Formas étericas. I

V.B. Anglada


Vamos a dividirlas o clasificarlas en orden a nuestro estudio por su grado de evolución, que, lógicamente, se extenderá de lo más denso a lo más sutil dentro del infinito campo de sustanciación del Éter:

* a) Las Formas Etéricas de los Devas, cuyas vidas constituyen misteriosamente los Cuatro Elementos básicos de la Naturaleza, es decir, la tierra, el agua, el fuego y el aire.

* b) Las Formas Etéricas, o doble etérico, de todos los Reinos de la Naturaleza.

* c) Las Formas Etéricas de las Entidades Dévicas de mayor desarrollo evolutivo que los devas o elementales constructores de los cuatro elementos de la Naturaleza, designados esotéricamente "los Poderes Aglutinantes de la Energía".

d) La Forma Etérica de los Ángeles AGNISHCHAITAS, o Devas superiores del Plano Físico.

e) La Forma Etérica de los Devas que construyen los cuerpos físicos de los seres humanos.

f) Las Formas Etéricas de los Devas, Señores de los Reinos Mineral, Vegetal y Animal.

g) La Forma Etérica del Gran Arcángel YAMA, Señor del Plano Físico.

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a) Las Formas etéricas de los Devas, cuyas vidas constituyen misteriosamente los Cuatro Elementos básicos de la Naturaleza

Estas formas fueron examinadas en el primer libro sobre este Tratado y clasificadas en orden a: Gnomos, o espíritus de la tierra; Ondinas, o espíritus del agua; Salamandras, o espíritus del fuego, y en Silfos o Sílfides, los espíritus del aire, teniendo en cuenta que cada uno de estos cuatro tipos de espíritus elementales posee infinidad de especies o variantes en el sentido de las formas que pueden ser perceptibles a la visión etérica. Hemos seleccionado intencionadamente algunas de las formas más corrientes de estos tipos de devas, advirtiendo al lector que cada deva posee una característica definida de acuerdo con la calidad del elemento dentro del cual vive, se mueve y actúa.

Los espíritus de la tierra están especializados en el trabajo de mantener la cohesión en el Reino mineral, debiendo tener presente que existen espíritus de la tierra o elementales constructores en materia densa cuyas características son casi desconocidas aún para el investigador entrenado en el arte oculto de la observación dévica, y deben ser percibidos utilizando la clarividencia mental enfocándola en las capas más profundas del suelo. Son apreciadas así en ciertas especiales circunstancias unas extrañas criaturas, de no muy agradable aspecto, que habitan en las grandes y profundas simas planetarias, en los insondables e insólitos abismos subterráneos y en los oscuros laberintos situados en las capas más hondas del suelo. La misión de tales elementales, algunos de ellos de forma casi humana, aunque de gigantescas proporciones, es permitir "la aireación" del vasto cuerpo de la Tierra.

Cuando se hunde alguna de estas inmensas cuevas subterráneas se originan los terremotos y los maremotos, las precipitaciones de tierra, los aludes, etc., y los daños que originan en la superficie y las pérdidas de vidas humanas nos informan de una ley kármica sabiamente manejada por Aquéllos que son los Responsables Augustos del destino planetario. Estas criaturas dévicas de las grandes profundidades manejan un extraordinario poder en el nivel etérico en donde actúan. Sus cuerpos están construidos de materia semidensa y trabajan -buscando aquí su analogía más sencilla de acuerdo con nuestros conocimientos- a la manera de los topos, es decir, construyendo cuevas, galerías, subterráneos y profundísimas grutas. Puede percibírseles en grandes grupos o concentraciones trabajando intensamente en aquellos "lugares del planeta" donde por "presión kármica" deben producirse grandes cambios o reajustes en su superficie.

Como he dicho anteriormente, algunos de tales Devas son de gran tamaño y, al parecer, constituyen una Jerarquía que comanda o dirige a otras fuerzas menores en la labor de ajustar el proceso kármico a las necesidades evolutivas del Planeta, el cual, como sabemos, es el Cuerpo físico del Logos planetario de nuestro Esquema Terrestre.

Hay también otros espíritus de la Tierra de carácter benevolente y de muy agradable aspecto que cuidan del proceso de vivificación del Reino vegetal mediante la creación o sustanciación, en unión de cierto grupo de Ondinas, de aquella misteriosa sustancia alquímica técnicamente definida como SAVIA. La SAVIA es el licor de la Vida para el Reino vegetal, fraguándose en las profundidades del suelo, y cada una de las especies vegetales, sea cual sea su evolución, sensibilidad o naturaleza, posee su propia SAVIA. Deberemos referirnos aquí, por tanto, a los múltiples y diferenciados espíritus de la tierra que trabajan para cada especie de árbol, de vegetal o de planta, así como al considerable grupo de Ondinas especializadas que cooperan con aquéllos para producir el determinado jugo vital, merced al cual se estructura la totalidad del Reino.

