La búsqueda del centro.

Omraam M. Aivanhov


Todo lo que existe en la tierra ha existido antes en estado etérico en el sol. Para comprender esta idea hay que saber que los elementos se han formado por condensación sucesiva. Al comienzo era el fuego. El fuego emanó de sí una substancia más densa, el aire, que a su vez emanó el agua. El agua, a su vez, desembarazándose de sus elementos más densos, formó la tierra (por otra parte tenemos ahora las pruebas científicas de que la vida en la tierra procede del agua).

Cada elemento es una condensación de otro elemento más sutil: el aire del fuego, el agua del aire, la tierra del agua. Pero más allá del fuego que conocemos, existe otro fuego; la luz del sol, que es el verdadero origen de todas las cosas.

Diréis: «¿Qué ha pasado para que todos estos elementos se condensen?» Fue suficiente que salieran del centro, del sol. Cuando los elementos contenidos en el sol se alejaron hacia la periferia, se condensaron, se volvieron opacos, densos, pesados... Lo mismo ocurre en el hombre: alejándose del centro, del seno de Dios, se volvió mate, pesado, y ahora, para encontrar su pureza y su luz, debe volver al centro. Ahora veréis como los preceptos de todas las religiones se unen en la búsqueda del centro, o si preferís, simbólicamente, del sol.

Hace años, existía cerca de Saint-Cloud un parque de atracciones que se llamaba Luna Park.

Un día, fui allí para curiosear. No voy a contaros todo lo que había allí para divertir al público.

Os hablaré solamente de algo a lo que llamaban «la mina». Era una plataforma redonda, que daba vueltas, en la que se montaban los jóvenes... La máquina se ponía en marcha, el movimiento se aceleraba, y de pronto, los que se encontraban en la periferia entraban en el torbellino de las fuerzas centrífugas, siendo impelidos, catapultados, proyectados hacia el exterior, en todas direcciones, mientras que los que se mantenían en el centro estaban tranquilamente en su sitio.

Esta simple imagen os enseña que cuanto más os alejáis del centro, más sometidos estáis a las fuerzas desordenadas, caóticas, y poco a poco perdéis vuestro equilibrio y vuestra paz. Al contrario, cuanto más os aproximáis al centro, el movimiento cambia, y sentís la calma, la alegría, la expansión del alma.

Haciendo estas observaciones en la naturaleza y en sí mismos, los Iniciados del pasado establecieron una ciencia, una filosofía y unos métodos. Sus investigaciones y descubrimientos han llegado hasta nosotros y ahora os los transmito para vuestra utilidad y vuestro perfeccionamiento.

Solamente tenéis que comprender mi forma de hablar. Tengo el privilegio de disponer de un lenguaje muy claro, muy simple, casi infantil, en comparación con lo que encontráis en las obras de los filósofos y de los teólogos que son ¡tan abstractos y obscuros! ¿Por qué no simplificar la expresión de las grandes verdades? ¿Por qué no hacerlas claras y accesibles, incluso para los niños? Esta es una cualidad que Dios me ha dado: saber presentar las cuestiones más abstractas clara y simplemente. Y es lo que hago por vosotros todos los días. Por ejemplo: esta imagen de «la mina» nos enseña que si vamos por la mañana a contemplar el sol con el deseo de penetrar en él, no solamente sacaremos fuerzas, sino que encontraremos en nosotros mismos un centro: abandonamos la periferia y volvemos hacia la fuente, en la paz, la luz y la libertad.

El sol es el centro del sistema solar y todos los planetas gravitan alrededor de él en un movimiento armonioso. Este movimiento armonioso de los planetas alrededor del sol, debemos imprimirlo en nuestras propias células. Pero para esto, tenemos que encontrar el centro en nosotros, el Espíritu, Dios. En ese momento, todas las partículas de nuestro ser entran en el ritmo de la vida universal y lo que experimentamos como sensaciones y estados de conciencia es tan maravilloso que no hay palabras para expresarlo.

