La flor interior.

Jesús ~ Jeshua


Queridos amigos,

Soy Jeshua. Os doy la bienvenida a todos y hoy os invito a que os pongáis a la luz del autorreconocimiento, aunque sintáis que os está resultando muy duro ser humanos en la Tierra. No olvidéis nunca quiénes sois realmente. Sois una chispa de luz que es parte de Dios; existir es vuestro derecho. No es preciso que seáis distintos de lo que sois, porque lo que sois es puro, natural y bueno.

Cuando os oponéis a lo que sucede en vosotros, os oponéis a vuestra propia humanidad, y esto lo hacéis debido a un juicio externo que os aplicáis a vosotros mismos. Sentid la energía de ese juicio, la energía de la autocrítica. Percibid su frialdad, severidad y falta de compasión: «Lo he hecho mal; no sirvo para esto. Estoy fracasando, no estoy a la altura». Sentid, por un momento, cómo ese juicio implacable os separa del amor y la abundancia que existen en el universo. Ese amor y esa abundancia están siempre a vuestra disposición, así pues, conectad con ello.

¿Creéis realmente que a Dios le importa si tenéis éxito en el mundo o si todo es perfecto en vuestra vida o si lo estáis haciendo «bien» según una serie de reglas y baremos sociales? Dios solo mira lo que hay en vuestro interior y lo que allí ve es un botón de flor a punto de abrirse. En algunos de vosotros, la floración está en su fase inicial y los pétalos están todavía muy pegados, mientras que, en otros, el botón ya ha empezado a desplegarse o está, incluso, en plena y radiante floración.

Hay veces en las que no sois conscientes de esas capacidades «florecientes» que lleváis en y con vosotros; otras veces, os centráis únicamente en las flores que aún están cerradas o a las que les está resultando difícil abrirse. Pero a Dios le parecen hermosas todas las flores, tanto las que están en su fase de botón, florecimiento o esplendor como las que mueren y se desprenden de sus pétalos para hacer sitio a nuevos brotes. Dios no juzga nada de lo que florece en vuestro interior.

Por tanto, poned sobre vosotros esa misma mirada de paz y aceptación. Mirad en vuestro corazón porque ahí también hay una flor. Es vuestro adorno más preciado. Es quienes sois ahora mismo y lo que tenéis para ofrecer al mundo —es vuestra esencia. Dejad que esa flor aparezca en vuestra imaginación y observad su forma, su color. No importa en qué fase esté, limitaos a ver qué aparece espontáneamente. Observadla con atención y apertura, e intentad determinar qué necesita esa flor para desarrollarse y pasar a la fase siguiente. Quizás necesite nutrientes o agua para crecer. O quizás haya alcanzado el final de su floración y os esté pidiendo que la dejéis ir para hacer sitio a algo nuevo.

Fijaos en qué fase de su desarrollo está la flor de vuestra alma. Y sentid en vuestro interior aquello que está más allá de la flor, pues algo en vosotros es quien la observa: lo sabéis. Preguntaos, pues: ¿quién es ese observador? ¿Quién fluye en esa corriente serena y silenciosa de receptividad y aceptación? En esa corriente hay vida y amor; hay una apertura total y ausencia de todo juicio.

Esa corriente proveerá la flor de cuanto necesite para crecer fuerte y vital, pero quien fluye en ella es el observador que está dentro de vosotros, no alguien que empuje o insista o que quiera forzar las cosas. En su receptividad y aceptación, esa corriente permite que todo sea como naturalmente es, por tanto, dejad que circule y recorra por un momento vuestro cuerpo. En ella está vuestro origen; es Dios mismo inmerso en un alegre baile con la materia, mediante el cual crea flores porque son hermosas y radiantes, y porque producen alegría en quienes las contemplan.

Dejad que acuda a vosotros lo que sea que necesitéis saber para que vuestra flor pueda enraizarse en la Tierra. Imaginadla libre y juguetona para que pueda brillar en este reino terrenal. Todos sois Dios hecho carne, el Uno encarnado en forma humana. Cada uno de vosotros es bueno y pleno en sí mismo. Pero, al conectar con la dimensión terrenal, donde predominan el miedo y el juicio, vuestro conocimiento queda a veces ensombrecido. Con todo, dicho conocimiento puede ayudaros a conectar nuevamente con la flor de vuestro corazón y, también, con esa apacible corriente de consciencia que la percibe.