Cuando una planta, un árbol o una simple hierba han surgido a la superficie, maravillosamente impelidas por la fuerza atractiva del Sol, el único y verdadero Dador de Vida en la Naturaleza, entran en actividad los Silfos, o espíritus del aire, los cuales, de acuerdo con las distintas especies, "pigmentan las flores y sazonan los frutos" y contribuyen así a la obra mágica, aunque de orden natural, mediante la cual la vida infinita del Universo queda sustanciada para cumplimentar el destino de cualquier especie evolutiva en los inconmensurables confines de aquella Alma Grupo que en su totalidad llamamos el Reino Vegetal.

Ahora bien, la Fuerza impelente que provoca el desarrollo de las simientes y el crecimiento de no importa qué tipo de árboles o de plantas es debida a la suprema actividad de ciertos definidos espíritus del fuego, misteriosamente conectados con la incesante presión oculta del esotéricamente llamado "Fuego de KUNDALINI", el cual asciende desde el centro mismo del planeta hacia la superficie en forma de ondas concéntricas, vitalizando a su paso todas las capas geológicas y a todas las criaturas dévicas o espíritus de la tierra que en cada una de ellas tienen su morada, incluidos aquellos estratos que corresponden a los mundos submarinos o profundidades oceánicas.

Las ondas concéntricas proyectadas desde el centro místico del planeta a un ritmo constante y persistente son vivificadas por los grupos especializados de Agnis, o Señores del Fuego planetario, los Cuales “viven, se mueven y tienen el ser” en las misteriosas e inescrutables regiones del Fuego Creador de la Divinidad, llamado místicamente la obra mágica del Tercer Logos o del Espíritu Santo. Los Agnis, sea cual sea su evolución, constituyen la esencia natural del Fuego de la Naturaleza y su poder es realmente ilimitado desde el ángulo de vista de los seres humanos, en tanto que el Logos planetario mantenga Su infinita Atención invariablemente mantenida hacia este Foco de Fuego Central y origine a través del mismo el movimiento de rotación del planeta Tierra, símbolo invariable de vida en todo cuerpo celeste. Hay en estas últimas palabras unas profundas significaciones que el aspirante espiritual debe tratar de comprender y de asimilar.

La actividad del Fuego planetario, sea cual sea su poder y grado de expansión, es siempre una obra de los Señores Agnis, denominados también "Señores de las Salamandras", siendo las salamandras en su multiplicidad de especies los elementales constructores que están en la base de toda actividad ígnea en la Naturaleza; desde el humilde fuego del hogar hasta el más terrible y poderoso incendio. Los Silfos del aire colaboran en la expansión del Fuego. Son aparentemente indispensables en la propagación de un incendio en la superficie del suelo o en la gigantesca concentración de Agnis que provocan una erupción volcánica. De ahí que muchas veces las explosiones volcánicas vienen precedidas de terremotos, es decir, por la presión de los gases liberados en las profundidades planetarias. El aire en movimiento es el auxiliar del fuego, y hay que imaginar por analogía que los elementales del aire y los del fuego guardan potentes líneas de afinidad en sus distintas jerarquías.

Lo mismo puede decirse en relación con los elementales del agua y de la tierra, los cuales trabajan aparentemente siguiendo ciertas definidas líneas de afinidad visando en su conjunto la evolución natural del contenido del planeta Tierra. Estas líneas de afinidad son particularmente evidentes en los estudios astrológicos, constituyendo la base de los signos que marcan las Constelaciones, es decir, de tierra, de agua, de fuego y de aire. Lo mismo puede ser dicho en orden a los temperamentos humanos, siempre en armonía con las fuerzas de los elementos naturales.

Veamos:

ELEMENTO - TEMPERAMENTO - TENDENCIA
Tierra - Linfático (Indolencia) - Física
Agua - Bilioso (Cordialidad) - Emocional
Fuego - Sanguíneo (Actividad) - Etérica
Aire - Nervioso (Movilidad) - Mental


Estas pequeñas analogías informarán al lector de cómo los cuerpos humanos están constituidos, tal como hemos considerado ya en otras ocasiones, por concentraciones de fuerzas elementales, o devas constructores, los cuales en cada uno de los niveles etéricos realizan una ordenada selección de las energías físicas, astrales o mentales que deben ser sustanciadas como base de los vehículos o mecanismos de conciencia que han de utilizar los seres humanos.

