La relación del hombre con sus cuerpos. I

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La relación del hombre con sus cuerpos. I

El hombre vive en las dimensiones física, etérica, emocional y mental cuando su propósito es exteriorizarse y, para ello, se reviste de materia propia de cada una de aquéllas. Sin embargo, es un ser esencialmente cósmico; y su existencia puede ser totalmente plena fuera de las dimensiones referidas, siempre que él no tenga más lazos formados por el deseo ni experiencias a realizar en la Tierra. Habita otros cuerpos, sutiles, que funcionan en niveles más profundos (del mental abstracto al cósmico) sin que para eso necesite los cuerpos más densos antes citados. Aún así, estos son utilizados siempre que, en ciertos momentos de su vida, el proceso encarnatorio forme parte del programa de su Espíritu.

Estudiaremos aquí tan sólo la relación del hombre con esos cuerpos más densos que utiliza (el físico, el etérico, el emocional y el mental) y que son perfeccionados en el curso de las encarnaciones, ya que necesitan tornarse cada vez más adecuados a los propósitos de su supraconsciencia. Siempre que esa meta se logra en cierta proporción, el yo superior (reflejo del Hombre cósmico en el plano mental abstracto) desencarna, y todos esos vehículos suyos temporarios se desintegran. La llamada "muerte" es, por tanto, un hecho no sólo natural sino también deseable, cuando llega el momento de que el yo superior se retire hacia niveles vibratorios situados más allá del mental pensante. Ese proceso es descripto pormenorizadamente en La Muerte Sin Miedo ni Culpa.

Nos estamos refiriendo conscientemente al hombre y a sus diferentes cuerpos, a pesar de que hay algunas tendencias modernas de pensamiento que, para facilitar la comprensión de ese asunto, niegan la realidad de subdivisiones en el hombre y procuran inducirlo a considerarse una unidad. Eso es coherente, de cierta forma, con uno de los aspectos del signo de Acuario, la energía de síntesis, y puede ser útil para algunos temperamentos, pero no para todos. Incluso bajo la influencia acuariana de esta época, necesitamos comprender el mecanismo de lo que es trabajado en nuestro ser y en nuestra realidad mental cotidiana.

Lo que en verdad ocurre es que el hombre va alcanzando ciclos cada vez más avanzados de evolución y, así, sus cuerpos densos son atraídos hacia estados de consciencia sutiles, hasta que puedan ser absorbidos por una mente más amplia, por áreas más profundas de su ser. A partir de ahí, no hay más razones para encarnaciones sobre la Tierra. Así, en el curso de ese proceso de sutilización progresiva, el hombre va REALMENTE sintetizando en una unidad sus aspectos exteriores aparentes en su Vida interior esencial. Para los individuos que alcanzaron ciclos avanzados de ese proceso, las subdivisiones de hecho dejan de existir, pero, para aquellos de evolución media y que aún necesitan encarnar, la realidad de todos sus cuerpos y de cada uno en particular necesita estar bien presente, pues ellos tienen como trabajo principal la purificación de esos vehículos mientras están encarnados.

Aquí debe entenderse por purificación la búsqueda de sintonización de los cuerpos de la personalidad con el Infinito Único, alineación que se efectúa gradualmente, con paciencia y lucidez, sin arrebatos de entusiasmo que denotarían una decisión aún superficial de realizarlo. La calma, el discernimiento y la quietud son señales visibles de que el hombre asumió realmente ese proceso y, a partir de entonces, ya no es posible que retorne a la ignorancia de antes.

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Lo que en este estudio nos interesa es el cuerpo mental del hombre, cuerpo que es parte y prolongación de la Mente Mayor y que posibilita al yo consciente del individuo captar ideas y planos más amplios, libres de los condicionamientos groseros y de los sentidos comúnmente conocidos. A través de su cuerpo mental, el hombre construye "formas-pensamiento" que, siendo positivas, lo mantienen en estado saludable, y siendo negativas, lo atan al conflicto existente entre las fuerzas evolutivas y las que se oponen a la evolución. Por tanto, la actividad mental es la que sitúa su consciencia dentro del vasto cuerpo de fuerzas que forman parte de la vida.

