Una montaña vieja.

Maria Magdalena


Queridos amigos,

Soy María Magdalena. Estoy junto a vosotros. No estoy lejos, sino muy muy cerca, más cerca de lo que pueden estarlo dos cuerpos —estoy en vuestro corazón. Siento vuestro dolor y la desesperación espiritual que os genera. En lo más hondo de vuestro ser hay una herida abierta porque, en este tiempo, es mucho lo que estáis soltando y mucho lo que estáis integrando. Es un dolor tan profundamente sentido que a veces os noquea y derrumba.

Sentid la intensidad de ese dolor, pero no tengáis miedo. Aunque a menudo lo notáis solo en parte, sentid en vuestras entrañas el miedo acumulado en el pasado. Es el miedo a vivir desde la autenticidad de vuestra fuente, desde quienes sois a nivel del alma. Es el miedo a ser rechazados; el miedo a no conseguir ser quienes en verdad sois en esta realidad.

Sentid también, en todo vuestro ser, el deseo de amor, el deseo de unidad y conexión; el anhelo de pertenecer, de regresar al hogar. Sentid la profundidad de ese anhelo. Incluso cuando duele, incluso cuando experimentáis soledad y separación, la intensidad de vuestro deseo y la hondura de vuestro dolor os dicen algo acerca de la grandeza de vuestra alma. Vuestra alma no descansará hasta que hayáis desenterrado y os hayáis deshecho de todo aquello que no es auténtico. Vuestra esencia es pura y es precisamente por eso por lo que tenéis que sortear y soltar todas esas ilusiones que este mundo postula como verdades.

Buscáis amor. En el cumplimiento de vuestro propósito de vida, buscáis amor en las relaciones, primero en vuestros padres y, más tarde, en vuestros amigos y parejas; pero esa es una búsqueda llena de trampas, pues encontráis en los demás lo mismo que en vosotros: la absoluta impotencia, el dolor y la desolación a que pueden dar lugar las relaciones.

En el ámbito del trabajo y la creatividad, el alma pura que sois desea expresarse desde el corazón, entregarse por completo; es un deseo que obedece a la naturaleza misma del alma. El alma es como una estrella rutilante: quiere brillar. El alma es fuente de poder, de creación eterna, y, como tal, lo que desea es crear y experimentar, resplandecer y dejarse compartir.

En esa ofrenda y entrega de sí misma, el alma también experimenta dolor, oscuridad y negatividad, y, en momentos así, sus rayos quedan retenidos. Debido a la resistencia, al desaliento y al dolor, la luz del alma puede, incluso, llegar a retirarse del todo. Que esto suceda no es, sin embargo, algo malo. En ese caso, lo que hace el alma es integrar su luz, su consciencia, en sí misma, lo que lleva a un proceso de transformación, una suerte de alquimia tras la cual el alma se manifiesta con vigor renovado y se vierte nuevamente en el mundo.

Todos vosotros estáis inmersos en este proceso de alquimia mediante el cual transformáis las experiencias que acumuláis en esta vida, así como aquellas de vidas pasadas. Se trata de un proceso intenso que requiere dedicación y, sobre todo, creer en uno mismo. No os dejéis desanimar por las imágenes, las expectativas y los ideales del mundo que os rodea. Muchos de esos ideales y energías aún se sustentan en el miedo, en el instinto de supervivencia y en unas ideas sin base alguna acerca de las relaciones y la creatividad. Convenceos de que estos son tiempos de profundo cambio que exigen que vuestro ser, vuestra consciencia, se concentre al máximo. Que exigen que os enfoquéis al máximo en quienes en esencia sois.

Os voy a pedir ahora que llevéis vuestra atención, vuestra consciencia, hacia el cuerpo. Dejad que vuestra respiración se hunda suavemente en el abdomen. Sentid vuestro abdomen desde dentro; sentid el centro de paz y quietud que ahí se ubica. Es un centro no emocional, un centro que está profundamente arraigado, que conecta con todo cuanto es humano en la Tierra y que impregna vuestra humanidad de consciencia.

Sentid la presencia del alma en vuestro abdomen en este mismo momento. Percibid la poderosa consciencia que habita en vosotros, esa parte vuestra que ya ha estado muchas veces en la Tierra. Es una parte tan sólida y fuerte como una roca curtida por los elementos: la lluvia, las tormentas, el frío y el sol abrasador. Sentid el núcleo de poder de esa roca asentada en las profundidades de vuestro abdomen. Es vuestro fundamento y contiene la energía tanto de la Tierra como la de vuestra alma, la del Sol y la del Cosmos —es ahí donde todas se fusionan. Dejad que la energía de esa roca fluya por vuestros muslos y rodillas, y vaya bajando hacia los pies. Sentíos firmemente plantados y tan sólidos como una vieja montaña.