Las formas de las Ondinas y de las Sílfides son muy parecidas, pese a que unas se manifiesten como el elemento agua y las otras se muevan en el aire. En general, son transparentes y de vivos colores y ciertas especies en ambos grupos son de gran belleza. Hicimos ya algunas referencias a las Ondinas y a las Sílfides o Silfos en el primer libro de este Tratado. Estos espíritus de la Naturaleza son definidos también con otros nombres, tales como: hadas, ninfas, neptas, agaptas, etc., de la misma manera que los espíritus de la tierra, o los Gnomos, toman también, según a la familia a que pertenezcan, los nombres de faunos, dríadas, nereidas, etc. Debido a esta complejidad de especies es difícil establecer tipos comunes.

Hay que decir, sin embargo, ya que hemos podido comprobarlo en varias ocasiones, que la forma típica que se halla en la base de cada especie y de cada familia de espíritus elementales es la humana, con las naturales diferenciaciones que el tipo de misión encomendada a cada grupo de tales espíritus exija o requiera. Por las figuras que sometimos a la consideración de ustedes en el primer libro de este "Tratado Esotérico sobre los Ángeles", se darán cuenta de estas formas esenciales o de base, inspiradas arquetípica o geométricamente en la figura de la estrella de cinco puntas.


b) Las Formas Etéricas, o doble etérico, de todos los Reinos de la Naturaleza.

Todo cuerpo físico, animado o inanimado, posee un cuerpo etérico o vehículo radiante que permite la introducción de las energías vitales de la Naturaleza en los centros de fuerza que desarrollan los numerosísimos grupos, especies o familias de cada Reino, mineral, vegetal o animal. La calidad de este vehículo etérico, es decir, su tipo vibratorio, dependerá de la evolución de los Reinos y de las especies, estando determinada esta evolución por la capacidad de recibir, acoger y distribuir en la vida de los mismos el Fuego promotor de la vida de la Naturaleza, el Fuego de KUNDALINI. Según se ha podido comprobar por visión clarividente al examinar la vida mística de los Reinos, en un intento de descubrir sus capacidades invocativas, el Reino mineral posee un sólo Pétalo desarrollado u orificio de introducción del Fuego de Kundalini dentro de su densa estructura, el Reino vegetal posee dos, el Reino animal tres y el Reino humano cuatro.

Esta actividad desarrollada, de acuerdo con la evolución de los Reinos, repercute lógicamente en la calidad de los elementos ígneos que entran en la composición de los vehículos etéricos de las especies o grupos de cada Reino, cualificando así los cuerpos físicos y dotando a cada uno de distintivas y muy bien definidas peculiaridades.

Las cosas inanimadas -o quizá sería mejor decir aparentemente inanimadas-, sean de la clase y naturaleza que sean, poseen también un cuerpo etérico que las circunda e irradian a través de cada uno de los límites impuestos por su propia forma, una especie de energía o campo magnético, cuya extensión dependerá de su mayor o menor estructura física y también de la calidad vibratoria de los átomos químicos que entran en la composición de la misma. Este vehículo etérico es, en todos los casos, un perfecto duplicado de la forma densa; pero hay que insistir, sin embargo, en el hecho de que el elemento etérico que lo integra y cualifica vendrá absolutamente condicionado por el número de Pétalos dentro del gran Chacra en cada Reino, a través del cual las energías del Fuego de KUNDALINI se proyectan y circulan vivificando su entero contenido.

Al Fuego de KUNDALINI se lo denomina esotéricamente LA GRAN SERPIENTE, y podríamos decir que es el Talismán Sagrado que el tercer Logos, o aspecto Espíritu Santo del Creador, mantendrá en actividad mágica hasta que el planeta Tierra haya consumado plenamente su misión kármica en el espacio, como un Chacra vital, despierto y plenamente desarrollado dentro del Cuerpo del Logos Solar, es decir, del Universo.


c) Las Formas Etéricas de las Entidades Dévicas de mayor desarrollo evolutivo que los elementales constructores, designados esotéricamente “los Poderes Aglutinantes de la Energía".

Constituyen una familia especial de Devas cuya misión definida es "aglutinar" la sustancia etérica del espacio a fin de constituir la materia plástica con la cual han de ser construidos los cuerpos físicos de todos los seres vivientes, no importa cuál sea su grado de evolución espiritual. Los elementales constructores trabajan en distintos niveles para dotar a esta materia aglutinada de la forma requerida por cada una de las especies dentro de un Reino, teniendo en cuenta que han de construir los cuerpos apropiados de acuerdo con la mayor o menor sutilidad de las vibraciones que surgen y se expanden de cualquier centro de vida y de conciencia en proceso de evolución. La misión particular de los Devas a los cuales hacemos referencia exclusiva en este apartado es la de sustanciar los éteres del espacio.