Con el tiempo, se va adquiriendo la habilidad de elevar los deseos hacia objetivos cada vez menos densos y más evolutivos, y eso acarrea el control de la mente, control que nada tiene que ver con la paralización del flujo de pensamientos, sino que trata, en cambio, del perfeccionamiento de su calidad. Las formas que los pensamientos toman en el plano mental atraen situaciones que, si son positivas para el hombre, son oportunidades para que él se sirva en escala cada vez más amplia; servirá primero a las personas vinculadas con él a través de antiguos lazos kármicos de diversas calidades; servirá a continuación a un grupo y, después, a la humanidad y al planeta. Finalmente, en ciclos más adelantados, pasa a servir conscientemente al sistema solar y a la galaxia.

El yo superior, que tiene su vida en el nivel mental abstracto y no en el cuerpo mental concreto del que estábamos tratando, se viste con ese material corporal pensante en cada encarnación para crear, a través de él, formas positivas en el océano de la Mente Mayor. La personalidad humana, con el tiempo, comprende la verdadera función de la propia mente, dando así inicio a su actuación adulta.

Algunas disciplinas desactualizadas insisten aún en técnicas que llevan a condicionar el pensamiento, con el objetivo de conseguir el aquietamiento de la mente y su consiguiente alineación con el yo superior. Tales procesos artificiales nos llevan hoy, no obstante, a una especie de autohipnosis que nos hace creer que nuestra mente ya está tranquila. En realidad, todo el proceso impuesto a partir del exterior puede impulsar hacia el subconsciente los conflictos que el hombre acaso tenga en su vida exterior. En lugar de esas técnicas se propone, a aquellos que desean disciplinarse, una concentración generalizada que los induzca a quedar atentos al momento presente. Si tal atención se mantiene sin tensiones, y si todo pensamiento que pasa es advertido sin ser objeto de críticas, sin juzgamientos ni autocastigos, la mente acaba por calmarse.

La elevación del pensamiento trivial también es necesaria, pues a través de él la mente concreta se sutiliza, permitiendo que se cultive un campo más receptivo hacia las ideas superiores. Toda esa práctica ocupa el tiempo integral de la vida cotidiana del hombre, y no sólo períodos especialmente reservados para ejercicios.

Quienquiera que en su presente etapa evolutiva ya haya desarrollado el propio cuerpo mental sabe de esos hechos, pero la mayoría no llega aún a poner en práctica ese modo de vivir.

En lo que concierne a este estudio, son suficientes las indicaciones anteriores.

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El cuerpo emocional (o astral), a su vez, es también instrumento para el trabajo del yo superior en los niveles terrestres. Es como un reflector que toma la forma y la coloración que le son impresas por la calidad de los deseos del hombre y por el ambiente psíquico en el que él esté. Cada deseo del emocional colectivo influye sobre ese cuerpo, y todo sonido lo hace vibrar, pudiendo tornar más o menos positivos a sus estados.

En el futuro, el sonido será usado con finalidad terapéutica. Su utilización contemplará no propiamente la cura de males del cuerpo físico sino principalmente la transformación del cuerpo astral. Algunas experiencias pueden hacerse ya en ese sentido. Hay fragmentos de compositores clásicos, por ejemplo, que son muy adecuados, mientras no surja la nueva música. Por otro lado, cuando el tratamiento del cuerpo emocional se efectúa en niveles subjetivos, o en otras dimensiones, el proceso usado varía con las energías presentes, teniéndose en cuenta las necesidades. Allí se trata de procesos en la antimateria.

El emocional puede también recibir impresiones que vienen de los niveles superiores a él, pudiendo hasta manifestar sentimientos del yo superior, que son impersonales. Así, de la misma forma como es capaz de reflejar el ambiente, puede también conseguir reflejar la vibración espiritual. No obstante, para llegar a eso necesita ejercitarse, reeducarse y armonizarse, lo cual se efectúa a través de la elevación de los deseos. Esa elevación puede ser hábilmente conducida por el hombre partiendo de los motivos más densos para alcanzar los más sutiles y universales; y también puede efectuarse a través de los momentos de quietud cultivados incluso en circunstancias poco propicias y a despecho de la opinión desfavorable que las personas que lo circundan puedan llegar a tener.

