Lo importante es estar atento...

Francesco


Lo importante es estar atento, para que cuando tengas que elegir puedas hacerlo sin tensión

En épocas de elegir un futuro, las confusiones se hacen presentes como regalos de navidad. Y cuenta un Maestro que al llegar a su recinto su discípulo, todo mojado por la lluvia, le preguntó dónde había dejado su paraguas. A lo cual le respondió el discípulo que no sabía, y el Maestro le volvió a decir:
—¿No recuerdas si lo dejaste del lado izquierdo o derecho de la puerta?
—No Maestro, no recuerdo.
—Ten cuidado, que en un detalle de descuido muchas veces se pierde un amor, una amistad y hasta una vida.




Y pasaron más de diez años…

Agustín nunca pudo convencer a su madre de que se mudaran de su casa natal: Entre juegos y estudio llegó la edad de entrar a la Facultad. Se inscribió en antropología, lo primero que se le vino en mente, porque ¿cómo elegir correctamente su vocación a tan corta edad? Él se preguntaba si habría siquiera algo que le gustara.

Así que, después de dos años de estudiar antropología, decidió cambiarse a psicología, y siguieron pasando años aburridísimos sin saber qué elegir. Cambió nuevamente después de un tiempo, decidió elegir aviación, un curso de piloto sería quizás su mejor elección. Creyó que estar lejos de la Tierra y cerca del Cielo podría ser su vocación.

Ésa fue la única profesión que encontró congruente con su inclinación a estar cerca del Cielo.

En el terreno del amor todavía no había encontrado nada interesante, aunque mujeres nunca le faltaban. Agustín era realmente un muchacho muy guapo, parecía salido de esas revistas de marcas de perfume francés.

En una cena de amigos le presentaron una chica que él creyó que podía ser el amor de su vida, y después de dos años de noviazgo se casaron.

Ella era doctora y muy independiente. Una mujer dulce y a la vez de mucho carácter. Tuvieron dos hijos varones.

Agustín se llevaba de maravilla con su familia política, su situación económica era desahogada y pudieron comprarse una casa en pleno centro de la ciudad.

La convivencia y el hogar eran casi perfectos, pero Agustín empezaba a sentirse aburrido y a disgusto con su vida.

En casa las cosas tampoco iban precisamente de lo mejor, sus prolongadas ausencias hacían que no se contara con él para las actividades y las decisiones de la vida diaria, y aunque el carácter independiente de su mujer hacía que la casa y la familia funcionaran perfectamente en sus ausencias, poco a poco se fue sintiendo más un extraño de visita que parte de la familia.

En cuanto a su vida de pareja, era notable que sus ausencias no ocasionaran ya al regresar las explosiones emotivas de los primeros tiempos, sino más bien una bienvenida fría.

Un día llegó de viaje y encontró sus cosas en la habitación de invitados.

—Para mayor comodidad de los dos —dijo ella.

Agustín culpó a su trabajo del deterioro de su vida familiar, y decidió actuar.

—Ahora quiero estar en casa una buena temporada, para componer las cosas —se dijo.

Así que pidió disfrutar sin interrupción de todos los periodos de vacaciones que le debían de varios años, junto con un permiso de ausencia, para estar en casa un año completo.

Agustín comenzó a quedarse en su casa mientras su mujer salía a trabajar. Ahora trataba de recuperar en casa el papel que le correspondía, pero no acababa de sentirse ubicado en la situación, y empezó a desesperarse.

Su familia política empezó a verlo con otros ojos. Ya no era el marido ideal, ahora se había convertido en un hombre difícil.

Su relación con sus amigos se volvió cada vez más distante, y su esposa optó por ya casi no dirigirle la palabra, para evitar discusiones.

Un día, por fin, ella le pidió que hablaran, y le imploró que se separaran. Agustín, con todo el dolor de su corazón, tuvo que reconocer que era lo mejor que podían hacer. Sin resistencia y sin poner objeción alguna aceptó.

Cuando llegó el momento de comunicárselo a sus hijos cayó realmente en cuenta de la magnitud del sentimiento de fracaso que estaba experimentando, y creyó que esto era lo peor que le podía suceder.

