El secreto de las siete semillas. V.1

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El secreto de las siete semillas. V

Había pasado un mes y medio. La semilla se convirtió en una pequeña planta con hojas verdes, alargadas y llenas de ondulaciones. El jardinero de Ignacio le había dicho que era una planta de mango. Ignacio pensó que la enseñanza de esta semilla debía estar relacionada con los frutos o los resultados. A diferencia de las otras plantas, esta era un frutal. Estaba seguro de que la enseñanza tenía que ver con el concepto de producir resultados en la vida.

Ignacio había abandonado todos sus deseos de practicar actividades fenomenológicas. Meditaba media hora en las mañanas y media hora en las noches, y se sentía feliz de este nuevo hábito en su vida. Pero era una felicidad diferente a la que antes había experimentado, cargada de sosiego y amor, y a su vez reconfortante y fortalecedora. No podía salir a trabajar ni acostarse sin antes meditar. Sus meditaciones eran cada vez más profundas. El estado de paz y tranquilidad poco a poco se prolongaba más durante el día. Esto le permitía a Ignacio tomar mayor distancia de los problemas cotidianos. Explotaba menos y era mucho más tolerante con las personas.

También estaba obsesionado por tratar de eliminar su ego. Se había tomado muy en serio los consejos del maestro y estaba muy consciente de las conductas del ego. Algunas veces, antes de actuar se daba cuenta de que el ego lo estaba manipulando y entonces podía evitar sus desagradables consecuencias. En otras oportunidades actuaba con el ego, pero luego se daba cuenta, reflexionaba sobre su conducta y terminaba por molestándose mucho consigo mismo. Él quería ganarle la batalla al ego y estaba dispuesto a usar todas sus armas.

Ese día tenía la reunión mensual del comité ejecutivo. Revisarían el cumplimiento de las metas del mes y el avance del plan estratégico. Era una excelente oportunidad para manejar su ego y evitar que el ego lo manejara a él. Hasta ahora siempre había empezado la reunión de ejecutivos asumiendo el protagonismo. Pero esta vez decidió cederle la palabra a cada gerente, para que todos expusieran sus logros y resultados. Él sería un facilitador. La empresa estaba mejor, pero el último mes habían bajado sus ventas. Esto había creado una situación algo tensa en el equipo gerencial.

Una vez que los tres gerentes –Alfonso, de operaciones; Gustavo, de finanzas; y Pedro de márketing– terminaron de exponer, le tocó su turno a Roberto, el gerente de ventas.

–La verdad es que no hemos cumplido nuestras metas por la crisis económica que vive el país. La cosa está bien dura y los clientes no compran. Además, tuvimos unos problemas de despach...

No terminó de decir la palabra "despacho" cuando Alfonso, el gerente de operaciones, ya le gritaba fuera de sí:

–¡De qué problema de despacho hablas! ¡No seas maricón! Admite que has fallado por tu propia culpa y no la estés desparramando por toda la empresa. ¡Es tu gente la que no ha vendido nada!

–Si tuvieras un poco más de control sobre tus vendedores, no estaríamos como estamos –agregó Gustavo, el gerente de finanzas–. ¡No hay control! ¡No hay reportes! ¡Todos hacen lo que les da la gana! ¿Cómo vamos a vender así?

Ignacio observaba con mucho rechazo este diálogo, y podía observar claramente cómo sus gerentes estaban siendo dominados por sus respectivos egos. Si esto le hubiese sucedido algunos meses atrás, Ignacio hubíese saltado a la pelea para destruir al más débil y hacerle pagar con sangre todos sus errores. Pero en esta oportunidad estaba totalmente consciente de lo que pasaba.

–Muchachos, calma –interrumpió Ignacio–. Aquí no estamos para buscar culpables, estamos para apoyarnos entre todos.