«Pero, diréis vosotros, ¿es absolutamente necesario ir a la salida del sol? ¿No es lo mismo rezar en casa?» Por supuesto, en vuestra habitación también podéis rezar, uniros a Dios, volver al centro. Pero si al mismo tiempo que rezáis respiráis el aire puro y os exponéis a los rayos del sol, realizáis esta unión con Dios no sólo intelectualmente, o espiritualmente, a través del pensamiento, sino también físicamente a través del aire, la luz. Aquí, al amanecer, os ayudan factores muy poderosos: el aire puro, la frescura, la tranquilidad, todo el espacio y el calor, los rayos del sol... ¡Es la plenitud! Si sabéis aprovechar todas estas condiciones, os acercáis más rápidamente, más eficazmente, más maravillosamente a esta fuente de vida de la que tan necesitados estamos todos.

Todos los seres sin excepción tienen necesidad de volver a esta fuente. Lo comprenden de diferente manera, pero en realidad todos buscan al Señor: los que no hacen más que comer y beber, los que buscan a las mujeres sin saciarse nunca, los que desean la riqueza, el poder o la ciencia... todos buscan a Dios. Mi interpretación quizá ofusque a los religiosos que a menudo son estrechos y tienen prejuicios; dirán: «¡Es imposible que la gente busque a Dios por caminos tortuosos!» Yo digo que sí, que no existe criatura que no busque a Dios, sólo que cada una lo comprende a su manera.

Si supiéramos dónde está Dios y cómo encontrarle en su estado de perfección, por supuesto, sería preferible, pero Dios se encuentra un poco en la comida y la bebida, un poco en el dinero.

Se encuentra también en los hombres y en las mujeres. Estas sensaciones de plenitud, de expansión, de maravilla, ¿ quién sino El podría procurarlas? Desear la autoridad, el poder, es querer poseer también un atributo de Dios. Querer ser bello, es también buscar una cualidad de Dios: su esplendor. Incluso los glotones que se pasan todo el día de cuchipanda, si no fuera un poco el Señor lo que saborean, no sentirían este disfrute, este placer del paladar o del vientre. No existe nada bueno, bello o deleitoso que no encierre al menos alguna parcela de la Divinidad.

Pero para encontrar verdaderamente al Señor, no preconizamos todos estos caminos tan costosos, sucios y deplorables. (¡Algunos van a las alcantarillas para buscar al Señor!) Os enseño. el mejor camino., a través del cual se Le alcanza directamente: el sol.

La primera cosa que tenemos que hacer, es darnos cuenta de la importancia del centro y comprender que la búsqueda del centro provoca en nosotras grandes cambios, aunque no lo sepamos. Cuanto más nos acercamos al sol con nuestro espíritu, nuestra alma, nuestro pensamiento, nuestro corazón y nuestra voluntad más nos acercamos al centro. que es Dios. En el plano física, el sol es el símbolo de la divinidad, su representación visible y tangible. Todos esas nombres abstractos y alejados de nosotros que se dan al Señor: Fuente de vida, Creador del cielo y de la tierra, Causa primera, Dios Todo-Poderoso, Alma universal, Inteligencia cósmica...

pueden resumirse en esa idea del sol, tan concreta y próxima a nosotros. Podéis considerar al sol como el resumen, la síntesis de todas estas ideas sublimes y abstractas que nos rebasan. En el plano física, en la materia, el sol es la puerta, el lazo, el médium gracias al cual podemos alcanzar al Señor.

Empezad por entender que mirando al centro del sistema solar, restablecéis en vosotros mismos un sistema idéntico, con vuestro propio sol en el centro, vuestro espíritu que vuelve, que se asienta y que toma el mando. Por el momento, en vosotros hay desorden, caos, no hay gobierno ni cabeza: todos vuestros «inquilinos» comen, beben, gritan, saquean; y vuestros pensamientos, vuestros sentimientos y vuestros deseos se contradicen, cada uno tira hacia sí ¿Cómo queréis resolver vuestros problemas en esta anarquía? ¡No podréis!