En este mundo, sin embargo, recordar todo eso os supone un auténtico desafío. Desorientados por los juicios, los miedos y las emociones negativas que a menudo prevalecen aquí, es fácil que perdáis de vista el conocimiento de lo que sois. Podéis tener la sensación de que esa flor de vuestro corazón ha sido pisoteada y que ya no sabéis quiénes sois. Cuando perdéis la conexión con vuestra esencia, la vida se convierte en una carga. Dudáis y vaciláis porque os esforzáis por vivir de acuerdo a reglas, ideas y expectativas ajenas. Pero ese esfuerzo está condenado al fracaso, ya que no os proporciona ni inspiración ni verdadera alegría ni un suelo firme bajo vuestros pies.

El poder que encontráis cuando vivís desde el corazón radica en la conexión con esa flor de vuestro interior: con la energía de vuestra alma, única y portadora de algo distintivo. Honrad esto siempre. Cada vez que sintáis que la fuerza y la vitalidad de vuestra flor se resienten bajo la presión de energías negativas, vuestras o de los demás, volveos hacia esa apacible consciencia que observa y, desde esa perspectiva, simplemente tomad nota de cómo estáis reaccionando a esas energías negativas. Fijaos en lo que ocurre dentro de vosotros cuando la ansiedad os domina, cuando os criticáis u os juzgáis a partir de baremos externos. Fijaos en lo que os sucede y limitaos a observarlo y a permanecer atentos.

A algunos de vosotros os asusta convertiros en la voz de vuestro corazón; teméis ser rechazados. Os da miedo que vuestra flor más preciada sea pisoteada y destruida —pero en esto os equivocáis. Cuando os sentís rechazados o agredidos por la reacción de los demás, podéis experimentar negatividad, pero, al final, lo único que realmente os afecta es vuestro propio juicio acerca de vosotros mismos.

¿Estáis de acuerdo con la opinión de los demás o sois capaces de seguir apreciando la belleza, la valía y la inocencia de vuestra propia flor? El auténtico poder interior consiste en ser fiel a uno mismo, en seguir creyendo en la inocencia, la pureza y la belleza propias, y en mantenerse firme en el mundo tal y como uno es. Eso es lo que este mundo necesita: atreverse a traer algo nuevo y dejar de someterse a los patrones y juicios existentes basados en el miedo. Nadie puede dañar realmente la flor de vuestro corazón, porque es vuestra y solo vuestra. Lo único que puede perjudicar la flor —y solo en apariencia— es la credibilidad que le deis a los juicios ajenos y a los miedos que os han ido instilando.

Conectad con ese testigo que está siempre presente y observad vuestra flor interior. Quizás haya épocas en que se debilite o no reciba suficiente alimento de vuestra consciencia —vuestra propia fe en vosotros mismos. Pero, en última instancia, esa flor está arraigada en la corriente divina, la cual es eterna e incorruptible, y siempre trae consigo nuevas flores.

A veces sucede que una nueva flor se abre en vuestro corazón, una flor con una forma y un color diferentes, una flor más poderosa. Mirad nuevamente dentro de vuestro corazón e imaginad que veis la flor que sois cuando os movéis en el mundo de forma abierta y dinámica. Mirad esa flor cuando rebosáis de confianza y os rendís a vuestro auténtico ser, al propósito de vuestra alma, sin miedo alguno al mundo exterior —con total confianza y conectados con vuestra propia divinidad. ¿Qué aspecto tiene entonces vuestra flor? ¿Y cómo de libres os sentís en esos momentos? El principio de una nueva era en la Tierra ocurre cuando gente como vosotros se atreve a hacer eso.

El paso inicial consiste en adentrarse en uno mismo y en sentir la energía del propio corazón, así como las aspiraciones que os producen alegría e inspiración. Eso os aproxima a vuestro corazón, a quienes sois y a lo que habéis venido a hacer aquí. Establecer esa conexión cuando se está yendo a contracorriente es, a veces, el primer paso hacia el autodescubrimiento; es un regreso al hogar donde reside vuestra esencia.

El paso siguiente consiste en tomar esa energía ligera y alegre, de anhelo, inspiración y pasión, y en atreverse a sacarla fuera. No solo la experimentáis en vosotros, sino que os atrevéis a reflejarla en cuanto decís y hacéis, en vuestras relaciones con los demás y en el trabajo que desempeñáis en la sociedad. Dejáis de contenerla por todos los medios posibles: os atrevéis a irradiar quienes sois —os atrevéis de verdad a encarnar vuestra divinidad.

Al hacerlo, es probable que choquéis de frente con los miedos de los demás y, también, con los vuestros, porque, a partir del momento en que salís fuera y dejáis que la energía de vuestra alma fluya libremente, asumís un riesgo —al menos, tal ha sido vuestra experiencia. No obstante, al final resulta mucho más arriesgado contenerla, porque ello os aísla de la realidad y os hace infelices.