La gente hizo silencio, sorprendida por el comentario de Ignacio. Entre otras cosas, inconscientemente, cada cual estaba reflejando el modo en que hubiera reaccionado Ignacio, el líder, meses atrás. ¡Tan acostumbrados los tenía a enfrentar los problemas con explosiones de carácter! El ambiente seguía tenso.

–Recuerden que somos un equipo –continuó Ignacio–, y en un equipo la idea es que si bien hay responsables con roles claros, todos estamos para ayudar en lo que podamos al responsable, de modo que cumpla sus metas. Más bien pensemos cómo podemos ayudar a Roberto. Recuerden que todos, tarde o temprano, también tendremos problemas y vamos a necesitar que nos ayuden. Les pido que, por favor, sin agredir a nadie, tratemos de decir lo que pensamos sinceramente.

–iPero Roberto no quiere encontrar soluciones, sólo quiere buscar excusas y en su camino embarrarnos a todos! –gritó Alfonso.

–Roberto, dinos ¿cómo te podemos ayudar para que el próximo mes cumplas tus metas? –le preguntó Ignacio suavemente.

Ignacio había logrado calmar el ambiente. Su tono positivo, tranquilo y en paz había contagiado a sus gerentes. Roberto lo pensó dos veces antes de abrir la boca:

–La verdad, el principal problema que tengo es contigo, Ignacio. Desde hace algunos meses te has metido en mi área, te has puesto a vender. Nadie duda de que has tenido buenos resultados, pero también has desmotivado a mi gente. Sienten que les has quitado sus mejores clientes y que así cualquiera vende. Además, sienten que lo único que te interesa es sobrarte y restregarles en sus caras lo capaz que eres vendiendo.

La expresión pacífica desapareció de la cara de Ignacio. Frunció el ceño, levantó la voz y le dijo:

–¡Pero qué clase de animal eres! ¡Te estoy tratando de ayudar y lo único que sabes hacer es agredirme! ¿No te das cuenta de que yo soy el único que ha salvado esta empresa de la quiebra? Si hubiésemos dejado que tus vendedores arreglaran el problema, cada uno estaría en su casa viviendo de sus ahorros. Son unas bestias, flojos y para colmo rajones. Parece que no tienen nada que hacer, porque tiempo para hablar mal de las personas les sobra.

Las caras de Alfonso, Pedro y Gustavo tenían un gesto de aceptación de las palabras de Ignacio, como diciendo: "¡Al fin el Ignacio de siempre! Lo extrañábamos". El gerente de ventas estaba asustado y no atinaba a decir nada más.

Apenas Ignacio cerró la boca, ya se había dado cuenta de que nuevamente el ego había tomado control de su mente. En pocos segundos, decenas de pensamientos pasaron por su cabeza: "¡Qué imbécil que soy! ¿Cómo me dejé dominar por el ego? Después de estar diciendo justamente lo que no se debe hacer, voy y lo hago. ¿Qué mensaje le doy a mi gente? Que soy puro bla, bla, bla y que no actúo conforme a lo que digo. Debo disculparme, pedir perdón, decirles que me he equivocado".

–Bueno, dejémoslo allí, yo me reuniré con Roberto para arreglar el problema de ventas. Buenas tardes.

Ignacio se quedó solo en su oficina. No había tenido valentía ni fuerza para decirles que estaba equivocado, que así no se trata a las personas. ¿Por qué le costaba tanto aceptar los errores? ¿Por qué no podía controlar su ego? ¡Qué fácil era ver el ego de las personas! ¡Qué fácil era estar consciente de las emociones y reacciones de los demás! Pero ¿por qué era tan difícil observarlas en uno mismo y tener autocontrol?

Con todas estas preguntas partió donde el maestro. Era increíble cómo todas sus angustias desaparecían cuando atravesaba el portoncito de la casa. Desde hacía tiempo había establecido la costumbre de detenerse unos minutos a contemplar el jardín. Al principio le pareció extraño, pero luego llegó a la convicción de que hasta observando la callada vida de aquellas plantas, podía aprender mucho sobre su propia vida.