Antes hay que ser interiormente como un sistema solar, para que toda gravite alrededor de un centro, pero un centro luminoso y cálido, no hay que aceptar un centro que sea apagado, débil, sucio y estúpido... ¡Hay que limpiarlo! Y a todos los que habíais tomado hasta el momento por guías y por modelos, examinadlos uno por uno, diciendo: «¿Eres tan luminoso como el sol? ¿No?

Entonces, ¡fuera, vete!... Y tú, ¿eres tan cálido como el sol? ¿No? ¡Fuera!» Después de este barrido, de esta purificación, instaláis el sol en vosotros. Y cuando el sol aparezca, cuando tome el puesto central, cuando esté presente en vosotros, real y vivo, veréis de lo que es capaz. A su llegada, todos los habitantes que están en vosotros sentirán que su jefe, su dueño, su señor ha vuelto...

Mirad a los niños en clase, a los cantores en la coral, a los soldados en el cuartel: cuando falta la cabeza, el profesor, el director de la coral, el capitán, todos hacen lo que quieren; pero cuando.

vuelve la cabeza, todos se ponen en su sitio y empieza el trabajo... Observad a una familia que está discutiendo. De pronto, un amigo al que todos estiman y respetan viene a hacer una visita, inmediatamente componen su rostro: «Buenos días, siéntate. ¡Qué contentos estamos de verte!

¿Cómo estás?» Incluso tratan de mirarse con gentiliza para que el amigo no advierta que estaban en plena tragedia. ¿Por qué no utilizar la misma ley, introducir dentro de sí la «cabeza» más luminosa, más cálida, más vivificante: el sol? En ese momento, instintivamente, mágicamente, todos encontrarán su sitio, porque tendrán vergüenza de mostrarse groseros delante de este amigo o de este superior...

Cuando estalla en vosotros la discusión, el desorden, la revolución y os ponéis a rezar con mucho ardor, de pronto todo se sosiega y encontráis la calma y la alegría: ha entrado dentro de vosotros un amigo y todos los habitantes se han callado. Cuántas veces lo habéis verificado ¿no es así? Ahora, si rezáis a este amigo aún con más asiduidad y fervor para que no se vaya nunca, para que se quede y habite definitivamente dentro de vosotros, para que se instale en el centro y trabaje en vosotros, en ese momento la paz y la luz reinarán eternamente en vuestra alma.


Si nos atenemos a las apariencias, desde el punto de vista de la tierra, evidentemente nos encontramos que es el sol el que sale, el que se pone y el que gira alrededor de la tierra. Este ejemplo es suficiente para mostrar que todos los que se han acostumbrado a observar las cosas desde el punto de vista de la tierra, desde el punto de vista geocéntrico, se equivocan: toda su filosofía es falsa porque está basada en la ilusión de que el sol gira alrededor de la tierra. Mientras que los Iniciados, que saben que la tierra gira alrededor del sol, invierten su punto de vista: se sitúan en el sol, miran todo desde el sol y ven la verdad.

Diréis: «¡Todos sabemos que es la tierra la que gira alrededor del sol!» Sí, lo sabéis teóricamente, pero en la práctica hacéis como si fuera el sol el que gira alrededor de la tierra. Por eso os repito: «Mientras no intentéis buscar el centro, vuestro centro, que es la parte divina de vosotros mismos, y no os decidáis a vivir, mirar y actuar ahí, no encontraréis la verdad y todo os parecerá engañoso. »