Otra forma de transformar el cuerpo emocional es entregarlo conscientemente, antes de dormirse, al yo superior. Así se lo podrá inducir a vivir procesos de restauración y de perfeccionamiento mientras el cuerpo físico esté dormido. Hoy, ese es un proceso de cura muy usado en la mayoría de los casos, pues el ambiente y el agitado ritmo de la vida de vigilia de los individuos no se prestan a cura espiritual.

Reeducados los deseos y disueltas las ilusiones humanas, por lo menos parcialmente, el cuerpo emocional puede librarse de las vibraciones más densas y, finalmente, dejarse elevar a través de los subniveles propios de su materia fluida. Impulsado por la aspiración del yo consciente, puede ser llevado hasta dimensiones considerablemente sutiles, en las que la cura se efectúa con más facilidad que en los planos más rarificados.

Puede ser conducido hasta el aura de un yo superior de grado de consciencia más avanzado y, allí, pasar por una estimulación que lo recoloque en equilibrio con la propia "línea de luz", esto es, en sintonía con su propio yo interior espiritual y con los que se relacionan con él.

Conocí a un individuo que, por más que lo intentase, no conseguía equilibrarse emocionalmente. Llegó al punto de que sus reacciones ya no le permitían que permaneciese en el ambiente en que estaba, ambiente que era perfectamente adecuado para que su cura interior se efectuase. Le sugerí que se dispusiese a ser elevado a un nivel de consciencia que no acostumbraba alcanzar y que se relajase antes de dormirse, entregándose a la voluntad de su propio yo interior y profundo. El lo hizo y, al día siguiente, se encontró en situación muy diferente, sin saber explicar por qué.

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Al retornar al estado de vigilia, no siempre tenemos consciencia de las experiencias curativas por las que pasamos durante el sueño. Pero procesos de cura de ese mismo tipo pueden también ocurrir mientras estamos despiertos, sin que nos demos cuenta de ellos. Tuve una experiencia curiosa que puedo compartir aquí a título de colaboración.

Cierta vez, después de algún tiempo en que estuve viviendo en el exterior, se aproximaba el momento de regresar al país en el que yo había encarnado, pero mi mente humana se rehusaba a aceptar ese hecho. La idea de no volver era tan poderosa que llegó a emitir fuertes condicionamientos al cuerpo emocional. Como se sabe, este cuerpo es sensible también a las estimulaciones mentales.

Un día decidí entregar a los niveles superiores de mi ser ese estado de conflicto y me abrí de forma especial a la cura interior, sin tener en cuenta lo que le pudiese ocurrir a mi personalidad de entonces. Pasaron algunos días y, cuando llegó el momento cíclico de que aquella situación se aclarara, me encontraba en un café suizo conversando con una amiga. En ese instante, ni siquiera estaba presente en mi memoria el pedido de cura que yo hiciera. Después que comentamos algunos hechos recientes, ella tomó un diario y se puso a leerlo.

Entonces fue cuando percibí que en mi ser se producía una alineación especial, como si todo él se estuviera elevando en consciencia. No hubo tiempo para razonar sobre lo que estaba ocurriendo, pero sucedió una cosa, de la cual tuve una nítida impresión. Al salir del café, que ya se estaba poniendo agitado y bullicioso, era como si mi antigua idea de separatividad nunca hubiese existido.

Cuando me acuerdo de ese hecho, localizo con mucha dificultad, en mí mismo, aquel viejo sentimiento. Hoy me parece que fue otro quien lo vivió, y no yo. Es como si yo, en esta encarnación, nunca hubiese rechazado al país al que debería volver y en el que me aguardaba cierto trabajo. Por tanto, la cura era muy necesaria; y, como siempre, no faltó la "gracia".



Extracto de: CAMINOS PARA LA CURA INTERIOR
TRIGUEIRINHO

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