Para una montaña vieja, la noción del tiempo es muy distinta; una vida humana es muy breve, tan breve como un suspiro. Imaginad que sois esa montaña y que, bajo el cielo abierto, disfrutáis de la vida que os rodea: los pájaros, los animales, la hierba, los árboles y la energía rebosante de vitalidad de las flores. Os dais cuenta de que la vida en la Tierra os llena de admiración. Os dais cuenta de que en vuestro corazón hay amor por la Tierra y por cuanto en ella vive. Os dejáis caer hasta la base de esa montaña y os dais cuenta de lo viejos que sois. Sentís la inmensidad de todo lo que habéis vivido y que, pese a ello, os mantenéis firmes. Habéis internalizado innumerables experiencias y os dais cuenta de la magnitud de vuestro ser esencial.

Durante unos instantes conectáis con la totalidad de la Tierra. Sentís su fuerza y su consciencia amorosa y sustentadora. Como sois esa montaña, vuestra consciencia fluye sobre y en la Tierra. En verdad, no estáis separados de ella. Os relajáis y sabéis que formáis parte de esa totalidad, aunque vuestra mente humana no pueda aprehender «cómo» ni «qué». Estáis estrechamente conectados con todo.

Ahora, imaginad que desde esa consciencia, insondable y firmemente asentada, os encontráis con vosotros mismos en cuanto que seres humanos. Seguís siendo esa montaña, esa roca, ese muro de carga, pero os veis a vosotros mismos tal y como sois ahora, os veis llegar como el ser humano que sois. Ese humano se sienta a vuestros pies, en la roca, en la base de la montaña. Sentid su energía. Sentid lo agitada y rápida que es vuestra energía como seres humanos en comparación con la energía de la montaña. Por otro lado, ¿cómo se siente el humano en vosotros al encontrarse con esta consciencia serena de la Tierra? ¿Qué siente en su interior? ¿Duda, miedo? ¿Quizás rabia o tristeza? Difundid el calor de la montaña hacia vuestro yo humano y convertidlo en vuestra base, en vuestro soporte. Eso es lo que necesitáis para hacer de la Tierra vuestro hogar: saber que estáis conectados con el todo y que ese todo os sustenta.

Visualizad al ser humano que cada uno de vosotros es tumbado de espaldas sobre esa sólida roca, sintiéndose sostenido. En ese momento, os dais cuenta de no hay realmente nada por lo que preocuparse. A la mente humana esto le suena a auténtica locura, pero la verdad es que, tanto en vosotros como a vuestro alrededor, operan fuerzas mayores que no podéis controlar con la mente. Sabed que esas fuerzas son benévolas. Pese a que os llevan hacia experiencias que os resultan intensas y, a veces, dolorosas, esas fuerzas de la Tierra, del Sol y del Cosmos que en vosotros se fusionan son, por su misma naturaleza, buenas y beneficiosas, además de estar enfocadas al crecimiento.

Ahora, abandonad completamente el mundo humano, todos esos ideales y criterios sociales, y sentid que habéis reencontrado vuestro hogar en la naturaleza. Sentíos incluidos en el flujo vital que recorre la naturaleza. Vaciad vuestra cabeza de energía y conectad con la Madre Tierra desde el abdomen. Imaginad que la Madre Tierra está presente ahora mismo en vuestro abdomen; se os ha hecho visible en forma de mujer, es una presencia femenina. Miradla a la cara, a los ojos, y pedidle que os transmita algún mensaje breve y contundente. Recibid aquello que quiera deciros —en palabras, imágenes o sentimientos— y dejad que obre su efecto en vosotros.

Estáis en la Tierra para dar concreción a vuestro «Yo esencial», a vuestra alma. Nada de lo que hacéis está mal; todas las experiencias forman parte de vuestro camino. Ahondad más profundamente en vosotros mismos y no tengáis miedo. Volveréis a casa y en vosotros descubriréis una nueva fortaleza, más consistente. La vida es buena. Estos son tiempos de transformación en la Tierra. Cuanto más creáis en vosotros mismos y cuanto más sintáis a vuestro alrededor las fuerzas de la Tierra, del Sol y del Cosmos, mayor será la alegría que experimentaréis en vuestra vida. Esto no significa que no vayan a seguir presentándose problemas y experiencias, a veces desagradables. Pero la paz interior y la fe en uno mismo le confieren a todo un fulgor gozoso, y eso es lo que necesitáis. Esto es lo que la Tierra y la humanidad necesitan: más amabilidad y menos resistencia. La vida quiere redimiros, quiere tenderos una mano. Tomadla.

Gracias por vuestra atención.



Pamela Kribbe canaliza a María Magdalena
Traducción de Laura Fernández
https://jeshua.net/esp/canalizaciones/maria-magdalena/una-montana-vieja/

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