En ese momento pensó que era lo más difícil que tendría que hacer en esta vida.

Agustín tomó su ropa, sus libros, su equipo de música y sus discos. Y un domingo por la mañana regresó a la casa de su madre, enclavada en la montaña, esa casa en la que había crecido.

Se dio cuenta de que hacía varios años que no la visitaba. Recordó que las últimas ocasiones su madre había sido terriblemente insoportable, y ahora seguramente lo sería más, al estar él separado y volviendo a su espacio de soltero.

Pero Agustín tenía ya la madurez necesaria para comprender y apreciar su autonomía, por lo que no pensaba someterse a la voluntad, ni a las imposiciones de su madre.

Sin embargo, al llegar a la casa con su madre se llevó una gran sorpresa: se encontró con una mujer amorosa y muy considerada en sus actitudes.

Al mediodía su madre le pidió que se sentara a almorzar con ella, le preparó su comida favorita y su postre favorito, un arroz con leche que sabía igual al que lo enloquecía cuando era niño. Sin todavía aceptar por completo el aparente cambio en la actitud de su madre, al terminar de comer él se preparó para la conversación que seguiría, pero quedó sorprendido cuando ella comenzó a hablar.

—En este momento difícil para ti, hijo mío, quisiera que supieras que puedes contar conmigo.

—Gracias, mamá, te lo agradezco, y quiero decirte que me agrada mucho el cambio que has tenido en tu carácter. ¿A qué se debe?

—Te contaré todo lo que estuve haciendo en este último año. Comencé a trabajar como voluntaria en un hospital para enfermos terminales…

Ella iba alzando el tono de voz, poniéndose eufórica a la vez que se le iba iluminando la cara de alegría, al contarle a su hijo sobre sus actividades humanitarias.

—¿Cómo es que nunca me contaste nada?

—Nunca me preguntaste nada.

—Madre. ¿Qué hice todos estos años?, ¿qué pasó con mi vida?, ¿cómo no me interesé por los demás? Realmente me siento un egoísta. ¿Tú crees que lo fui?

—Para los que no te conocen lo suficiente, puede ser que te etiqueten como un egoísta, un soberbio. Tú nunca saliste a pedir ayuda, no te has acercado de corazón a nadie de los que te queremos. Hiciste siempre lo que quisiste, viajaste casi todo lo que pudiste y te evadiste en tu propio mundo, un mundo al que nadie pudo nunca entrar. Tú has sido un enigma para todos los que te queremos. Tomaste la vida como si fuera sólo tuya, como si los demás no te interesáramos para nada. Te casaste sin verdadero amor, solamente porque lo viste apropiado al momento, y no me parece que hayas dado a tus hijos la importancia que tienen. ¡Ni siquiera estuviste presente en sus nacimientos!

Agustín seguía en silencio, avergonzado.

—Y fueron creciendo tus hijos, mientras tú creías que traer el dinero a casa ya era suficiente para ser padre. Pero cuando estabas ante un problema, tu reacción era simplemente ignorarlo e irte de viaje. Era lógico, los viajes eran tu trabajo.

Cuando eras niño, te gustaba hablar de Ángeles de amor y de Dios, pero ahora estoy segura que debe hacer mucho tiempo que no rezas. Es más, de grande nunca te escuché hablar de Dios. ¿Crees en Él todavía, o has perdido tu Fe?

—Madre parece que para ti nunca hago nada bien.

—Sabes que los nada, los todo, los nunca y los siempre no existen. Contéstame: ¿crees en Dios?

—Claro que si, aunque hace años que no le pido nada, al parecer hasta de El me he olvidado.

—Y si te olvidaste de todos nosotros y hasta de Dios, ¿en qué estuviste pensando en estos últimos años?

—En buscar algo que me diera más satisfacciones que ese trabajo que no me hacía feliz.

—También dejaste que tu matrimonio se viniera abajo, ¿tampoco te interesaba?

—Madre, ¡No me di cuenta de nada!

—Parece que te das cuenta de los problemas sólo cuando éstos hacen crisis. ¡Se te caen las fichas del juego de tu vida, y no te das cuenta hasta que se te caen todas!