Una vez que estuvo sentado en el cuarto del maestro, le contó todo el episodio de la reunión del comité ejecutivo.

–Maestro, ¡no puedo con mi ego! Desde que usted me dio la lección, he tratado de hacer un gran esfuerzo para tenerlo bajo control. Me puse como meta vencer a mi ego. Pero finalmente el ego me domina. Puedo ver fácilmente el ego de los demás, pero no puedo controlar mi propio ego. Trato de hacerlo, pero en el momento en que menos me doy cuenta, cuando más necesito estar consciente, el ego toma control de mí mismo. ¿Qué puedo hacer?

El maestro le dijo con una suave sonrisa:

–Ignacio, me da la impresión de que tu ego quiere deshacerse de tu ego.

–Maestro, no entiendo de qué está hablando.

–Me parece que tu ego te está jugando una mala pasada. Ahora que estás decidido a tratar de ponerlo bajo control, se ha disfrazado y es el mismo ego que quiere eliminar al ego. Es como si tu ego fuese un ladrón disfrazado de policía, fingiendo buscar al "ladrón del ego" para encarcelarlo. Él sabe que lo puede encarcelar, pero en realidad él mismo tiene la llave de la celda. En otras palabras, sigues atrapado.

Ignacio puso cara de estar aplastado por una insoportable confusión.

–Al proponerte una meta con tanto apego y deseo –continuó el maestro– y al querer ser el vencedor y ganarle a tu ego, estás actuando con el ego. Cuando te molestas, te angustias o te da rabia, atraes al ego. Cuando estás en paz, con tranquilidad y balance, el ego se aleja. Cuentan que un maestro estaba con un discípulo sembrando semillas en las afueras de su templo, para embellecerlo con plantas: De pronto vino un gran ventarrón y se llevó casi la mitad de las semillas. El discípulo se molestó, empezó a renegar y a quejarse. Al oírlo, su maestro le dijo: "Hemos hecho lo mejor que podíamos. Eso es lo importante". Unos días después vino una tormenta y la lluvia inundó el templo y los alrededores. El discípulo estaba furioso. Sentía que todo su trabajo estaba perdido. Pero el maestro le respondió: "Hemos hecho lo mejor que hemos podido". Semanas después empezaron a brotar muchas plantitas en todos los alrededores del templo. El discípulo saltó de alegría y el maestro le dijo: "Hemos hecho lo mejor que hemos podido y eso es lo importante".

El maestro hizo una pausa, colocó sus largas manos sobre las rodillas, y continuó:

–El mensaje de esta historia, Ignacio, es que uno siempre debe hacer lo mejor que puede y dar lo mejor de sí, al margen de los resultados. Recuerda que las metas te dan la dirección, pero el objetivo de la vida es disfrutar el camino dando lo mejor de ti y manteniendo tu paz y felicidad interior. Ignacio, toma las cosas con calma, ten paciencia y tolerancia contigo mismo. No se cambia un hábito de la noche a la mañana. No te propongas vencer al ego. Esa es la difícil trampa que debes evitar. Eso implica que hay un ganador y un perdedor, y te lleva indirectamente al ego. Ponte como meta caminar más consciente por los senderos de la vida y dar lo mejor de ti en cada paso. Hazlo con compasión y amor hacía ti mismo. Poco a poco irás cambiando. Meditar te ayudará en este proceso.

–Maestro, en la reunión de ejecutivos me di cuenta de que metí la pata apenas terminé de hablar, pero no pude pedir disculpas. ¿Por qué me cuesta tanto aceptar que me equivoco y disculparme?

El maestro volvió a sonreír, como un padre comprensivo.

–Recuerda que tuviste unos padres que te maltrataron cada vez que cometías un error. Para ti los errores significan castigos muy dolorosos, pero sobre todo implican el retiro del cariño por parte de tus padres mentales. A un nivel, en tu subconsciente, equivocarse es algo terrible y por eso tratas de evitarlo a toda costa. Pero, Ignacio, reconoce que estás mucho mejor que antes.

