Gracias a Dios por lo que no necesita curación.

Varios/Otros


Joan Borysenko

Joan Borysenko es la presidenta de la organización Mind/Body Health Sciences [Ciencias de la Salud del Cuerpo-Mente] y autora de cinco libros que han sido un éxito de ventas, entre ellos Tu mente puede curarte, Fuego en el alma y La salud física a través de la salud mental. Fue cofundadora y directora del departamento Cuerpo-Mente del Hospital New England Deaconess y profesora de medicina en la Facultad de Medicina de Harvard. Es bióloga especializada en células cancerosas, psicóloga titulada e instructora de meditación yóguica.

Un despejado día de invierno decidí dar un paseo por los alrededores de la diminuta ciudad del desierto de Colorado donde vivo. El cielo resplandecía con un singular matiz azul celeste alrededor de las cimas más altas de las Rocosas. El sol matinal de marzo derramaba oro líquido sobre las ramas de las altísimas piceas, creando figuras danzantes de luz en los delicados cristales de la nieve recién caída. Las cimas de las montañas se elevaban majestuosas en cinceladas capas de verdes y grises, atravesando las nubes que colgaban como niebla fantasmagórica sobre los encantados valles de abajo.

Caminando con energía y resolución, iba casi ciega a toda esa extraordinaria belleza. Con la intención de relajarme antes de bajar de la montaña en coche para hacerme una biopsia de mama en el hospital local, en realidad iba repasando la interminable lista de horribles posibilidades médicas que podrían materializarse. Al entrar mi mente en el trillado camino del terror, cobró velocidad.

Mi cuerpo podía estar en peligro mortal, y además, mi vida tampoco funcionaba demasiado bien en otros aspectos. El vaso no sólo parecía medio vacío, sino que el agua que quedaba tenía el aspecto de estar contaminada.

Mi hijo menor, aunque ya tenía casi 22 años, estaba muy dolido por la reciente separación entre mi marido y yo, después de casi 24 años de matrimonio. Culpa mía, por supuesto. Me sentía sobrecargada de trabajo y agotada. La culpa de eso también era mía. ¿Qué tipo de vida disparatada me había creado, sobre todo cuando se supone que debo ser un modelo para otras personas? El sentimiento de culpabilidad, el miedo, la rabia y la frustración se unían a la cacofonía de voces interiores que me acompañaban por el camino, en ese intento de relajarme de un modo consciente caminando. Bruscamente me sacó de mi tóxico ensimismamiento un lacerante dolor en los cuartos traseros. Tan concentrada estaba en mis bien ensayadas películas mentales que no había visto aproximarse al enorme y veloz pastor alemán que se abalanzó sobre mí y me mordió el trasero sin miramientos.

De inmediato mi departamento cinematográfico mental puso una película sobre la sutura de mis nalgas en la sala de urgencias del Boulder Community Hospital, mientras al mismo tiempo me inyectaban elevadas dosis de vacunas contra el tétanos y contra la rabia. Sin duda no me harían la biopsia y tendría que volver otro día para una segunda ronda de tortura médica.

Me metí la mano dentro de los pantalones suponiendo que encontraría una pegajosa masa de sangre. Curiosamente la mano salió limpia. Una repentina esperanza me dio energía; me oculté detrás de un matorral y me bajé los pantalones. Aunque tenía un buen verdugón rojo enmarcado por dos perfectas hileras de dientes caninos, la piel estaba mágicamente intacta. Con una exclamación del más puro júbilo, me subí los pantalones y salí del matorral lanzando un grito de gratitud sin ninguna clase de censura. Nada de sala de urgencias, nada de inyecciones contra el tétanos, nada de muerte lenta por hidrofobia. Llegaría a tiempo para la biopsia. ¡Qué suerte!

De pronto toda la escena me pareció tremendamente divertida. El horrible perro de mala raza se convirtió en un Mensajero Divino: «¡Despierta, tonta humana! Siente el sol en la cara y el aire en los cabellos. Estás viva y el mundo es hermoso. Las montañas están vivas y el día acaba de empezar.

Hay un sinfín de posibilidades para experimentar y de mundos para crear».

Cayó de mis ojos el velo del despiste y de pronto me encontré rebosante de gratitud por el don de la vida. Cada aliento era precioso, cada paso un milagro.

Las tensiones que me obsesionaban me parecieron desafíos ingeniosamente construidos que me invitaban a crear vida con más conciencia y autenticidad. La paz me envolvió como un edredón de plumón y me sentí sostenida por brazos invisibles.

La gratitud es en realidad como una palanca de cambios, que puede hacer pasar el mecanismo mental de la obsesión a la paz, del bloqueo a la creatividad, del miedo al amor. La capacidad de relajarnos y de estar presentes conscientemente en el momento nos viene de un modo natural cuando estamos agradecidos. Uno de los aspectos más preciosos de mi herencia judía es el rezo del Brachot, que son bendiciones u oraciones de acción de gracias durante el día, alabanzas a Dios por haber creado un mundo de infinitas maravillas y posibilidades. Hay una bendición por el hecho de ver una estrella o un arco iris.

Hay otra por los dones de la comida, el vino y el agua. Hay incluso una sobre ir al lavabo, para agradecer el buen funcionamiento de los órganos internos. A mí me gusta añadir bendiciones improvisadas durante el día. i Gracias al Infinito Universo Creador, al Desconocido Misterio que llamamos Dios, por haber creado pastores alemanes que nos despierten en los momentos más inverosímiles!

Una vez asistí a un carismático servicio católico durante el cual el sacerdote nos guió en una oración de gratitud por todas las cosas de nuestra vida que no necesitan curación. Gracias a Dios el pastor alemán no me desgarró la piel.

Gracias a Dios la biopsia de mama fue negativa. Gracias a Dios estoy sana y soy capaz de recordar, al menos de vez en cuando, que la gratitud es lo esencial para la paz, la alegría y la creatividad. Deseo que también tú seas bendecido o bendecida con el don de recordar. Esta noche, antes de acostarte, dedica unos momentos a dar gracias por cinco cosas de tu vida que no necesitan curación.

Durante el día, cuando te sorprendas aterrorizándote por cosas que parecen ir mal, acuérdate de decir una oración de gratitud por todo lo que está bien.


Extracto de: Gratitud. Louise L. Hay.

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