—Sí, creo que es eso lo que me pasa siempre. ¿Y ahora que hago? Me siento todo el tiempo angustiado, no me entiendo, estoy repleto de tensiones, me acosan lo miedos y las culpas, tomo pastillas para dormir, para la depresión, para el estómago… ¡Creo que siempre seré un desastre…!.

—Siempre fuiste un exagerado —dijo su madre riéndose—. Hay algo más que me gustaría saber. Antes de estar de novio con la madre de tus hijos, sé que te enamoraste de una mujer con la cual tuviste una relación intensa y profunda, ¿eso ha terminado?

—Terminó hace años. Ella se fue a vivir a San Francisco y no la he vuelto a ver. Tuvimos una historia de amor corta pero muy intensa, tanto que no he podido olvidarla. Muy en el fondo de mi Alma aún la busco, y en cada viaje que hacía tenía la ilusión de que la encontraría. Fue el amor de mi vida, sin quitar mérito al amor que sentí por la madre de mis hijos. Pero es un tipo de amor diferente a otras personas. ¡El verdadero amor pasa una sola vez en la vida!

—¡En eso no estoy de acuerdo! Si en la vida puedes cambiar de escuelas varias veces, si encuentras amigos que aparecen y luego se pierden, y vuelves a encontrar otros a quienes amar, si haces varios viajes y te enamoras de diferentes paisajes, ¿cómo dices que en la vida puedes amar una sola vez?

—Nunca había mirado al amor de esa forma, yo nunca pude olvidar a Natalia. Y no hay día que no me pregunte qué será de su vida. Daría cualquier cosa por saber algo de ella, verla, mirada a los ojos y decirle todo lo que la he extrañado en estos años. No sabes lo vacío que me siento, creo que ahí se me fue el tren del amor.

—Me parece saber qué fue lo que te sucedió. Tú eres muy sensible y demasiado inocente para esta vida. Siempre has sentido que no encajabas en este mundo. Y además puedo decirte, como tu madre que soy, que siempre te he visto un poco disperso. Lo que tienes con Natalia es una obsesión, y eso pasa cuando no se completa hasta el final una relación. Sea agradable o no el final, debes buscar la forma de terminar ese capítulo.

—No te entiendo, ¿cómo se completa?

—¡Hablando, hijo! Diciéndole lo que nunca te animaste a decirle, escuchando lo que ella siente, y reanudando o terminando con la relación, si esa es la decisión de ambos una vez que hayas hecho todo lo posible para recuperarla. Pero antes, quisiera saber si piensas volver con tu esposa, porque debes completar este proceso de separación, que recién se ha iniciado.

—No, no puedo volver. Ella no quiere que esté más en su vida. Estaba muy segura cuando me pidió que me marchara de la casa.

—Pero y tú, ¿la quieres?

Agustín dudó un momento, y luego respondió:

—Sí la quiero, pero no la amo.

—Me parece que ahora estás confundido. Es normal, estás pasando por un periodo difícil, como toda persona cuando se separa. Esa etapa se llama "La etapa de Moisés".

— ¿Y eso por qué? Realmente eres asombrosa, para cada momento tienes un cuento.

—Los cuentos te refrescan la memoria, y están para contarse, así que te lo contaré aunque no quieras.

Y los dos se rieron mientras que Agustín se sentó e hizo una seña de que ya estaba listo para escucharlo.

—Cuando Moisés convoca a su pueblo para ir a la Tierra prometida, mucha gente decide seguirlo. Pero en cuanto están ya fuera de Egipto, algunos empiezan a sentir temor de encontrarse con algún mundo más hostil que el que conocían. Entonces empezaron a regresar, porque por más que nos les gustara cómo vivían, estaban en un lugar conocido, y el conocimiento da seguridad. Los que tenían el valor suficiente, decidieron continuar el viaje con Moisés. Decidieron aguantar el miedo y llegar al final para descubrir un nuevo mundo.

Tú debes ahora decidir si deseas regresar con tu esposa o continuar hacia lo desconocido.

—Prometo que lo pensaré, pero… Madre, dime una cosa: para ti, ¿qué es el amor?