Si no comprendéis, es porque no sabéis que en el hombre también se encuentran la tierra y el sol. La tierra es el vientre, los instintos, y el sol es el cerebro, la inteligencia. Desgraciadamente desde hace siglos, los humanos han descendido al vientre, sólo miran a través del vientre, es decir a través de la vida material. Todo lo demás para ellos no tiene la menor importancia. Por eso ¡con cuántas dificultades se encuentra el que intenta conducirles hacia el otro centro: la cabeza, la inteligencia y la luz, en una palabra el punto de vista heliocéntrico! ¿Cómo hacerles comprender que penetrando en el centro del sistema solar, encuentran al mismo tiempo su propio centro alrededor del cual todo debe gravitar? Mientras que el hombre quiere ser el supuesto centro de su propia existencia, en realidad gira alrededor de otras cosas fuera de sí mismo, por ello se siente sacudido, atormentado, y no puede encontrar la verdad.

Utilizaré todos los medios, todos los argumentos, todos los conocimientos de que dispongo para llevaros hacia esta verdad deslumbrante: primeramente debéis trabajar para encontrar el centro de nuestro sistema, el sol, el manantial de donde surge la vida; después en el plano espiritual, a Aquel que es el más grande, el más poderoso: el Señor, y unirlos a vuestro propio centro, que es vuestra chispa, vuestro Yo superior, pues hasta ese momento no os habréis encontrado a vosotros mismos ni habréis descubierto la verdad. Vivís todavía en las ilusiones y en las tribulaciones, porque no habéis llegado a encontrar el centro, a girar alrededor de él, a fundiros en él. Son vuestros deseos, vuestros caprichos, vuestra codicia los que os gobiernan, giráis a su alrededor. Pues bien, no debe ser así, en lo sucesivo deben girar a vuestro alrededor, obedeceros, someterse. Si corréis para satisfacerlos, no solamente no llegaréis, sino que lo perderéis todo. Son ellos los que deben serviros, trabajar para vosotros que sois el centro, la cabeza, el señor de vuestro propio reino.

Así pues lo que cuenta, lo que importa por el momento, es cambiar vuestro punto de vista. En lugar de refunfuñar: «¡Ah!, Saltar de la cama para ir a la salida del sol! ¿Para qué me servirá, Dios mío? Mi cerebro está bloqueado, no puedo meditar», ahora que conocéis los tesoros que hay para explorar, os levantaréis por la mañana con otra disposición.

Para que sea más claro, os puedo interpretar una página del libro de la naturaleza viviente.

Cuando observamos a los humanos, vemos que instintivamente se sienten impelidos a subir en la escala social para mandar y asumir responsabilidades. Se les obliga a pasar exámenes y cuando demuestran sus méritos, se les escoge para los puestos más elevados. ¿Por qué no han visto que ocurre exactamente lo mismo en el terreno espiritual? Los Iniciados, los verdaderos discípulos, saben que en el plano espiritual hay otros jurados, otros examinadores que observan cómo resuelven los problemas que la vida les presenta, y por eso trabajan, trabajan interiormente, y si tienen éxito, se les concede un lugar más elevado y poderes más amplios. Cuanto más suban y se acerquen a la cima de la perfección, más diplomas se les da, confiándoles puestos importantes y un día obtienen todos los poderes, mandan incluso en las fuerzas de la naturaleza, pero siempre para hacer el bien.

En lugar de querer competir con los demás para obtener puestos de gobernador, de ministro o de presidente, trabajad en vuestra educación interior para encontrar el sol. Cuanto más améis y comprendáis al sol, más os eleváis hasta los grados superiores de vuestro ser y más os acercáis a la cima. Representada de otra forma, la cima no es otra cosa que el centro, ya que la proyección geométrica del cono es un Círculo con un punto central. Así pues, si vais hacia el centro de vuestro círculo. vuestra alma. Vuestro espíritu, o si subís para ir hasta la cima, hasta el sol, es el mismo camino experimentado de forma paz, la claridad, el poder y el amor...


Extracto de: Hacia Una Civilizacion Solar
OMRAAM MIKHAEL AIVANHOV

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