Mentes vagabundas.

Annie Besant


La queja universal que viene de los que principian a practicar la concentración, es que el intento mismo de concentrarse da por resultado una mayor inquietud de la mente. Hasta cierto punto esto es verdad; pues la ley de acción y reacción funciona en esto como en todo, y la impresión que se impone a la mente produce una reacción correspondiente. Pero al paso que admitimos esto, vemos, estudiando el asunto con mayor detenimiento, que el aumento de inquietud es en gran parte ilusorio. El sentimiento de tal aumento se debe principalmente a la oposición que de repente hace surgir entre el Ego que desea la fijeza y la mente en su condición normal de movilidad. El Ego ha sido, durante una larguísima serie de vidas, llevado de aquí para allá por la mente en todos sus veloces movimientos, así como el hombre es llevado siempre a través del espacio por la tierra. El no es consciente del movimiento; no sabe que el mundo se mueve, de tal manera forma él parte del mismo, moviéndose como él se mueve.

Si pudiera separarse de la tierra y detener su propio movimiento sin quedar reducido a átomos, entonces solamente podría tener conciencia de que la tierra se movía con gran velocidad. Mientras el hombre cede a todos los movimientos de la mente no se da cuenta de su continua actividad e inquietud; pero cuando se queda quieta, cuando cesa de moverse, entonces siente el incesante movimiento de la mente, a la cual hasta entonces ha obedecido. Si el principiante conoce estos hechos, no se desanimará desde el comienzo mismo de sus esfuerzos al encontrarse con esta experiencia universal, sino que considerándola como una resultante natural, proseguirá tranquilamente su tarea. Y, después de todo, no hace más que repetir la experiencia que expresó Arjuna hace cinco mil años.

“Este Yoga que Tú has declarado ser por ecuanimidad, oh matador de madhu, no lo veo firmemente fundado, a causa de la inquietud; pues la mente es verdaderamente inquieta, oh Krishna; es impetuosa, fuerte y difícil de doblegar: la considero tan difícil de dominar como el viento. Y la contestación es, no obstante, verdad, la contestación señala el único medio de conseguirlo. Sin duda alguna, oh poderoso armado, la mente es difícil de dominar e inquieta; pero puede ser doblegada por medio de la práctica constante y por la indiferencia. ("Bhagavad Gita, VI, 35, pág. 94.”)

La mente, de este modo aquietada, no perderá tan fácilmente su equilibrio por los pensamientos vagabundos de otras mentes que buscan siempre dónde deslizarse, multitud vagabunda que constantemente nos rodea. La mente acostumbrada a la concentración, retiene siempre cierta positividad, y no se amolda fácilmente a los intrusos. Todos los que se dediquen a educar sus mentes deben mantener una actitud de firme vigilancia respecto de los pensamientos que "vienen a la mente", practicando siempre con ellos una selección constante. El negarse a abrigar malos pensamientos, el repelerlos prontamente si llegasen a entrar, el reemplazar en el acto un pensamiento malo por uno bueno de naturaleza opuesta, esta práctica templará la mente de tal modo que después de cierto tiempo obrará automáticamente, rechazando por si misma lo malo.

Las vibraciones rítmicas, armoniosas, repelen las inarmónicas e irregulares; son lanzadas de la rítmica y vibrante superficie como una piedra que choca contra una rueda que gira. Viviendo, como todos vivimos, en una corriente continua de pensamientos buenos y malos, necesitamos cultivar la acción selectiva de la mente, de suerte que los buenos sean automáticamente acogidos y los malos automáticamente rechazados. La mente es como un imán, que atrae y repele, y la naturaleza de sus atracciones y repulsiones puede ser determinada por nosotros mismos. Si observamos los pensamientos que acuden a nuestra mente, veremos que son de la misma clase que los que habitualmente abrigamos. La mente atrae los pensamientos que son congruentes con sus actividades normales. Si, pues, practicamos deliberadamente durante un tiempo la selección, la mente verificará pronto esta selección por sí misma en la senda que se le ha marcado, y de este modo los pensamientos perjudiciales no penetrarán en la mente, al paso que los benéficos encontrarán siempre la puerta abierta.


Extracto de El poder del pensamiento
Annie Besant

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