—Es dar todo lo que eres, sin que te preocupe perder. Es sentirte feliz simplemente por cuidar la felicidad del otro, es no medir, es no dudar, es dar. Es la generosidad permanente entre los dos, el amor es de tres: ella, tú, y el amor.

—Me impresionas, hablas como una experta. Pero, ¿qué puedes saber tú del amor, si has amado tan solo a un hombre?

—Es que además de haber amado a tu padre también amo a cada ser que respira en este planeta.

—¿Cómo pudiste cambiar tanto? Antes eras muy apegada a los recuerdos de mi padre, fuiste apegada a esta casa. Tú que has amado una sola casa, un solo hombre y un solo hijo, ¿cómo puedes saber tanto del amor, si ni siquiera has viajado? No te alejaste de tu casa más que para ir a hacer compras en el pueblo, nunca saliste a trabajar, siempre tuviste las mismas amigas, siempre la misma comida, la misma hora de la novela…

Y el tono de voz de Agustín fue bajando poco a poco, él mismo se estaba dando cuenta de que estaba yendo demasiado lejos y sin querer estaba cuestionando muy severamente a su madre. Sin embargo, ella no parecía ofendida ni dolida, sólo siguió muy atenta, y con el mismo ánimo con el que había comenzado siguió:

—Respeto tu punto de vista, a lo mejor estás en lo cierto y no sé demasiado de amores, pero basta con que ames bien a alguien, o a algo para saber que el amor existe siempre. Tienes razón, tardé mucho tiempo en darme cuenta de mis limitaciones, sé que siempre fui rutinaria, y demasiada burguesa para tu gusto. Sin embargo, “a mi modo” fui feliz.

Ahora estoy vieja para buscar el amor de un hombre, y busco el amor en otra gente. Y por suerte siempre lo encuentro. Los años y los golpes de la vida te enseñan, ésa es la mejor escuela. El tiempo es el mejor Maestro.

—No madre —dijo Agustín mostrándole algunas canas que comenzaban a salirle—, el tiempo sólo trae envejecimiento. El tiempo no es realmente el Maestro, es lo que haces con él, lo que te da la sabiduría de las experiencias de la vida.

—Cuando empecé a hablarte, te dije que estaba trabajando en el hospitalito del pueblo, y que la gente a la que estaba acompañando eran enfermas terminales. Cuando me ofrecieron ser su compañía, esperaba encontrarme con personas en un estado lamentable, creía que iba a encontrar caras demacradas y tristeza en las miradas.

—¿Y no fue eso lo que encontraste?

—Me equivoqué. Abrí la puerta y parecía que había entrado a una fiesta, ellas estaban muy bonitas, sus labios pintados, sus manos cuidadas y sus sonrisas asomadas a flor de piel. En ese momento hasta sentí vergüenza por lo que me había imaginado anteriormente. Y sin embargo están muy enfermas, bajo tratamientos agotadores y con un pronóstico bastante negativo. Pero, ¿Sabes lo que tienen en común?

—Me imagino, ¡Serán las ganas de vivir! —dijo Agustín apasionado por la profunda charla.

—Sí. Todas tienen proyectos para cuando salgan del hospital, no quieren desperdiciar ni un minuto de sus vidas. Ayer María, una de las señoras de más edad, me comentó que una vez que la dieran de alta iría a buscar a su Alma Gemela. Agradecen cada día que Dios les regala, algo que todos deberíamos hacer, aunque no tengamos una enfermedad así, porque nadie tiene el día de mañana asegurado. Ni lo tienes tú, ni yo, ni nadie.

Mañana mismo algunos de nosotros podemos no amanecer. Y aunque irnos de esta vida sea una liberación, de momento ésta es la única vida que conocemos y que hay que disfrutar.

Casi todas las personas que cuido están luchando contra su enfermedad, y están asombrando con sus resultados a los médicos y a la misma medicina.

Entre todos estamos trabajando afirmaciones y visualizaciones. Yo aprendí reiki y les transmito energía. No sabes cómo aprendo y cómo me alegra cada día este trabajo.

—¡Mira que has cambiado! ¿Ya no te acuerdas de cuando no querías saber nada de estas terapias, y decías que la gente que las hacía estaba medio loca? ¡Nunca digas nunca, mi querida madre!

