Qué es la divinidad humana?.

Emmanuel


- Emmanuel: ¿qué es la «divinidad» humana?

Es cada célula de vuestro cuerpo.

Es toda la conciencia que hay en vuestro interior.

Es cada elemento de humanidad y los eones que hay detrás.

La humanidad es auténticamente maravillosa.

No seáis tan críticos cuando os desviéis de aquello que vuestra imaginación os dice que debe constituir el estado perfecto, hasta que os permitáis evocar al Dios que lleváis dentro.

¿Veis cuánto puede limitaros?

Toda alma, al ser iluminada, es un punto de energía.

¿Cómo podéis ayudar a alumbrar al mundo, si no dejáis brillar a vuestra propia luz, aunque al principio sea un tanto débil?

No la juzguéis por su potencia en kilovatios.

Una vez aceptada por completo vuestra Divinidad, sois libres, sois libres, sois libres.

¿Cómo es el lugar en el que estás, Emmanuel?

Ya sabéis cómo es cuando paseando en silencio por los bosques.

Visteis una hermosa flor en toda su pureza, en toda su inocencia, y en su absoluta confianza en las leyes de Dios.

Y le quisisteis decir a la flor:

«Ah, si tu pudieras regir el mundo!»

Pues bien, !aquí, lo rige!


- ¿Cómo has llegado a convertirte en una criatura en la que se ha realizado Dios, Emmanuel?

He pasado ya por todas las manifestaciones que ahora estáis experimentando vosotros.

Yo también preferí abandonar la Unicidad para descubrir mi propia conciencia y regresar con ella dispuesto a añadirla a la Luz de Dios.

Por el camino se me fueron olvidando las cosas, lo mismo que os sucede a vosotros y me encontré sumido, según todas las apariencias en un mundo tan alejado de Dios, que cuando me di perfecta cuenta de la realidad de aquella horrible sospecha, sentí que me rodeaba la más absoluta oscuridad.

Sin embargo, a medida que aumentaba mi nostalgia y mi dolor empecé, al igual que habéis hecho todos a buscar la Luz, en la certeza de que, si la falta de Luz me producía dolor, era forzoso que existiera esa Luz.

Si la oscuridad hubiera sido mi hogar natural, me habría encontrado a gusto en ella.

Por eso, di la vuelta, igual que habéis hecho todos, y tras subir montañas, vadear ríos, rezar en mezquitas, templos e iglesias, seguir a maestros, tropezar y volver a levantarme, llegó el momento de mi evolución en el que fui capaz de afirmar con absoluta veracidad:

«Soy Uno con Dios».

Y entonces me vi libre de los ciclos de reencarnación.


- ¿Por qué abandonamos la Unicidad con Dios?

El alejamiento de Dios fue el inicio de un viaje de amor.

La conciencia individual pretende, a través de la experiencia de la realidad humana, conocerse a sí misma por completo, para poder así regresar a la Unicidad con mayor luz y con una comprensión también mayor.

Ello supone un aumento de la Unicidad, pues todas las cosas se hallan en expansión y creación continuas.

El Dios Supremo está en todas partes; y, aun sin la experiencia de la individuación, la separación sería un vacío, la pérdida de algo.

Sería la totalidad sin la conciencia para experimentar, para expresar y, por lo tanto, para llegar a ser una parte del universo de eterna creación.

Estáis aprendiendo a ser creadores en el sentido más profundo.

Os estáis preparando para uniros a Dios en el acto de la creación.

El hijo pródigo vuelve a casa.

En verdad, uno nunca «cayó», en absoluto.

La Caída es un símbolo de la experiencia humana.

Como tal símbolo, supone el olvido del objetivo inicial de la individuación, eso es: distraerse y perderse; constituye un intento que realiza el alma olvidada.

¿Cómo pudimos abandonar a Dios?

Uno mismo es Dios.

Observad la reconstrucción de la Caída, como si de un mapa maravilloso se tratara que os condujera a la Luz.

En cada vida volvéis a vivir la Caída.

Cada reencarnación os permite descubrir en qué punto seguís echándoos atrás, negando. Vuestra sensación de alienación refleja la separación original, el olvido original.

Todo está latiendo: las esferas cósmicas, la galaxia, la tierra, las moléculas que componen vuestro cuerpo.

La separación de Dios y el regreso a Él...

Se trata del latido creador del universo.



Extracto de El libro de Emmanuel
Transmitido por Pat Rodegast

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