencia de vida pacífica y segura en la Tierra. Dejad que este niño os diga cómo se siente, qué emociones lo desbordan y dejad que las exprese. Si le permitís hacerlo, veréis que el niño va tornándose más tranquilo y feliz. Podéis tomarlo de la mano y, con él, ir por la vida íntimamente conectados con vuestra humanidad.

Lo que todos vosotros necesitáis principalmente en vuestro camino es aceptaros tal y como sois, decir «sí» de verdad a cuantos aspectos descubráis en vosotros. Vuestro poder creador únicamente puede expandirse y abarcarlo todo cuando, de hecho, decís «sí» a todo lo que hay en vosotros —pensamientos, emociones, miedos, confusión—. Vuestro poder creador, que he comparado con el Sol, es una fuerza radiante que se propaga de dentro afuera; una fuerza que busca dar, unir y manifestar. Yo, en cambio, soy una fuerza receptora, la Tierra receptiva que absorbe. En verdad, ambas fuerzas se necesitan mutuamente para llegar a una creación —cocreación— equilibrada.

En vuestro interior tenéis ambas fuerzas, la del Sol y la de la Tierra, la que da y la que recibe. Podéis desarrollar cada vez más vuestra capacidad de recibir —el poder de la Tierra— diciendo «sí» de verdad a vuestra propia humanidad, sintiendo compasión de verdad por vuestras necesidades más profundas, así como por la oscuridad y la negatividad que prevalecen en vuestro interior. ¿Puede la luz de ese Sol interior derramarse sobre vosotros? ¿Puede daros calor? Es por esto por lo que estáis aquí, para tender un puente entre el Paraíso y la Tierra. Cuando sabéis recibir realmente y dejáis de juzgaros, vuestro poder creador, los rayos de ese Sol, pueden penetrar verdaderamente en el corazón de vuestra humanidad y en el corazón de la Tierra. Vuestro interior brilla entonces con vuestra propia luz, vuestro propio calor.

Dejad que eso suceda —sed la Tierra. Imaginad que sois la Tierra y dejad que ese Sol brille y penetre en vosotros. Observad que ese Sol saca a la luz cuanto hay en vosotros, pero sin juicio alguno, permitiendo que todo sea tal como es. Sentid el alivio que eso supone —no hay nada prohibido, no hay nada malo. Dejad que este Sol brille. Imaginad que estáis tumbados de espaldas, asimilándolo todo y sintiendo: «Tengo permiso para ser quien soy». Al ser quienes sois, os convertís en lo que estáis destinados a ser —el Sol y la Tierra se unifican en vosotros. Esta unión de fuerzas se manifiesta como una sensación de paz y bienestar, indicios de que habéis logrado establecer la conexión, de que habéis tendido el puente. Cuando os sentís tranquilos y serenos por dentro, es que todo está bien. No tenéis que hacer nada más, el resto vendrá solo.

Os pido que prestéis atención a vuestra capacidad de recibir de la Tierra, sabiendo que sois uno conmigo y diciendo «sí» a lo que sois. Cuando aprendéis a encarnar esa conexión, traéis la luz a la Tierra de verdad y, además, os convertís en dadores, en creadores, en un Sol radiante. Veréis que ambas fuerzas, aparentemente opuestas, son una y única cosa —dar y recibir es una sola cosa, no dos. Una flor hermosa, una rosa, da por ser lo que es, por saber que los elementos de su entorno la nutren y sustentan. Así sois vosotros. Sed como esa rosa, confiad en que los elementos os sustentan. Dar y compartir vuestra belleza es algo que sucede por sí solo, por ser quienes sois. Os saludo a todos. Aceptad mi regalo.



Pamela Kribbe canaliza a la Tierra
Traducción de Laura Fernández
https://jeshua.net/

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