Con todo, salir fuera genera indudablemente mucho miedo: a ser diferente, a no encajar en el statu quo; miedo a la grandeza que derivaría de seguir vuestro conocimiento interior. Como seres humanos, todos esos miedos pueden llegar prácticamente a paralizaros, pero yo os digo que la dirección es ir hacia fuera.

Salir fuera os lleva a adentraros más profundamente en vosotros. Al observar desde dentro dónde reaccionáis a la ansiedad instigada desde el exterior, conectáis con vuestra propia oscuridad —con esa sombra que aún no ha salido a la luz— y así contribuís al florecimiento de vuestra flor interior. Es precisamente cuando os zambullís en la corriente de vuestro corazón y os expresáis en el mundo exterior cuando conectáis más estrechamente con vosotros mismos y con aquello que, por miedo, aún no se atreve a dejarse ver.

La intención del camino interior es que descubráis todas las partes que conforman vuestro ser, que las entendáis y que las iluminéis con vuestra luz con el fin de integrarlas y de que vuestros miedos se disuelvan poco a poco. En realidad, es muy sencillo. Cuando empezáis a salir al mundo con vuestra inspiración, podéis recibir un «sí» o un «no»; podéis encontrar una grata aceptación o una fuerte resistencia.

Cuando recibís un «sí», sentís que vuestra energía fluye y se arraiga; sentís que estáis realmente manifestando vuestra inspiración, la energía de vuestra alma. Y eso a menudo os trae abundancia en el sentido más amplio de la palabra: alegría, creatividad y, también, abundancia material cuando la necesitáis. Ese flujo de «síes», además, afecta e inspira a otros.

Pero también es posible que, en algunas situaciones, os topéis con el «no» de otros seres humanos. Ese «no» puede estar repleto de ansiedad, prejuicio o resistencia, pero realmente no importa. Lo que importa es que observéis lo que esa reacción provoca en vosotros. ¿Hace que claudiquéis? ¿Os trastorna profundamente? ¿Os resulta difícil seguir siendo fieles a vosotros mismos y a vuestro corazón cuando chocáis con esa resistencia?

Tales son los principales desafíos que, como seres humanos, habéis de afrontar. Es todo un arte ser capaz de recibir un «no», una negativa, y luego decir «sí»; aceptarse con las incertidumbres y los sentimientos de inseguridad propios, y afirmar: «Veo dónde dudo de mí mismo y me lo permito». El reto es responder al «no» con un «sí».

Es necesario que os ayudéis a decir «sí» acogiendo con aceptación y comprensión vuestros sentimientos de incertidumbre y duda. No se trata de modificar esos sentimientos, sino de sentirlos y observarlos sin más. Lo que los sana es vuestra consciencia, porque vuestra consciencia es lo Divino. No tenéis que intervenir, basta con que digáis «sí». Una vez que decís «sí» a vuestros propios miedos y sentimientos más oscuros, todo se vuelve más ligero, dentro y fuera de vosotros, y os sentís más poderosos.

Os irá siendo cada vez más evidente que los juicios que los demás emiten están muy probablemente arraigados en sus miedos e inseguridades y que, en el fondo, no tienen tanto que ver con vosotros. Podéis dejar esos juicios allí donde se originan: en la otra persona. Este proceso os conecta más estrechamente con vosotros mismos. El camino hacia fuera, el hecho de dejar que vuestra luz brille en el mundo, os acerca de inmediato a vuestra esencia.

En este sentido, en realidad, no existe tal cosa como lo externo y lo interno. Todo constituye un camino interior. Cuanto más os atreváis a permitir que vuestra luz irradie en lo que llamáis «el exterior», más afrontaréis vuestros miedos y dudas, y eso os dará la fuerza para adentraros aún más profundamente en vuestro interior, de manera que vuestra luz os ilumine por completo.

Ambas corrientes, la que va hacia dentro y la que va hacia fuera, están de hecho y esencialmente conectadas entre sí. Mi mensaje de hoy es este: atreveos a ser quienes sois y no tengáis miedo de ninguna resistencia en forma de «no» que podáis encontrar. Ese «no» tan solo es un paso más en el camino interior y podría incluso ayudaros a haceros más poderosos.

Al final terminaréis recibiendo el «sí», la aceptación desde fuera, porque vuestra energía es más que bienvenida en la Tierra. Se necesita gente que viva desde el corazón y de manera honesta, espontánea y auténtica. Vuestra energía es bienvenida aquí y os aliento a que sigáis creyéndolo —pase lo que pase. Muchas gracias.



Pamela Kribbe
Traducción de Laura Fernández
https://jeshua.net/

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