—Lo mismo te digo, nunca digas nunca. El amor siempre aparece, no se busca ni se encuentra, aparece siempre. Y te sorprende cuando menos lo esperas.

—Pero tú dices que lo de Natalia no es amor, es obsesión. Y me hablaste de que no la podía olvidar porque no había completado el final con ella. Entonces no podré olvidarla nunca, porque no sé cómo encontrarla.

—En ese caso tendrá que aparecer alguien que la supere en el amor. Ya sabes el dicho: "a Rey muerto, Rey puesto".

—Pero si estoy en estado obsesivo, ¿como estaré abierto a que aparezca? No me he sentido feliz desde que la perdí, ni siquiera al casarme pude sentirme acompañado. Algunas veces creí olvidarla, pero no pude.

—No quisiste realmente, todo se puede si crees que se puede, tendrías que levantarte una mañana y decirle adiós a esa obsesión. Te contaré un cuento. ¿Conoces el cuento de la obsesión?

—No, cuéntamelo por favor.

—Claro, con mucho gusto te lo contaré mientras tomas tu café.

Resulta que un señor que había ganado mucho dinero construyendo casas, decidió construir una más, y para ello llamó a su arquitecto, un hombre muy reconocido por sus excelentes trabajos.

El arquitecto iba todos los días a verlo para mostrarle un plano nuevo, pero el hombre parecía no prestarle atención.

El arquitecto no entendía bien qué era lo que este buen señor le estaba pidiendo que construyera.

Estuvo más de un mes yendo y viniendo con los planos, hasta que un día el arquitecto muy molesto le preguntó a su cliente:

—¿Pero qué es lo que usted quiere que haga?

—Quiero una casa, no me interesan sus planos ni su forma. Me da igual cuantos cuartos y baños tenga, solo quiero… —el hombre hizo una pausa, sacó del bolsillo un utensilio, y le pidió al arquitecto que abriera su mano. Este así lo hizo. El señor le dijo: sólo le pido que mi casa tenga este picaporte.

Esa era su obsesión: colocar ese picaporte en la entrada de una casa, no importaba cuál.

—Entiendo. ¿Puedes hacerme la casa? Yo ya tengo el picaporte.

—¡¡Eso es lo que yo digo!!

Y los dos terminaron abrazándose y riendo muy dulcemente, ella le sirvió un poco de vino en su copa y le besó la frente.

—Traeré tu postre. Deja que te dé el primer bocado en la boca. Quiero mimar a tu niño interior.

—Entonces déjame apoyar mi cabeza en tu pecho y dime que me amas.

Ella lo colmó de mimos como si todavía fuera un niño, y finalmente le dijo:

—¡Bueno, basta!, ahora vete a dormir que ya es tarde.

Agustín entró a su habitación de soltero, todo estaba igual que cuando la había dejado por última vez.

Encontró sus libros del juego de rol y los abrió uno a uno mientras recordaba su adolescencia.

Los revisó página por página, había algo que nunca podría olvidar. La primera vez que se interesó por el juego cuando estaba enfermo, nunca olvidaría el malestar que sintió con aquella fiebre altísima que tuvo.

Miró su juego de rol, y en cada dibujo de duendes, magos y hadas sintió la nostalgia de querer revivir con todos sus sentidos esos benditos momentos, y cuando llegó a ver algunos Ángeles, los miró y recordó que ésos eran los que más le gustaban. Sin poder recordar que él hablaba con ellos, imaginó que su Ángel lo estaría mirando y con el libro encima de su pecho, apagó la Luz. Se quitó la almohada, no le resultaba cómoda la cama, Y Agustín dio vueltas y vueltas en su cama, las horas parecían no pasar nunca. Y como cualquier persona que no puede dormir, él era uno más de los que miraba la hora y desesperaba porque el sueño no llegaba.



Extracto de "Francesco decide volver a nacer de Yohana Garcia"

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1 Comentario de lectores

28/08/2012

con placer alegria y agradecimiento por favor enviar el texto completo de francesco LO IMPORTANTE DE ESTAR ATENTO es demasiado bueno y quiero leerlo completo
LOS AMO,HASTA EL PROXIMO CONTACTO

oscar maggi desde Venezuela