Poseen un tremendo y desconocido poder de compresión de dichos éteres y merced al mismo "los densifican" al grado requerido de sustanciación o materialización que exigen aquellos centros de conciencia a través de las irradiaciones de sus campos magnéticos, los cuales cualifican, colorean o condicionan la extensión del espacio dentro del cual viven inmersos y en donde lógicamente han de realizar su particular evolución. Esto presupone, naturalmente, la existencia de una infinita multiplicidad de "devas aglutinadores" del éter, tantos como frecuencias vibratorias procedentes de los Reinos de la Naturaleza se elevan de cada uno de los centros de conciencia evolucionantes. Los Devas aglutinadores o sustanciadores de las formas en el Reino mineral tendrán obviamente una evolución dévica inferior a los que aglutinan la materia etérica que corresponde al Reino vegetal, siendo los devas aglutinadores de la materia con que se crean los cuerpos humanos los más evolucionados dentro de la escala de valores dévicos.

Y aun dentro de la infinita prodigalidad de un Reino, habrá que hacer una clara distinción entre los devas que operan con los tipos superiores de cada Raza y de cada especie.

Como verán ustedes, el tema es muy extenso y complicado debido a la vastedad infinita del programa de la evolución universal. Interesa, por tanto, introducimos en la actividad de tales Devas utilizando la regla hermética de la analogía y considerando la actividad y forma de los más cercanos a la humanidad, es decir, a los que manipulan y sustancian las energías etéricas que finalmente convierten en "ectoplasma" específico a ciertos grados de condensación, que han de constituir la materia física de la cual extraerán los Devas constructores los elementos básicos para el proceso de construcción de los cuerpos requeridos para las incontables individualidades que constituyen en su totalidad la gran familia humana.

La forma de tales Devas es muy parecida a la de los elementales constructores. Recordemos al efecto que la forma humana es el prototipo de la Creación y que salvo ciertas diferenciaciones de base afectando la misión de los Devas en sus infinitas jerarquías, éstos suelen adoptar -desde el ángulo de la clarividencia- ciertas formas y determinadas actitudes que recuerdan siempre, aunque a veces sólo vagamente, la figura humana. Las diferenciaciones de base en lo que hace referencia a los "Devas aglutinadores" aparecen cuando se les observa en el devenir de su trabajo o de sus actividades naturales, un trabajo que aparentemente realizan con gran placer y deleite, no en la forma como realizan sus trabajos los seres humanos, siempre pendientes de sus horas de inactividad o descanso. Aquí, en este punto, aparentemente tan insignificante, reside parte de la idea o del principio místico admitido por muchos investigadores espirituales en el sentido de que "los Ángeles no tienen Karma".

Lo único que podríamos decir al respecto, ya que todo deber y todo trabajo en la vida de la Naturaleza constituyen un aspecto kármico en la Vida del Creador, es que el Karma de los Ángeles o Devas es muy distinto al de los seres humanos.

Observado un Deva sustanciador del éter utilizando la clarividencia etérica, aparece bajo una forma vaporosa, de apariencia lechosa, "entrando y saliendo del éter" -por explicar el proceso de alguna manera- llevando cada vez una porción de sustancia etérica entre sus diminutos brazos, una especie de miembros superiores en forma curvada y con manos -sí es que debemos utilizan esta expresión- en forma de espátula. Examinando el proceso de introducción del Deva en el éter o en las zonas subjetivas del espacio, por lo cual la percepción habrá de elevarse al tercer subplano del plano astral, se le ve "acumulando por absorción" o por succión, mediante una actividad muy parecida a la de las abejas cuando liban en el cáliz de las flores, cierta cantidad de éter, el cual, conforme va entrando en contacto con la energía del Deva aglutinador, va adquiriendo plasticidad y consistencia material.

Cuando el deva “surge o reaparece" del éter lleva consigo una cierta cantidad de esta materia plástica, la cual va depositando, al igual que las abejas, en el lugar previamente elegido por Devas superiores para la realización de algún trabajo específico. En lo que al ser humano se refiere, esta materia es acumulada alrededor del átomo permanente físico, constituyendo la materia densa y orgánica que utilizará el Elemental Constructor, un Deva de evolución superior, con la misión de construir mediante diseño solar el cuerpo físico del alma en proceso de encarnación cíclica.

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Vicente Beltran Anglada

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