–¿Cómo puedo estar mejor si me equivoco todo el tiempo? –replicó Ignacio.

–Porque ahora sí te das cuenta de que te equivocas –respondió el maestro–. El primer paso para cambiar es estar consciente. Tú ya entiendes los procesos mentales, reconoces las emociones y acciones de los demás. Reconoces algunas de tus conductas negativas y logras manejarlas. Con otras aún no puedes hacerlo, pero sí tienes la capacidad de reflexionar posteriormente sobre ellas. Cuando entraste a mi casa no tenías la menor idea de todo esto.

–Gracias, maestro, me está subiendo el ego.

–No, Ignacio, es una verdad y un reconocimiento que te doy con mucho amor. Pero dime, ¿ya sabes cuál es la semilla que te di?

Ignacio sonrió con orgullo:

–Sí, es un árbol de mango. Me imagino que el mensaje está relacionado con los frutos de la vida. Uno cosecha lo que siembra. ¿Es así?

–Es cierto –respondió el maestro–, cada uno cosecha lo que siembra. Pero ese no es el mensaje. Permíteme explicártela con una historia. Una rosa conversaba con el árbol de mango y le decía: "Yo soy la planta de este jardín que más entrega a los humanos. Les entrego mi belleza y hermosura. Les entrego una riquísima fragancia. No hay nadie como yo". El árbol de mango le dijo: "¿Qué estás hablando? Yo dejo que los humanos se acerquen a mí, los protejo del sol con mi gran sombra. Pero además ellos me tiran piedras todo el tiempo, no me molesto y con amor les entrego mis frutos. En cambio si alguien se acerca a ti, lo hincas con maldad". Ignacio, el árbol de mango nos da el sabio mensaje de la importancia del servicio desinteresado. Nuestro ego nos hace actuar todo el tiempo de forma interesada: quiere alcanzar objetivos personales que lo eleven, lograr metas, adquirir un estatus mediante la compra de artículos caros, solucionar problemas... El ego nos pone unos anteojos de espejo que hacen que todo el tiempo sólo nos miremos a nosotros mismos. El servicio es lo opuesto al ego.

Hacer servicio desinteresado es pasar por encima del ego, es sacarse los lentes de espejo y descubrir como podemos ayudar a las otras personas.

Ignacio iba entendiendo poco a poco el sentido de aquella nueva dimensión: el servicio. El maestro continuó:

–Una ola pequeña le pedía ayuda a otra ola grande en una playa. Le decía que era muy pequeñita y quería que la ola grande le diera un poco de su agua. Pero la ola grande no quería darle ni una gota. La chiquita le siguió rogando por un tiempo, pero la grande nunca cedió. Después de unos minutos, ambas olas reventaron y se fundieron en el mar. Dentro del mar se dieron cuenta de que ambas eran sólo una ilusión temporal y que toda el agua era una sola unidad: el mar. Lo mismo le ocurre al ser humano. Cada uno se siente una ola diferente. La mayoría no quiere soltar ni entregar ni una gota de sus recursos. Pero lo que no saben es que después, cuando dejemos este plano material, cuando tengamos que morir, nos encontraremos con que todos somos un solo mar de energía divina. La forma, intensidad, velocidad y tamaño de cada ola no interesa, todas pertenecemos a un solo mar. Pero los humanos se concentran en las diferencias y no ven la unidad. Si tu mano izquierda se golpea y te duele, ¿la sobas y la ayudas con la otra mano?

–Por supuesto –respondió Ignacio.

–Lo haces porque estás convencido de que es tu cuerpo. Si todos entendiéramos que somos una sola conciencia cósmica nos ayudaríamos más entre nosotros.

Ignacio ahora veía todo con una claridad distinta.


Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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1 Comentario de lectores

25/07/2014

Excelente en sabiduria. Maravilloso. Muchas gracias por compartirlo.

luis miguel valderrama ochoa desde Colombia